La edición electrónica y sus  metamorfosis

José Antonio Millán

El negocio editorial sobre soporte electrónico (y, a propósito, gran parte del de papel) no funciona ya de la forma acostumbrada: se fabrica un producto, se pone en la tienda, el público lo compra y de ahí se obtiene el beneficio. No: la edición electrónica supone un gran cambio, tanto si se piensa en los soportes locales (el CD–ROM, el DVD y sus descendientes), como en la Malla Mundial o WWW. Cambio no implica necesariamente empeoramiento respecto a la situación anterior, pero sí un entorno nuevo al que habrá que adaptarse. Van a ser necesarias fuertes dosis de humildad, de ingenio y de imaginación para reconvertir una forma de trabajo asentada; pero la alternativa ––para algunos sectores de la edición–– puede ser sencillamente la desaparición.

En los siguientes apartados voy a centrarme sobre todo en los productos editoriales subterráneos y en la edición por línea. Las obras en CD–ROM y soportes similares van a seguir existiendo, pero su producción y comercialización están más cerca del modelo del libro, que nos es más familiar. Por supuesto, ni el diseño ni la distribución de una obra en CD–ROM son algo trivial, pero las grandes rupturas están en la incorporación de obras editoriales a productos y canales informáticos, y en la producción por línea.

El negocio subterráneo

Para una parte de la producción editorial en las áreas de referencia, lexicografía y educación, el surgimiento de las obras electrónicas va a provocar un tipo de negocio que, en comparación con la situación anterior, será subterráneo, dependiente, indirecto, concentrado y lateral.

Subterráneo porque muchos de sus productos no estarán a la vista. Una gramática del español que sirva de apoyo a un programa corrector estilístico, un diccionario que colabore con la herramienta de búsqueda de una base de datos legal no van a aparecer por ningún lado ante el usuario final, salvo como una nota de la pantalla de créditos, que el usuario normal ignorará. Esta pérdida de protagonismo del editor (¡y del autor!) probablemente pueda herir su orgullo, pero quizás tenga otras compensaciones…

Dependiente: de los programas, canales o paquetes en los que se inserten. Las obras lexicográficas, sobre todo, exigirán su consulta desde el marco de un programa general. Pero también las enciclopedias y otras obras de referencia acabarán incorporándose a plataformas globales que permitirán consultas cruzadas a través de varios productos. Muchas obras educativas, sobre todo en la zona de autoaprendizaje (formación a distancia, enseñanza de idiomas, etc.) dependerán de "canales" mixtos de TV digital/Web.

Pero incluso las obras de referencia en CD–ROM pueden llegar a encontrar su nicho más seguro como complemento: en la venta de aparatos lectores (bajo la forma de bundles o paquetes), o como complemento de obras en papel.

Indirecto en la forma de llegar al consumidor final. La comercialización de los productos que acabamos de mencionar, o de un diccionario individual incorporado a un producto colectivo de consulta ya no la hará directamente el editor, sino el productor del programa en que se inserta, los propietarios del canal de emisión, etc.

Concentrado en lo que respecta al canal de venta: las obras de consulta o de referencia no tienen un abanico amplio de productos informáticos que sirvan de destinatarios. Los procesadores de textos y las bases de datos textuales, a las que irán ligadas, se encuentran en muy pequeño número en el mercado. Dicho en otras palabras: nuestro diccionario de sinónimos nos lo pueden comprar tan sólo dos o tres compañías multinacionales productoras de software. Los programas de enseñanza de español y sus obras de consulta anexas acabarán encontrando su lugar en un reducido grupo de canales educativos.

Lateral, porque el beneficio de la explotación no va a venir por la vía que solía , sino por otras, quizás sorprendentes. El diccionario de lenguaje especializado que en papel apenas vendía dos mil ejemplares al año se puede convertir de pronto en el complemento ideal de un programa de conversión habla–texto (es decir, de dictado) y generar anualmente unas regalías que decupliquen sus ventas tradicionales. O bien, nuestros archivos gráficos y sonoros, una vez digitalizados, constituirán una fuente de recursos para otros editores, productores multimedia, publicitarios…

El desafío de la Red

La explotación digital de las obras editoriales va a ser cada vez más factible, y cada vez más se va a vehiculizar a través de la Internet. Primero: porque la mayoría de nuestros textos e imágenes ya pasan por una fase digital en su camino hacia el papel, y de ahí el salto a la Red es trivial. Segundo: porque la presencia en la Malla Mundial (WWW) de las editoriales va a ser normal, por razones de pura promoción y de venta a distancia, y la conversión de una obra editorial a páginas web va a ser muy sencilla.

 

Comunidades de usuarios

Los beneficios podrán venir por dos vías, y la más normal no parece que vaya a ser la venta de ejemplares. Precisamente el objetivo del informe encargado por la Comisión de las Comunidades Europeas, DG XIII a Andersen Consulting [1], presentado en la Feria de Frankfurt de 1996, fue clarificar las formas de recuperación. El panorama que se desprende de este informe es sorprendente.

El principal beneficio de la edición electrónica por línea será la creación de una comunidad de usuarios, a los cuales luego podrán proponerse productos propios o ajenos. Esto responde a la frecuente pregunta de ¿por qué debería yo poner obras de mi fondo en la Internet? Porque de esa forma se articulará una comunidad de personas accesibles por línea: ¿cuál es el precio de un buen mailing bien segmentado?, ¿y de un procedimiento directo para llegar a cada uno de sus integrantes? Una editorial médica, por poner un ejemplo no demasiado fantástico, podría poner una o varias de sus obras en la red y ofrecer su acceso gratuito a las personas que se registraran. Y no sólo acceso a una obra: también habrá información profesional, foros de debate de temas que les atañen, adelantos de artículos o ponencias científicas antes de que se publiquen, ofertas de venta de material científico o publicaciones…

A cambio de estos servicios gratuitos, esta comunidad de usuarios generará un volumen de compras (de instrumental, libros, revistas, consultas de base de datos, o incluso adquisición de bienes de consumo) vehiculizada a través de la Internet, y de la cual la editorial ––o ya, a estas alturas, la "empresa de servicios de información médica"–– percibirá una comisión.

¿Sorprendente? No tanto: por más familiar que nos pueda parecer, la situación tradicional era también bizarra: los editores debían convertirse en vendedores de papel y distribuidores de paquetes y financiadores de puntos de venta a gran escala, sólo para conseguir que sus contenidos llegaran a los destinatarios previstos. Ahora puede que nos convirtamos en comisionistas de vendedores de material quirúrgico con el mismo propósito…

 

Venta del producto

La venta del producto electrónico por línea puede tomar, por ejemplo, la forma de suscripción. La suscripción a la consulta de una base de datos sólo exige un medio de pago (que puede ser ajeno a la red) y contraseñas que impidan el acceso a quienes no hayan contratado el servicio.

Pero la auténtica revolución vendrá de la mano de dos elementos que aún están en sus inicios: 1) un medio de pago fiable a través de la misma red; 2) un procedimiento para rastrear la autoría y la propiedad de los documentos, gráficos o textuales. Cuando ambos estén disponibles, habrá la oportunidad de vender directamente al consumidor final artículos de revistas, fotografías, o novedades editoriales de cualquier tipo.

Respecto al primer punto, hay apuestas tan fuertes a favor de las transacciones seguras a través de la red, que no cabe duda de que antes o después se encontrará una solución satisfactoria y suficientemente consensuada.

La otra cuestión, bastante espinosa, es cómo proteger los derechos de autor en un medio en el que, según la expresión consagrada, "leer es copiar". Hay distintas iniciativaas encaminadas en esa dirección, pero varias de ellas confluirán en la propuesta del IOD (Identificador de Objeto Digital, DOI en sus siglas inglesas). Esta iniciativa consiste en que el editor asigna un IOD a los documentos electrónicos que produce. A diferencia del ISBN, el IOD puede aplicarse a un libro completo o a partes menores, como capítulos, o ilustraciones. Este sistema está orientado a la venta del derecho de uso de materiales completos, o de parte de ellos, y trabajan en su desarrollo la Asociación de Editores Americanos, la Corporation for National Research Initiative y R.R. Bowker (administrador del ISBN en los EE.UU.)[2].

La posibilidad de que un documento concreto, traído de la red, sea copiado o divulgado sin permiso está generando diversos procedimientos. El marcado del documento tiene por objeto poder detectar de qué fuente proviene la copia, y tiene aplicación sobre todo a las ilustraciones (mediante una filigrana o "marca de agua"). La encriptación con sistemas que sólo se puedan desencriptar en equipos identificados, garantizará que sólo acceden a él determinados clientes. Por último, hay procedimientos más complejos que permitirían el préstamo de un documento del ordenador del usuario a otro, pero en ese caso desaparecería del equipo del primero (de la misma manera que al prestar un libro perdemos transitoriamente la posibilidad de leerlo) [3].

De todas formas, hay un equilibrio delicado entre la protección de la propiedad intelectual y la intromisión en los sistemas de almacenamiento y acceso de los usuarios individuales. La solución, cuando surja, exigirá elevadas dosis de consenso entre todas las partes implicadas (editores, autores, instituciones y particulares). Pero es muy probable que aparezca pronto.

 

Ventajas y nuevos productos

La inmediatez de la edición en la Red ya está favoreciendo la aparición de productos específicos. Entre los primeros se cuentan precisamente algunos cuya razón de ser no es sobre todo la recuperación de la inversión, sino el acceso a comunidades específicas. Las revistas académicas en la Web son ya un campo floreciente, también en español.

Las revistas divulgadas por la Malla Mundial permiten reducir el periodo de edición desde seis u ocho meses de media hasta un lapso de semanas. Los costos de edición disminuyen, en comparación con las de papel (aunque no en proporciones tan grandes como a veces se dice: probablemente en un 50 ó 40% tan solo). Además, favorecen la respuesta directa de los lectores y la discusión abierta de los materiales. Y, paradójicamente, no es sólo en las áreas altamente tecnológicas donde más están desarrollándose, sino también en disciplinas humanísticas (literatura, historia, lingüística…)[4].

Conclusiones

En el fondo, esta revolución en las formas de edición lo que está haciendo es recalcar las esencias de la tarea editorial, que se pueden resumir en dos: 1) El conocimiento de nuestro público: dónde está, qué quiere, cómo dárselo. Este conocimiento ha estado distribuido entre la red de comercialización, el punto de venta y el editor. Es hora de que vuelva a estar concentrado en el editor. 2) El conocimiento de las obras: qué deben ser, cómo las quiere nuestro público, cómo facilitar el encuentro autor/lector–usuario.

Todo el mundo puede crear una página Web. Por muy poco dinero se puede poner en la Red. No todos conocen al público objetivo de una obra científica, de una obra de referencia. Muy pocos saben llegar a una obra perfecta a partir de un autor quizás sabio pero confuso, un equipo de dibujantes y mil trampas tipográficas, terminológicas y demás. Esas son las ventajas competitivas de los editores, nuestros activos intangibles.

Tenemos también activos tangibles: obras de fondo que (si están bien gestionadas en sus derechos) podremos adaptar a nuevos formatos y procedimientos; archivos gráficos o sonoros… A ellos habrá que añadir ficheros de autores, colaboradores y compradores e historiales de ventas de productos: cristalización de conocimientos y experiencias.

Estos son los mimbres con los que habremos de tejer los cestos editoriales en la nueva sociedad de la información. Los editores españoles además trabajamos para un mercado de cientos de millones de hablantes, y con una importancia creciente como segunda lengua. El comercio de bits (y ya no de átomos) puede dar un nuevo contenido –y por primera vez, una realidad– a esta repetida expresión: un mercado mundial.

[1]Electronic Publishing. Strategic Developments for the European Publishing Industry towards the Year 2.000, Andersen Consulting (Alemania) con la asistencia del IENM (Institute for Information Economy and New Media, Austria). (En la red como http://www.echo.lu/elpub2/en/exengl.pdf (Inglés) y http://www.echo.lu/elpub2/es/elpub-sum-es.pdf (español)) [1]

[2]Calvin Reid, "AAP Unveils DOI at PSP Confab: Publishers Interested but Wary", en Publisher Weekly, 24 de febrero de 1997 [2]

[3]Mark Stefik, "Sistemas fiables", en Investigación y ciencia, mayo, 1997 [3]

[4]Leslie K.W. Chan, "Exciting Potential of Scholarly Electronic Journals", CAUT Bulletin, Vol 43, nº 7, Sept. 1996 (en la red como http://www.caut.ca/bull/ejournal.html)[4]

José Antonio Millán

jamillan@compuserve.com

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[publicado en la revista Delibros, julio de 1997]