El debate entre las metodologías cualitativas y cuantitativas en la investigación educativa.

 

Entrevista con Adriana Piedad García Herrera

 

Da la impresión de que el debate entre las metodologías cualitativas y cuantitativas en el campo de la investigación educativa se reduce, en la práctica, a la decisión de usar números o no usar números y no a la forma en que el investigador elige describir o explicar un problema de investigación. ¿Qué opinión le merece esta idea?

La idea central de la discusión entre la elección de una metodología determinada sería, más que una posición de verificación de hipótesis predefinidas, la descripción de los hechos como un problema abierto. Si se selecciona una metodología a utilizar (entre cualitativa y cuantitativa) cuando ni siquiera se ha planteado un problema a investigar, entonces ni siquiera se tiene claro para qué se investiga. Esto es así porque, desde la forma de plantear la pregunta inicial —si se realiza el proceso de manera reflexiva— se va orientando y delimitando la metodología más adecuada para "responderla". Esto que parece tan lógico y fácil resulta difícil en la práctica.

Trabajé una temporada con profesores de educación básica y de bachillerato y en ambos casos observamos que hacían preguntas cerradas, es decir, planteaban el problema con la solución incluida. Un ejemplo, a manera de caricatura, es la siguiente proposición: "los estudiantes reprueban porque no estudian", esto es, concluían de manera anticipada una respuesta, en lugar de preguntarse por qué reprueban y abrir la perspectiva para tratar de encontrar varias causas posibles. En esos casos, nuestro interés era promover que los maestros pensaran que ellos tenían algo que ver con ese problema, pero ellos tenían dificultad para vislumbrar la utilidad que les podría brindar la investigación cualitativa y la cuantitativa para un ejercicio más amplio.

¿Qué significa este debate metodológico para el campo de la investigación y para las prácticas educativas en general?

Creo que los profesores con los que trabajamos en esas ocasiones no tenían claro para qué servía la metodología; para ellos, el método es lo mismo que hacer ciencia, al estilo de las definiciones que aún se enseñan en la escuela secundaria, las que consideran que el conocimiento científico es producto de la aplicación mecánica del método científico. De este punto a la conclusión cerrada hay sólo un paso. La reducción de la producción del conocimiento se expresa entonces en términos de si usas números o no los usas, sin reflexionar qué tipo de explicación obtienes si usas números y qué tipo de información consigues si usas una metodología cualitativa, para entonces valorar cuál es la metodología más pertinente. Por ejemplo, nada impide que se puede plantear un problema y resolverlo cualitativa y cuantitativamente y entonces comparar los resultados, ver los alcances y los límites de cada metodología y, lo más importante, reconocer la complementariedad entre ambos.

Parece que todos los investigadores están dispuestos a aceptar la idea de que las metodologías cualitativa y cuantitativa se complementan, pero pocos están dispuestos a practicar tal complementariedad. ¿Cuáles son los obstáculos principales para que se dé este fenómeno de exclusión recíproca?

Por separado cada una de las metodologías han demostrado ser útiles y han respondido a los cuestionamientos planteados; por ello, un camino fácil es suponer que, si ya tenemos vislumbrada la ruta por la que podemos acercarnos a la realidad que nos preocupa, no necesitamos más, y como bien lo señalas, la descalificamos. Me parece que estudiar algunos ejemplos en donde se han utilizado las dos metodologías de manera conjunta podría ayudar a vencer las resistencias y a valorar los aportes que ambas pueden brindar. Un ejemplo que tengo para contar es un estudio realizado en Chile, el cual fue publicado en el texto El liceo por dentro: estudio etnográfico sobre prácticas de trabajo en educación media, en el que utilizan una metodología cuantitativa para la selección de las escuelas que fueran representativas de las modalidades existentes en la zona del estudio y también para mostrar ciertas tendencias de las características de los profesores que conforman la planta docente de las escuelas, entre otros aspectos. Sin embargo, lo interesante es que, de manera complementaria, efectuaron un estudio etnográfico observando los salones de clases y las actividades que realizaban tanto los profesores como los alumnos. Las tendencias obtenidas cuantitativamente proporcionaron una imagen general de cómo se organiza la educación media y la descripción permitió identificar las prácticas que se desarrollan en las aulas y valorarlas a partir de sus resultados.

En cuanto a este debate, me parece que el acercamiento se está dando más desde las metodologías cualitativas que han descubierto la utilidad de complementar sus datos y sus explicaciones con metodologías cuantitativas. Creo que estudiar ejemplos como éste pueden brindar pistas sobre las formas en que se pueden utilizar ambas metodologías y no excluirlas de entrada antes de valorar los aportes que pueden brindar ambas perspectivas para el problema de investigación de que se trate.

¿Existen actualmente impactos, mediatos o inmediatos, de las metodologías cuantitativas y cualitativas en las prácticas cotidianas de los profesores?

A partir de lo que los profesores conocen de su propia práctica, uno supone que necesariamente las deberían de tener, ya que los índices de reprobación o de deserción, por ejemplo, tienen algo que decirnos acerca de la labor que desempeñamos como profesores. De la misma manera la descripción —que al parecer es la que ellos prefieren realizar en sus investigaciones— de prácticas inadecuadas en los salones de clase tendría que reflejar nuestro trabajo con los alumnos, es decir, qué hacemos de lo que se describe y qué otras cosas hacemos en general, que casualmente casi siempre son prácticas adecuadas y que por alguna razón no interesan tanto como tema de investigación.

Por otra parte, desde la perspectiva de lo que los profesores hacen, creo que se está interpretando de una manera "peligrosa". En muchas ocasiones hay actividades de sistematización de prácticas docentes a las que se les pone el calificativo de cualitativo y parece que por ese solo hecho se le confiere un estatus de investigación a esa actividad. Un profesor que quiere ser buen profesor no necesita ponerle calificativo a lo que hace; lo que requiere es revisar constantemente las respuestas de sus alumnos, preguntarse si aprenden, si las estrategias que utiliza facilitan el logro de aprendizajes en sus estudiantes y con esa mirada ver su propio desempeño. Creo que mientras más se esfuerzan los profesores en verse como investigadores cualitativos, menos se están preocupando por los aprendizajes de sus alumnos y la calidad de la educación, se observan más a sí mismos haciendo investigación que siendo buenos profesores, de esos con los que los niños disfrutan las horas en la escuela y de esos con los que las madres y los padres de familia quieren que estén sus hijos.

Artículo publicado en la revista Educar

Número 12 Metodología Cualitativa

http://www.jalisco.gob.mx/srias/educacion/consulta/educar/dirrseed.html