Televisión que educa y televisión educativa

 

Alfonso Gutiérrez (*)

Televisión y educación

  Desde la aparición de la televisión, es mucho lo que se ha hablado y escrito sobre la influencia de este medio en la educación de las últimas generaciones, de su posibilidad de transmitir información y cultura, y, sobre todo, de su importancia con respecto a la formación de actitudes y valores en los alumnos.

  Esta influencia se ha visto en la mayoría de los casos como negativa, y no han faltado autores para quienes la principal función de la escuela al respecto sería contrarrestar la labor perniciosa de la televisión y capacitar al alumno para defenderse de ella. Otros nos resistimos a considerar al televidente como víctima del poder hipnótico del medio y receptor pasivo del producto audiovisual, y preferimos verlo como usuario que conscientemente controla y selecciona los medios según sus intereses y necesidades. Tampoco queremos ver la televisión como rival sino como complemento de la escuela.

  De cualquier modo, teniendo en cuenta el papel que este omnipresente medio juega en el desarrollo de nuestros alumnos, podríamos decir que todos los programas de televisión influyen, en mayor o menor grado, para bien o para mal, en la educación de nuestros alumnos. Podemos, pues, desde este punto de vista, considerar a la televisión en general como un medio que educa.

  Esta presencia de la televisión en la vida de nuestros alumnos fuera de la escuela (y no considero necesarias más referencias a cifras pretendidamente alarmantes sobre número de horas de visionado), así como el potencial del vídeo y la televisión como medios didácticos, determinan su incorporación en el ámbito de la enseñanza.

Televisión y escuela

  La televisión se contempla dentro de las instituciones educativas en un doble aspecto:

  - como medio de comunicación y fenómeno social objeto de estudio (enseñanza de la televisión), y

  - como medio didáctico o recurso para facilitar el aprendizaje (enseñanza con televisión).

    Más que trabajar esta doble perspectiva de una forma paralela, conviene considerar una integración de ambos modos de considerar los "media" en la enseñanza. En una situación ideal el uso de la televisión como medio didáctico en la enseñanza de cualquier área, iría aparejado de un estudio crítico del lenguaje de la imagen donde, entre otras cosas, habría que poner de manifiesto la artificialidad y subjetividad de los programas educativos, incluso la de aquellos que pretenden limitarse a presentar una realidad concreta. Los programas utilizados en la enseñanza se estudiarían también como productos televisivos, con una determinada estructura, unos productores sujetos a una institución y una audiencia específica.

  Esta concepción del estudio del lenguaje de la imagen como "transversal" llevaría consigo una temprana alfabetización audiovisual que cada día se va sintiendo como más necesaria.  El nuevo currículo de Primaria contempla el estudio de los medios de comunicación de la información (junto con los medios de transporte, no sé muy bien por qué) en el bloque 9 de contenidos del área de Conocimiento del Medio. Asimismo, en el área de Lengua Castellana y Literatura se dedica un apartado a los sistemas de comunicación verbal y no verbal. Loable intento de iniciar la necesaria alfabetización audiovisual a la que nos referimos, pero la falta de formación y concienciación del profesorado al respecto y la priorización oficial de otros aspectos de la Reforma Educativa pueden impedir un adecuado desarrollo de tan interesante iniciativa, con lo que tal vez no pasemos en nuestras aulas de la utilización esporádica de los medios audiovisuales al servicio de la transmisión de contenidos de las distintas áreas, como ya se viene haciendo.

  He apuntado antes la posibilidad de considerar cualquier producto televisivo como educativo. Después afirmaré que ningún programa es en sí educativo, en el sentido de instructivo, pero todos lo pueden llegar a ser. Esto nos dará una idea de lo difícil y artificial que puede resultar cualquier categorización mínimamente rígida. Sin embargo, una vez hecha esta observación, considero necesario realizar un intento de clasificación de programas de televisión según su potencial en el ámbito de la enseñanza.

Un intento de clasificación

  Las televisiones concebidas como servicio público tienen asignadas tres funciones principales: informar, entretener o divertir, y contribuir a la educación de la audiencia.  Está claro que no se puede hablar de estilos "puros" ni categorizar la variopinta producción televisiva según las tres funciones anteriores, pero podemos afirmar, sin riesgo a equivocarnos cuál de estas funciones parece inspirar la mayoría de los programas en la actualidad. Efectivamente, divertir o entretener se ha convertido en la función prioritaria de este medio de masas. Es este el objetivo menos comprometedor y más abierto a todo tipo de desmanes prosaico-erótico-festivos, verdaderos potajes de materialismo ambicioso, vulgaridad y sensacionalismo, que aparecen a diario en nuestras pantallas y se justifican maquiavélicamente con la guerra de audiencias que las distintas cadenas mantienen para poder venderse al mejor postor.  La prioridad que se da a las emisiones cuya única función es aumentar el número de telespectadores afecta doblemente a la función educativa del medio: nunca hay tiempo para programas educativos, y, lo que es aún más grave, existe una influencia de la televisión-basura en la educación de la audiencia que es generalmente negativa.

  Los profesionales de la enseñanza debemos de ser conscientes, por una parte, de esta televisión que educa (o "deseduca") aunque su único objetivo sea conseguir más audiencia que las otras cadenas, vender un producto, o incluso hacer pasar un buen rato al espectador. Por otra parte hay que considerar la producción televisiva de carácter cultural cuyo principal fin es contribuir a aumentar los conocimientos y modificar los comportamientos socialmente no aceptables de la audiencia.

  La función "educativa" de las televisiones públicas se traduce normalmente en una oferta que va desde documentales dirigidos al gran público, e integrados en la programación general, a programas específicamente diseñados para una televisión "escolar" dirigida a una audiencia específica como apoyo a su educación formal.

  Los primeros podríamos considerarlos culturales, y en esta categoría incluiríamos también algunos informativos, películas, series divulgativas, y todos aquellos programas que, aunque no tengan definidos unos objetivos educativos específicos, ni hayan sido producidos para tal fin, pueden ser utilizados con relativa facilidad en la enseñanza.

  Programas educativos, en un segundo paso de esta clasificación, serían aquellos específicamente diseñados y producidos para formar o educar a la audiencia, bien sea esta educación  formal o no-formal. Programas de educación no-formal serían aquellos que, aunque no estén ligados a instituciones educativas oficiales ni su transmisión obedece a ningún currículo oficial, contribuyen a la adquisición de contenidos y/o el desarrollo de capacidades de telespectadores ocasionales. Estas emisiones no se diferenciarían fácilmente de las que he considerado "culturales" y algunos autores no las consideran propiamente educativas.

  Aunque es difícil marcar una línea divisoria que nos separe las producciones educativas del resto de la programación, voy a apuntar algunas características específicas que pienso pueden definir la televisión educativa:

  La programación educativa de las cadenas de televisión en países desarrollados suele estructurarse en torno a dos servicios principales: uno de televisión escolar, o de apoyo a la enseñanza obligatoria, y otro dedicado a la educación de adultos (tanto formal como no-formal).

  Las emisiones educativas pueden ser clasificadas según sus destinatarios, distinguiendo entre las dirigidas a los profesores y las dirigidas a los alumnos.

  No son muchos, sin embargo los casos de televisión sustitutiva del profesor. La mayor parte de los programas dirigidos a los alumnos, incluso los que pretenden enseñar por sí mismos, se han diseñado para ser utilizados en clase por el profesor.

El papel del profesor: mediador y creador

 Es precisamente esta labor mediadora del profesor la que convierte un programa en educativo y/o instructivo al integrarlo en la situación de enseñanza-aprendizaje donde se utilice.

  Los programas de televisión educativos van desde documentales divulgativos, reportajes o entrevistas muy similares a los del servicio general a formatos de carácter didáctico donde la pantalla se convierte en profesor. Como el tipo de programa por lo general depende más de los profesionales de televisión que de los expertos en educación que colaboran con ellos, nos encontramos con una gran mayoría de programas similares, excepto quizá por su contenido, y no siempre, a los que se ofrecen en la televisión comercial.

  Mientras que para los productores, realizadores, directores y demás personal de televisión un buen programa es aquél donde se utilizan con maestría profesional las técnicas y normas televisivas, para los profesores y educadores la "calidad" dependerá más de su potencial y efectividad al ser utilizados en la enseñanza.

  Los productores y realizadores de televisión educativa se consideran antes que nada profesionales de televisión, después de todo para eso han sido formados, y no expertos en teorías de aprendizaje. A veces el interés por conseguir la mejor calidad técnica posible disminuye las posibilidades instructivas de las producciones educativas.

  Con la "conversión" o adaptación del material televisivo en material didáctico por parte el profesor puede superarse también el problema de posibles actitudes de pasividad de los alumnos ante un medio y un tipo de material que consideran demasiado fáciles por serles muy familiares.

  Le queda, por lo tanto, al profesor por una parte la tarea de aclarar a sus alumnos que la televisión se usa como medio para aprender, y no para distraerse, y, por otra, la labor de convertir en educativos los programas de televisión disponibles que sean susceptibles de ello.

  Si empezábamos diciendo que la televisión educa, que cualquier programa es educativo por la influencia que puede tener en la educación de los alumnos, podríamos, llegado este punto, afirmar que no podemos considerar ningún programa "instructivo" hasta que no haya sido integrado en el desarrollo del currículo. Podríamos, pues, llegar a afirmar que el programa de televisión educativo, en el sentido de instructivo, no existe; son el profesor, en la medida en que lo contextualiza, y en último término el alumno, con su interacción con el material audiovisual, los que convierten un programa de televisión en material válido para la enseñanza.

  De todos modos hay que hacer notar que las televisiones nos ofrecen algunos programas llamados "educativos" que son más fácilmente adaptables para su utilización en la enseñanza. Y tal vez sea esta toda la colaboración que, desde el mundo de la educación, se puede pedir a las grandes cadenas de televisión. En la medida en que las producciones se adaptan más a las condiciones de aprendizaje en el aula, van perdiendo las características de lo que se considera un programa de televisión de calidad.

  En muchos casos, para favorecer el aprendizaje es necesario romper el ritmo de la narración, subrayar algunos aspectos, repetir imágenes, etc. Habría que olvidarse de los modelos tradicionales de programas televisivos y centrarse en la elaboración de material audiovisual de apoyo a la enseñanza. Habría que olvidarse de la captación de audiencia y poner el medio al servicio de los objetivos educativos. Y esto es algo que los profesionales de televisión no están dispuestos a hacer; su función es hacer televisión de calidad, o al menos programas que consigan la mayor audiencia posible, y conseguir el reconocimiento de su labor por parte de sus superiores. Los departamentos o secciones educativas de las grandes cadenas de televisión no son precisamente los más boyantes, y muchos profesionales de la televisión educativa, incluso algunos procedentes del mundo de la educación, aspiran a producir o dirigir otros programas con más presupuesto y de más reconocido prestigio. La producción de programas educativos se convierte para ellos en un primer paso de su carrera profesional y trampolín de acceso a lo que consideran mejores puestos en la organización.

  El profesor, además de mediador y adaptador de la oferta televisiva, podría convertirse en creador de sus propios materiales curriculares en soporte audiovisual, al igual que elabora muchos de los materiales impresos que utiliza. Pero el dominio que tiene el profesor actual del lenguaje verbal y el medio impreso no es en absoluto comparable a sus conocimientos sobre el lenguaje y la producción audiovisual. ¿No deberíamos empezar con una formación del profesorado en estos temas y una adecuada dotación de medios? ¿Acaso dependemos en la enseñanza de los buenos escritores para la elaboración del material impreso que utilizamos en clase?

  Cuando los materiales curriculares en soporte vídeo sean tan rentables como lo son los libros de texto, unidades didácticas, etc. para las editoriales, tal vez las productoras trabajen para el sector educativo, pero hasta entonces, y si no existe un servicio público de televisión propiamente educativa, con las características que hemos apuntado, no nos quedará mas remedio a los profesores que adaptar los programas de las televisiones a nuestros fines didácticos, seleccionándolos, editándolos y modificándolos.

  La otra posibilidad, la de diseñar y elaborar los materiales en soporte vídeo que mejor se adapten a nuestras necesidades educativas, situación ideal, está por el momento lejos de ser una alternativa.

 

(*) Alfonso Gutiérrez Martín. Profesor de NNTT aplicadas a la educación en la E. U. de Magisterio de Segovia (UVA). alf_guti@teleline.es

Artículo publicado en A.P.U.M.A. nº 3, Verano 1993, pp 13-15