La escuela en la Sociedad de la Información

José Manuel Pérez Tornero

El último quinquenio del siglo XX ha colocado a las escuelas en un escenario muy nuevo: repleto de satélites de comunicación, de fibra óptica, de información digitalizada, de ordenadores personales cada vez más potentes, de realidad virtual y una enorme explosión de comunicación audiovisual. Naturalmente, no es que cada una de nuestras escuelas - si hablamos de los países con alto nivel de desarrollo - haya entrado en la sociedad de la información y disponga y utilice todos los nuevos recursos que ésta ofrece. Obviamente, no es ese el caso, pero lo que es indiscutible es que el entorno de la escuela ( y esto en casi cualquier país del mundo) – independientemente de los cambios que se hayan producido en ésta - sí forma parte ya de esta nueva era post-revolución de las comunicaciones.

De hecho, las escuelas, tal vez, no utilicen mucho todavía ni la televisión, ni el vídeo, ni los ordenadores, ni Internet; pero los niños y niñas que asisten a ella tienen cada vez más en sus hogares nuevas cadenas de televisión, más vídeos, más videojuegos, más ordenadores, correo electrónico y acceso a Internet. Y lo mismo sucede en las empresas, comercios, instituciones y ciudades. Lo que no entra por la puerta está colándose por la ventana y la sociedad del capital globalizador y de las telecomunicaciones mundiales se ha extendido por casi todo el planeta.

Como consecuencia de todo ello, la Escuela está perdiendo a marchas forzadas la autonomía que tuvo en otros tiempos y vive en un contexto que, de alguna manera, la descoloca.

La génesis de la institución escolar

La Escuela fue durante muchos siglos una institución que gozaba de un papel hegemónico – si no del monopolio – en la instrucción y en la distribución del saber en la comunidad. Poseía los textos sagrados o técnicos en que residía el saber y ella los administraba a quienes entraban por sus puertas y aceptaban sus reglas. Fuera de ella la producción y circulación del saber eran muy escasas.

Este monopolio de la instrucción en la sociedad tenía mucho que ver con la necesidad de la lectura y la escritura, un saber que, muy difícilmente podía enseñarse en cualquier otro entorno que no fuera una institución especializada.

No es casual, pues, que históricamente, el modelo de Escuela que hoy conocemos empezase a configurarse en Mesopotamia con la civilización Sumeria (3.100 años antes de Cristo) que logró descubrir y desarrollar, por aquél entonces, un primer estilo de escritura, la cuneiforme. Los modelos de organización de la Escuela, algunos de los cuales llegan a nuestros días, empezaron a configurarse ya allí: ``La distribución rectangular de las habitaciones; su tamaño, acomodando a treinta o cuarenta estudiantes; su estructura, con filas de bancos encaradas hacia el profesor, mantiene una innegable semejanza con nuestras modernas aulas, en las que, básicamente, se enseñan los mismos temas que se enseñaban en Mesopotamia" (Logan, 1995: 142; cf. También Kramer, 1956).

Más adelante, Platón (la Academia) y Aristóteles (el Liceo) sentaron las bases de las escuelas de los dos milenios siguientes. Como disponían ya de una escritura alfabética basada en la fonética, pudieron fundar un sistema de educación basado en una metodología racionalista - modular, calculada - y en una lógica deductiva - del silogismo lógico - que ha inspirado la educación durante mucho tiempo.

La revolución industrial y el afianzamiento de los sistemas sociales modernos mantuvieron una escuela tradicional en lo que a curricula y el sistema de lecto-escritura se refiere, pero dieron un gran paso en la universalización de la institución. De hecho se requería, que en un mundo generalizado de trabajo industrial - con madres y padres en las fábricas - la infancia dispusiera de un ámbito en el que subsistir dentro de un ambiente de seguridad, control y disciplina. De aquí la orientación creciente hacia la universalización de la educación.

A lo largo de los siglos este modelo se mantuvo. Mientras había escasez de documentos y de depósitos de conocimientos, los espacios escolares eran lugares privilegiados porque guardaban los pocos textos que existían. Y, además, era ámbitos orientados a la racionalidad y organización sistemática del conocimiento. Conforme aumentaba la capacidad de multiplicar textos, el papel de la escuela se ensanchaba.

Progresivamente, en un movimiento continuo - y continuamente acelerado - que va desde la invención y desarrollo de la imprenta, hasta la aparición del telégrafo – que dio lugar a la prensa y al periodismo, la radio, el cine, la televisión y la telemática, hasta Internet - proporcionaron las circunstancias claves que llevaron a una extraordinaria mutación de la escuela. La tradición escolar, que se había fraguado en una tradición milenaria, empieza sufrir el asedio de un nuevo mundo, con repercusiones que, hoy en día, ignoramos.

Las grandes transformaciones

Con la aparición de la sociedad de la información, las fuentes de saber – y de acumulación del conocimiento – se multiplican, se expanden y se difunden. Los libros ya no escasean sino que pueden multiplicarse por cientos de miles. Los medios audiovisuales difunden la información a la velocidad de la luz y la multiplican. Los ordenadores y las bases de datos acumulan, sin problemas, informaciones en mayor cantidad y calidad de acceso que nunca antes en la historia. El audiovisual ya no es sólo un lenguaje de registro de la información, sino que se va convirtiendo poco a poco en una escritura al alcance de cada vez más personas. ( Cf. Mitchell Stephens, 1998). E Internet está haciendo accesibles, casi sin limitaciones, saberes y documentos en todo el globo.

Por otro lado, las escuelas y las universidades ya no son los únicos centros de la racionalidad y del progreso científico o social. Tienen que disputar con el saber generado autónomamente por el sistema industrial, financiero y militar. Y cada vez más la sustanciación de los principios del orden social escapan a sus manos. Son los medios de comunicación y no las escuelas los que están siendo el ámbito de transmisión de esa nueva racionalidad que bebe, sin duda, de muchas fuentes, pero sobre todo de una: del nuevo entramado industrial-financiero que impulsa el consumismo.

El asedio a la escuela tradicional

¿Qué claves del sistema escolar tradicional empiezan a tambalearse en la sociedad de la información?

1. La Escuela ya no es la depositaria privilegiada del saber. Es una fuente más entre otras. Pero compite con fuentes de enorme poder: la radio, la televisión, el kiosco de prensa, etc.

2. La Escuela es, tal vez, la institución más eficaz para la enseñanza de la lecto-escritura – como lo fue antaño – pero está quedándose atrás en la promoción de la nueva alfabetización de la sociedad de la información: la del lenguaje audiovisual y de la informática.

3. Los profesores ya no son considerados los Maestros que atesoraban todas las habilidades y sabidurías. Los estudiantes pueden competir fácilmente con ellos en conocimientos y, sobre todo, disponen de muchas fuentes con las que contrastar el saber de sus profesores.

4. La escuelas ya no disponen, como antaño, de los instrumentos para la producción y sistematización del saber – o los han perdido en términos relativos. Sus bibliotecas se han quedado cortas y a veces ridículas comparadas con la suma de las bibliotecas de las que disponen los propios estudiantes en sus hogares. Su tecnología se ha quedado obsoleta si se la compara con aquella a la que acceden algunos de sus estudiantes: televisión – a veces por cable y satélite – ordenadores, vídeos, cámara fotográfica, juegos educativos, Internet, etc.

5. La Escuela ya no es la fuente de la racionalidad que funda o explica el orden social. La organización del mundo, los valores escolares no sólo pueden ser diferentes a los que rigen en el entorno – compárese, por ejemplo, la educación de valores en la escuela y el consumismo y la competitividad vigente en el escenario social -. Pero es que, desde la Escuela, a veces ya no es posible intentar explicar con coherencia el orden social.

6. La Escuela se ha tornado un elemento poco práctico. Situada entre el mantenimiento de un currículum tradicional y las dudas sobre la aceptación de un currículum actualizado, encuentra serios problemas para convertir sus enseñanzas en algo utilizable prácticamente por los estudiantes fuera de las aulas.

7. La Escuela está perdiendo a marchas forzadas aquél poder de organización y de orden que le había conferido el sistema social tradicional. La pérdida de autoridad de la Escuela es producto, finalmente, del valor escaso que le atribuyen los poderes sociales.

En definitiva, nos encontramos con una escuela descentrada de sus funciones tradicionales que difícilmente encuentra su lugar en el mundo moderno del saber.

Las claves de una crisis

Tanto cambio, acumulado en poco tiempo ha conducido a una crisis múltiple que la escuela está viviendo intensamente en este fin de siglo.

Hay crisis en los curricula escolares. La producción de saber es tan intensa y circula tan rápidamente por todos los medios, especialmente los electrónicos que no se sabe cuál es el modo más práctico y seguro de fijar los items que compondrán la práctica docente. La adaptación a los cambios parece a veces oportunismo o diletantismo; y el conservadurismo, pura nostalgia. De hecho, la incertidumbre, la dubitación y la inseguridad componen el núcleo central de un problema de difícil consenso.

Hay crisis en el rol del profesorado. De tradicionales instructores del saber, en medio de un mundo que genera fuera de las aulas nuevos saberes, los profesores y las profesoras ven perderse la función con la que se formaron y se ven sometidos a nuevas exigencias y requerimientos que, muchas veces no comprenden o no desean asumir.

Hay crisis también en el lenguaje que funda la escuela. Su escriturocentrismo tradicional resiste con poca convicción a los nuevos lenguajes del audiovisual y la informática. El privilegio que concede la gramática frente a la semiología y al libro frente a los medios audiovisuales refleja buena parte del conflicto.

Crisis, obviamente, de recursos técnicos. Comparadas con el entorno inmediato, las escuelas se han quedado – incluso en el mundo industrial más avanzado – desfasadas tecnológicamente hablando. Mientras la dotación tecnológica de los hogares ha ido creciendo, la de las escuelas se ha congelado o ha ido decreciendo. Lo cual está provocando nuevas crisis de legitimidad.

Crisis también de modelo de valores y de socialidad. Una escuela como la actual forjada en la pura tradición de la escuela burguesa de principios de siglo, es decir, centralizada, nacionalista, asistencial, y fabril en sentido que más adelante hemos descrito, se encuentra abocada a sobrevivir en una sociedad post-industrial, globalizada, multicultural y en la que la racionalidad del empleo está perdiendo peso.

Finalmente, crisis de gestión, que no es la menos importante. Se están quedando obsoletos los modelos de gestión basados en el control, la comunicación jerárquica, la evaluación ajustada a criterios de repetición, y, en general, el burocratismo ocupado más de la reproducción que del cambio o la creación.

Apuesta por la renovación

Muchas de estas crisis, no por presentidas dejan de ser auténticamente novedosas. Los últimos años han conseguido plantear las cuestiones de un modo cualitativamente distinto. Las cuestiones esenciales de este cambio pueden resumirse en cinco ideas fuerza. En ellas debe basarse cualquier esfuerzo serio por la renovación.

1. La participación de la comunidad entera en la educación. Si la producción del saber no es privilegio de la escuelas, éstas deben abrirse a nuevas fuentes de conocimiento. Pero no sólo eso, deben salir de sí mismas y cooperar con esas nuevas fuentes, planteando sus exigencias y contribuyendo a crear entornos educativos más allá de las escuelas. En este sentido, un primer escenario decisivo es el hogar y después la ciudades.

2. La conversión de las escuelas en espacios de exploración, de descubrimiento y de invención. El desarrollo de la robótica y de la informática está condenando los procesos repetitivos en el mundo del trabajo y potenciando, por el contrario, los creativos e imaginativos. Es a éstos a los que debe dedicarse una escuela que apueste por el futuro. Y esto sin referirnos a las ventajas pedagógicas que un cambio de este estilo plantea.

3. La aceptación de la necesidad de potenciar el tipo de alfabetización propio de la sociedad de la información. Cada vez está más claro que la lecto-escritura no basta, que es necesario introducir al uso de los lenguajes audiovisuales, de la informática, al uso de los ordenadores y los nuevos medios. Una escuela consciente no puede renunciar a esta exigencia.

4. La creación de nuevas comunidades educativas a partir de las escuelas actuales. El ciberespacio, las telecomunicaciones, Internet, etc. están procurando la aparición de nuevas comunidades virtuales. La escuela debe contribuir a la consolidación de nuevas comunidades educativas que, trascendiendo espacios y limitaciones, potencie nuevos valores de convivencia y nuevos ámbitos de producción y discusión del saber.

5. El abandono de la masificación propia del modelo fabril. Las ratios actuales de profesorado-estudiantado, el sistema de aularios, la organización misma de los horarios vigentes en la escuela actual proceden más de obsesiones de tipo industrial que del respeto al proceso de aprendizaje o de comunicación. Forman parte de un modelo de escuela-asistencial propia del XIX que del que sería propio de la sociedad actual. Por esta razón, sin su superación será difícil salir del círculo vicioso de la tradición.

6. La renovación tecnológica de la escuela. Es muy grave, condenar a las escuelas a ser guetos tecnológicos anticuados en relación a su entorno. Es grave e improductivo. En una sociedad en que el capital humano es, sin duda, el motor decisivo de la economía, una escuela atrasada es la grantía del establecimiento de sociedades dependientes, sin autonomía.

7. La redefinición del rol del profesorado. De ser los dispensadores del saber, deben encarar un nuevo papel: entrenadores en los procesos de autoprendizaje de los alumnos, incitadores y promotores de los nuevos grupos y comunidades educativas que se generen, creadores de nuevos entornos educativos y de instrumentos pedagógicos, mediadores de conflictos, y educadores.

8. La redefinición del rol de Estado en la educación. Tendrá que abandonar su papel paternalista y censor. Deberá ceder autonomía curricular, de gestión y de organización a las escuelas y a su entorno, pero deberá, también, al mismo tiempo dedicar sus mejores esfuerzos a la mejora constante de la inversión en educación y de lucha contra la segregación.

9. La aceptación del principio de la educación a lo largo de la vida. Si se acepta que el período educativo no acaba nunca, la mitificación de los títulos, el aumento de la tensión sobre las escuelas, los profesores y los estudiantes, y la competitividad innecesaria en el sistema se debilitarán. Nacerá un sistema educativo flexible, con múltiples alternativas, itinerarios y ajustado a las necesidades del usuario.

10. La implicación de las escuelas en el mundo práctico. En sentido amplio, una escuela debe procurar ser directamente útil a la comunidad a la que sirve, a los estudiantes, a los padres y madres, etc. Esto obligará a plantarse la participación de las escuelas en la vida de su entorno, a procurar una relación más directa con el mundo económico y a que, en definitiva, los problemas del entorno sean los de la escuela.

José Manuel Pérez Tornero

Referencias

Kramer, S.N., 1956: From the Tablets of Summer. Indian Hills, col: Falcon Press

Logan, Robert K., 1995 : The fifth language. Learning a Living in the Computer Age. Toronto, Stoddart

Stephens, Mitchell, 1998: The rise of the image the fall of the world Nueva York, Oxford University Press