Editorial

 

En la medida en que una sociedad se desenvuelve en un escenario que le reclama más condiciones de pluralidad, democratización y complejidad, se hacen más evidentes la necesidad y la importancia de establecer mecanismos de evaluación en los diversos planos y dimensiones del entramado social. El ámbito educativo no escapa a esta tendencia general.

En efecto, si se observa con detenimiento, resulta lógico que los resultados de los programas y acciones que se ponen en marcha con un propósito educativo estén sujetos al escrutinio riguroso, no sólo en términos de los objetivos que se plantea la propia institución escolar, sino también en aspectos más amplios de la acción evaluadora por parte de los distintos actores públicos.

Esta intención evaluadora de la sociedad es parte constitutiva de una acción racional, no un complemento o accesorio añadido: si se ha tenido alguna pretensión formulada en términos programáticos, resulta coherente no sólo preguntarse por los resultados de la misma, sino por las estrategias necesarios para proponer su mejoramiento futuro.

La articulación entre objetivos y resultados, presupuesto básico de la evaluación, está sujeto no sólo a las vicisitudes generales que conlleva la puesta en práctica de una acción planificada, sino también a determinaciones sociales que es necesario revisar y comprender en un contexto participativo y democrático.

Poner en marcha procesos de evaluación resulta, por tanto, necesario para saber cómo se está trabajando en el campo de las instituciones y de las acciones sociales: si se cumplen las previsiones, con qué ritmo, a qué precio, con qué efectos secundarios. La evaluación es un quehacer imprescindible para conocer y mejorar lo que se hace. No basta poner en funcionamiento programas y acciones excelentemente concebidos: se requiere, también, establecer de manera objetiva su inserción efectiva en el terreno de la práctica. Este presupuesto es necesario para avanzar en la consolidación de una verdadera cultura de la evaluación que permita, tanto a los individuos como a las instituciones, participar de una manera más clara y comprometida en el mejoramiento constante de nuestras intenciones y proyectos educativos comunes.