DE ESCUELAS Y MAESTROS /1

 

Manuel Vera Hidalgo

 

Si hay un asunto recurrente en la historia contemporánea de los textos literarios, éste es el de la escuela, el de las vivencias infantiles y adultas en el interior de las aulas, el de las relaciones entre alumnos y maestros (léase también alumnas, maestras), entre camaradas, el de las dificultades de los aprendizajes y el de las didácticas más o menos inverosímiles... La experiencia escolar, estudiantil, es prácticamente universal, al menos en nuestro ámbito cultural, y se produce en edades tan tempranas, que difícilmente encontraremos otra que se integre de manera tan íntima, para bien o para mal, en la personalidad de los individuos (exceptuando quizá la del contacto primario con los mitos religiosos que tan difícilmente se desprenden de la identidad personal y que luego habrán de convivir, contra toda lógica, con el pensamiento más racional; pero como dice el narrador, «esta es otra historia y deberá ser contada en otro momento»). Es, seguramente, por esto por lo que resulta tan difícil encontrar un relato referido a tiempos históricos recientes, que no aluda de alguna manera, siquiera sea de pasada, a las vivencias en las que la escuela y las relaciones escolares son protagonistas. Y eso por no citar las que las tienen como asunto central o las que completan la definición de algún personaje con su condición de enseñante, con todo lo que ello aporta a la arquitectura de la ficción. El juego de valores que establece el narrador o que se desprende de las interrelaciones entre los personajes son en estos casos especialmente jugosos para los que disfrutamos con estos descubrimientos. (La nómina de escritores que unen a su condición de creadores la de docentes no es dato despreciable al respecto).

Asomarse a este universo nuestro de la educación a través de la percepción, la inventiva o la reflexión de los contadores de historias es una manera distinta de aprehender las visiones múltiples que de la escuela y la enseñanza hay en la sociedad, de sentirnos reflejados en ellas, de pensarnos a nosotros mismos en cuanto profesionales de esto.

Con esta primera entrega inauguramos De escuelas y maestros, una sección de Conceptos dedicada a espigar y ofertar textos, narrativos fundamentalmente, pequeños fragmentos en los que se reflejan, de una manera o de otra, las variopintas facetas de este objeto poliédrico que es la escuela y todos los mundos (imaginarios o reales) que la rodean.

Nadie espere encontrar en estas páginas un cuerpo exhaustivo de textos, ni una estructura coherente, ni una organización que se atenga a núcleos temáticos preestablecidos y ordenados. Ni mucho menos a escuelas, movimientos o países. Se trata, sin más pretensiones, de recolectar en cada número un reducido grupo de citas, divertidas o curiosas, con la seguridad de que alguna, además, dará qué pensar.

Para comenzar, allá este primer revuelto que habla de la consideración de los maestros, de la manía de evaluar, del terror de los exámenes, del miedo a la escuela, de la ética y de una visión nada roussoniana de la infancia.

Agítese bien y sírvase frío.

 

DE LA CONDICIÓN DE LOS MAESTROS

 

  1. Un trabajo de mujer

 

Boquitas Pintadas (1969), del argentino Manuel Puig (1932-1990), constituye un excelente retrato de la vida social de la Argentina de los años 30 y 40 y una reflexión crítica sobre el papel asignado a las mujeres y el espacio reducido y agobiante a que se reducen sus expectativas.

 

-Cuéntame más de Mabel, ¿qué es el novio?

-Cuando la niña Mabel estaba aquí en Buenos Aires la señora me contaba que había conocido a un muchacho que la pretendía, pero que a la niña Mabel no le gustaba, que no tenía carácter.

-¿No te acordarás si era maestro el muchacho?

-Sí, me parece que sí, que la Mabel decía que tenía un trabajo de mujer...

Manuel Puig

Boquitas pintadas

Seix Barrl¡, Barcelona, 1984

2. Apenas un maestro

Como trasfondo de una amable historia de amor, la popular novela Gabriela, clavo y canela, del brasileño Jorge Amado, nos presenta la vida dura de los habitantes de Ilhéus, un pueblecito en el Brasil caciquil de los cafetales y los coroneles de los años 20.

 

-El señor Josué quería que fuese a vivir con él; ¡imagínese! Es un mozo tan lindo...

-No tiene donde caerse muerto; apenas si es un maestro de chicos. Ni pienses en eso, puedes elegir algo mejor.

Jorge Amado

Gabriela, clavo y canela

 Seix Barral, Barcelona, 1985

  1.  La vestimenta de los maestros

 

 

Yo el supremo (1974), la magistral novela del paraguayo Augusto Roa Bastos (1917) es una reflexión sobre la personalidad del Doctor Francia a través de las consignas y reflexiones que el propio protagonista dicta a su fide-indigno Patiño. El dictador perpetuo, el enemigo mortal de la alta burguesía criolla de su país, que se encarga hasta de la provisión de la ropa de los maestros, establece por primera vez la enseñanza laica obligatoria y gratuita.

 

Los maestros de escuela visten aún más modestamente que los individuos de tropa. Sólo desde hace dos años se les provee de ropa interior algo más decente; inferior, con todo a la de los soldados. Pantalón de lienzo asargado, camisa de mezclilla. Chaqueta de la tela que haya. Chaleco de nanquín. Poncho, sombrero de entrepaño, pañuelo de cuello. Antes de esto se vestían con los tejidos que ellos mismos amañaban en fibras de algodón, de karaguatá, de pindó. No han menester de más atuendo para cumplir con sus tareas, frente a niños desnudos, arropados en su propia inocencia.

Augusto Roa Bastos

Yo el Supremo

Casa de las Américas. La Habana, 1979

  1. Gente inocente y ruidosa

 

La norteamericana Edith Wharton (1862-1937) ambienta su novela, La edad de la inocencia (1920), en el New York de finales del siglo pasado. En Portsmouth encuentra el protagonista a nuestros maestros:

 

En el desnudo comedor de la posada, que Archer había esperado tendrían para ellos solos, se encontraron con un estridente grupo de jóvenes de ambos sexos y aspecto inocente -maestros de vacaciones, como les aclaró el posadero-, y el corazón de Archer se encogió ante la idea de tener que hablar con tanto ruido de fondo.

Edith Wharton

La edad de la inocencia

RBA Editores, Barcelona, 1994

DE LA NATURALEZA DEL TRABAJO DOCENTE

 

  1. La obligación de un catedrático

 

Mediados de los años 60. Carmen reprocha a su marido, que acaba de morir, su desatención, su preocupación por asuntos de orden social que ella no puede comprender y que le parecen sumamente peligrosos, alteradores del orden en que viven. Cinco horas con Mario (1966) es, sin lugar a dudas, la obra cumbre de Miguel Delibes (1920).

 

Y no es que yo vaya a decir que no haya injusticias, ni corrupción, ni cosas de ésas que tú dices, pero siempre las ha habido, ¿no?, como siempre hubo pobres y ricos, Mario, que es ley de vida, desengáñate. Yo me troncho contigo, cariño, «nuestra obligación es denunciarlas», así, lo dijo Blas, punto redondo, pero, ¿quién te ha encomendado a ti esa obligación, si puede saberse? Tu obligación es enseñar, Mario, que para eso te hiciste catedrático, que para denunciar la injusticia ya están los jueces y para remediar las penas, la beneficencia, que os ponéis insoportables con tantas ínfulas...

Miguel Delibes

Cinco horas con Mario

 Destino/Orbis, Barcelona, 1984

  1. Enseñando ética a un ordenador

 

Un valor imaginario (1973) es un conjunto de introducciones y prólogos a obras científicas y lingüísticas editadas en el futuro. El escritor polaco Stanislaw Lem (1921) reflexiona, con un enorme sentido del humor y adoptando el formato de la ciencia ficción, sobre los peligros de un progreso no sometido al control de la ética.

 

La preparación de un ordenador de la generación 80 ya se parecía más a la educación de un niño que a la programación clásica de una máquina calculadora. Pero, además de la infinidad de nociones generales y específicas, se le debían «inocular» ciertos valores constantes, para que sirvieran de brújula de sus acciones. Eran ideas abstractas y elevadas tales como «la razón de Estado» (interés público), los principios ideológicos encarnados en la Constitución de los EE.UU., los códigos de normas, la orden ineludible de subordinación a las decisiones del presidente, etc. Para preservar el sistema de «desviaciones éticas» o «traiciones a los intereses del país», la enseñanza de la ética impartida a la máquina era diferente de la que se impartía a los ciudadanos. En vez de cargar su memoria con el código ético, se introducía en su estructura los imperativos de docilidad y obediencia, tal y como lo hace la evolución natural cuando se trata de los impulsos del hombre. Como sabemos, el ser humano puede cambiar sus ideologías, pero NO PUEDE destruir, por un simple acto de voluntad, sus impulsos elementales (el impulso sexual, por ejemplo). Se dotó a las máquinas de libertad intelectual, imponiéndoles al mismo tiempo, la base de valores a que debían servir.

[...]

Durante la investigación salió a la luz el hecho de que en talleres se encontraba un prototipo más, el SUPERMASTER, destinado esta vez al Ejército de Tierra y construido por la Cybermatics. Se había ultimado su montaje bajo una vigilancia excepcionalmente severa, sometiéndolo luego a un apretado interrogatorio en una sesión especial de las dos comisiones (la del Senado y la del Congreso) designadas para los asuntos del ULVIC. La sesión terminó en un verdadero escándalo, ya que el general S. Walker intentó averiar el SUPERMASTER cuando la máquina declaró que la problemática geopolítica era poca cosa en comparación con la ontológica, y que la mejor garantía de paz consistía en el desarme general.

Stanislaw Lem

Un valor imaginario

 Traducción: Jadwiga Maurizio

Libro Amigo. Editorial Bruguera, Barcelona, 1983

EL NIÑO ANTE LA ESCUELA

 

  1. Fobia de la escuela

 

En La corte de los milagros (1927), Valle Inclán (1866-1936) alude a la de Isabel II en el momento inmediatamente anterior a su destierro, en 1868. Este es el diagnóstico que hace el doctor Laguna en relación con el intento de suicidio del hijo del Marqués de Redín

 

-Doctor, oiga usted lo que escribe esa criatura de trece años: «No me es dable seguir soportando la cadena de la existencia. Mi vida se consume sin gozar del sublime espectáculo del Universo. Prefiero matarme -y soy un niño- antes que volver a verme en la mazmorra del colegio. Vuestro arrepentido, Agila.»

[...]

-¡No sé educar hijos! ¿Doctor, ninguna anormalidad ve usted en la carta de este niño?

-Nada más que contagio de literatura.

-¿Y el intento, afortunadamente frustrado?...

-La fobia del aula es casi siempre el origen del suicidio infantil.

Ramón del Valle Inclán

 La corte de los milagros

 Espasa Calpe. Colección Austral, 1973

DE EXÁMENES Y EVALUACIÓN

 

  1. El hábito de evaluar permanentemente a los niños

 

La acción a que se refiere la novela Los fronterizos (1993), del escritor danés Peter Hoeg (1957), se sitúa en los primeros años de la década de los setenta. El protagonista, un adolescente afectivamente desequilibrado, relata su intento desesperado de escapar del espacio cerrado y opresivo que supone el colegio, del sistema de control que impone una determinada concepción del tiempo, y cómo queda marcado por ello.

 

Opinaban que era de gran ayuda para los niños ser evaluados.

Supongo que se sigue opinando igual, es una idea que está bastante extendida en la sociedad. Que es bueno ser evaluado.

Estuve con la niña en el parque; cada día que pasa, dispongo de más ocasiones para estar a solas con ella. Cuando nos quedamos solos, acostumbramos salir de casa.

[...]

Estábamos en el parque, ella se había subido a unas traviesas. Tal vez estaba a un metro del suelo. Desde allí ella me llamó.

-¡Mírame!

No fui yo quien contestó, no me dio tiempo. Fue una mujer desconocida que también había ido al parque con su hijo.

-¡Qué niña más lista! -dijo la mujer.

[...]

La niña había reclamado mi atención. Sencillamente había pedido que la mirara. Sin embargo, lo que obtuvo fue una valoración. «¡Qué niña más lista!»

Cuando se evalúa a alguien, no se hace con mala intención. Uno simplemente lo hace porque ha sido juzgado muchas veces. Al final es imposible pensar de otra manera.

Peter Hoeg

Los fronterizos

Traducción de Sofía Pascual

Tusquets Editores, Barcelona, 1997

  1. Exámenes: el terrorismo de la pedagogía

 

En Los pasos contados retrato social y político del Madrid de comienzos de siglo, el periodista Corpus Barga (1887-1975) rememora su experiencia del instituto y el miedo irracional de los exámenes. El retrato (obtenido del tomo II, Puerilidades burguesas, 1965) resulta tan actual que asombra comprobar lo poco que en estos últimos cien años hemos avanzado en asuntos de didáctica...

 

En Madrid no había entonces más que dos Institutos oficiales de Segunda Enseñanza, el de San Isidro, el más antiguo y popular, en la calle de Toledo, en un antiguo convento de los jesuitas, y el del Cardenal Cisneros, al costado de la Universidad, otro antiguo convento éste, un noviciado de los jesuitas, en la calle Ancha de San Bernardo. Los colegios eran particulares, tenían que revalidar sus estudios en los Institutos. El colegio de la plaza de Santa Catalina de los Donados dependía del Instituto de la calle de Toledo. Sin duda, en calidad de catedrático de San Isidro, don Manuel Carrillo de Santiago fue consultado sobre nuestro caso. Puesto delante de mi hermano y de mí, levantó los brazos al cielo: «No deben perder un año ninguno de los dos, ya que no es posible adelantar a los dos un año; todas mis hijas han estudiado con un año adelantado y la oposición por la falta de edad la tengo ganada en el pleito.» Se ofreció a examinarnos para ver si estábamos bien preparados y a prepararnos él en lo que aún quedaba de curso si hacía falta. Don Manuel Carrillo de Santiago se encerró con nosotros en el cuarto de estudio al lado de la antesala, se sentó y poniéndose el pulgar y el índice de la mano derecha a caballo sobre la nariz se levantaba las gafas para hacernos preguntas. Quedó satisfecho, le aseguró a nuestro padre que sabíamos lo suficiente para examinarnos de ingreso y que además él, en vísperas del examen, nos daría unas cuantas lecciones. Este forzador pedagógico de sus hijas estaba dispuesto a forzarnos también a nosotros, debía de considerar los estudios como una carrera de caballos, la cuestión estaba en llegar al final el primero, en correr mucho; las lecciones que nos dio fueron sofocantes, nos metía las cosas en la cabeza deprisa, empujándolas, arreándolas, como conducía a las mulas el mayoral del tranvía del Retiro, para subir la cuesta de la calle de Alcalá.

[...]

El examen era el terrorismo de la pedagogía y como todos los terrorismos no asustaba, envilecía, destruía la personalidad del aterrorizado. Durante el curso la preparación de la víctima destinada a ese sacrificio se hacía en la casa de cada uno; en el colegio, las clases eran la anticipación, el ensayo del acto del sacrificio. Los profesores no explicaban de antemano, se limitaban en general a tomar las lecciones que se estudiaban en casa tal como venían en el texto, de memoria, y acaso aclaraban algún punto que nadie había comprendido [...]. Las notas de clase representaban lo que serían las notas de examen y producían, aunque atenuado, el mismo terror. El estudio en casa consistía no en aprender sino en prepararse para contestar a la lección de clase, es decir, en hacer un ensayo del ensayo [...]. Tales ejercicios aplicados debidamente podían haber producido grandes actores al teatro español.

[...]

He contado ya cómo todo el estudio de la segunda enseñanza no tenía otro objeto que preparar al estudiante para el acto de examen. Se estudiaban las lecciones en casa, ensayándolas con alguien que nos las repasaba, para repetirlas en clase, es decir, para ensayar en clase con nuestro profesor lo que el día del examen habíamos de hacer con el catedrático del Instituto. La finalidad que se iba buscando era saber, pero no saber este o el otro conocimiento, sino saber examinarse sobre él.

[...]

A pesar de que se ejercitaba exclusivamente la memoria, sucedía que el terror rabioso del examen y cierta alegría de venganza luego, facilitaban el pronto olvido de lo que se pudiera aprender. No era tan fácil olvidar lo aprendido fuera de los estudios oficiales, en las lecturas.

[...]

Pero aunque nos hubiesen situado como es debido los textos clásicos y nos hubieran hecho leer libros modernos divertidos, éramos muy jóvenes para que el terror nos permitiera, no ya nos acicateara, el gusto a la lectura, que es un placer. Todos los estudios los hacíamos bajo un terrorismo latente, el de los exámenes. Sin embargo, los días de examen, como lo tengo dicho, eran jornadas no sólo de terror, también de alegría. El despertar y el desayuno, las primeras horas del día, a Rafael y a mí, supongo por lo de vestirnos tan temprano con los trajes de paseo que solíamos ponernos nada más que por las tardes, nos hacían el efecto de ser las de Semana Santa, cuando íbamos con nuestro padre a los oficios que tanto nos sugestionaban, de las Descalzas Reales. Pero, entonces, el ligero temblor matinal se debía al madrugón; ahora a fuerza de miedo teníamos un temblor paralizado por el cloroformo de la cobardía, que detiene, asimismo, a la amenaza, la oculta con un velo invisible y pesado. En el colegio aprendíamos a reaccionar valientemente contra el miedo, pero sólo contra el miedo de la agresión personal, en las peleas. El miedo de los exámenes nos sobrepasaba. Pensando ya de hombre en él, me ha parecido que era el terror pánico, cósmico. Era el terror del infierno que, en cambio, el infierno no nos causaba, como tampoco nos convencían las delicias del cielo. Desayunábamos de prisa y mal, no hubiésemos desayunado si nuestra madre no nos hubiese obligado, temía que nos mareáramos durante el examen y para que después no se nos alcanzara el estómago, nos daba dinero, con el que en seguida de examinarnos debíamos ir a tomar algo a un café que había en la calle de Toledo, no lejos del Instituto [...]. Ir al café, como nuestro primo Damián Sedano y al Imperial o al San Isidro, tal promesa de delicias la gustábamos mezclada al terror. El placer que no nos hubiera podido dar ningún libro de imaginación bajo la amenaza de exámenes nos lo daba el café, pero un café que era también literatura. La calle de Trujillos abajo, que seguíamos al salir de casa, huía de nuestros pies inseguros; pasada la del Arenal, al subir la de las Hileras se nos hacía un nudo en la garganta; atravesábamos la plaza Mayor con esa decisión que suelen dar las plazas y que nos aliviaba en aquel vía crucis, pero al tomar la violenta cuesta abajo de la calle de Toledo, perdíamos el equilibrio, nos temblaban las piernas y los brazos, íbamos hechos unos peleles, nos hubiéramos caído sólo con que nos hubiesen tocado. Al llegar al Instituto no entrábamos nosotros en él, sino él en nosotros, era una bocanada de olores que no se fundían ni se olían, se masticaban uno después de otro: primero, como en la plaza de toros, el olor a urinario, los urinarios vespasianos de las ciudades de entonces [...]. A continuación venía otro olor sin explicación posible por amplia que se estuviera dispuesto a darle, olor dudoso pero entre límites muy próximos a sopa de convento o rancho de cuartel. E1 Instituto no había sido cuartel y, sí había sido convento, hacía un siglo que no tenía cocina, salvo la que hubiese podido poner algún portero que viviera en el edificio [...]. El único olor que se notaba y daba alguna confianza a los chicos que no éramos del Instituto y nos íbamos a examinar, era el de colegio. Los olores anteriores nos eran útiles a su manera, nos drogaban, posiblemente impedían, no menos que el sentirnos todos los de la clase en grupo, en rebaño, que nos desmayáramos cuando después de haber atravesado el claustro, subido las anchas y suaves escaleras entre muros, esperado tiritando interiormente ante una elevada y anchurosa puerta de dos hojas, éstas se abrían y penetrábamos en el aula espaciosa donde caía la luz guillotinada por ventanas altas junto al techo, y no llegábamos abajo a cubrir sino una parte mínima del anfiteatro, frente al estrado en que la mesa de los examinadores al entrar nosotros se hallaba elevada, sola, larga y terrible, esperándonos para el sacrificio dentro de aquel ambiente de vacío, lleno de hostilidad. Éramos un rebaño en el matadero. Desconocíamos ya la causa, no nos quedaba más que el instinto del miedo. Aparecía detrás de la mesa el tribunal como los personajes del guiñol, pero de los tres que lo formaban nos infundía confianza únicamente nuestro profesor aunque se decía que formaba parte del tribunal en calidad sólo de informante sin voz en el examen ni voto en las deliberaciones. Este privilegio de los colegios particulares, resto del que habían tenido los colegios de las órdenes religiosas, el de celebrar los exámenes en sus conventos, tuvo que ser al fin suprimido y nos quedamos sin nuestro punto de apoyo moral en los tres personajes que ocultaban la buena voluntad con que iban y la escasa importancia que daban a nuestros exámenes haciendo el coco, juntando como en consulta grave sus cabezas para examinar unos papeles mientras el bedel ponía delante de ellos una bolsa, en la cual, si no hubiéramos estado tan ofuscados por el miedo, hubiésemos reconocido uno de nuestros juguetes, la lotería. Antes de echar a suerte sabíamos ya que unos la tenían más que otros. Nos llamaban por orden alfabético de apellidos, de manera que el martirio de Álvarez terminaba antes que el de Vázquez [...]. Más tarde o más temprano, al resonar pronunciado en alta voz por el secretario del tribunal nuestro nombre y apellidos, cada uno de nosotros subía con paso ebrio al estrado, se acercaba a la mesa para oír como desde lejos: «Siéntese usted», no como una amable invitación sino como una orden intimidadora que le hacía sentarse sin confianza sin apoyarse demasiado en la silla, sostenido más bien en sus propias piernas dobladas, como si fuera a ponerse en cuclillas, hasta que obedeciendo a otra orden metía la mano en la bolsa de la lotería y sacaba tres números que el secretario del tribunal leía y anunciaba. Entonces al que estaba en ese trance se le agolpaba la sangre en la cabeza, le pasaba alguna nube por los ojos, pero con la respiración le entraba muy adentro algo grave que le aplomaba. Se le había pasado el miedo, lo mismo si «se sabía» que si «no se sabía» las lecciones que le habían tocado. La suerte estaba echada. El destino era ante todo la honda tranquilidad de la certidumbre por terrible que éste fuese. El presidente del tribunal que era el catedrático de la asignatura en el Instituto nos hacía las preguntas, no teníamos todavía el escudo que luego se aprendía a manejar en los estudios superiores, el programa en la Universidad, a cada cual se le permitía llevar el suyo, se fabricaban y vendían escudos reforzados, programas «iluminados», con las respuestas indicadas, el examinador rara vez pedía su escudo al examinando para descubrirle la treta, le suspendía aunque contestara bien si se daba cuenta de que leía todo lo que contestaba, no le destapaba en público, estaba considerado esto como una vileza en aquel combate singular que era el examen. En el Instituto no había ni esa defensa; cuando terminaba uno de examinarse, volvía sofocado y tranquilizado a su sitio y cuando había ya dos o tres chicos examinados (yo siempre esperaba a que se examinara Rafael), el pequeño grupo se dirigía de puntillas a la puerta, la entreabría y al poner el pie fuera salís corriendo, bajaba en volandas las anchas y suaves escaleras entre muros, atravesaba el claustro luminoso, antes implacable ahora alegre, todo se había aligerado, la luz del patio, los colores de los muros, los colores del zaguán...

Corpus Barga

Los pasos contados - Tomo 2. Puerilidades burguesas

 Libro Amigo. Editorial Bruguera, Barcelona, 1985

UNA IDEA DE LA INFANCIA

 

10.      Unos cabrones de tomo y lomo

 

El lugar del crimen (1982), del dramaturgo y novelista Alfonso Sastre (1926), es un conjunto de tres relatos de terror, que enlaza con la más brillante tradición del género. Terrorífica es realmente la idea que de la infancia tiene don Paco Camuñas, el protagonista de la segunda historia, la que lleva precisamente por título No permitáis que los niños se acerquen a mí.

 

Ser un niño débil y cabezón, como yo lo era, en una calle matritense, podía considerarse, por aquellos años de la posguerra, una de las peores desgracias que pueden suceder en este mundo, fecundo, como usted debe saber, en toda índole de desdichas y malaventuras. Entre las peores mentiras que infectan este bajo mundo está la de que la infancia es una edad adorable y los niños unas criaturas preciosas y merecedoras de toda piedad y afectuosa comprensión. ¡Qué repugnante ideología, qué humanismo más maloliente y trasnochado el que nos impide ver, señor mío, a los niños, esas criaturas infernales, como son; el que nos hace ciegos y sordos a sus infinitas crueldades y malevolencias, a sus fétidos egoísmos, a sus nauseabundas estrategias de mamones crispados, maestros del berrido y de la sonrisita asesina, ajenos a todo cuanto pueda haber de bello y desinteresado en esta vida [...]!

Los niños, señor, empiezan siendo una especie de ciegas y glotonas bestezuelas que te matan con sus alaridos nocturnos y se comen a sus madres por las tetas, y ése es el momento en que puede decirse que desbordan en simpatía porque luego más tarde se hacen unos cabrones de tomo y lomo a medida que se relacionan con sus hermanitos, otros que tal, en el infierno sagrado de la familia, y no lo digo por mí que, como acabo de decirle, soy un hijo de puta y sin hermano alguno que yo sepa, sino que me afirmo y me reafirmo en lo dicho, como observador de las cosas del mundo; un observador ciertamente alucinado ante los sucesos que por aquí se ven, como los martirios a que los infantes bien dotados físicamente someten a los más débiles y enfermizos, y esto sí que lo sé por experiencia. ¡Ay, amigo mío, los niños no conocen la piedad y son unos devotos de toda mentira o triquiñuela, que se lo digo yo, y luego van y afirman por ahí que ellos dicen la verdad, ¿no te amuela?, si mienten como bellacos; esto por referirme a un detalle cualquiera de sus malas costumbres y muy aviesa condición.

He reflexionado seriamente sobre este asunto y sé que los niños no sólo es que sean unos monstruos especialmente malignos a pesar de la desvalida apariencia que suelen presentar en su trato con los mayores, a no ser que ellos vayan en cuadrilla y el adulto en solitario, que entonces son capaces de matarlo a palos y, si se tercia, sacarle un ojo o cualquier otra barbaridad. Pero lo peor es que su poder mundial aumenta de día en día hasta el punto de que ya hoy constituyen una seria amenaza para el mundo. Ocasionalmente estallan alguna pequeñas escaramuzas pero ellos saben que todavía no ha llegado el momento de su gran ofensiva...

[...]

El mayor enemigo que tenemos para enfrentarnos al problema es el de los compañeros de viaje y demás idiotas útiles con que cuentan esos pequeños demonios, que forman ya una red bastante poderosa que va desde esos malditos organismos internacionales como la UNICEF hasta toda la nueva ola de necios, funestos pedagogos que se oponen al empleo del látigo de nueve colas en las escuelas... También es verdad que se ha iniciado un cierto movimiento de resistencia contra la infancia en algunos puntos del planeta. Usted me dirá que qué se me ha perdido a mí en el sur de California, y yo tampoco lo sé; pero la verdad es que siento una fuerte fascinación por todo lo que allí sucede y, al no tener posibles, me leo todos los periódicos que caen en mis manos, es decir, los que recojo en mi rebusca, y por eso puedo afirmar que en aquellos condados ha sido restablecida la pena de azotes en las escuelas, y tengo un recorte que lo dice y en él una profesora comenta que lo peor que uno puede ser en el mundo (y más siendo mujer) es profesor o maestro, pues los profes y las profes viven bajo el terror de la permisividad, que así se dice, y como no le puedes dar una hostia a la criatura, ¿qué ocurre? Que los profes son literalmente devorados en las aulas y ha habido más de un suicidio de maestros, por lo que se llama la desesperación de la impotencia en las selvas inclementes del encerado y de la tiza, allá donde los profesores, bajo la tiranía de los pedagogos modernos, pueden morirse de los sustos o de la cachonda indiferencia de esos enanos desdentados y mediocres... No sé si me sigue.

Alfonso Sastre

El lugar del crimen

Editorial Argos-Vergara, Barcelona, 1982

  1. Combinación de mala fe e inocencia

 

En Dios, el mamboretá y la mosca (1974), el filósofo y escritor argentino Thomas Moro Simpson (1929), hace una serie de reflexiones breves, lúcidas y cargadas de humor, sobre lo que las personas somos y pensamos.

 

Yo los había visto crecer en medio de dragones astutos y reyes de espadas infalibles. Sentados en un umbral vecino al de mi casa, los dos hermanos tejían a través de los años una conversación ambigua entre la realidad y el mito. Tenían aún la edad intermedia entre esas dos regiones imprecisas. Esta vez el mas grande preguntó: «¿Matarías a un tipo por plata?». El otro no respondió en seguida ni «sí» ni «no»; dudó y dijo: «¿Cuánta plata?».

He conocido hombres que dominan el arte de combinar una considerable falta de escrúpulos con una gran capacidad de indignación. Esta síntesis me pareció siempre admirable, increíble y nefasta. Pero sólo los niños pueden combinar la mala fe con la inocencia, y lograr un efecto armónico. Un chico a quien pregunté por qué acababa de matar una hormiga me contestó sin titubear: «Porque me estaba mirando».

Thomas Moro Simpson

Dios, el mamboretá y la mosca

Siglo XXI Editores, Madrid, 1993

  1. Los demoledores insultos infantiles

 

Malena y su hermana Reina constituyen la última generación, marcada por la historia familiar, de una saga en la que sucesivamente se repiten y enfrentan dos caracteres, dos actitudes ante la vida... Malena es un nombre de tango (1994) es la tercera novela de la madrileña Almudena Grandes (1960).

Cada vez que veía a una niña gorda, a un niño bajito y con gafas, a un enano tímido que jugaba solo en un rincón de cualquier parque, cada vez que escuchaba esos demoledores insultos infantiles, o comprobaba que, sin razón aparente, al crío del jersey verde, o rojo, o azul, nadie lo admitía en ningún equipo, cuando notaba que alguno se ponía colorado y le escuchaba tartamudear, peleando desaforadamente con las palabras que se negaban a salir enteras de sus labios mientras los que hacían corro a su alrededor empezaban a partirse de risa, entonces, la idea de tener un hijo me daba pánico...

Almudena Grandes

 Malena es un nombre de tango

Tusquets Editores, Barcelona, 1994