"Responsabilidad y ética del intelectual ante el desafío de la sociedad de la información"

Diego Levis

1995/2001

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I. La imprescindible necesidad de pensar o el pensamiento como necesidad vital.

          Una de los rasgos más característicos de la emergente sociedad de la información es la tendencia a confundir el conocimiento con la posibilidad de acceder en el menor tiempo posible a un gran volumen de datos e informaciones.  En una carrera casi obsesiva contra el tiempo, los medios, en una sucesión ininterrumpida e indiscriminada de informaciones de toda naturaleza, persiguen la difusión de los acontecimientos en el mismo momento en que se producen.

          Esta avalancha de datos va minando la capacidad de comprensión de los destinatarios pues una definición completa de información no puede obviar su aspecto significante. La comprensión no puede estar separada de la reflexión y esta por definición se opone al vértigo de lo inmediato.

          Esta confusión entre la forma material (cuantificable) de la información al ser transmitida y su significado es una de las características fundamentales de los medios electrónicos, acentuada por la extensión de la digitalización a todas la técnicas de comunicación.

          Como sugieren algunos autores "esta sencilla distinción entre forma y sentido de la información conduce a una cuestión esencial: la forma material que representa la información digital (…) ¿es susceptible de transportar y tratar la información cualitativa sin alterar su sentido?". (Breton-Proulx 1990:79) 

          El nuevo paradigma digital, compuesto de ceros y unos, forma parte de un sistema de valores, derivado del pensamiento cartesiano que considera, que el conjunto de los fenómenos naturales, biológicos, sociales y humanos pertenecen al ámbito del cálculo lógico.  Así, para Norbert Wiener, el fundador de la cibernética, la identidad física e intelectual de un individuo no existe en la materia en la cual está compuesto. El ser humano está constituido enteramente por información que puede ser transmitida, modificada o copiada como un mensaje.  "El hecho de que no podamos telegrafiar la estructura de un ser humano de un lugar para otro, parece deberse a dificultades técnicas, en particular a la de mantener la existencia de un organismo durante esa reconstrucción radical. En sí misma, la idea es altamente plausible." (Wiener 1969:96)

          La objetividad completa y perfecta a la que aspiran los medios de comunicación a través de la compulsiva búsqueda por retransmitir la realidad en directo, se convierte en un sinsentido pues la identificación total del mapa con el territorio sólo puede ofrecerla el propio territorio que se pretende representar.

          Tal como sostiene Ignacio Ramonet, esta evolución de los medios ha transformado el carácter de la información pues "lo que produce satisfacción no es ya la comprensión del alcance de un acontecimiento, sino sencillamente el verlo ocurrir delante de sus ojos" (1995:7). Así, es la imagen la que le confiere a un suceso determinado su verdadero significado, con lo cual, continúa Ramonet, "se abre camino poco a poco la engañosa ilusión que consiste en identificar el ver con el  comprender" (o.p.cit).Imagen que, paradójicamente, como consecuencia del uso de la tecnología digital comienza a perder su carácter testimonial.

           Por otro lado, paralelamente, tiene lugar un proceso de concentración de medios que bajo el amparo de la convergencia tecnológica se presenta como inevitable y que, en opinión del citado autor, lleva a un mundo administrado por una policía del pensamiento.      

          En este contexto poco propicio para la reflexión, adquiere toda su dimensión la responsabilidad de quienes no han perdido la afición al pensamiento intelectual. Sólo con una plena asunción de esta responsabilidad por parte de quienes no sólo no se resignan a ser objetos en lugar de sujetos, sino que están dispuestos a enfrentarse a ello con la fuerza de las ideas, podrá garantizarse el pluralismo y el sentido crítico, valores indispensables para  poder continuar soñando con la vieja aspiración de la humanidad de construir un mundo más justo y equilibrado, en el que no haya sitio para la violencia, la humillación y la miseria.

 

b) El intelectual: entre la función crítica y la complicidad legitimadora

          Como tantas otras palabras, intelectual es un término desgastado por el uso indiscriminado que se ha hecho de él. Parafraseando a Paul Valéry  intelectual es una palabra que ha pasado "por tantas bocas, por tantas frases, por tantos usos y abusos, que las precauciones más exquisitas se imponen para evitar una confusión demasiado grande en nuestras mentes, entre lo que pensamos y tratamos de pensar, (...) y lo que quieren que pensemos" (1990:76).

          Quizás sea necesario aceptar la imposibilidad de definir lo que es un intelectual, pero este hecho no niega su existencia. Después de todo lo que importa no son unos improbables rasgos universales que describan a un intelectual sino el contenido y el compromiso de su obra. Y cuando  hablo de compromiso no debe entenderse con esto que hago sólo alusión a un compromiso con ideas políticas, religiosas o sociales concretas sino que me refiero sobre todo a un compromiso más amplio y profundo a favor de la humanidad.

          Mientras que para Gramsci, como para la izquierda en general, la actividad intelectual carece de sentido si no está vinculada a la actividad política (es decir a criticar la situación presente y orientada a proponer un mundo mejor, una sociedad diferente); Borges afirmaba que el verdadero intelectual rehuye los debates contemporáneos pues la realidad es siempre anacrónica[1].           Sin llegar a ninguno de estos extremos, se debe convenir que la tentación de lo inmediato ocasiona una erosión de doble sentido sobre la capacidad de los pensadores para incidir en el devenir de la sociedad.

          Las ideas no deben ser prisioneras de los hechos puntuales a los que muchas veces se refieren pues su validez ha de trascender la urgencia de lo inmediato. Pensar para los otros, pero no por los otros. En esto reside una de las funciones fundamentales de quienes asumen la responsabilidad de ofrecer a la sociedad el fruto de su reflexión. No obstante el intelectual, como cualquier otro hombre o mujer, ante la injusticia y ante la violencia no debe permanecer al margen, ni mantenerse en silencio, ni dejar que la víctima se enfrente sola contra el agresor.

          Todo lo antedicho no debe ocultar la existencia de legiones de pensadores ocupados en apuntalar al Poder. No importa cual sea su forma, ni cuales sus designios, todo poder siempre encuentra hábiles tratantes de palabras capaces de encontrar argumentos e ideas con el brillo suficiente para ocultar detrás de su falso esplendor la mezquindad de sus objetivos. 

          A veces por convicción y otras por conveniencia y oportunismo son legión los serviles que se abandonan a la levedad de ideas sin sustancia o se entregan a un despreocupado festín de exclusiones y desprecios servido con fugaces imágenes del dolor de miles, millones de personas. 

          Aunque es habitual identificar al intelectual con el pensamiento crítico, el servilismo de los pensadores tiene lejanos antecedentes históricos. Como señala el sociólogo francés Alain Tourraine (1993) desde la época de los Medicis los intelectuales han servido con agrado a príncipes sin sentirse molestos con su autoritarismo y larga es la historia posterior de pensadores que han dado su apoyo a regímenes autoritarios. A este respecto Pierre Bordieu atribuye a los intelectuales un papel histórico negativo al haber racionalizado las pulsiones más bajas del ser humano, entre las cuales destaca al racismo[2].

          No sólo los gobiernos ilegítimos y las ideologías de muerte han necesitado de los servicios de legitimadores de todo signo, por el contrario es este un rasgo común a todas las sociedades surgidas de la Ilustración. No es de extrañar entonces que intelectuales y otros hombres del mundo de la cultura hayan cumplido en el pasado una función de relevancia en la propagación de sistemas de valores tendientes a favorecer la integración y la cohesión social y que aún hoy conserven una parte de su influencia.  

          El intelectual no vive en una torre de marfil ni el mundo cotidiano es para él un exilio, sino que por el contrario forma parte de una sociedad que le impele a asumir una responsabilidad respecto a lo inmediato, cuestiones conyunturales, muchas veces de escasa relevancia, de las cuales en ocasiones no puede, ni debe sustraerse.

 

            Ética y responsabilidad, dos conceptos indisociables

          Esta responsabilidad tiene una doble vertiente íntimamente ligadas entre sí. Si por un lado el intelectual debe facilitar herramientas que estimulen la reflexión individual acerca de los acontecimientos cotidianos, al mismo tiempo ha de ejercer de conciencia viva de la sociedad.

          Los intelectuales (y los teólogos y los científicos) no son los únicos en esforzarse por comprender el mundo. Todos, de un modo u otro, construimos un conjunto de representaciones de la realidad que nos permiten relacionarnos con el entorno que nos rodea. Sin embargo, la mayor parte de las personas carecen de herramientas para enfrentarse al aluvión de mensajes despersonalizadores que nos bombardean desde los medios de comunicación de masas. Los intelectuales tienen el hábito de la reflexión y del uso de la palabra para expresarse. Esta ventaja les obliga a respetar la indefensión en la que se encuentran los demás, y asumir el compromiso de compartir su conocimiento con la sociedad.  El intelectual ha de ofrecer nuevos senderos de comprensión para los viejos interrogantes de la humanidad y también ha de ser capaz de interpretar las dudas del presente pues como afirmaba Antonin Artaud "la vida es arderse en preguntas".

          Hallar respuestas a las preguntas planteadas es siempre necesario, mas plantearse los interrogantes adecuados es imprescindible para hacer de la reflexión un ejercicio fértil susceptible de mejorar al menos una pequeña parcela de la realidad a través del conocimiento.

          Nunca la violencia, nunca la mentira ni la injusticia, jamás la guerra y la discriminación, ni la humillación, ni la perpetuación de la miseria han de encontrar justificación alguna en el pensamiento, pues nada puede justificar la perversión intelectual que implica toda negación de la vida. Es precisamente en este límite infranqueable sobre el cual ha de trazarse el contenido ético de una idea o de una acción, pues quien mata a un hombre es como si destruyese a un mundo y quien salva a un hombre es como si salvase un mundo (Buber 1989)[3].

          Millones de muertos testimonian el enorme poder de Tanatos cuando el impulso de muerte que anida en la humanidad encuentra un espacio en el pensamiento. Por encima de cualquier otro valor, la afirmación de la vida como el bien supremo e incuestionable es la primera y fundamental responsabilidad que debe asumir un intelectual ante la sociedad. Lo contrario es abrir las puertas a la tragedia.

          En nombre de la razón y desde un pretendido conocimiento superior, han sido demasiados los intelectuales que, olvidando este mínimo pero fundamental precepto, se han convertido en propagandistas del terror, en cómplices directos de los verdugos.

          En este sentido ética y responsabilidad se confunden.

          El ser humano debe construir su felicidad sin contradecir la felicidad de los otros, pues la felicidad ha de ser colectiva. Ser ético, afirma la pensadora española Victoria Camps, no es otra cosa que ser fiel a la condición humana. 

          No hay causas justas sin medios justos, que no son los fines los que justifican los métodos sino los métodos los que justifican los fines. Después de todo el color del gato importa tanto como si sabe cazar ratones, aunque siempre haya habido ciegos que no lo han podido ver.   No existe ninguna verdad ni ninguna cualidad absoluta en los objetos, las ideas o los seres, el único valor supremo es la vida.

 

c) El intelectual a finales del siglo XX.

          Adorno atribuye a la cultura la misión de desvelar la conciencia del hombre con el fin de hacer de él un individuo autónomo. Si tal como señala Edgar Morin, el artista es un contrapeso a la tendencia mecanicista y estandarizada de la producción cultural masiva, se podría afirmar que el intelectual es al pensamiento lo que el artista a la estética.

          Lejos los tiempos en los que se le demandaba una interpretación global de la realidad, el intelectual se ve sumido en la duda y en la incertidumbre. Incapaces de incidir de un modo activo en los procesos sociales, los intelectuales, o lo que queda de ellos en este final de milenio, pierden terreno frente al experto.

          No se trata tan sólo de un desgaste natural, fruto de los cambios culturales y económicos que, efectivamente, han ido relegando al pensamiento a ámbitos cada vez más restringidos de la sociedad. El pensamiento crítico, cuando no es de un modo u otro recuperado e integrado en el marco de lo políticamente correcto, es sistemáticamente anatematizado.

          Desde posiciones ideológicas conservadoras se acusa a los intelectuales de ideólogos, utilizando este término con propósitos denigrantes.  Paradójicamente, se pretende promover una visión del mundo situada fuera de las ideologías y se proclama el fin de la historia.

          Todo discurso ideológico, y este que pretende negar las ideologías también lo es, "acumula respuestas y no deja resquicios a la duda, porque cada ideología pauta el vacío con certezas y dogmas, legaliza violencias y atropellos, da forma a lo informe (...) las ideologías son sistemas construidos palabra sobre palabra para evitar el desamparo." (Scheines 1993: 133)

          Replegados sobre sí mismos, acobardados por el terrible fracaso de las ideologías totalizantes que muchos otrora defendieron, desconcertados ante una realidad que no alcanzan a comprender,  los intelectuales se entregan a una autocomplacencia estéril, que los convierte en plácidos espectadores de una sociedad que ha sustituido la reflexión y el diálogo por lo que Finkielkraut (1987) denomina "autofagia audiovisual", reverenciando la cultura de masas.

          Una cultura que por naturaleza es a-nacional, a-estatal y antiacumulativa. Sus contenidos esenciales se refieren necesariamente a necesidades privadas, afectivas (felicidad, amor),  imaginarias (aventuras, libertad)  o materiales (consumismo). Pero esto es lo que le proporciona su tremenda fuerza de conquista (Morin 1966)

          Armand Mattelart señala que la crisis del pensamiento sobre la desigualdad y el éxito concomitante de la idea de que es imposible ensanchar el círculo de beneficiarios del progreso, ha atenuado la interrogación crítica sobre el rol de los intelectuales y su relación con los pobres de la tierra.  Querámoslo o no, sostiene el citado autor, la era de la sociedad de la información es también la de la colonización de los espíritus. Sin embargo la libertad política no se limita al derecho de ejercer una voluntad. Obliga también a interrogarse sobre la manera con la cual se ha formado esta voluntad [4].

          A partir de los setenta el intelectual, imbuido de un nuevo utilitarismo, presencia el proceso  sin atreverse a intervenir. Se limita a dar el visto bueno de lo existente abandonando la posición utópica, la voluntad de generar ideas. La gran contradicción es el enorme desarrollo tecnológico de una parte minoritaria del mundo, formada por los países del norte y las elites económicas de los países del sur, y el hambre y la miseria que se extiende en la cara oculta de la tierra, ante lo cual la mayor parte de los intelectuales calla perplejo, o hace gala de un hipócrita determinismo histórico, que cumple un papel secundario en la gran parodia del conocimiento que rodea a los medios de comunicación de masas.

            En este contexto la publicidad ejerce la labor de coordinar cultural e ideológicamente los valores sociales dominantes, cumpliendo en gran medida la misma función que en el pasado estaba reservada al intelectual orgánico.  No debe extrañar por esto que autores como Armand Mattelart afirmen que se está operando un cambio en la estructura de la clase intelectual. Si antes se vinculaba al intelectual con el escritor, "es posible  que hoy en día el intelectual orgánico sea el ejecutivo de una empresa de publicidad; el que maneja técnicas de gestión de la opinión pública más que el filósofo" [5]. Como  afirma el escritor uruguayo Mario Benedetti (1987) la publicidad no sólo promociona un artículo sino que sobre todo propone un mundo.

          Esta descomposición del pensamiento crítico, atrapado el conocimiento en las garras de la complacencia, hace necesario  cultivar la memoria y la subjetividad (la reflexión siempre es del sujeto). Sólo así podrá (re)nacer una nueva cultura de la rebelión, que acepte que la verdad, ninguna verdad salvo la vida, es universal.  

 

          Intelectual e industria cultural: los medios de comunicación como intelectual colectivo

          La sociedad de la comunicación resulta determinante en la disolución de una cierta idea de la historia caracterizada por una visión unívoca de la humanidad de acuerdo a cierto ideal europeo que durante siglos pretendió erigirse en la verdadera esencia del ser humano.

          El filósofo italiano, Gianni Vattimo afirma que los medios de comunicación de masas han multiplicado las visiones del mundo. "De hecho la intensificación de las posibilidades de información sobre la realidad en sus más diversos aspectos vuelve cada vez menos concebible la idea misma de una realidad. Quizá se cumple en el mundo de los mass-media una profecía de Nietzsche: el mundo verdadero, al final se convierte en fábula" (Vattimo 1994:81). Pero la existencia de esta multiplicidad de puntos de vista no debe ocultar que la industria cultural, en última instancia, transmite siempre valores en sintonía con el sistema. Como consecuencia de lo cual, afirmaba Adorno, la industria cultural impide la formación de individuos autónomos, independientes, capaces de juzgar y decidir concientemente.

          Esta fragmentación de la cultura en lo que Baudrillard denomina ilusión de diversidad, tiene consecuencias relevantes en la acentuación del desconcierto en el cual se encuentran sumidos los intelectuales ante los nuevos desafíos que plantea la sociedad compleja de final de siglo.

          A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX la libertad e independencia de criterio que se atribuía a los  intelectuales a la hora de determinar lo que era culturalmente relevante se convertía en una forma de legitimación del sistema. En este período anterior a la segunda guerra mundial los productos relacionados con la cultura eran aún económicamente irrelevantes.

          La entrada de las masas en la política, el aumento de los niveles de renta en las sociedades industriales occidentales y el consecuente desarrollo de las industrias culturales altera la situación. Así, durante las últimas décadas la cultura se ha convertido en un espacio privilegiado para la expansión del capital, lo que ha modificado sensiblemente, el papel social de los intelectuales y de otros productores de cultura. Tendencia que el advenimiento definitivo de la sociedad de la información no hará más que acentuar.

            De este modo, una vez que los productos culturales se convierten en comercialmente rentables y socialmente necesarios se hace inevitable que sean los grandes medios de comunicación de masas, con sus mecanismos de mediación simbólica los que determinen lo que es culturalmente relevante; ya que sólo a través de ellos y de su selección temática cotidiana, de su jerarquización, puede orientarse el público potencial ante la multiplicación de ofertas que genera el flujo informativo. Esta tendencia es fruto de un proceso evolutivo que si bien no implica la desaparición del intelectual independiente, significa su perdida de influencia.          Los medios de comunicación dejan de ser sólo los trasmisores de los mensajes que emiten las industrias culturales sino que se convierten a su vez en productores de cultura, razón por la cual, en este sentido, pueden calificarse  como  intelectuales colectivos.

          El espacio de la divulgación del pensamiento es progresivamente ocupado por la industria cultural, en particular por los medios de comunicación, cuyo primer efecto, es el de banalizar todo saber, todo conocimiento. Absorbidos por la superficialidad consustancial a los medios, "todo el mundo parece hoy acomodarse a una jerarquía estándar de la imagen que se espera de él. Ya no importa comprometerse física o afectivamente en nada para discutir o decidir personalmente sobre cualquier hecho" [6].

          No obstante sus disfunciones y carencias, el desarrollo de las industrias culturales y en particular de los medios de comunicación de masas,  ha permitido que por primera vez en la historia los productos culturales estén al alcance de la práctica totalidad de la población. Este proceso tiene lugar sobretodo a través de la televisión. Un medio poco adecuado para la reflexión pues entre otras propiedades la imagen electrónica sólo trasmite imágenes de algo o alguien que está, certidumbres y no dudas o proyectos.

          Cada imagen es en sí misma una certeza que no se puede combatir con otra imagen. La imagen tiene un efecto hipnótico pues seduce sin necesidad de apoyarse en ningún razonamiento coherente. En este sentido, Virilio considera que las redes de televisión imponen un imperialismo técnico de la memoria colectiva que a la larga podría significar la desaparición de la subjetividad de hombre. 

                   La supuesta eficacia cultural obtenida por una ampliación sin límites del público se vería menguada por el estancamiento y la mediocridad de una cultura sometida al imperativo absoluto que significa agradar a todo el mundo, característica de los mass-media. (Barthes 1957)

          En la situación actual la responsabilidad social de los intelectuales está íntimamente unida a la responsabilidad de los medios de comunicación ante la sociedad. El intelectual debe erigirse en un contrapeso esencial para las fuerzas económicas, políticas y técnicas que gobiernan el mundo.  Es necesario repensar el mundo, repensar morales.

          Las ideas, a pesar de su aparente inocuidad,  poseen un poder de transformación mucho mayor que el de las armas. Su eficacia no es inmediata y en ocasiones tampoco es intuible. Pueden pasar muchos años hasta que sus efectos sean palpables. Su influencia no depende necesariamente de una gran difusión inicial, pero pueden ir impregnando gota a gota el espíritu del cuerpo social a través de diferentes canales pues la transformación de cada persona incide en la transformación del mundo.

          Por esta razón el intelectual no debe renunciar, a pesar de su aparente debilidad, a pensar libremente, sin mentir ni mentirse,  sin tener miedo a equivocarse, pues del error nace la proximidad a la verdad.

 

          El intelectual ante las tecnologías de la información y la comunicación (TIC)

          El desarrollo de las tecnologías digitales renueva viejos interrogantes y plantea nuevos problemas ante los cuales los intelectuales no pueden dejar de sentirse interesados. 

          La disolución del tiempo como continuidad, la deterritorialización del espacio, la virtualización de lo real, la eliminación de las singularidades, son algunos de las cuestiones que aparecen con mayor virulencia como consecuencia de la digitalización progresiva de la producción cultural.

          Las  tecnologías digitales hacen cada vez más difícil delimitar lo verdadero de lo falso, lo que obliga a la sociedad a mantenerse especialmente vigilante. Una responsabilidad que, a nivel colectivo, recae en gran medida sobre los intelectuales.

          Si bien la tentación de la manipulación no es nueva, las nuevas tecnologías ofrecen herramientas muy poderosas para construir mentiras indistinguibles de la verdad. Y no se debe olvidar que la mentira es un recurso para dar órdenes sin parecerlo. En este contexto la ética adquiere un carácter fundamental.

          No se trata tan sólo de la posibilidad de mentir sobre el presente. La posibilidad de manipulación de imágenes y sonidos de archivo por medio de las nuevas  técnicas audiovisuales provoca una honda preocupación.  Con las nuevas tecnologías las imágenes han dejado de ser, definitivamente un testimonio confiable. Así como veinte años después de la llegada del primer hombre a la Luna, había quienes aún desconfiaban de la veracidad de las imágenes que testimoniaban dicho acontecimiento, el sólo hecho de saber que toda imagen puede ser creada artificialmente nos obliga a ser escépticos respecto a cualquier imagen [7].

          El pensador francés Paul Virilio sostiene que existe una falta de pensamiento crítico acerca de la ciencia y de la tecnología a causa de lo que denomina tecno-culto. Este supuesto culto se ha construido alrededor de tres mitos (¿o sería más apropiado llamarlos mentiras?)[8]

          1-       El progreso tecnológico como factor determinante del bienestar social.

          2-       La economía global como factor de estabilidad y desarrollo

          3-       La comunicación como factor de integración y racionalización de los recursos disponibles.

 

          En este marco los apologistas de las TIC encuentran un espacio propicio para sus discursos, apenas ensombrecidos por las advertencias de los escasos pensadores que han intentado reflexionar acerca de los cambios sociales que conllevan estas tecnologías huyendo de las voces altisonantes de algunos profetas del apocalipsis.

 

d) Una pequeña reflexión final a modo de conclusión

          Timoratos constructores de verdades preestablecidas, se empeñan en buscar justificaciones que expliquen lo que no tiene otra justificación que la propia idea preconcebida de la que surge.

          Es necesaria una espátula en la mano para arrancar el barniz reseco por engaños repetidos como dogmas de fe. La pátina del prestigio antiguo acumulada sobre la superficie de nuestro saber; que es decir, de nuestra concepción del mundo,  de nuestra vida; entorpece nuestros sentidos con una sutil exigencia de coherencia.

          Se trata de un trabajo lento para el cual hace falta constancia y paciencia y mucho cuidado, pues es difícil distinguir la verdad de la mentira, el conocimiento de la ignorancia, lo tangible de lo intangible; siempre lo ha sido.

          Lo irreal invade la vida disfrazándose con un encandilante traje de superficial trascendencia; paradójica espiral por la que transitan ideologías sin ideas, objetos sin materia, amores sin cuerpos.

          El intelectual no ha de encerrarse en su obra sino por el contrario abrirse hacia sus semejantes. Ha de enfrentar la mentira, la destrucción y la muerte sin caer en la tentación mesiánica que tan terribles consecuencias ha tenido en el pasado, ni pensarse a sí mismo como un profeta. Ha de aceptar que la verdad es múltiple y contentarse con poder abrir un pequeñito espacio de libertad y de esperanza y si por respuesta sólo obtiene el silencio o incluso el desprecio, no ha de desesperar ni rendirse pues de él y de los que, como él, han hecho del pensamiento su vida, depende que la barbarie no se imponga definitivamente.


Bibliografía citada

ADORNO,T.W.

1967   "La industria cultural", en Adorno/Morin, La industria cultural,.Galerna, Bueno Aires.

 

BARTHES, Barthes:

1957    Mythologies, Éditions du Seuil, París (edic.1970)

 

BENEDETTI, Mario:

1987    Subdesarrollo y letras de osadía, Alianza, Madrid.

 

BORGES, Jorge Luis:

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BRETON, Phillipe y PROULX, Serge:

1989    L'Explosion de la communication. La naissance d'une nouvelle idéologie. La Découverte, París. (Trad.cast.: "La explosión de la comunicación", Civilización, Barcelona, 1990)

 

BUBER, Martin:

1991    Le chemin de l'homme d'après la doctrine hassidique. Éditons du Rocher, Mónaco.

 

FINKELKRAUT, Alain:

1987    La défaite du pensée, Gallimard, París.

          (Trad.cast. "La derrrota del pensamiento, Anagrama,   Barcelona, 1987)

 

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1995   "Regreso a la Ilustración: los intelectuales a finales del siglo XX" en Revista de Occidente, nº164, pp.27/50

 

MATTELART, Armand:

1994   "Comment résister à la colonisation des esprits?"    en  Le Monde Diplomatique, París, abril 1994.

 

MORIN, Edgar:

1962    L'Esprit du temps, Bernard Grasset, París.

          (Trad.cast."El espíritu del tiempo", Taurus, Madrid, 1966). 

 

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1995   "El periodismo bajo sospecha. Profundas transformaciones de la sociedad de la información" en Suplemento de Telos, nº41, Madrid, pp.7/8

 

SCHEINES, Graciela:

1993    Las metáforas del fracaso. Desencuentros y utopías en la cultura argentina. Edit.Sudamericana, Buenos Aires.

 

 

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1992    Critique de la modernité, Lib.Arthème Fayard, París.

          (Trad.cast: "Crítica de la Modernidad", Temas de Hoy, Madrid, 1993)

 

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 1989   La società transparente, Garzanti editori, Milán

          (Trad.cast."La sociedad transparente"  Paidós/I.C.E.-U.A.B., Barcelona, 1994)

         

VIRILIO, Paul:

1993    L'art du moteur, Galilée, París.

 

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1954    The Human use of Human Beings. Cybernetics and society. Houghton Mifflin, N.Y.

          (Trad.cast.:"Cibernética y sociedad" Edit. Sudamericana, Buenos Aires 1969)



    [1] Jorge Luis Borges "Otras inquisiciones" en Prosa Completa, vol.2, Bruguera, Barcelona, 1980, pág.245.

Otros autores llegan incluso a afirmar que la toma de partido en política implica la traición de los intelectuales. (Lepenies 1995)

 

 

    [2] Entrevista a Pierre Bordieu en "El País" (30-4-94). Incidiendo más en lo antedicho, el citado autor señala que el problema de Yugoslavia ha sido en gran parte creado por intelectuales nacionalistas que apoyándose en los medios de comunicación han orquestado las pasiones nacionales que desembocaron en terribles guerras.

    [3]  "Avec chaque homme vient au monde quelque chose de nouveau qui n'as pas encore existé, quelque chose d'initial et unique" Martin Buber (1989:19)

    [4] A.Mattelart: "Comment résister à la colonisation des esprits?" en Le Monde Diplomatique, abril 1994.

    [5] Armand Mattelart, entrevista publicada por el diario "El País" el 28 de agosto de 1985.

    [6] Entrevista a Julia Kristeva, "El País", 20/8/94.

    [7] Respecto a la llegada del hombre a la Luna, existen testimonios recogidos en los años 80' entre población rural de diferentes países que consideraban que las imágenes que transmitió en su día la televisión no eran reales, sino que formaban parte de un montaje cinematográfico.

    [8] Si la mentira es una orden sin parecerlo, el objetivo del mito , dice Barthes (1957:243), es inmovilizar el mundo "(...) il faut que les mythes suggèrent et miment une économie universelle qui a fixé une fois pour plus la hiérarchie des possesions."