UNA PEDAGOGÍA HOMEOPÁTICA Y CREATIVA  

            
ISABEL AGÜERA

 

CONFERENCIA PRONUNCIADA EN LA REAL ACADEMIA DE CÓRDOBA. MARZO DE 2005

 

Excelentísimo Sr. Presidente, ilustrísimos señores académicos, amigos y asistentes  todos: Quiero ser muy concisa en mi intervención pero al mismo tiempo deseo y espero que mi propósito no quede mutilado en aras de la brevedad y pueda ser entendido con  claridad y  contundencia. Para ello, me voy a referir a tres puntos muy concretos:

 

1º Como prólogo, una anécdota.

2º Como teoría, tres principios básicos de la medicina homeopática.

3º Como ejemplo práctico, la historia de Michel, nombre ficticio, uno de mis muchos alumnos conflictivos.

 

La anécdota me vino servida de manos de un compañero, Ginés Muñoz, director durante mu­chos años de un Centro Privado. Con insistencia, me urgía  a que escribiera  un libro donde, de forma sencilla, amena y práctica, diera a conocer los principios pedagógicos que han prevalecido en mi práctica diaria en las aulas y que él insistía en la coincidencia  con el humanismo.

Por supuesto, una educación humanística, más por pura intuición que por conocimiento exhaustivo, entonces, de la misma, fue desde el principio, la tónica dominante de mis primeras actuaciones como maestra.   

No obstante, aquellas pericias mías, seguidas  para integrar a los alumnos conflictivos, marginados... fracasados… iban más allá de lo puramente humanístico; conllevaban estrategias muy particulares que yo sólo conocía.

Un día, como certificado de autenticidad de sus palabras,  fotocopió  amplia información sobre humanismo. Me lo entregó pero, ¡ay!,  se le había colado la palabra homeopatía.  Mi curiosidad   me llevó preferentemente a ella y tras una lectura primera e investigación amplia y reflexionada después sobre el tema, me dije: ¡Ya lo tengo! Homeopatía y creatividad han sido las claves. Una base psicológica, pedagógica... médica, tal vez, es lo que andaba buscando    

Efectivamente, me sentí movida a escribir, a conferenciar, a transmitir mi estrategia con alumnos fracasados, desmotivados, con alumnos de alto índice de conflictividad.

Y es aquí, justamente dónde hoy me hallo, en este segundo punto con el que quiero referirme a la justificación de mi teoría: La homeopatía es aplicable a la pedagogía,  sobre todo en la resolución de conflictos, para alumnos problemáticos - enfermos en medicina -. 

Ya sé que el término homeopatía puede resultar no sólo extraño sino hasta  disonante, dado que a muchos niveles se le asocia con curanderos, videntes,  charlatanes, etc.

De ahí, esta brevísima    pero  ajustada exposición,  basada en tres principios, entre otros, por los que se rige la homeopatía, esta antiquísima forma de medicina, y que yo consideré, considero extrapolable a la pedagogía, y que, salvando la terminología médica y sustituyéndola por la pedagógica, resultan prácticamente calcados.

 

 PRIMER PRENCIPIO HOMEOPÁTICO

Para la medicina homeopática no existen enfermedades ni enfermos, sino el enfermo concreto e individual, que en cada caso exigirá atención  específica de acuerdo con el propio sistema autodefensivo del paciente.

 

Aplicado este principio a la educación, podemos enunciarlo así:

En educación no existen alumnos conflictivos, sino el alumno concreto e individual, que en cada caso exigirá atención específica de acuerdo con el propio sistema de intereses y valores que lo motivan

 

SEGUNDO PRINCIPIO HOMEOPÁTICO

 La enfermedad no es más que una reacción inadecuada del organismo frente al medio ambiente, y lo que la homeopatía pretende es estimular los mecanismos de “auterregulación” del paciente hasta recuperar el equilibrio y la “inmunidad”.

 

Extrapolando este principio a la educación, podemos también definirlo así:

El mal comportamiento, el conflicto no es más que una reacción inadecuada del alumno frente al medio ambiente, a los ámbitos en los cuales  más estrechamente está inter.-relacionado y lo que la pedagogía debe  pretender es estimular los mecanismos de “auterregulación” del alumno hasta recuperar el equilibrio  perdido

 

TERCER PRINCIPIO HOMEOPÁTICO

El tercer principio  formulado  por la homeopatía, y que le ha dado nombre significa “curar con lo mismo”. La curación, pues, se puede obtener mediante la administración de una pequeña cantidad de la sustancia cuyos efectos sean similares a los de la enfermedad.  (Efecto vacuna)

Por eso un tratamiento homeopático exitoso requiere  en  alto grado un proceder individual, ya que si el cuadro patológico general es idéntico en todos los enfermos de determinada enfermedad, el cuadro patológico personal diferencia claramente de unos a otros enfermos

 

Transfer de dicho punto a la educación:

La integración del alumno, el resolver un determinado conflicto, se puede lograr mediante la creación de pequeños contextos dentro del aula donde pueda seguir viviendo en pequeñas dosis sus circunstancias. Es decir, curar con lo mismo, integrar desde lo mismo. No se puede olvidar, dar de lado a un problema concreto y tratar de que un determinado alumno actúe como si no lo tuviera.  Hay que buscar la  forma de que pueda recibir el remedio que armonice con la totalidad de sus síntomas

 

Y todo esto que puede sonar, soy consciente de ello, a pura teoría, a curiosa ocurrencia es tan sólo parte  del prólogo del presente libro, titulado Pedagogía Homeopática y Creativa, libro que si bien me sorprendió lo bien acogido que fue por Ediciones Narcea, mi mayor sorpresa vino dada cuando me comunicaron que tras numerosos proyectos presentados al Ministerio de E. y Cultura, lo habían seleccionado para subvencionar su edición y difusión por bibliotecas.

Y no sólo eso sino que Ministerios de  países sudamericanos han adquirido gran cantidad de ejemplares para el mismo fin.

 

En este libro, como no podía ser de otra manera, si bien es importante el desarrollo de mi teoría, lo que más puede interesar al educador es saber cómo se hace esto en la práctica. Para ello he incluido en la presente obra una relación de casos, que he denominado Historias de Vida es las denominadas   en las que  el lector se puede constatar la teoría anteriormente expuesta.

 

Y con esto, paso al tercer punto anunciado en esta Conferencia; la lectura, de uno de los casos prácticos.

En los años 80 un alumno conflictivo llega a mi clase de 6º de EGB.  El perfil de dicho alumno habla de absoluto fracaso en todos los órdenes. Se me presenta sin más el primer día. Soy el Michel, seño, y  la escuela no me  mola. ¿Usted se cree? ¡Tres años repitiendo curso! Mi viejo que... ¡el Graduado ése, o como se llame...! Y no me llame Miguel, seño; yo soy el Míchel, y lo sabe todo el colegio y... ¡Míchel es más guapo! ¡Ah..!, una cosa: en este cole hay muchos  boquillas, ¡pelotas, vaya! Paso, seño, paso, pero el dire le come el coco a mi vieja; que si me ligo a las chavalas, que si escribo tacos en las pa­redes, que si fumo, que... ¡Na, seño, que la tiene tomá conmigo! Como mi pa­dre es del Partido... ¿Y por qué me sienta a su lao? Mi sitio ha sio siempre el rincón o la galería, y to por na... No mola, seño, la escuela no mola....”

Torrente de precoz adolescencia, aquel chaval, todo gestos, todo nervios, todo Míchel: el ocurrente, el culpable, el incordio, el violador, el Gadafi, el Reegan, era mi reto

"Seño, ¿si no hago el Lenguaje, me pone un cero? ¿Si no hago las Mate, me sus­pende? ¡Qué rollo, seño, qué rollo! ¡La escuela no mola! ¡Si yo lo que quiero es ser camionero...! Y no me llame Miguel; soy el Míchel. Miguel es mi viejo que siempre está cabreao por cosas del partido, y las paga con mi madre, y luego... ¡los dos a la disco­teca como si na! ¡No te digo!, y yo, por ser el más grande, a cuidar de los cago­nes de mis hermanos. 

Aquel muchacho tenía el color del olvido. Era como  ardiente explosión de reivindi­caciones que le salían a flor de mirada, a flor de boca sin exigencias: familia, escuela, tiempo... No era necesario husmear por su pasado: él lo llevaba a flor de mirada, de gestos, de palabras. Era un universo de estrellas apagadas que, de vez en cuando, rutilaban  por  instantes   en la espontaneidad y candidez de sus reproches: imaginación, creatividad, gracia, talento...

Tenía el olor del abandono. Era el primer punto de un agujero negro, el primer paso de una maratón sin retorno, la primera marca de una herida que empezaba a hacerse crónica... Tenía el sabor de lágrimas amargas.

Y yo:

"Toma y pega; toma y recorta; toma y ordena; toma y arregla... Baja a la portera; baja al director; vacía la papelera;  sacude el borrador... Escribe algo; lo que quie­ras; lo que se te ocurra; lo que más te guste; lo que más coraje te dé, pero escribe... ¿Palabrotas? ¡Vale!; lo que quieras... No, no te pongo cero, pero escribe.."

"caballo, chocolate, chute, ciego, camello, mono, talego, heroína... ¿de verdad no me va a poner un cero? ¿De verdad, seño, que no se lo va a llevar al director? ¡Hey, qué chachi!   Para mi  que esto es más chulo que el rollo ése del lenguaje. ¡Si mi viejo me oyera! ¡Ajú, ajú lo que podía liar!  Pero me fío, porque usted es una seño muy enrrollá, y la escuela no mola... ¡pues no es na como tos, tos los maestros la tienen tomá conmigo... ¡hasta en el recreo tengo yo la culpa de to, to lo que pasa malo... Y es la mala fama,  seño, porque yo no hago na... bueno, algunas veces, sí, pero son bromas, seño..”

Miguel era manzana de discordia. Con él, una de cal y otra de arena. Maestro de pi­cardía, consciente y hábil ejecutor  de sus armas: simpatía,  sonrisa tierna,  tristeza que, a veces, le hacía transparente el alma. Una semana, el aula estuvo vacía sin Miguel.

 A los pocos días, Miguel volvió a clase:

“¿Si le digo una cosa, seño, me guarda el secreto? ¡Ocho porros, seño, ocho! Por eso me puse malo. El médico no se enteró porque yo no se lo dije. La culpa fue del "Mellao", que está metío en los veinte, que me llevó a la escalerilla... ¿la escaleri­lla? ¡Pues que va a ser, seño! ¡La escalerilla! Ahí, cerca de su bloque, dónde van los colgaos... los colegas, los que no se chivan... Me quedé ciego. ¡No veía na, na, na..! El "Mellao"  me llevó a mi casa, y mi madre: ¿qué te pasa, Miguelín? ¿Te han hecho algo?, y yo callao. En Reina So­fía: "¿Has fumao, chaval? ¿Has bebío?", y yo callao. Mi viejo, un taco mosqueao: "Miguel, hijo, te he dicho mil veces que andes con  cuidao con los amigos y que va­yas a lo tuyo: al estudio". Y yo callao.."

 ¿Por qué no escribes alguna historia?

¿Una historia de verdad? ¿Me pondrá un cero?

 Pues, Un día, y muchos días, bueno, cuando se nos acaban los cigarros, o cuando queremos una litrona, el "Mellao", que está metío en los veinte, yo y otros chavales más, vamos a la tienda de la sorda y, mientras ella entra al frigorífico, tiramos del cajón y nos llevamos el dinero. Esta es la historia.

FIN. El Míchel"

Miguel se aficionó a escribir historias, duras picardías de su vida, río revuelto en trasnochados vientos de una infancia desgraciada.

Mi historia de hoy es un ligue, una chavala de veinte años. Una para mí y  otra para el "Mellao". Por la catedral. Extranjeras. Nos llevan a su piso y, bueno, Esta es la historia.

FIN. El Míchel.

Un día, asumiendo gestos, aspavientos, lo intenté:

¿Por qué no escribes una historia, un chiste, un cuento, algo fantástico? Verás, piensa en un personaje que te guste y, después, inventa una histo­ria sobre él, pero, aunque sólo sea por una vez, olvídate del "Mellao", de los came­llos... Tú ya sabes... ¡Venga! Por probar no vas a perder nada..

Bueno, seño; no se ponga así. Le voy a escribir un cuento  pero eso es un poco chungo.  ¡Para qué si el "Mellao" se entera de que escribo cuentos!   ¿Me promete que mi cuento no se lo va a enseñar a nadie? Si se ente­ran los colegas, ¡ya me puedo despedir de la escalerilla! Pero le voy a dar gusto, seño, que usted es la maestra más enrollá que hay, y yo, menos aquí, siempre he sio el último, porque no me gusta estudiar, porque yo quiero ser camionero..."

 Y este es mi cuento:

 

TÍTULO:  LA  CARTERA  CON  VIDA

Esto era una vez una cartera que no podía tirar del peso que llevaba encima. Tan cansada estaba que no quería ir a la escuela; estaba muerta. Siempre vivía en un rincón, pensando que lo que más le gustaba era ser una cartera camionera. Un día llegó a la casa una niña que no tenía cartera. Le dio lástima y se la llevó. Le sacó to­dos los libros y todos los cuadernos. Se la colgó a la espalda y corrió a la escuela. Desde aquel día, la cartera no fue más una cartera sin vida, sino una cartera con vida.

Este es el cuento que dedico a mi seño.  FIN.  MIGUEL

Como siempre que he narrado esta experiencia, noto, una vez más, cómo un nudo agarrota mi garganta porque, a partir de aquel día, el  orgulloso, el potente el insoportable "Míchel" comenzó a ser, por primera  vez el  “MÍCHEL con mayúscula Por fin empezaba a ser auténtico protagonista de algo: de un maravilloso cuento, resumen, no obstante, de su corta existencia.

Siempre sentado junto a mí, simultaneaba sus espontaneidades con las actividades de clase. ¡Hasta frases largas llegó a escribirme en inglés! Comenzó a destacar en dibujo, manualidades y comenzó a sentirse feliz en el aula.

:Para mí, aquel alumno estaba ya salvado: su autoestima apuntaba en gestos y palabras  que evidenciaban la admiración que empezaba a sentir por sus propias creaciones. Su integración, paso a paso, si bien con algún que otro retroceso, al fin tenía tintes de ser una realidad. Algo pasó en el Centro durante una corta baja mía por enfermedad. Alguien señaló  fatídicamente a Miguel  Cuando me incorporé Miguel no estaba.

Me lo llevo, señorita. –decía su madre- Parecía un milagro, pero, ¿usted me entiende?  Usted no es tonta. Usted ya sabe por dónde voy. Me lo llevo por mi voluntad. ¿Usted comprende? ¡Si parecía un milagro!,

Vísperas de Navidad. El colegio, una eclosión de vacaciones. El boletín de notas de Miguel, con todo por primera vez aprobado, aguardaba en mi cajón, pero él no estaba allí.

Por la tarde, cuando me quedé sola en aquella clase, restos de fiesta, él, torrente de precoz adolescencia, como rey destronado, mezcla de ternura y picardía, fue  a re­coger su "cartera con vida".

Nervioso, con el boletín entre las manos y unas lágrimas cristalizando su mirada, se despedió exclamando:

Le juro, seño, y yo a usted no le miento, que yo no he sío, pero me echan, seño. La culpa la tiene... Bueno, me callo. ¡Si siempre la han tenío tomá  conmigo. ¿No se lo decía yo? ¡Qué mala pata! ¡Ahora que empezaba a gustarme el rollo éste!, pero se lo juro; yo no he sío, y yo  a usted no la engaño, usted me ha sabío enseñar, usted...

Han pasado  años. Una carta de por medio:

Querida maestra: Tengo SIDA, y no ponga esa cara, que parece que la estoy viendo. Di malos pasos, y ya ve a dónde he llegao. Aquí  se pasa chungo. La comida, regular, y los compañeros... ¡de to hay! Me acuerdo de la escuela, pero sólo de usted que me sabía enseñar cosas  guay. A lo mejor pronto me mandan a mi casa por lo de la enfermedad y... ¡no ponga esa cara! Si quiere, me puede escribir, pero le tiene que dar la carta a mi madre que va a venir pronto, y, si puede, un paquete de fortuna;  me veo loco para conseguir un cigarrillo, etc, etc..”

Sí,  lo perdí en la droga, lo encontré   en una fatídica cárcel.  Y después…

 

ANALIZANDO EL CASO

Aquel chaval, el Míchel, por un lado, el escolar, tras largos años aparcado en la mismísima historia de repeticiones, malas notas, castigos, marginaciones, etc. le habían llevado a desarrollar, en poco tiempo, una inteligencia experiencial negativa hacia todo lo que estaba relacionado con el aula, los maestros e incluso los compañeros. Nadie, jamás había reparado en sus cualidades, que era muchas, para prestarle atención y motivarlas.

Por otra parte el ambiente familiar en nada  le compensaba ni favorecía. Era consciente de que sus valores eran “reídos” pero no reconocidos. Mi Miguel es muy gracioso le oía con frecuencia repetir a la madre.

Pero sucede que el ser  humano, sin excepción, tenemos tendencia, deseo de destacar del fondo, a ser forma, y si no lo conseguimos podemos  caer, diluirnos, perdernos en el fondo con el riesgo de perder para siempre esa “forma” que es el soporte de nuestra originalidad, de nuestra personalidad. lo cual, desde el punto de vista  psicopedagógico puede ser considerado como fracaso vital

Y en ese fondo estaba Miguel, cuando tropezó con la droga, con el Mellao, personaje nefasto para él pero en el que encontraba una imagen, una forma, una manera de ser alguien. Y con tal identificación se podía sentir  aceptado e incluso negativamente valorado.

Con este bagaje llega a mi clase y con el precinto de conflictivo sin remedio; no se lograba recuperación alguna. Detectaba todo lo que “olía” a libros, estudio, etc.

Y él, como ya había ocurrido con alumnos de problemática diferente, se convirtió en mi reto. Era evidente que no podía llevarlo a “mi terreno”, por lo que decidí ir al suyo. Lo senté junto a mí, y ahí comenzó mi maratón de pequeños pero imparables éxitos. No, no cogía para nada el libro de lenguaje, pero a través de   sus pequeños y picarones textos, yo corregía ortográficamente, le hacía que me los leyera, que los fuera  volviendo a escribir, una vez corregidos, en una libreta que le proporcioné con hojas de colores. Y por no alargarme más, no explicito cómo todas áreas se fueron englobando en la estrategia y cómo él solo se fue integrando en la marcha de la clase, una vez que sus picardías no daban más de sí, lo que para mí fue como la dosis pequeñita de medicina que lo inmunizó.

Efectivamente, siempre he creído en la capacidad del ser humano,  siempre he creído que no hay alumnos malos, ni buenos, sino el alumno con problemas concretos e individuales, que en cada caso exigen una atención específica de acuerdo con su propio sistema autodefensivo. Puede que mis métodos no sean comprendidos, pero   jamás la solución estará en la marginación y el olvido.

A Michel, sin apenas ser consciente entonces de ello, le cree aquel contexto, siempre controlado por mí, donde se expresaba y vertía sus malos humores pero con ellos mismos se iba “curando”, al tiempo que iba aprendiendo y alcanzando objetivos.

Insisto, pues, y concluyo: El revuelto mundo de aquel chaval  encontró espacio en el aula y, desde él, se fue inmunizando, vacunando  e integrando.

Y como el  escritor inglés   John Ruskin, concluyo: Educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía."