PARTICIPACIÓN EN LOS CENTROS

(LA DEMOCRACIA TAMBIÉN SE APRENDE)

 

 

Resulta evidente la contradicción que existe entre los propósitos de la democratización de la vida escolar, manifestado en las normas legales y en las expresiones formales de objetivos y fines educativos (declaración de buenos principios), y la práctica, marcada por las relaciones asimétricas de poder entre los distintos participantes.

 

El actual marco normativo (L.O.D.E., L.O.G.S.E y, con algunas restricciones la L.O.P.E.C.) dan gran importancia a la participación de la comunidad educativa, en particular a la del profesorado. Se prevén cauces y espacios para la participación democrática que emana directamente de la autonomía organizativa y pedagógica que se le otorga a los centros. Sucede a veces que no se hace uso de la misma y que, con frecuencia, queda reducida a ese marco normativo al que se da un tratamiento meramente burocrático, como se observa, por ejemplo, en la redacción de los Proyectos Educativos y los Proyectos Curriculares, que, consecuentemente, tienen una escasa incidencia en las aulas y en la vida de los centros.

 

Vemos la necesidad, por tanto, de indagar y recoger reflexiones en este sentido sobre las formas de proceder de los diferentes sectores implicados en las interrelaciones escolares, que analicen los significados atribuidos al controvertido y "pervertido" concepto de participación en la escuela, que son distintos en función de las relaciones de poder y la diferencia de intereses existente entre los distintos sectores de la comunidad escolar.

 

Y por ello nos hemos planteado abordar en este monográfico el análisis de la situación desde la perspectiva de la formación permanente del profesorado y su desarrollo profesional. El objetivo es el de recoger aportaciones, reflexiones y estrategias que favorezcan una participación auténtica (en oposición a ese sentido restringido de la misma que la entiende sólo como colaboración en actividades marginales y no en asuntos sustanciales: en el qué se aprende, cómo se aprende y cómo se evalúa lo que se aprende) que facilite el desarrollo organizativo y pedagógico, aspectos que consideramos inseparables. Conviene enfatizar el cambio de cultura que se ha de producir en los centros para que la participación no se entienda únicamente como gestión y discurso oficial que se queda en las formas y no busca el contenido como lo sustancial de la misma.

 

Pretender una mejora de la cultura democrática de los centros requiere una profundización y concreción del propio concepto, que podría significar, desde acomodación y respeto a las normas y reglas de juego, democráticamente dadas, hasta la reivindicación revolucionaria de la liberación del individuo y del grupo convertido en sujeto‑actor, pasando por la atemperación humanista de las violencias implícitas en un sistema de autoridad, etc.

 

Una escuela democrática supone, desde un enfoque comprometido y progresista, la transformación del sentido de la enseñanza, de la función y naturaleza del conocimiento (construcción desde la cultura experiencia¡) y parte de la transformación de espacios, tiempos y relaciones. Pero al mismo tiempo, tenemos que tomar conciencia de las contradicciones inherentes al discurso de la participación democrática de los estudiantes, de sus padres y de los maestros en la escuela: la escuela es institucional y epistemológicamente jerárquica (relaciones en torno al conocimiento), y lo esencial (funcionamiento, currículum. evaluación...) le viene determinado externamente; está funcionalmente al servicio de la transmisión de cultura; es una institución de reclutamiento forzoso, de relaciones asimétricas (adultos, educadores, conocedores, frente a niños o jóvenes educandos, aun no capacitados) ¿Cómo puede esta institución, en este contexto, aspirar a ser democrática, autónoma, participativa, liberadora...? Es aquí donde cabe plantearse qué significado puede tener el llamado discurso de la posibilidad frente al discurso crítico de la reproducción.

 

En este amplio y comprometido sentido es en el que debemos plantearnos la participación: no ligada exclusivamente a la gestión, sino también a lo pedagógico, como un proceso de aprendizaje que debemos recorrer por igual todos los miembros de la comunidad educativa y un medio para la formación que comprende a la misma en su dimensión más cotidiana. Por eso no hemos querido acotar excesivamente las colaboraciones y hemos considerado igualmente útil tanto las aportaciones globales al tema como las que se centran en cada uno de los distintos ámbitos de la comunidad educativa.

 

Entendemos que es necesaria la búsqueda de estrategias formativas para que los centros abandonen la visión celularista, el individualismo, el aislamiento profesional y la escasa interacción de los profesionales y clientes, que es la realidad de los mismos, y se dé paso a la instauración del paradigma de la colaboración y del trabajo en equipo, donde el centro se vaya reconstruyendo en lo que se refiere a su cultura, al tiempo que propicie la capacitación del profesorado para participar en aquellos aspectos que le son propios y que han sido delegados a (cuando no usurpados por) personas y estamentos educativos ajenos a los centros: administradores, editoriales, expertos, etc.

 

Por eso pensamos que las dimensiones curricular y organizativa no deberían de ser consideradas aisladamente, ya que hacer nuestro un espacio exige, obligatoriamente, una reconstrucción del otro. Asumir una participación y un control en el diseño y desarrollo del currículum (espacio pedagógico) implica reconstruir la cultura organizativa y laboral del centro en su conjunto.

 

Mientras esto no sea así, los Proyectos Educativos de los centros y demás documentos oficiales carecerán de contenido, el libro de texto y las editoriales seguirán ejerciendo el control, y los profesores continuarán ejerciendo de «simples funcionarios», de gestores de currículum. Evidentemente, esta reflexión no tiene una intención paralizante, que nos podría conducir al pesimismo sobre la viabilidad de la participación en los centros. Muy al contrario, pensamos que la participación es una aspiración por la que merece la pena luchar y que cuenta hoy en día con un amplio respaldo en el marco legal educativo, aunque estemos muy lejos de que sea una realidad en las aulas y en los centros.

 

Para abordar todas estas cuestiones, contamos con la colaboración de Miguel Ángel Santos Guerra, quien, con la agudeza que le caracteriza, nos muestra cómo la participación no debe ser una situación que artificialmente se crea y que legalmente se prescribe, sino que hay que dotarla de contenido y requiere un proceso de aprendizaje. De lo contrario, se convierte en un espacio contradictorio y plagado de falacias: las que el autor descubre y analiza a lo largo del artículo.

 

Seguidamente recogemos las aportaciones de cinco componentes (Rocío Anguita, José L. Aróstegui, Teresa García, Juan de Dios Melgarejo y su director, Juan Bautista Martínez Rodríguez) del Proyecto de Investigación Evaluar la participación en los centros educativos, de la Universidad de Granada, aprobado y financiado por la D.G.I.C.YT La pretensión de este grupo de investigación ha estado dirigida, desde hace algunos años, a la producción de conocimiento acerca de las condiciones, causas y formas en la construcción de la participación estudiantil en los centros, orientada a la mejora de la cultura democrática en las relaciones e intervenciones curriculares. Por ello, en los distintos artículos que han elaborado para Conceptos se abordan individualmente, pero siempre teniendo presente la labor realizado por el grupo y su orientación, el significado de la participación del alumno en la vida de la escuela. Dirigen su mirada al papel de los estudiantes desde teorías críticas ‑sociológicas, políticas y organizativas‑, más allá de la perspectiva psicológica o instructiva que adoptan la mayoría de trabajos, para captar la propia visión estudiantil de la realidad y la naturaleza de los conflictos.

 

Dentro del mismo espacio de la participación de los alumnos, Pilar Sánchez, del Programa de Participación Educativa de la Comunidad de Madrid, se centra en la planificación de la convivencia como objetivo educativo y en cómo el alumnado de los centros especialmente, puede y debe participar en su diseño y desarrollo. En este sentido, recoge la experiencia acumulada en la puesta en marcha de distintos planes de formación para potenciar la participación de las comunidades educativas.

 

En el ámbito de la participación de los padres/madres en los centros educativos, se recogen las aportaciones, de un lado, de Antonia Déniz y Humberto Domínguez y, de otro, de la Junta Directiva de la FITAPA, ambas de la Comunidad Canaria, y que dentro de distintos programas abordan el asesoramiento y formación tanto de padres/madres como del profesorado, para que de forma compartida y simétrica construyan el marco por el que debe discurrir la formación integral de los alumnos.

 

Por último, se aborda el espacio de la participación del profesorado y para ello contamos con las reflexiones de Joan Bonals, del Equipo de Asesoramiento Pedagógico de Berga, Barcelona, y de Francisco Imbemón, de la Universidad de Barcelona, que reflexionan sobre la importancia del cambio de la cultura celurarista que preside la vida de los centros por la cultura de la colaboración y el trabajo en equipo, para conquistar el espacio, fundamental para la reprofesionalización docente, de la participación en el desarrollo del currículum.

 

Miguel Vicente Prados, del Equipo de Redacción de Conceptos