EL ÁNIMA Y EL ÁNIMUS DE LA EDUCACIÓN FÍSICA

 

Esther Prados Megías (*)

 

Se hace necesario en nuestra cultura contemporánea reflexionar acerca de cuál es el papel que ha tenido y tiene el tratamiento de lo corporal, por parte de los profesionales que utilizan el cuerpo y el movimiento como medio de educación y formación del ser humano. Desde el punto de vista social, educativo, cultural... este tratamiento ha partido de unas estructuras fundamentalmente masculinas y ha relegado los valores, la forma de entender y relacionarse, la forma de expresión e, incluso, las propias prácticas femeninas a una situación infravalorada y negada. Sin embargo, parece necesario reconocer que los elementos femeninos (ánima) y los elementos masculinos (ánimus) deben apuntar hacia una realidad más integradora y liberadora del ser humano. Aunque el ámbito de la educación física y el deporte, considerado como elemento social y cultural, ha estado impregnado de esta dicotomía y trato discriminatorio con respecto a la mujer, podemos utilizar este ámbito como espacio educativo para lanzar propuestas equilibradoras e igualitarias que nos hagan avanzar en la toma de conciencia y en las prácticas cotidianas de hombres y mujeres.

 

Por cada mujer catalogada como poco femenina

cuando compite, hay un hombre obligado a competir

para que no se dude de su masculinidad

(Anónimo).

 

El título puede hacer pensar que este trabajo está más o menos relacionado con cuestiones relativas al espíritu, pero nada más lejos de lo qué considero una realidad. Comenzaré por situar qué es esto del ánima y del ánimus, lo que dará sentido a lo que se pretende reflexionar. Para ello me remito a las palabras de María José Arana (1997): ..hablamos de ánima refiriéndonos a lo femenino, aquello que está presente en todo ser humano, sea hombre o mujer aunque en distintas proporciones. De igual forma que ánimus está relacionado con lo viril y está presente en todos los seres humanos. Ánima y ánimus configuran al ser humano y en definitiva a la humanidad».

Siguiendo a esta misma autora, profundizar en lo femenino significa entender una forma de ser y de sentir la vida y la relación, de componer o edificar el mundo desde otros valores. Atañe a las raíces de la justicia. Entraña un nuevo paradigma, un modelo diferente; supone un paso de unas relaciones jerárquicas y piramidales a otras más igualitarias. Nuestro mundo está fundamentalmente organizado y estructurado desde claves masculinas. La presencia de lo femenino ha sido relegada e infravalorada tanto en hombres como en mujeres, aunque no de igual forma. Esta forma de entender y hacer perjudica al conjunto humano. Desde este planteamiento vivimos en una sociedad que históricamente ha empobrecido el desarrollo del ánima y eso implica una infravaloración de la mujer. De igual forma el ánimus ha sido manipulado y desproporcionado en los varones y negado y suprimido en las mujeres. Esto ha provocado un desequilibrio en la forma de entender las relaciones sociales, políticas, personales... un empobrecimiento en el ser humano, en la forma de ser, en la identidad de los hombres y de las mujeres. Desde esta forma de entender nuestro mundo podríamos decir que a nuestra cultura, nuestras estructuras... les falta ánima y sobran formas concretas de ánimus, y así la totalidad está desequilibrada. Además, este desequilibrio fundamenta unas relaciones injustas y jerarquizadas, excesivamente basadas en el poder, que relegan la dimensión femenina y absolutizan la viril. Caer en la cuenta de todo ello lleva al deseo de una transformación profunda.

Aún nos queda el legado de una discriminación sistemática contra la mujer. Está enquistada en las estructuras económicas, sociales, políticas, religiosas y hasta lingüísticas de nuestras sociedades. Este prejuicio reviste formas diferentes en las diferentes culturas. Se necesita sensibilidad para no aplicar una misma medida para lo que pasa por discriminación. Con todo, no deja de ser una realidad universal. Además, en muchas partes del mundo, las mujeres, que sufren ya las crueles consecuencias de la guerra, la pobreza, la migración o la raza, sufren con frecuencia una doble desventaja precisamente por serlo. Se puede así afirmar que hay una «feminización de la pobreza» y un «rostro femenino de la opresión».

 

El tratamiento del ánima desde el ánimus

 

Reflexionar acerca de la mujer, su presencia dentro del campo de la actividad física y el deporte, significa entender cómo ha ido evolucionando esta área de conocimiento, analizar los elementos que han ido configurando el cuerpo de la educación física y quiénes han ido determinando la forma de hacer, estar, concebir y madurar la educación física.

Situar a la mujer en esta área obliga a plantearse previamente la relación de la mujer con el mundo social y cultural del que forma parte. Hacer un análisis histórico y crítico de cuál ha sido el papel y la presencia de la mujer en los distintos ámbitos sociales, culturales, políticos, educativos, económicos, éticos, relacionados con la actividad física y el deporte, no es objeto de este artículo, pero sí se hace necesario situarse desde estos planteamientos o, al menos, hacerse estos interrogantes previos, para entender y comprender desde dónde situamos la presencia de la mujer.

A mediados de septiembre en un foro de debate de un congreso sobre actividad física escolar, se hablaba de la coeducación en clases de educación física, de la necesidad de establecer pautas claras acerca de la concienciación del profesorado y del alumnado en relación con el tipo de actividades y conductas sexistas, en perjuicio de la mujer. Esto provocó la reacción de un sector del público con relación al tiempo que llevamos oyendo en los discursos políticos, académicos y educativos la necesidad de la presencia y atención al trabajo de género: «ese discurso ya está de más. Es hora de pasar a la acción [...]. Todos sabemos de la importancia de la mujer, de la necesidad de incorporarla como sujeto de hecho y derecho. Pero este discurso ya está pasado de época. Es hora de plasmar acciones y avances concretos [...] ».

Bien es cierto que estos discursos aún están presentes, y no por ello dejan de ser necesarios como paso previo a la toma de conciencia de esta realidad, pero no podemos caer en el error de pensar y actuar parcialmente, porque la cuestión de la mujer no es algo puntual, que esté de moda, ni es un tema interesante o oportunista, ni tampoco, simplemente, un tema más o menos marginal, sino que tenemos que partir de la concepción de que esta cuestión es algo que atañe profundamente a la base y existencia de todo el entramado del mundo, donde todos los problemas están relacionados. Las actuaciones pueden, a partir de aquí, ser o no parciales, puntales, concretadas en problemáticas, pero nuestra conciencia y concepción ha de ir mucho más allá. Esta labor de ir a las raíces es más ardua y no es sólo cuestión de hablar de ello o de saber que hay que hablar de ello. No podemos ignorar que, aunque en los discursos se esté tomando conciencia de este problema, la realidad cotidiana con la que trabajamos, los mensajes diarios de los distintos medios de comunicación, las prácticas diarias educativas, los modelos culturales que se nos presentan, van por otro lado, siguen teniendo como telón de fondo una diferenciación sesgada de género, una dominación sexista de la realidad y un tratamiento desequilibrado en cuanto al ser hombre o mujer.

Desde hace ya algún tiempo, asistimos a una sobrevalorización de lo corporal por parte de los medios de comunicación. En una sociedad como la actual, el cuerpo tiene un valor central, es un signo de estatus y un símbolo de éxito o fracaso, un vehículo mediático para los intereses mercantilistas de la cultura consumista occidental (A. Buñel, 1994). Los medios de comunicación no hacen sino mantener un orden y estructura social, dirigida y controlada desde una forma de pensamiento y reflexión dominada por hombres. Desde este planteamiento podemos decir que se ha hecho un uso distorsionado de la imagen corporal y física de la mujer.

Lo corporal, que es una realidad que define la forma y presencia del ser humano en este mundo, ha sido en nuestra sociedad objeto de estudio desde diversos ámbitos e intereses. El uso de lo corporal -el cuerpo- ha definido en gran medida el objeto de estudio de la educación física. El tratamiento que esta disciplina ha dado al cuerpo, al uso que de éste se deriva y a las implicaciones corporales con el resto de los ámbitos del ser humano -a saber: social, político, cultural, económico, psíquico...- ha estado impregnado, obviamente, de valores y estereotipos definidos dentro del ánimus, en gran medida reforzados y mediatizados por el tratamiento que desde los poderes de comunicación se les está dando. Ello ha hecho que las imágenes, experiencias y actuaciones que el hombre-mujer realiza con su cuerpo y a través de éste, nos lleguen con sesgos claramente diferenciadores y desequilibrados del ser mujer o ser hombre. Es por ello por lo que la historia, experiencia y vivencia de la educación física esté contemplada fundamentalmente desde patrones masculinos. En infinidad de ocasiones se nos presentan modelos relacionados con las facultades físicas que encarnan a un hombre fuerte, varonil, musculado y a una mujer flexible, ágil, tierna. Aunque el mundo de las imágenes publicitarias, de películas, vídeos, etc., transmiten estereotipos recurrentes, tales como una corporeidad masculino-masoquista, o bien una combinación entre cuerpo-máquina de los hombres, también es cierto que la cultura posmoderna de la corporeidad -la imagen y lenguaje del cuerpo- se extiende desde una excesiva eficacia, dominación y modelación hasta una extrema tranquilidad, relajación, contemplación y terapia.

Estamos asistiendo, a pesar de haber ya superado la dicotomía cuerpomente, a una realidad bastante pobre. Los estudios que se siguen realizando reflejan un distanciamiento de estas dos realidades y, por tanto, un abandono de todo lo referente a la corporeidad. Desde el discurso posmoderno de la corporeidad se hace referencia a una cultura de la eficacia, tecnológica y consumista y a valores individualistas, etnocentristas, cuerpos capaces de, etc. (ánimus). Esto implica que desde este mismo discurso se supriman temas relativos a las minorías, a la pobreza, al subdesarrollo, a aspectos políticos, ideológicos, sociales, pedagógicos de la educación (ánima).

En palabras de Martti Silvennnoinen, la clara dicotomía masculinidad-feminidad significaría que uno de estos extremos pertenece a los hombres, el otro a las mujeres. La dicotomía está adquiriendo nuevos matices, si no desapareciendo totalmente. A pesar de esto, muchos (hombres) pueden sentir que la aparición de las mujeres en la plataforma de deportes como la halterofilia, el boxeo, etc. está destruyendo el último bastión de la hombría, la ausencia de comparación garantizada por los músculos y la fuerza. Y la llegada de las mujeres con potencia no es en absoluto el único asalto al tradicional «cuerpo sexuado». Esto significa que el cuerpo masculino/femenino tradicional, como cuerpo sexuado, se ha vuelto más relativo, lo cual, por supuesto, no significa que ocurra con la propia identidad sexual. Profundizando en esta perspectiva, J.M. Cagigal apunta que «...después que las mujeres hayan logrado la plena igualdad como seres humanos y se hayan superado todos los reflejos sociales derivados de tantos siglos de desigualdad, será hora de reconsiderar sin complejos y de asumir con plenitud la diferencia sexuada que nos distingue».

No podemos obviar que la escuela y los centros de formación de los profesionales de la actividad física y el deporte son espacios, instituciones que reflejan la estructura y el orden social y, por ende, transmiten lo que de ellos se espera. Así pues, las prácticas que de ellos se deriven formarán parte del bagaje cultural y formativo de las personas en materia corporal. No podemos dudar que la actividad física y deportiva es un reflejo de la vida y valores sociales y culturales de una sociedad en un momento determinado y, en consecuencia, las prácticas que de ello se derivan manifiestan la situación social de las personas que forman parte de ella. Desde esta perspectiva, y sin tener que ir demasiado lejos en el tiempo (por ejemplo, recordemos la última campaña que desde una institución pública se ha lanzado con relación al maltrato físico de las mujeres), podemos afirmar que la situación de la mujer en esta sociedad contemporánea debe plantearse cuestiones concretas y relativas a la presencia, participación, experiencia y vivencias desde el ser femenino. La actividad física y el deporte, por tanto, deben situarse igualmente desde estas necesidades. No podemos obviar que este área de conocimiento aporta una dimensión indiscutiblemente necesaria para el desarrollo global del ser humano, pero tampoco podemos obviar que se estructura desde parámetros claramente diferenciadores en cuanto al tratamiento de la dimensión ánimus y ánima.

 

El presente y el futuro

 

Situar este planteamiento en lo cotidiano de las prácticas físicas y deportivas nos lleva en, este caso, a centrarnos en el contexto escolar y extraescolar por un lado, y, por otro, a los espacios de formación de los profesionales que se dedican a la educación de la persona a través y por medio del movimiento y de lo corporal.

No hace mucho, en el contexto de unas prácticas pertenecientes al proceso formativo de especialistas en educación física, se analizaba cómo se organizaban los niños y las niñas en la clase de educación física con relación al tipo de prácticas y propuestas que se hacían. Se comentaba que tanto niñas como niños se agrupan indiferentemente y que ambos se mezclaban sin ningún problema. A raíz de esta observación se deducía que se estaban superando las barreras de separación de sexos, que no existía problema de coeducación, que se está llegando dentro de las clases de educación física a un tratamiento igualitario de niños y niñas. Puede parecer un ejemplo simplista, pero manifiesta las primeras impresiones de un grupo de estudiantes especialistas en educación física tras unos días de contacto directo con la realidad educativa. Creo significativo resaltar estas apreciaciones, primero porque ponen de manifiesto la concepción sesgada y reducida, (el hecho de utilizar grupos mixtos no garantiza la igualdad de participación, de motivación, de interés, de tratamiento no-sexista en las prácticas deportivas educativas en este caso); en segundo lugar, la escasa formación en materia de trabajo no-sexista e igualdad de oportunidades en cualquier ámbito educativo y formativo, y, en tercer lugar, la necesidad de profundizar en los múltiples aspectos que afectan al problema de la desigualdad masculino/femenino. La realidad se nos presenta enmascarada: detrás de lo que vemos hay un mundo lleno de prejuicios, estereotipos, valores, normas, tradiciones, sutilezas...

Considero oportuno aportar algunas líneas de reflexión y actuación, porque en la medida en que vayamos tomando conciencia de esta necesidad y de este nuevo reto podremos considerar que nuestro trabajo apunta hacia un desarrollo más justo e igualitario del ser humano. El tomar conciencia debe apuntar hacia una actitud crítica y reflexiva personal, cuestionarse y tomar conciencia de cuáles son mis pensamientos, mis actuaciones, mis decisiones y mis prácticas. No es suficiente saber que existe el problema, tener datos concretos sobre éste (por ejemplo, el número de niños y niñas que participan en una determinada actividad deportiva, que los niños prefieren una actividad física y las niñas otra), asunto que, por otro lado, los mass media se encargan de mostrarnos. A modo de ilustración diré que conocer el problema no es sólo intentar de vez en cuando que en los discursos se utilice tanto género masculino como femenino. La toma de conciencia que antes apuntaba debe enfocarse hacia un análisis personal, cuestionarse desde qué planteamientos, ideas, discursos y opciones se sitúa cada persona, incorporar al proceso reflexivo personal la necesidad de incluir lo femenino (ánima) como parte integrante. Nuestro pensar no puede ser excluyente, y si eso es así, la no-exclusión estará presente en los discursos y en las prácticas.

En otra línea de actuaciones, apuntaré hacia el compromiso formativo que cada de uno de los profesionales de esta materia han de tener con relación a temas de coeducación, educación no-sexista e igualdad de oportunidades en el ámbito de las prácticas físicas y deportivas. Tenemos un área de conocimiento relativamente virgen, con posibilidades realmente integradoras de las dimensiones ánima y ánimus, que permite trabajar la dimensión de lo corporal desde cualidades y actitudes globalizantes.

En último lugar, creo necesario insistir en la necesidad de investigar en campos diferentes a aquéllos en los que tradicionalmente se ha puesto énfasis dentro del mundo de la educación física y el deporte. Las mujeres aportan en estos momentos una presencia diferente en la sociedad. La ocupación de su tiempo libre y ocio, la forma de ocupación de ese tiempo, el tipo de prácticas que realizan, la vivencia de su corporalidad desde otros patrones diferentes a los que tradicionalmente se les han impuesto, apuntan hacia un enfoque generador de investigaciones centradas en la mujer. Esta nueva conciencia femenina obliga y ayuda a reconocer y revisar los esquemas mentales, las formas de autocomprenderse, de situarse en la historia e interpretarla, y de organizar la vida, en este caso la vida educativa, física y deportiva de la sociedad imperantemente masculinizada que hemos estado y estamos viviendo. En palabras de Nuria Puig, «tendremos que preguntarnos si la creciente preocupación de las mujeres por el cuerpo, y las prácticas que de ello se deriva, los incipientes puntos de ruptura que en este campo se manifiestan, la insistencia en elegir un tipo de prácticas que se apartan de los esquemas deportivos tradicionales... no significarán el inicio de una nueva concepción de las actividades físicas que atraerá hacia sí a numerosas personas que hasta ahora no se han sentido inclinadas al deporte. [...] Cabría preguntarse también si la mujer no se está convirtiendo en la fuente de innovación para unas actividades físicas en el tiempo libre».

 

Bibliografía

 

ARANA, M.J. (1997): «Rescatarlo femenino para reanimarla tierra». Cuadernos Cristianisme i Justicia, nº 78.

BUÑEL, A. (1986): «Imagen, comportamiento y actitudes frente al fenómeno de la gimnasia recreativa y femenina». Revista investigación sobre Educación Física y Deporte. vol. 2, pp. 35-56.

- (1994): «La construcción social del cuerpo de la mujer en el deporte». Revista REIS. nº 68.

.GUBERN, R. (1984): «Estereotipos femeninos en la cultura de la imagen contemporánea». Revista Análisis, vol. 9, pp. 33-40.

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SILVENNOINEN, M. «¡Todos en fila! La experiencia de la Educación Física escolar y la imagen del papel del profesor». Historias de Vida. Departamento de Educación Física. Universidad de Jyváskiá. Finlandia.

VÁZQUEZ, B. (1991): «La niña y el deporte: La motivación para el deporte y los valores de la niña». Infancia y Sociedad, n° 10, pp. 80-92.

VÁZQUEZ, M. (1986): «Las investigaciones sobre la situación social de la mujer». Cuadernos de Ciencias Políticas y Sociología, vol. 18, pp. 57-62.

 

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(*) Esther Prados Megías pertenece al Departamento de Didáctica de la Expresión Musical, Plástica, Corporal y Educación Física de la Universidad de Almería.