HAGAMOS BUENOS LECTORES

 

Carlos Jurado Carmona (*)

 

Desde una autorreflexión amena y sincera se nos explicitan y enumeran aquí aquellos errores que solemos cometer cuando nos enfrentamos a uno de los deberes que los enseñantes tenemos con los aprendices: hacerles sentir gozo y placer con la lectura. Este deber que, en la mayoría de las veces, no solemos asociar al impuesto por la sociedad (enseñara leer y de paso a escribir), requiere de nosotros el mismo gusto que supuestamente intentamos imprimir. A partir de aquí sólo quedará seleccionar el material adecuado y adaptado al nivel e intereses de los alumnos, que no es poco.

 

Si algo define a la lectura es su condición recreativa y, en este sentido, es fundamental el papel que el educador y la escuela

desempeñan como formadores de las primeras actitudes de los niños y las niñas hacia ella.

 

Desde hace mucho tiempo me hago las mismas preguntas:

 

¿Por qué nuestros alumnos y alumnas leen poco?

 

¿Por qué los jóvenes no leen?

 

¿Y por qué deberían hacerlo?

 

Respondiendo a esta última pregunta, tanto en la escuela como fuera de ella, se me dice que la lectura es uno de los objetivos principales de nuestra institución.

 

Soy un desmemoriado, siempre se me olvida que estamos en la escuela de leer y escribir. Pero a la mayoría de las niñas y de los niños no les gusta leer. Me pregunto:

 

Si la escuela enseña a leer, ¿cómo es posible que tengan tan poco interés por la lectura?

 

¿Por qué la mayoría de los niños y las niñas que leen en la escuela lo hacen como una tarea inevitable y fastidiosa, en vez de encontrar placer en ello?

 

Cuando terminan la escuela, ¿por qué no siguen leyendo?

 

Si corresponde a la escuela enseñar a leer, ¿cuáles son los defectos de aprendizaje que impiden a tantas niñas y niños llegar a adquirir el hábito de la lectura?

 

¿Dónde están los errores?

El primer error está en el concepto de lo que es saber leer. La mayor parte de los maestros y maestras piensan que saber leer significa saber descifrar, y a muy pocos les importa si el saber leer va acompañado del gusto por leer. Cuando nos damos cuenta del problema ya se ha consolidado este grave error.

El segundo error es no saber enseñar que los libros son juguetes o cajitas que tienen vida y que nos dan la oportunidad de meternos dentro para participar con sus personajes en sus vivencias, emociones, sentimientos, aventuras...

El tercer error es utilizarla lectura como un pretexto para poner a los niños y niñas una serie de ejercicios que nos sirven de evaluación de la comprensión lectora, pero que empañan el placer de acercarse a un libro.

El cuarto error está muy generalizado en la práctica y es que se lea en voz alta, con el objetivo de perfeccionar la dicción y la entonación. Yo pienso que todo esto es importante, pero no se debe menospreciarlo que es vital: disfrutar con lo que se está leyendo. Hagamos lectura mental.

El quinto error está en la utilización en clase de un único libro de lectura. No es que las lecturas sean de poca calidad, es que los niños y las niñas pueden llegar a la idea de que todas las historias son breves, apasionantes y vivaces. Este tipo de libros aleja de los auténticos. Por otra parte, la utilización del libro de lectura hace al grupo leer en la misma página y al mismo tiempo, impidiendo que haya un ritmo personal. No nos damos cuenta de que recrearse con un libro es un acto individual, aunque jugar con él puede ser individual y/o colectivo.

Leer un libro es una experiencia cultural bella por sí misma.

El sexto error es no darnos cuenta que las niñas y los niños comienzan su camino hacia la lectura mucho antes de llegar a la escuela obligatoria, de una forma más natural y siguiendo sus características evolutivas. Hay libros para cada edad. Comencemos por los libros de imágenes, en casa, con los padres, y en la escuela, desde la educación Infantil. No les pongamos trabas ya desde el principio.

Estos son algunos de los errores que, con frecuencia y de forma inconscien­te, cometemos con los niños y las niñas, aunque también hay otras formas de hacer odiar la lectura:

‑ Presentar el libro como una alternativa a la televisión.

‑ Decir a los niños y a las niñas de hoy que antes se leía más.

‑ Mantener que los niños y las niñas tienen demasiadas distracciones.

‑ Culparlos de que no prefieran la lectura a otras actividades.

‑ Transformar el libro en un instrumento de tortura.

‑ Negarse a leerle al niño o la niña.

‑ No ofrecer una selección de libros suficiente.

Para animar a los niños y a las niñas a leer debemos partir de sus propias experiencias, vivencias y sentimientos, que primero se cuentan y más tarde se escri­ben y son leídas por ellos para sí mismos y para los demás.

Las niñas y los niños deben escucharnos leer un libro, seguir el hilo de la aventura, los lugares y los personajes y poder participar en ella.

Si al adulto no le gusta leer, nunca podrá suscitar un verdadero interés en sus alumnos y alumnas. Por ello el maestro y la maestra que quieran educar en el gusto por la lectura deberán apasionarse con ella antes que nada.

En nuestras aulas debe existir un rincón del libro, donde haya distintos mate­riales para hojear, leer, escuchar..., teniendo en cuenta que la mayor parte de la lectura, que el niño y la niña realizan debe tener como clave la libre elección. Esto es muy importante, pues dependiendo de cómo se produzca el acercamiento al libro, se considerará la lectura como un placer o como un castigo.

La animación a la lectura tiene que comenzar en la Educación Infantil y siem­pre desde el punto de vista lúdico, dando, entre todas las estrategias, más valor a la narración oral, al contar cuentos.

La lectura debe desarrollarse en la escuela, no sólo como un fin, sino tam­bién como un medio. Y mirando al fin y al medio, trabajar la animación a la lectura como un acto consciente y programado para el acercamiento afectivo e intelectual al libro, ya que la animación a la lectura no se reduce a estrategias y técnicas aplicadas tras la lectura de un libro, sino que también es vivenciarlo, es decir, abrirlo, leerlo, meterse dentro, participar en su aventura y compartirlo.

Algunas veces damos a un niño un libro que nos ha gustado y le decimos: ‑ ¡Es muy bonito! ¡Es muy divertido! Al cabo de unos días nos lo devuelve diciendo: ‑ Mira, no pude acabarlo, no me gusta. ¡Vaya desilusión nos llevamos! Pero es que los muchachos y muchachas no están todos cortados por el mismo patrón; es nece­sario partir del nivel lector real.

Los adultos solemos escoger el libro para los pequeños. En este caso debe­ríamos seleccionarlo por el texto, valorando el tipo de niño al que va dirigido, la cali­dad del escrito y la emoción que transmite. También hay que elegir un mínimo de calidad plástica y conseguir que encuentren en las ilustraciones una segunda lectura del libro, porque muchas veces hay cosas en ellas que no están escritas en el texto.

Debemos tener en cuenta la lista de libros recomendados, pero es necesa­rio hacer también nuestra propia valoración.

Debemos asumir el hecho de que hoy el colegio es el espacio donde las niñas y los niños se acercan a la literatura infantil y juvenil y de que esta lectura recreativa resulta un camino positivo para implicar al niño y a la niña en la promoción, reforzamiento y garantía de la vida plena, al igual que es la que puede, con más fuerza, hacerles pasar por las tres realidades que la lectura implica: comprensión, gozo y reflexión, que les llevan a actuar desde el sentido crítico.

Necesitamos enfocar la lectura de una forma más lúdica, más divertida. La lectura se debe hacer a gusto. Creo que debe ser un verdadero placer para el niño. Y quizás sólo esto, aunque así, seguramente, es poco rentable para el concepto de la escuela como lugar de escritura y lectura.

 

(*) Carlos Jurado Carmona, es maestro.

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     14700 Palma del Río (Córdoba)