Bibliotecas digitales (I)

La eclosión y el éxito de las librerías virtuales están ocultando un hecho de la máxima importancia. Preocupados por hacer nuestros pedidos en línea, por conseguir plazos más cortos de entrega y por asegurar un pago seguro, nos olvidamos de que en la Red es posible conseguir libros “por la cara”.

Son muchos los sitios de Internet donde se puede encontrar todo tipo de textos en formato electrónico ordenados para su consulta y/o descarga. Se conocen con el nombre de bibliotecas digitales, y custodian casi la totalidad del saber de fin de siglo. ¿Cómo han surgido éstos depósitos de conocimiento? El propósito original de Internet en los últimos días de la Guerra Fría era salvar el saber de la Humanidad. La Red se inició como una enorme biblioteca dispersa geográficametne con saberes y disciplinas varios repartidos por todo el territorio norteamericano. El objetivo era que en caso de guerra nuclear los supervivientes, si los hubiera, tuviesen a su disposición materiales y conocimien- tos suficientes para no tener que comenzar de cero.
El siguiente paso en esta biblioteca virtual de Alejandría fue la incorporación de servidores universitarios europeos con sus correspondientes archivos y saberes en línea. Al poco de surgir la Red, la cultura superviviente ante una guerra nuclear ya no sería exclusivamente norteamericana.
La generalización en el uso de Internet supuso un paso de gigante para el establecimiento de servidores plagados de documentos en principio redactados por los propios internautas. Poco a poco se fueron enriqueciendo con el añadido de textos descatalogados o difíciles de conseguir. En un principio eran los propios universitarios reunidos en clubes quienes pacientemente tecleaban esos textos difíciles de conseguir y necesarios para aprobar cada asignatura. En otras ocasiones profesores y escritores de textos universitarios colgaban sus textos en línea en determinados servidores. Éste fue más o menos el comienzo de las bibliotecas digitales. En cualquier caso no pasó demasiado tiempo antes de que los expertos en documentación y biblioteconomía tomasen las riendas del asunto. A este hecho se le unió otro de capital importancia. En la última década, bibliotecas de todo el mundo, conscientes del progresivo deterioro de sus fondos más antiguos, decidieron preservarlos del desgaste y a la vez ponerlos a disposición del público. El único proceso que permitía tal cosa era la digitalización. Los viejos incunables y las obras más raras y antiguas comenzaron a ser cuidadosamente escaneadas y fotografiadas para que no se perdieran en el tiempo y la desidia. Esta progresiva digitalización de fondos en muchos casos se ha visto acompañada la libre consulta y/o descarga en línea. Un buen ejemplo de conser- vación de fondos mediante digitalización lo tenemos en España con el proyecto Dioscórides. La Universidad Complutense de Madrid ha decidido digitalizar todos sus fondos antiguos sobre literatura médica para pasarlos a discos ópticos. El catálogo de obras es ingente y abarca desde el siglo XV al XIX. En la página del proyecto se puede consultar un tratado completo de finales del siglo XV y algunas páginas de los novecientos volúmenes tratados hasta el momento. Sería deseable que los fondos estén algún día a libre disposición a través de Internet. En cualquier caso se trata de un proyecto ingente y complicado, dado que cada una de las páginas se almacena con formato gráfico. Muchas bibliotecas utilizan este recurso para conservar sus fondos. El resultado se llama libro digital o digitalizalizado (en formato gráfico). Pero en otros casos, los más comunes, el texto se almacena como texto llano o en ASCII, principalmente, así como en otros formatos de texto. Éstos son los e-book o libros electrónicos.
Las más prestigiosas bibliotecas universitarias o nacionales de todo el mundo se encuentran en una carrera para poner en línea el mayor número posible de publicaciones de todas las épocas. Sin embargo, todavía hay una serie de asuntos que en algunos casos frenan la dinámica de ampliación de las bibliotecas digitales.

Los derechos de autor
Bien es cierto que en muchos casos los propios autores autorizan a determinadas bibliotecas o servidores universitarios tanto para la posesión como para la difusión de copias digitales de muchas de sus obras. Así, por ejemplo, es posible encontrar en diversos lugares de la Red copias electrónicas de casi todos los guiones del grupo británico Monty Pyton. Resulta divertido poder leer el guión de muchos de sus sketches o películas. Ahora bien, su presencia en Internet no ha sido nada sencilla. En principio los componentes de Monty Pyton no se ponían de acuerdo acerca de qué textos podían difundirse. Una vez llegaron al acuerdo de difundir toda su obra, se encontraron con el problema de que no bastaba su simple acuerdo y declaración. En algunos casos los guiones eran por contrato propiedad compartida con la BBC o con diversas productoras de televisión y cinematográficas. En los contratos figuraban las productoras como única entidad autorizada a la difusión de la obra por cualquier medio, incluidos los electrónicos. Así pues era necesario conseguir también el permiso de estas productoras como segundos poseedores de derechos, en concreto del de difusión. Una vez todos de acuerdo, los guiones se publicaron en Internet.
Éste es un caso protípico de las dificultades con que se encuentran las bibliotecas digitales. En el supuesto de los autores vivos es necesaria la autorización del autor, pero no basta. Si la vida comercial del libro no se ha terminado o no se han agotado el número de ediciones fijadas en el contrato con el editor, es muy probable que no se obtenga el permiso necesario. Si el contrato de edición sobre la obra se ha extinguido, entonces es posible colocarlo en la biblioteca virtual con el permiso del autor. En el caso de autores fallecidos con quien hay que ponerse de acuerdo es con los herederos de los derechos y tocar madera para que no esté vigente ningún contrato de edición. Por suerte algunos autores legan sus escritos y los derechos sobre los mismos a fundaciones o bibliotecas, lo que facilita el que acaben convirtiéndose en obras digitales de libre consulta. Los derechos de propiedad intelectual se extinguen pasados un determinado número de años —distinto para cada país— a contar desde la muerte del autor. En ese momento pasan a ser obras de dominio público y pueden ser incluidas en bibliotecas virtuales.
Pero, ojo, ni siquiera las obras de dominio público están libres de dificultades, porque aunque en muchos casos no se trata del original de dominio público, sino de una traducción posterior todavía sometida a derechos de autor, para lo cual se necesita el permiso del traductor o de quien ostente esos derechos. Las bibliotecas digitales dependientes de universidades suelen solucionar este problema a las bravas, encargando las traducciones a profesores o alumnos, quedando en este caso los derechos en poder de la biblioteca universitaria.

Un formato para el libro electrónico
Los derechos no son el único problema al que se enfrentan las bibliotecas digitales. Existe otro escollo que es el de la definición del formato del libro electrónico. Hasta el momento el formato no sigue un estándar unificado y cada proyecto de biblioteca tiende a fijar sus propias normas.
Casi todos ellos coinciden en determinados puntos referidos especialmente a facilitar la consulta en línea y posterior lectura. En muchos casos los libros se consultan y leen directamente desde la página web. Esto obliga a los bibliotecarios a diseñar formatos específicos. En otras ocasiones el libro es bajado al ordenador del usuario desde un FTP. Aquí la falta de formato puede convertir la lectura en un complejo galimatías. Un ejemplo claro se puede contemplar en la Red en muchos de los ejemplares de obras de teatro en verso, por ejemplo, los pertenecientes a Shakespeare o a Calderón de la Barca. Quien ha digitalizado el libro no tiene ni la más remota idea de cuál va a ser el procesador de textos que va a utilizar el usuario. En el caso que nos ocupa la costumbre imperante consiste en numerar los versos poniendo el número justo delante de cada verso, pero colocando los versos seguidos uno detrás de otro, rompiendo la estética y ordenación visual de texto original.
Se trata de encontrar un estándar que sirva, a la vez, para su visualización desde una página web, para su lectura desde uno de los modernos lectores e-book, para su contemplación desde un procesador de texto e incluso para imprimirlo. Aquí es donde el mercado ha pillado a muchos de los proyectos de biblioteca digital con el paso cambiado. Microsoft ha hecho su propuesta de libro electrónico, que cumpliría con estos requisitos básicos: el Open e-Book 1.0. Una especificación para fijar el formato de los libros electrónicos, de manera que los editores no necesitarán editar un formato exclusivo para cada lector e-book. La extensión de este formato va a permitir la popularización de los lectores e-book. Si las bibliotecas digitales adoptan este formato, permitirán la lectura de sus fondos no sólo desde los ordenadores sino desde los lectores portátiles e-book.

Los temas más variados
En cualquier caso para que una página web se convierta en biblioteca digital no es necesario que contenga en su interior todos los textos. De hecho, algunas de las mejores bibliotecas digitales de la Red no tienen en su interior ni un solo libro. En el fondo son complejas listas de enlaces clasificados por temas que remiten a distintos servidores donde sí hay libros. La virtud de este nuevo modelo de biblioteca radica en la especialización. Tanto ahora como en los próximos años será posible encontrar bibliotecas de enlace especializadas en los temas más diversos: médicos, jurídicos, militares, técnicos...
Uno de los enlaces fundamentales en castellano para introducirse en el mundo de las bibliotecas digitales y analógicas es Thot. Es una página que dirige Jesús Tramullas donde se puede encontrar información exhaustiva sobre biblioteconomía y documentación, así como unas impresionantes colecciones de enlaces sobre bases de datos, revistas electrónicas, bibliotecas y recopilaciones de recursos.
Ya dentro del mundo de las bibliotecas digitales hay que resaltar la página de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de América. Esta Biblioteca está preparada para avanzar hacia el próximo siglo. Aparte de su base documental va incorporando en línea poco a poco diversas colecciones de todo tipo, de modo es posible consultar colecciones de fotografías, cuadros, armas, muebles, entre otros muchos. Los responsables de la Biblioteca se quejan en la web de que el material es muy numeroso y sólo una ínfima parte está en formato digital. La sección dedicada a la memoria norteamericana resulta de indudable interés y consta de más de cincuenta colecciones en línea. Éstas incluyen, por ejemplo, los escritos personales de Alexander Graham Bell o la bibliografía completa de Walt Witman, además de una exhaustiva colección de películas sobre la Guerra de Cuba. El acceso a todas las colecciones que se pueden consultar en línea se encuentran en una única página; dentro de cada colección los materiales disponibles se anuncian mediante enlaces en hipertexto. En otros casos, como en el de las películas de la Guerra de Cuba, la búsqueda puede ser por orden alfabético, de título, de autor e incluso de tema.

Eva Martín (polaris@idg.es) y Juan F. Marcelo (abracadabra@idg.es)

 Eva Martín y Juan F. Marcelo. [01/02/2000 ]