DE ESCUELAS Y MAESTROS /2

 

Manuel Vera Hidalgo

 

Recogemos en esta segunda entrega otra selección de textos narrativos, de muy diversa procedencia y naturaleza, y que aluden también a aspectos muy diferentes de la profesión docente y de la experiencia escolar. Los fragmentos que siguen hablan de la condición social y profesional de una generación de maestros, representados por don Moisés, el Peón, de Delibes; del primer día de clase de Bonaparte por don un niño de lengua gaélica, en la Irlanda ocupada que recrea con sarcasmo Flann O’Brien; de la ubicación de la educación entre otros deportes y disciplinas recreativas que sugiere el texto de Roberto Bolaño; de la naturaleza de la enseñanza de los idiomas, sobre la que discursea uno de los personajes de Miguel Ángel Asturias, y de las virtudes de los colegios privados estadounidenses, por boca del protagonista de la novela de Salinger. Con un tono más dramático, Freire ejemplifica con su señor Armada la crueldad de los maestros brasileños de su infancia y juventud, y Peter Hoeg reflexiona, a través de Peter, un adolescente intelectualmente fronterizo, sobre las tensas relaciones de los alumnos con sus profesores en una escuela de corte autoritario.

 

DE LA CONDICIÓN DE LOS MAESTROS

 

13. Un maestro no puede presentarse de cualquier manera

 

El camino (1950), de Miguel Delibes (Valladolid, 1920), es el relato de las andanzas de Daniel, El Mochuelo, con sus amigos el Tiñoso y el Moñigo, tal como el mismo las rememora la noche antes de que tenga que marchar para estudiar a la ciudad. Como telón de fondo y, a la vez, auténtico protagonista del libro, encontramos, descrita con humor, una sociedad rural, idilica, pero también cruel, entre cuyos personajes está don Moisés, el maestro.

 

Don Moisés, el maestro, decía a menudo que él necesitaba una mujer más que un cocido. Pero llevaba diez años en el pueblo diciéndolo y aún seguía sin la mujer que necesitaba. Las Guindillas, las Lepóridas y don José, el cura, que era un gran santo, reconocían que el Peón necesitaba una mujer. Sobre todo por dignidad profesional. Un maestro no puede presentarse en la escuela de cualquier manera; no es lo mismo que un quesero o un herrero, por ejemplo. El cargo exige. Claro que lo primero que exige el cargo es una remuneración suficiente, y don Moisés, el Peón, carecía de ella. Así es que tampoco tenía nada de particular que don Moisés, el Peón, se embutiese cada día en el mismo traje con que llegó al pueblo, todo tazado y remendado, diez años atrás, e incluso que no gastase ropa interior. La ropa interior costaba un ojo de la cara y el maestro precisaba los dos ojos de la cara para desempeñar su labor.

Miguel Delibes

El camino

Ediciones Destino. 231 edic., Barcelona, 1996

Pág. 149

 

LA ESCUELA COMO INSTRUMENTO DE ACULTURACIÓN

 

14. A todos los niños gaélicos les pegan en su primer día de colegio porque no entienden inglés

 

La boca pobre (1941), del escritor irlandés Flann O'Brién (seudónimo de Brian O Nualláin, 1911‑1966) es un relato hiperbólico sobre la vida miserable de los gaélicos y sus relaciones con los habitantes anglófonos de las ciudades, con un estilo repleto de las fórmulas de las antiguas sagas, utilizadas como recurso humorístico.

 

Tenía siete años de edad cuando me llevaron al colegio. Yo era un niño rudo, pequeño y delgado y llevaba unos calzones grises de lana, pero sin ninguna otra prenda por arriba o por abajo'. Aparte de mí, había muchos otros niños camino del colegio aquella mañana, la mayoría con restos de cenizas todavía en los calzones. Algunos de ellos iban gateando por el cami­no, pues aún no habían aprendido a andar. Muchos eran de Dingle, otros de Gaoth Dobhair; un tercer grupo venía a nado desde Áran. Todos éramos chi­cos sanos y robustos en nuestro primer día de colegio. Cada uno llevaba un trozo de turba bajo el brazo. Sí, érmos sanos y robustos.

El maestro se llamaba Aimeirgean Ó Lúnasa. Era un hombre moreno, enjuto y alto; su semblante tenía un aspecto severo y agrio, y sus huesos asomaban protuberantes sobre la piel cetrina; no parecía gozar de buena salud. Presidía siempre su rostro una expresión furiosa, tan firmemente arrai­gada como su cabello. No sentía respeto por nadie.

Nos congregamos todos en el interior de la escuela, una choza pequeña y fea en la que la lluvia bajaba por las paredes y todo estaba reblandecido y húmedo. Nos sentamos en las bancas sin decir nadie ni pío por temor al maes­tro. Sus ojos malévolos pasaron sobrevolando por toda la clase hasta que descendieron sobre mí y así permanecieron fijos. (Por todos los santos! No me gustó nada sentir su mirada, aquellos dos ojos escrutándome. Luego me señaló con un dedo largo y amarillento, y dijo:

‑Phwat is yer nam?2

Yo no podía comprender esa forma de hablar suya ni ninguna otra de las que se usan en el extranjero, pues el gaélico era mi único medio de expresión y mi defensa contra las dificultades de la vida. Sólo supe quedarme mirándole fijamente, enmudecido de miedo. Entonces vi que le venía un grave acceso de cólera que crecía y crecía como si fuera una nube cargada de lluvia. Miré alrededor, presa del pánico, a los otros chicos. Oí un susurro a mi espalda:

‑Que le digas tu nombre.

Mi corazón saltó de alegría por esas palabras de ayuda, y quedó agra decido a quien me las había soplado. Miré cortésmente al maestro, y le respondí:

‑Bonaparte, hijo de Miguel Ángel, hijo de Peadar, hijo de Eoghan, hijo de Sorcha, hijo de Tomás, hijo de Máire, hija de Seán, hijo de Séamas, hijo de Diarmaid...

Antes de haber pronunciado siquiera la mitad de mi nombre, un ladrido rabioso brotó del maestro, quien con un movimiento de su dedo me ordene que me acercara. Cuando llegué a su lado, él empuñaba un remo. Ya entonces le había inundado una ola de ira, y agarraba diestramente el palo con las dos manos. Lo levantó por encima del hombro y lo soltó fuertemente sobre m con un chasquido, propinándome un golpe demoledor en la cabeza. Caí des­vanecido por el golpe, pero antes de perder del todo el conocimiento le oí gritar:

‑Yer nam is Jams O'Donnelll!3

¿Jams O'Donnell? Esas dos palabras resonaban en mis oídos cuando recuperé el sentido. Me encontré tirado en el suelo, con mis calzones, mi pelo y toda mi persona empapados por los ríos de sangre que manaban de la brecha que el remo me había abierto en el cráneo. En el momento en que mis ojos volvieron a funcionar correctamente, otro chico estaba de pie y era pre­guntado por su nombre. Está claro que el pobrecito no era muy sagaz y no había aprovechado la provechosa lección del estacazo que yo había recibido, pues respondió al maestro dando su nombre simple y llano como yo había hecho. Otra vez el maestro blandió el remo que tenía agarrado, y no paró hasta que el chico vertió abundante sangre y quedó ya sin conocimiento, pero con un buen vapuleo, hecho un amasijo sangriento sobre el suelo. Y mientras le golpeaba, volvió a chillar el maestro:

‑Yer nam is Jams O'Donnell!

Así continuó hasta que hubo golpeado a cuantas criaturas había en la clase y dado a todo el mundo el nombre de Jams O'Donnell. Ninguna joven cabeza en toda la comarca se libró de quedar rota aquel día. Por supuesto, había muchos que no podían dar ni un paso cuando llegó la tarde, y fueron llevados a casa por otros muchachos parientes suyos. Fue una circunstancia penosa para aquellos que tuvieron que regresar nadando a Áran sin haber probado bocado ni gota de leche desde la mañana.

Cuando llegué a casa, allí estaba mi madre cociendo patatas para los cerdos, y le pedí un par de ellas para comer. Me las dio y las devoré sin otro condimento que una pizca de sal. La mala experiencia que había tenido en el colegio no dejaba de preocuparme, y finalmente decidí preguntar a mi madre:

‑Mujer, le dije, he oído que todo el mundo se llama Jams O'Donnell en estas tierras. Si es así, son cosas sorprendentes las que ocurren en el mun­do, y, oye, debe de ser un hombre constante ese O'Donnell con el número de hijos que tiene.

‑Tienes razón, dijo ella.

‑Si tengo razón, le repuse, no comprendo qué razón es ésa.

‑Pues mira, dijo, ¿no comprendes que son los gaélicos quienes ocupan esta parte del país y no pueden escapar a su destino? Siempre se ha dicho y escrito que a todos los pobres niños gaélicos se les pega en su primer día de colegio porque no entienden inglés ni las formas extranjeras de sus nombres, y que nadie les respeta por ser gaélicos hasta la médula. No hay otra activi­dad ese día en el colegio que castigos cargados de venganza y siempre la misma tontería de Jams O'Donnell. Ay de mí, no creo que jamás lleguen a alcanzar los gaélicos una buena situación, sino penalidades sin fin. Ay, al Viejo Canoso también le pegaron un día y le llamaron Jams O'Donnell.

‑Mujer, le contesté, es sorprendente eso que dices, y no creo que vuelva nunca más a ese colegio, sino que ahora mismo pongo fin a mi educación.

‑Eres muy listo, dijo mi madre, para ser tan pequeño.

Flann O'Brien

La boca pobre

Traducción del irlandés de Antonio Rivero Taravillo

Ediciones del Serbal, Barcelona, 1989

Págs. 27‑30

 

1. Los calzones grises de lana son la única prenda infantil que suele mencionarse en las obras satirizadas en La boca pobre, como si para los autores de las mismas los niños no llevaran otra ropa.

2. Deformación del inglés What is your name?: «¿Cómo te llamas?»

3. Deformación del inglés Your name is James O’Donnell: «Te llamas James O'Donnell.»

 

DEL LUGAR DE LA PEDAGOGÍA

 

15. La agricultura, la ganadería, la educación y la pesca

 

En esta colección de biografías imaginadas (o quizás no tanto), escrita con esti­lo‑registro enciclopédico, que constituye La literatura nazi en América (1996), del chileno Roberto Bolaño (1953), encontramos en la de Pedro González Carrera esta referencia a una revista de contenido tan inusual:

 

A los 21 años publica su primera poesía en la revista Flores Sureñas, un magacine dedicado a «la agricultura, la ganadería, la educación y la pesca», y que por entonces dirigían un grupo de profesores de primaria...

Roberto Bolaño

La literatura nazi en América

 Editorial Seix Barral, Barcelona, 1996

Pág. 63

 

ENSEÑAR IDIOMAS

 

16. Sospechas de que el profesor habla inglés

 

En El señor Presidente (1946), el premio Nobel guatemalteco Miguel Angel Asturias (1899‑1974) hace un retrato de una sociedad latinomaericana, seguramen­te la de Guatemala, inmersa en la ciénaga de corrupción y arbitrariedad que lleva aparejado un régimen dictatorial. En el fragmento que recortamos, la tía reconviene al sobrino que ha colgado los hábitos, el que andando el tiempo será el Tícher.

 

O si no quieres ser Padre, dedícate al magisterio, a dar ciar clases de inglés, pongo por caso. Si el Señor no te eligió, elige tú a los niños; el inglés es más fácil que el latín y más útil, y dar clases de inglés es hacer sospechar a los alumnos que el profesor habla inglés aunque no le entiendan: mejor si no le entienden.

Miguel Ángel Asturias

El Señor Presidente

 Cátedra, Madrid, 1997

Pág. 326

 

ACTITUDES DESPÓTICAS. EL CONFLICTO ALUMNOS/ PROFESORES

 

17. Nunca tuvo que mirar hacia arriba para mirar a un niño

 

Ya en el número anterior seleccionábamos un pasaje de la novela magistral Los fronterizos (1993), del escritor danés Peter Hoeg (1957), en la que el protagonista, Peter, un adolescente en la frontera de la normalidad mental relata su intento deses­perado de escapar del espacio cerrado y opresivo que supone el colegio. En los si­guientes fragmentos nuestro personaje reflexiona sobre la relación desigual entre alum­nos y profesores.

 

Ellos estaban protegidos. El tiempo les había provisto de una membrana de protección. Eran ocurrentes, impacientes y absolutamente insensibles a nuestro encuentro.

Así era entonces, cuando iba a la escuela de Biehl, así es ahora, así será siempre. El tiempo se ha sedimentado alrededor de los adultos, con sus pri­sas, su tedio, sus ambiciones, su amargura y sus objetivos a largo plazo. Ya han dejado de vernos realmente; y lo que ven, lo olvidan cinco minutos más tarde.

Mientras que nosotros, nosotros no tenemos piel. Y su recuerdo es, para nosotros, eterno.

Así era en el colegio. Recordábamos cada expresión en sus rostros, cada gesto, cada burla y cada estímulo, cada comentario casual, cada manifesta­ción de poder y de debilidad. Para ellos representábamos la cotidianidad; para nosotros, ellos eran intemporales y cósmicos, inmensamente poderosos.

 

No miró hacia arriba, no me vio.

No fue cuestión de suerte. Fue que no se le ocurrió, que no fue capaz de imaginárselo.

No podía. Al fin y al cabo, nunca había tenido que mirar hacia arriba cuando había mirado a un niño. Los niños siempre habían estado por debajo de él. Por debajo en la clase, en el patio, en el aula magna y en la iglesia, siempre por debajo. Fredhoj ya no era capaz de alzar la vista hacia el techo y la luz. Al menos, no lo era para buscar a un niño.

Yo lo vi desde arriba. Como nunca había visto a ningún profesor en toda mi vida. Vi su caspa en el cuero cabelludo y pegada en la americana.

 

Ahora mismo, están sentados en sus tarimas, haciendo ver que no pasa nada. Pero todo el mundo sabe que algo anda mal; la presión en la clase crece. Y es cuando a uno le sobreviene una idea. De repente, se le ocurre a uno que el profesor es sólo uno, que está solo, mientras que nosotros somos veinte, nadie tiene nada que hacer contra veinte, ni siquiera en las clases inferiores, si todos están firmemente decididos. Y uno echa un vistazo a su alrededor, y la fantasía acude en su ayuda. Todo el mundo tiene un sacapun­tas, es obligatorio. Entonces, sacas la hoja; es pequeña, pero es igual que una hoja de afeitar. Ahora, todo el mundo se pone en pie y se dirige a la tarima; ahora todo se ha acabado, dentro de un instante, el estará tendido en el suelo, y uno saldrá corriendo hacia la libertad...

Peter Hoeg

Los fronterizos

Traducción de Sofía Pascual

Barcelona, 1997. Tusquets Editores

Págs. 225‑226; 191‑192; 221

 

18. De rodillas sobre granos de maíz

 

Cartas a Cristina (1994) es la autobiografía humana e intelectual de uno de los pensadores más influyentes de nuestro siglo: el educador y pedagogo brasileño Pau­lo Freire (1921‑1997). De este testamento intelectual y humano extraemos un relato que hay que ubicar en la década de 1930, con el que ejemplifica la tradición autorita­ria de la enseñanza en Brasil.

 

Una cierta mañana soleada de domingo, en un momento de descanso de nuestro ejercicio de natación, Temístocles, Dino y yo calentábamos el cuerpo al sol cuando un niño de nuestra edad se nos aproximó y se incorporó a nuestra plática. Vnía d una zona más hacia el fondo de la ciudad, bastante poblada, que si bien no era rural era casi rural.

Su nombre es Entre Ríos. Hace muchos años que no visito Entre Ríos. Debe de haber cambiado tanto como cambió el río Duas Unas, tanto como cambió mi propio cuerpo.

Ya no recuerdo el nombre del niño y hasta lamento que no hayamos crea­do y estrechado nuestra amistad. Pero su recuerdo mora en nosotros por una experiencia que había tenido y que nos participó. Su experiencia en la escue­la, su pavor del truculento maestro, cuyo perfil nos mostraba moviendo todo el cuerpo, las manos, los brazos que abría al máximo para sugerir lo rotundo del maestro. «Señor» Armada era su nombre. Las proezas del «señor» Arma­da, su modo de proceder como capataz siendo maestro, su autoritarismo, sus métodos violentos, todo lo describía muy bien el recién llegado.

Hoy, el recordar el caso, siento que la narración del niño era una forma de la que se servía para extroyectar el miedo, para poder enfrentar con menos dificultad al «señor» Armada, como amenaza, al día siguiente. Era como si él necesitase intimar más con el peligro. Hablar del «señor» Armada como él lo hacía era un modo mágico de minimizar el riesgo. Y lo hizo tan bien que pro­vocó en nosotros, en Temístocles, en Dino y en mí, unas ganas incontrolables de ir a las proximidades de aquel dominio. Y fue exactamente lo que hicimos dos días después, ayudados por las indicaciones que nos diera nuestro ami­go.

El «señor» Armada era un hombre alto, un hombre del pueblo, de pocas letras, gordo como Adelino, bastante más joven que éste pero ciertamente sin los momentos de ternura con los que Adelino puntuaba sus instantes ás­peros.

Según nos dijo nuestro informante, ningún niño vivía en paz con sólo pensar que un día podría ser matriculado en su célebre escuela; una escuela particular, en la minúscula sala de su casa, con más niños que espacio.

«Vamos Pedrito, apúrate muchacho. Si continúas así un día más te man­do a la escuela del `señor' Armada». Éste debía ser el discurso con el que las madres y los padres trataban de estimular a sus Pedritos y a sus Carmencitas.

Sólo de conocer las historias sobre el maestro yo reaccionaba duramente contra él. Mientras escuchaba, por ejemplo, las historias que nos contaba nuestro amigo en la orilla del río, yo soñaba con verlo impedido de tener una escuela y puesto de rodillas sobre granos de maíz, tal como él hacía con los niños.

Mucho antes de llegar al «feudo» del «señor» Armada sabíamos ya que nos estábamos aproximando. Una cantinela con aires de letanía decía: una b con a hace ba, una b con e hace be, una b con i hace bi, una b con o hace bo, una b con u hace bu. Ba, be, bi, bo, bu. Ba, be, bi, bo, bu.

Ba ba, be be, bi bi, bo bo, bu bu. Ba, be, bi, bo, bu.

Nos detuvimos a unos treinta metros de la escuelita, a la sombra de un oití, sin saber exactamente qué hacer. Hubo un silencio, de repente otra can­tinela recomenzó la cadencia sonora: 1 y 1, 2; 1 y 2, 3; 1 y 3, 4; 1 y 4, 5; 1 y 5, 6; 1 y 6, 7; 1 y 7, 8; 1 y 8, 9; 1 y 9, 10. Oíamos la voz fuerte del «señor» Armada, 4 y 2, 6; 4 y 2, 6.

De pronto escuchamos un barullo inusitado y vimos pasar a un niño muy delgadito, rápido como una flecha, casi volando, y atrás de él, el rostro ira­cundo, los ojos rabiosos y los brazos en alto, al «señor» Armada con todos sus kilos corriendo el desventaja. El niño pasó junto a nosotros como si fuese una bala, por lo menos treinta o cuarenta pasos adelante del «señor» Arma­da, hasta que, como si su propia rabia lo hubiese atropellado, el «señor» Armada tropezó y cayó al suelo cuan largo era. El pantalón de mezclilla del maestro se abrió a la altura de la rodilla, que sangraba, lastimada en el cho­que entre el cuerpo pesado y el suelo seco y duro. El «señor» Armada brama­ba al niño que no escaparía de su rabia, de su castigo, de su violencia. Medio sentado, mirando en dirección a la escuelita ya vacía de niños que, en la calle y muertos de miedo, lo miraban, tirado y airado, al tiempo que maldecía ame­nazando a toda la creación.

El «señor» Armada se había caído a cuatro pasos de nosotros. Pudimos verlo en plena rabia. Rabia por el niño que lo provocara, rabia por la humilla­ción de ver su cuerpo pesado tirado en el suelo, rabia por el dolor de la rodilla herida, rabia por el éxito momentáneo del niño que se había escapado.

Pude ver todas esas rabias en su cara, en la ira de sus ojos.

Los vecinos llegaron rápido, atentos, y ayudaron al «señor» Armada a levantarse mientras los niños, ya poseídos por un miedo mucho mayor, regre­saban silenciosos al interior de la escuelita.

Tal vez el tropezón que se llevó el «señor» Armada, su corpachón gol­peándose en el suelo, su esfuerzo por sentarse, que no logró más que a medias, casi vencido por el accidente; tal vez todo esto, o la memoria de todo esto revivida diariamente habría acabado por convencer a los niños de que el «señor» Armada también era vulnerable. El carcelero había tropezado, tam­baleado, caído.

Tal vez esto explique la rebeldía casi sistematizada que asumieron los niños de la zona a partir de la caída de Armada. El mismo niño nos dijo, en otro encuentro en la orilla del río, que desde entonces lo molestaban cada vez que andaba por las calles de su barrio. Siempre había un niño que, es­condido en la esquina de una calle o detrás de un árbol, le gritaba:

‑¿El «señor» Armada se cayó?

‑Se cayó.

‑¿El «señor» Armada lloró?

‑Lloró.

Cuanto más se burlaba del opresor la voz tierna del oprimido, por su­puesto con el cuerpo del oprimido escondido, inalcanzable, tanto más se vol­vía capaz, la voz tierna, de hacer perder la calma al más fuerte. En cierto momento, el fuerte se va haciendo más débil. El «señor» Armada comenzó a tener miedo de andar por las calles, a pesar de su poder y, principalmente, de su fama.

Hasta es posible, aunque no puedo afirmarlo, que haya suavizado su aspereza en las clases.

El «señor» Armada, sin embargo, no era una excepción ni una extrava­gancia cultural. Había otros tantos Armadas cuya férrea disciplina impuesta a los alumnos era incluso requerida por los padres y por las madres, convenci­dos de que un tratamiento duro era lo que haría de ellos gente seria.

Años después en Recife, cuando trabajaba en el Servicio Social de la Industria, Sesi, pasé unos quince días visitando diariamente cerros y arroyos de las zonas populares. Entré en todas las escuelitas populares que encontré para conversar con maestros y maestras. El autoritarismo prevalecía. Encon­tré varias palmatorias en las que, con un cortaplumas, había grabado «cal­ma, corazones».


La tradición autoritaria brasileña, la memoria esclavócrata, la experien­cia de la exacerbación del poder que coarta a las clases sociales entre noso­tros, todo esto explicaba al «señor» Armada. En realidad el «señor» Armada no podría existir aislado, como si fuese una incómoda excepción.

Paulo Freire

Cartas a Cristina. Reflexiones sobre mi vida y mi trabajo

Traducción de Stella Mastrángelo y Claudio Tavares Mastrángelo

Siglo XXI editores, México, 1996

Págs. 71‑74

 

 

COLEGIOS PRIVADOS

 

19. Un nivel académico muy alto

 

La historia que narra El guardián entre el centeno (1945), del norteamericano J. D. Salinger (1919), con el estilo espontáneo y ágil, próximo al oral que se supone al narrador‑protagonista, se desarrolla durante una noche: la noche en que, expulsa­do del colegio, un chico deambula por la ciudad y, a través de su encuentro con perso­najes diversos, nos hace partícipes de sus sentimientos y sus frustraciones.

 

Empezaré por el día en que salí de Pencey, que es un colegio que hay en Agerstown, Pennsylvania. Habrán oído hablar de él. En todo caso, seguro que han visto la propaganda. Se anuncia en miles de revistas siempre con un tío de muy buena facha montado en un caballo y saltando una valla. Como si en Pencey no se hiciera otra cosa que jugar todo el santo día al polo. Por mi parte, en todo el tiempo que estuve allí no vi un caballo ni por casualidad. Debajo de la foto del tío montando siempre dice lo mismo: «Desde 1988 mol­deamos muchachos transformándolos en hombres espléndidos y de mente cla­ra». Tontadas. En Pencey se moldea tan poco como en cualquier otro colegio. Y allí no había un solo tío ni espléndido, ni de mente clara. Bueno, sí. Quizá dos. Eso como mucho. Y posiblemente ya eran así de nacimiento.

 

Es que no les he dicho que me habían echado. No me dejaban volver después de las vacaciones porque me habían suspendido en cuatro asigna­turas y no estudiaba nada. Me advirtieron varias veces para que me aplicara, sobre todo antes de los exámenes parciales cuando mis padres fueron a ha­blar con el director, pero yo no hice caso. Así que me expulsaron. En Pencey expulsan a los chicos por menos de nada. Tienen un nivel académico muy alto. De verdad.

J. D. Salinger

El guardián entre el centeno

Traducción: Carmen Criado

Alianza Editorial, Madrid, 1997

 Págs. 8 y 10