Por Galicia: el pueblo

 

 

 

 

Prólogo. El Día del Apóstol

 

De Piedrafita a Finisterre, de Ribadeo a Santa Tecla, boca del Miño, he trazado en distintos viajes algunas rayas por Galicia, y aún pienso volver para recorrerla mejor, porque donde acabe -que no acaba- el interés por las escuelas, sigue el interés por el pueblo, protagonista del drama antiguo, que tiene en la escuela uno de sus escenarios. El lector sabe que eso es la escuela para mí: escenario de un drama, aunque otros lleguen a convertirla en esce­nario de una comedia. Por desmantelada y sórdida que sea, ahí está su grandeza: es el pueblo. Ya Ex­tremadura fue como iniciación para este viaje a Ga­licia, porque en toda España, incluyendo Asturias, no he visto pueblo tan afín al gallego como el ex­tremeño. Pueblo sumiso, pueblo trabajador, con sen­tido de la jerarquía, dúctil y blando. Don Miguel de Unamuno, que -no es preciso decirlo- conoce bien su patria, dice que se llamó a los extremeños «los indios de España», aludiendo a su braveza. Error. Otro sentido ha de darse a la frase. Virtudes de resignación y de pasividad; en suma, servidumbre es lo que en realidad expresa. Pero en Extremadura, y aquí en Galicia mucho más, conviene que desde ahora nos pongamos de acuerdo sobre lo que es el pueblo. A medida que voy llegando a la entraña veo que, para mí, el pueblo es lo que otros llaman «bajo pueblo», y que así lo siente él mismo. Este es el su­miso, el manejable y rebañego; el que yo deseo ver elevado, fortalecido, liberado, para que llegue a ser pueblo de verdad. Ni las nieblas, ni la «morriña», ni la lírica de gaita gallega tienen nada que ver con el señor, con el dominador. En conjunto, éste for­ma parte también del pueblo. Acaso él, en sus ho­ras dulces, se considere incluido; pero no hay pa­ridad. En ningún país es tan profunda la distancia, y ya veremos uno de los fenómenos más curiosos: el del vacío que dejó en la vida y hábitos del propio pueblo, hecho a los usos antiguos, la falta de ver­daderos señores por sangre y por herencia; señores que, como me decía en Madrid don Ramón del Valle­Inclán -otro español que conoce su patria-, «te­ñen pedras, blasones, armas labradas en el pazo»; es decir, jerarquía, cabecera con justo título y me­dios para sostenerse en ella.

Estas y otras muchas cosas salen al paso en un viaje de escuelas, el más a propósito para ver clara la solución del último problema, que no es restau­rar las pedras, con todo lo que implican, ni legiti­mar aristocracias improvisadas, sino dar persona­lidad a los que hoy no la tienen. Bástame la fuerza dramática de un espectáculo tan raro como es la trasfiguración de un viejo en un recién nacido; la idea de la reencarnación del pueblo y la esperanza de que pronto no habrá tierra de siervos, sino de iguales. ¿Le bastará también al lector? No me está permitido, como en los viajes de todo el mundo, como en todos los viajes escritos, ni siquiera un poco de invención. Ni la exageración, para dar dis­cretamente colorido, me es lícita. Cuando Borrow entró en Galicia, por Fuencebadón y Piedrafita, te­nía para alegar su viaje partidas de bandoleros -la espuma de las guerras civiles-, patrullas de asesi­nos. A Finisterre lo lleva un guía extraño que da saltos mortales, un nuveiro, «un hombre que anda por las nubes», y que predispone su ánimo para las aventuras más siniestras. Entre la política, la su­perstición y la barbarie, el relato camina lleno de gracia. Pero yo he ido a Finisterre en automóvil y he encontrado allí gente amabilísima que no ha pen­sado en fusilarme, como a Borrow, sin duda porque mi equivocación está en haber emprendido el viaje ahora y no en 1836. También me valdría más, para otros efectos, hacer el viaje apologético, el canto a Galicia, que viniendo de un castellano habría de ha­lagar el oído. Es momento propicio para el inter­cambio de exaltaciones regionales. Así, el Elogi de Catalunya, de Vallés y Pujals -libro justamente celebrado y muy leído, en varias ediciones-, em­pieza con la frase del aragonés Pedro «el Ceremo­nioso» caminando de Zaragoza a Fraga. Bernardo de Cabrera, que cabalga a su lado, le dice: «Señor, ¿véis aquel pueblo? Pues ya pertenece a Cataluña.» «¡Oh tierra bendita -exclama el Rey con entusias­mo-, tierra poblada de lealtad!» Con ese espíritu y ese fervor podíamos llegar hoy a Galicia, que vivió siempre leal y que, en punto a hermosura, me pa­rece incompatible. Pero el objeto es otro, sólo indi­rectamente relacionado con la lealtad y con el paisaje.

(7 de agosto de 1929)

 

 

 

 

Galicia desde Santiago

 

 

El pueblo. Día del Apóstol

 

Elijamos de nuestra Galicia el lugar señalado por mayor esfuerzo espiritual. Lo hallaremos pronto. Cualquier camino gallego, costero o montañés, nos llevará a Santiago de Compostela. Para este fin que -como sabemos- no es la lealtad, ni la historia, ni el paisaje, quiero buscar lo mejor de Galicia en la ciudad-faro. También tiene «pedras» Sant-Iago; piedras dominadoras, muy antiguas, muy nobles; con pueblo, bajo su señorío. Relucen sobre la loma verde como espadas que en el buen tiempo barroco llamarían flamígeras. Y éste es su primer milagro: arder, flamear en el campo verde, húmedo, en tierra de campesinos. Ser junto al «Finis terrae», confín lejano, roca solitaria, una afirmación universal que durante siglos, más allá del emperador Carlo Mag­no, vienen repitiendo desde muy lejos inumerables gentes para corroborar su fe. Todavía hoy es difícil descubrir por primera vez las torres compostela­nas sin que el viajero se eleve a peregrino, y aunque no traiga la ruta de Francia, el paraje se le convierta en «humilladeiro». Pero esta vez llegamos de noche, oscura, víspera del Apóstol. Un resplandor alto, en las nubes, nos precipita por la carretera montaraz de Santa Comba. No hay miedo de tropezar con nadie. Todos están allá. Cohetes... Estrellas de la liturgia popular. Luminarias sobre el sepulcro del Zebedeo. Pólvora... Explosiones de júbilo. Estam­pidos. Relámpagos bajo las nubes y lágrimas de plata fría; pálido fuego lloviendo sobre la polvareda cár­dena... Entramos en la maravillosa plaza del Obra­doiro cuando el polvorista alarga la vara con un punto de luz y prende su mecha a la primera rueda. Todo el frontis, tan esbelto, es hoy burdo castillo de pólvora, y antes de un minuto podremos verlo ardiendo, como su trasunto, mejor dicho, su gro­sera caricatura, en luces de color. No tendría per­dón, sin embargo, que, por mirarlo, desperdiciára­mos la ocasión de ver el pueblo, en esta hora y a esta luz singular.

El pueblo -a eso venimos- llena por completo el área de la plaza y rebosa por todas las callejas. Parece masa compacta; pero hay dentro de ella co­rros, mujeres sentadas en el suelo, con los chicos delante y una guarda de paisanos dando cara a la multitud. Vienen riadas, corrientes, ahora para en­trar, ahora para salir, y muchas veces sólo por an­dar, por llevar y dejarse llevar. El cansancio de una larga espera demacra los rostros. El aire es quieto, cálido y aplomado, entre los cuatro muros de pie­dra. Noche de canícula. Humanidad prieta, prensa­da, como en redil. Haría falta otro gran incensario, como el «botafumeiro», pendiendo de las nubes, ya que el Apóstol tiene sumisos y arrodillados a los Vientos. Cuando la pólvora prende, todos los ros­tros se iluminan por dentro y por fuera. Las mu­jeres levantan sus chicos en brazos. Los hombres se yerguen.

Es el momento de ver cuán lejos está Compos­tela y el Apóstol del tiempo santo de las peregrina­ciones. Se oculta de nosotros el peregrino que bus­camos -no ya el de sayal, cordón y conchas, sino el peregrino de la fe-, el verdadero peregrinante de lejanas tierras. Es el pueblo, y es el pueblo ga­llego quien aparece, como personaje principal, en la plaza del Obradoiro. Y el que veremos mañana en misa mayor. Domina el traje oscuro, el de todas partes, sin forma ni color local. Hay gentes bien vestidas. Coruñesas de La Coruña, espléndida hu­manidad urbana, de urbe sin mácula. El tipo fino, inconfundible, de los rías bajas, que han enviado Arosa -todas las villas marineras de Arosa-, Pon­tevedra y Vigo. Pero esos tipos, de aire moderno, no me parecen sino espectadores, como yo, del me­morable encuentro anual, entre la grandeza del culto apostólico y la humildad del verdadero pueblo. En­tre la Inteligencia y la fe. Inteligencia secular, de viejas raíces, bien hondas, que puede secarse y se­guir en pie, ganando batallas, como el Cid. Fe más antigua todavía, anterior a la cruz y acaso al dol­men, hecha siempre de misterio y de posternación, a prueba de cambios. En ese pueblo, ya más típico de rasgos fisiognómicos y de atavíos, encontramos la misma variedad que ofrece cualquier romería his­pánica, pero podríamos separar grupos bien defi­nidos.

Sería preciso vivir aquí y saberse bien las comar­cas -bien sabidas- para clasificar sin pedantería: «éste es celta; éste, suevo o romano, godo, norman­do», sólo por resabio de nuestras lecturas. De ellas y de la presencia de tantas razas que acabaron por fundirse en una deduciríamos demasiadas cosas. Más fácil es distinguir, por ejemplo, las gentes de la Mahia de las de Bergantiños, y las de Maside o Car­balliño de las del país de Xallas. Mas qué diferen­cias de tipo etnográfico, maneras de vestir y de ha­blar. Pero muchas veces asoma el puro tipo galo entre una muchedumbre de figuras rebajadas en serie. Y pasan unos hombres altos, rojos de piel, de mirada fina y audaz, cuello largo, ancha espalda, que llevan, por fuerza, sangre de pirata normando. Detrás, una cuadrilla de marineros de Corme o de Lage, que parecen pescadores armoricanos y lo pa­recerían más si no vinieran empavesados. Debería­mos llegar el día en que cumplan un voto, y aun sería mejor ir a su santuario, que no es el del Após­tol. Entre las mujeres vemos toda una fila de cabe­zas bellísimas, con pañuelo blanco doblado sobre el arco de las cejas, perfecto, como la nariz y la bar­billa helénicas. Cerca de Lira, en el camino de Mu­ros a Carnota, al pie del Pindo, lleno de evocacio­nes griegas, he visto una guirnalda de muchachas como éstas, juntas brazo con brazo, todo lo ancho de la calzada; y es uno de los recuerdos más fra­gantes a campo y a mar, a juventud eterna, que guardo del viaje por Galicia. Pero conservando tan recientes las impresiones de pueblos andaluces, se­rranos, jiennenses o granadinos, voy a descubrir, aunque no quiera, una diferencia. No hay moros aquí, ni árabes, ni bereberes. Acaso no haya ni el remoto enlace africano de nuestros primitivos ibe­ros. Precisamente Compostela representa el contra­golpe del Islam, el caballo blanco de Santiago -¡Santiago, cierra España!- contra la hacanea del profeta. Fue menester otro fanatismo, otro sepulcro en tierra señalada por el favor divino, para luchar con armas iguales contra aquella invasión fanática. Es la única herencia mora que nos legó la Recon­quista; pero en ella, en la piedra del sepulcro, des­cansa la grandeza de Santiago, hasta hoy la mayor fuerza espiritual de Galicia.

Aunque no conservara por suyo el pueblo, aunque el Poder no fuera a postrarse una vez cada año de hinojos ante el altar de Santiago, le quedaría el pres­tigio del arte. Por inoportunas prescindo de apun­tar aquí algunas observaciones sobre la dignidad y elevación de esta fiesta religiosa, el día de la ofren­da, comparándolas, sobre todo, con la Semana San­ta sevillana o con la mascarada de Oberammer­bauen. Y además de conservar el prestigio del arte, Santiago no ha perdido el de ciudad universitaria. Por ello era preciso venir. En este pobre viaje de escuelas debía yo serenarme del deslumbramiento que producen las piedras mágicas compostelanas y aguardar ocasión propicia para quedarme a solas con los maestros y preguntarles esta impertinencia: «¿Dónde dan ustedes clase a los niños? ¿Cuántas es­cuelas tienen ustedes?» Aunque. en realidad, este año no necesitaba preguntarlo, porque ya lo sabía.

 

(8 de agosto de 1929)


Galicia desde Santiago

 

El rincón olvidado

 

 

Sabía desde el primer viaje -pronto hará un año- que en Santiago, cabeza de Galicia, hay Uni­versidad, pero no hay escuelas. Catedral insigne y poderosa; Universidad de viejo abolengo; Semina­rio, Instituto... Pero escuelas, no. ¿Por qué obsti­narse en buscar lo que no existe, lo que lógica­mente no tiene razón de existencia? Cuanta más historia -hemos ido viéndolo a través de estos ar­tículos-, menos escuelas. Cuanto más cuajado el tipo eclesiástico y universitario de una ciudad -ha­blo de la clásica Universidad española-, menor atención a la enseñanza del pueblo. Tan cierto y tan claro es cuanto digo, que yo mismo, amante como cualquiera otro, no sólo de las piedras, sino de su ambiente; no sólo de los monumentos compostela­nos, sino de la vida y del género de cultura, fina y honda, cristalizada por el tiempo bajo las nubes de Santiago, me espantaría o me burlaría de la preten­sión que aquí me trae si no fuera porque estoy cu­rado de espantos y de prejuicios. Santiago de Gali­cia es algo ya realizado, perfecto, armónico y re­dondo. Cerró su ciclo. Muy bien. No nos importa. ¿Qué culpa tiene el pueblo de que la ciudad haya cerrado su ciclo, dejándole fuera a él, o aceptándolo sólo como almas fieles, como muchedumbre, todo lo más como vivero para ir nutriendo feligresías? Al día siguiente del Apóstol hubo un incendio en no sé qué farmacia, droguería o depósiot de pro­ductos químicos. Llegaban las pavesas al campo de la feria, muy lejos de la quema, y en la rúa Novales, mujerucas trémulas levantaban las manos al cielo con grandes exclamaciones y lamentaciones. No había agua para apagar el fuego. Ardería aquello hasta que Dios quisiera, y lo más que podían hacer era aislarlo. Yo creo que, aun cerrado el ciclo, San­tiago podría tener agua y servicio de incendios. Aun­que la maravilla fuera inmodificable -lo cual es inexacto, ya que está hecha por yuxtaposiciones afor­tunadas, digamos milagrosas-, ningún daño le cau­sarían unas cuantas buenas escuelas graduadas para sus 25.000 habitantes.

Al llegar aquí, la experiencia me advierte que no es tan fácil como parece injertar en el tronco viejo una rama de especie distinta. Santiago tiene su tipo de enseñanza. Le interesan los estudios del Instituto para arriba. Pregona su fama que «es, sin duda, el pueblo de Galicia donde los padres pueden educar mejor a sus hijos y donde la juventud encuentra más medios y alicientes para adquirir una instruc­ción completa» -frase de 1849-. Su esfuerzo, el de la Iglesia y el del Estado, van dirigiéndose cada vez más al servicio de las clases acomodadas. La escasa instrucción primaria se refugia en colegios. Hay comunidades religiosas, con algunas plazas de caridad, y un gran «Convento de la Enseñanza» para niñas. Las escuelas públicas nacionales son tan po­cas y tan pobres, que bien puedo decir que en San­tiago no hay escuelas. En mi primera visita fui di­rectamente a la Normal. Era día de apertura de curso. Buena ocasión para juzgar una maquinaria ya antigua que reanuda su marcha. Se me dirá que habiendo Escuela Normal de Maestros demuestra la ciudad su interés por la enseñanza primaria; pero una cosa es la Escuela Normal y otra las escuelas. La institución creadora de maestros está alojada en lugar noble, en la gran plaza del Hospital, a espal­das de la Universidad. Es el colegio mayor que fun­dó el arzobispo Fonseca a mediados del siglo XVI. Conviene entrar, no ya por ver el claustro, sino por­que allí están las cuatro clases de la graduada, ane­ja a la Normal, y esas cuatro clases, con más una escuelita de párvulos y una sola escuela para niñas, constituyen toda la enseñanza primaria nacional.

Llegué, como digo, al antiguo colegio de San Hie­rónimo el primer día de curso. En el claustro, una lápida de 1890 conmemora el nombre de don Vicente Fraiz Andón, «maestro ilustre, gran patriota y cons­tante restaurador de este edificio». Los muchachos aguardaban, llenando el patio. Los maestros se aso­maban a sus clases, todas en planta baja y en los rincones más subalternos. Como las bancas estaban aún sin colocar, aquello parecía lo que realmente es: una fila de cuartos trasteros. -Óigame, señor; aquí traigo este niño para la escuela. -No queda sitio. -Un niño pequeño... ¡Mírelo, señor! No es­torbará nada. En cualquier parte cabe-. El maes­tro se defendía y las buenas mujeres acababan por llevarse sus chicos. ¡Si hubiera sido mayor! Porque en el primer grado hay de sobra; pero al cuarto no llegan ni treinta. Los maestros me parecieron pre­ocupados y sombríos, quizá ante la presencia de un extraño, quizá traspasados de la misma emoción que yo. ¡Sórdida enseñanza! Metidos en sus clases, en su concha, abstraídos en su faena, todo se olvida. El trabajo y el deber bastan. Pero la idea de que otros miran despacio su propia situación no es agra­dable; y si a pesar de comprenderlo sigo mirando es porque trato de serles útil. -¿No hay más cla­ses?- pregunto. -No. No hay más. Esta es la aneja a la Normal; la escuela práctica de cuatro grados. Fuera hay otra; y el Ayuntamiento ha hecho algo en pueblos y aldeas, unas veces con maestros naciona­les; otras, con maestros o maestras del Municipio. Y esas escuelas de Arines, Bando, Conjo, Amio, Vi­llestro, Carballal, Barreiras, Sar y Crucero del Sar, Puentes de Viso, con otras varias que aparecen en las Guías, son rurales. Fuera de lo apuntado, San­tiago sólo tiene una escuela de párvulos, con cocina económica, y una de adultos en la rúa Nova. Em­pieza a preocuparse del campo. La ciudad ha de atenerse al ciclo cerrado.

¿Cómo son las escuelas del campo? Estamos en el prólogo del viaje a Galicia y no anticiparé lo que a su tiempo irá saliendo. Puedo decir que en San­tiago vi una: la de Sar; pero Sar no es aldea, es arra­bal de dos mil habitantes. Me acompañó, por ama­bilidad del maestro don Manuel Eiras, un sobrino suyo estudiante, galleguito listo. -Estudiante ¿de­qué? -De cura. -¿No quieres ser maestro? -¡No, señor!-dijo el chico riéndose-. Llevaba en el cuer­po, tan pequeño, seis años de Latín, y Geografía e Historia y el primero de Griego. Filosofía, Teología y Cánones estaban aguardándole de un momento a otro. Fuimos a Santa María del Sar, cortando ca­mino por las huertas, una mañana de sol radiante, nada compostelano. Las trincheras de un ferrocarril en construcción -Coruña-Santiago- van trabajan­do lentamente para romper el consabido ciclo. Y además había aquella mañana maniobras en el cuartel de Artillería. Jugaban banderas de colores, oíamos voces de mando y los cañones apuntaban a Pico Sagro. Todo el mundo sabe que Santa María del Sar es una bella iglesita románica, y nadie ignora que las columnas de la nave se salen de la vertical y en la bóveda se distancian más que en la base. Pero nadie puede imaginar el encanto del claustro, ruinoso, sepultura de obispos, deanes y canónigos, ni sospechar que arriba, junto a la vivienda del sa­cristán, hay una escuela. Los muchachos estaban aguardando al maestro nuevo, que no fue, y al ver­me llegar se soliviantaron, dejaron sus juegos y nos siguieron a distancia.

Uno se adelantó, imitando alternativamente el gato y la cabra. Los demás se reían y comentaban algo. -Dicen -explicó el estudiante- que si usted fuera el señor maestro ya les hubiera roto un hue­so-. No. El señor maestro no fue aquel día. He sa­bido más tarde que pidió ir a Sar porque le con­venía vivir allí; pero al ver aquella escuela en rui­nas, como el claustro, podrida y lóbrega, no tuvo valor para quedarse. Estaba cerrada cuando yo lle­gué; pero la vislumbré por las rendijas, y, en efec­to, hacía falta mucha conformidad para trabajar en aquel sepulcro.

 

 

(10 de agosto de 1929)


El Día de Galicia

 

 

Y el Día del Apóstol

 

No en Santiago. sino en Ribadeo, villa marinera -junto al espolón del muelle, en cierto cobijo de pescadores de traza suspecta, bueno para filmar es­cenas de piratas; ante el mar y ante unas langostas recién traídas, con mucho misterio, de su vivero de Figueras-, fue donde me pareció alcanzar todo el sentido que aquí encierra para la minoría más cul­ta esa advocación del 25 de julio: «el Día de Gali­cia». Ni el lugar, extraparlamentario, extraacadé­mico y fronterizo, al punto de que aquellas langos­tas pescadas a pocas brazas de Ribadeo eran ya de la otra margen, y por tanto asturianas, ni mi modes­tia como representante de Castilla, nos impidieron entrar a fondo en la gran cuestión. Búsquese el «Día de Galicia» en cualquiera de los grandes diarios ga­llegos: Faro de Vigo, El Pueblo Gallego, La Voz de Galicia. Recuerdo otro diario coruñés, muy bien he­cho, fenecido ya. Se llamaba Galicia. Y la revista, A Nosa Terra. Y la de ahora, Nos. Y acaso otras del tipo de Alfar. Dan idea de un Renacimiento de fon­do pasional inspirado en ardoroso amor a Galicia, amor que rebosa y trasciende más allá de la lírica y quiere ser fecundo, tener su aplicación, su faena y «su día». Este legítimo anhelo -¡gran motor para empresas renacentistas!-, esta manera de ver Es­paña tan nueva, tan complementaria de la manera central, siempre llegó a mí empapada de sal marina, y sólo puedo imaginarla sobre un gran horizonte azul. En la bahía de Palma, el taller de Alomar, en­trando por los ventanales la ola de luz mediterrá­nea. Como aquí Lanza y Santos Villa, riberas del Eo, fueron en la Costa Brava, gerundense, Salvador Al­bert y el malogrado, el magnífico Jaime Brossa. (También he visto el Mediterráneo desde el jardín de Maragall.) Y en Vizcaya, hasta las montañas me ­hablaban de lo mismo, por la vertiente que mira al mar. Debo referirme a mi pequeña visión española, personalísima y llena siempre de cordialidad y sim­patía. ¡Desmontemos para limpiarla esta gran ma­quinaria! ¡Que cada pieza brille por sí cuanto pueda humanamente brillar! Tal es el sentido armónico del «Día de Galicia».

«Para amar una patria hay que sentirla, hay que conocerla.» Un escritor que estimo, Florentino Cue­villas, expresa, como «Johan de Loira», como Otero Pedrayo, autor de un libro vigoroso y apasionado sobre «Paisajes y problemas geográficos de Galicia», el giro que va tomando el renacimiento gallego. Mira su país desde Castro Pedro en la tierra de Me­lide. Lo ve dividido en suertes, como una heredad. A una banda, ríos y montes. A otra, casas y labran­zas. A otra, cantigas y romances... Y también a otra, castros y mámoas; piedras e insectos... «Cada uno recogerá su lote, cada uno volverá con su haz de no­ticias y de datos, y en su cuarto de estudiante pro­curará destilarlos para que rindan el alcaloide que tienen escondido, ese alcaloide que encierra los «por qué», fin supremo de cualquier investigación.» Lue­go volverán a juntarse todos esos elementos y bri­llarán con luz nueva para llegar a ordenación ar­mónica y a «dejarnos adivinar el desenvolvimiento de sus posibilidades futuras». No es difícil ver a qué estado de espíritu corresponde tan noble programa. Hay en Galicia hoy muchachos que trabajan y es­tudian Geología o Prehistoria o Historia céltica con ánimo denodado y militante. Sin hablar de escrito­res que, como Villar Ponte, luchan en el palenque diario y dan su sentido directo a las palabras estu­dio, trabajo. Una pléyade de poetas, cuentistas y en­sayistas de los que no hablo ahora porque me inte­resa concretamente un solo aspecto del «Día de Ga­licia».

«Otro verano -un cenit-, una santa ardentía al­rededor de las piedras sacras de Compostela -dice otro escritor, seguramente joven y desde luego poe­ta-. Peregrinación de los corazones gallegos a lo que fue y a lo que será nuestra tierra... » A Pico Sa­gro, desde donde divisan la vieja ciudad del Apóstol, tienden todos la vista, y el símbolo es Santiago. «Vieja ciudad del Apóstol -invocan-: tú, que nos criaste; tú, que has de criar otros muchos que se­rán mejores que nosotros; vieja ciudad, corazón y cerebro de Galicia, cría a tus hijos para la tierra que te sostiene.. . » El Día de Galicia es el Día de Santiago, y el Día de Santiago es el del Apóstol. Di­fícilmente podríamos separarlos. Juntos van el cul­to a la región, a la ciudad y al Apóstol.

Pero el Día del Apóstol está ya consumado. Vie­ne celebrándose durante siglos, en plenitud y con pompa más o menos frondosa, según el oleaje de los tiempos. Cuando mayor dominio tiene sobre la ciudad, ésta es más eclesiástica y no quiere muta­ción, sino prosecución, que el mañana no ha de darle más gloria que el ayer. El Día del Apóstol es cons­tante. El Día de Santiago, «vieja ciudad, corazón y cerebro de Galicia», puede ser el del Apóstol, a pe­sar de que en su historia hay páginas de independencia, fastos del siglo XIX, rebeldías... Pero el Día de Galicia, que apenas alborea, que nos obstinamos en ver unos cuantos ilusos desde estos otros humil­des portales de Belén que aquí llaman escuelas, vale más no fijarle fecha.

 

(14 de agosto de 1929)

 

 

 

Galicia desde El Cebrero

 

 

La Citania. Supervivencias

 

Desearía grabar con bastante vigor una de las sensaciones más continuas del viaje a Galicia, aque­lla que alcanza, de seguro, a todos como a mí. Es la sensación clara, la percepción material de que el remoto pasado sigue vivo. He demorado antes en pueblos terriblemente históricos, podridos de his­toria -como de algunos ricos se dice «podridos de dinero»-, el tiempo preciso para ver que allí el pa­sado no dejó sino monumentos, ruinas. A veces un estupor, un fondo de silenciosa consternación sobre el cual se alzan torres de castillos ciegos y pasan los hombres de hoy como intrusos, caídos de otro planeta. El orgullo de quienes por azar habitan esos parajes es tan ridículo como podría serlo el de las hormigas que pueblan, a su modo, los villares aban­donados. No pondré ejemplos porque la gente de esas ciudades históricas tiene curiosas susceptibi­lidades. Pero el caso de Galicia es tan distinto, y tan fuerte la sensación de supervivencia del tiempo re­moto, que, para fijarla con algún relieve, voy a bus­car un lugar extremo, al margen de los siglos, y diré cómo es su vida inmemorial, y cómo se enlaza sencillamente con nuestra vida de hoy. Ese lugar es El Cebrero.

Supe de El Cebrero en la excursión, obligada, a la desembocadura del Miño, Laguardia y el monte de Santa Tecla. Más adelante haré aquí relación de esta vuelta de Vigo a Tuy por la cornisa de Bayona y Cabo Silleros. Ahora sólo importa decir que vimos ponerse el Sol al pie del Facho y nos anocheció en la Citania. Dos cosas difíciles de olvidar. Yo había leído que al llegar a esta costa por primera vez el romano le sobrecogió el gran misterio del Sol, ca­yendo en un mar nuevo, tan desconocido para él como el Mar del Sur para los españoles de Vasco Núñez. Y creyó, porque en el país lo creían, que al sumergirse hacía chirriar las olas con estrépito, como si un hierro candente se apagase en el agua». Ese chirrido se convirtió en luz, pero tan intensa, con tan llameantes rayos, que es, en efecto, como un sonido agudo o como el grito de un dios. Esta cima, monte cónico de gran armonía, sirvió de faro, de Tacho para las luminarias y atrajo siempre, como un imán, sacerdotes de todas las religiones sucesi­vas. Hoy es la ermita de Santa Tegra -culto para­lelo al del Apóstol y con leyenda semejante, por bus­car el primer manantial del cristianismo; culto más antiguo acaso que el de Sant-lago-; pero antes hubo otros, de pueblos más primitivos, cuyas huellas apa­recen removiendo esa tierra que los siglos cubrie­ron de tojo bravo y ahora está plantada de pinar. Se ha dicho que acaso la piedra del Apóstol no haya cubierto nunca otra reliquia que los huesos de Pris­ciliano. Bien conocido es el esfuerzo de la Iglesia para lograr poco a poco, sin violencia, sin aparen­tarlo, el mismo fin que Prisciliano revelaba con osa­día: sumar el sentido religioso del pueblo, hecho a la adoración de la Naturaleza y de representaciones o divinidades idolátricas. Ir conservando la de­voción al Ara, aunque el dios fuese otro. Así, en lo alto de ese Monte Sacro, donde se alza hoy la Casa dos Cregos, hubo la de los Druídas, como en la ma­yoría de los santuarios gallegos la fe que allí florece viene de raíces indeciblemente profundas. Entre una y otra han mediado invasiones, ruinas, conquistas, catástrofes... Es decir, historia. El culto primitivo se trasfundió, se refundió. Y la Citania del Monte Sagrado está hoy dispersa, trasfundida por muchos lugares de Galicia.

La Citania está hoy, íntegra en su traza, más viva que Numancia y mejor guardada después del sinies­tro que la destruyó, quizá porque nadie se cuidó de arrastrarla. Toda una ladera del Monte, mirando al idílico paisaje del Miño, río arriba, está cubierta de unas singulares construcciones de piedra, cuyas pa­redes forman círculo, u óvalo si son dos círculos, a veces tres, el más pequeño, que servía de vestíbulo, cortado por el mar grande, que era propiamente la habitación. Viviendas de cuatro o cinco metros de diámetro. El tipo puro de la casa celta, dentro del castro o recinto amurallado que acaso existió antes de la invasión céltica y que fue habitado después de la invasión romana. Quiero suprimir aquí cualquier género de simulación científica o erudita porque los orígenes de cuanto sé sobre la Citania de Santa Tecla están muy a la vista. Del libro de D. Julián López García, que se os ofrece en la propia Citania, me interesaron especialmente unas líneas que dicen: «Estos curiosos canales -refiriéndose a unos re­gueros que rodean las viviendas- llevan el nombre de vielas en El Cerebro y Caurel (Lugo), cuyas casas aún hoy habitadas, son muy semejantes a las que se están descubriendo en el Tecla, y su parecido no es sólo en cuanto a su forma exterior, sino también en su distribución interior, a juzgar por lo que de ellas nos dice el culto escritor y arqueólogo D. Angel del Castillo en los artículos curiosísimos que ha pu­blicado en el «Boletín de la Real Academia Gallega».

Algo más que curiosos, en efecto. En las Pallozas del Cerebro y Caurel está la clave de las construcciones de Santa Tecla. El mástil que sostiene la techumbre de paja de esas pallozas se llama allí esteo. Los ra­dios, cangos. Las tablas, estebas. El techado, col­mado. Hasta los utensilios fijos; las piedras aguje­readas, revelan el primitivo destino. Están allí la piedra de basa y la piedra lareira. Pero ¿servirían también de clave las gentes de Caurel y El Cebrero? ¿Será céltica su vida actual? Para comprobarlo era lo mejor ir a Piedrafita y al Cerebro.

 

(16 de agosto de 1929)

 

 

 

Galicia desde El Cebrero

 

 

Vida de Aldea en las Pallozas

 

Subí al Cebrero, desde Lugo, por Becerreá, re­montando el camino real viejo de Castilla a Galicia. Hermosa, y a trechos imponente, es la cadena de montañas que remata en el Caurel por el Pico del Pájaro, y en Ancares por Peña Rubia. Bajan las fuentes del Navia entre un oleaje de montes redon­dos, que por esta parte suelen estar labrados hasta la cima. El agua corre en gargantas que los erosio­nan y desgarran; pero por cada carcavón va como engastado un ramalillo de realce, verde Es la copa maciza de los nogales que brotan en la larga hilera como para cubrir toda la herida. Nogales; así se llama el pueblo donde empieza este paisaje de ro­mance medieval, con la torre de Lemos al fondo. En Doncos se hace más agreste. Aparecen las pallozas, y al llegar al puerto, en Piedrafita, una parte del caserío es de ese estilo. Pero viviendo en la carretera al paso de las récuas ayer, y al de los automóviles hoy, Piedrafita ha perdido carácter, aunque haya ganado la cabecera del concejo. Estar en Piedrafita, cabeza del Cebrero, no es estar en El Cebrero. Hay que desviarse del camino una hora, por cuesta bastante dura y pedregosa, y andar otro tanto ya en ve­reda llana, faldeando una de estas grandes lomas erizadas de tojo, en cuya base, y a veces en la misma barja, se mantiene en equilibrio una aldea. Barjas son las cuestas empinadas, y hay en El Cebrero un lugar de Barja mayor. También en el Bierzo y en Sanabria. ¿Cómo serán estos nidos de hombres, en la nieve, durante el invierno, que aquí dura mucho? Al fondo, en el encuentro de dos lomas, verdes al­guna huerta. Luego, al pie de un cerro mondo, de altiplanicie, bien oreado por los vientos, aparece El Cebrero.

Es decir, primero se ve el muro de la iglesia, de pizarra, como las murallas de Lugo, y el casquete se­miesférico de la torre. En las pallozas, nadie. Mien­tras ato el caballo asoman algunas mujeres sin de­masiada curiosidad. Todavía llegan visitantes al San­turio de Santa María, porque no he dicho aún que allí se guarda «el Santo Milagro del Cebrero», o sea la versión galaica del Santo Grial. Nos dan tiempo a contemplar en su desolado silencio este cuadro, único en el mundo. La iglesia, vieja, pero fuerte, con su tejado de montaña, con gran declive, y su ca­pacete triunfal, desafiando la nieve. Un atrio espa­cioso, empedrado y cercado, ancho para acoger pere­grinos y penitentes al abrigo del viento Norte. Y en el arco del atrio, con su gracioso frontón, así como en la piedra labrada del pórtico, parece como si hu­biera un mundo contemplando a otro. El otro es el mundo extraño de las pallozas, que ha dejado de respeto una plazoleta frente al templo y que se ex­tiende hasta el borde de otro cerro, el último cara al valle leonés.

Esas pallozas son, en efecto (más primitivas aún de lo que veníamos imaginando. ¿Es la casa céltica cubierta, techada de paja? Sí. Por fuera ha perdido la forma rigurosamente circular. Al repararlas, al­guna vez han trazado líneas rectas que las obligan a perder su forma cónica, dándoles apariencia más compleja. Aspecto de quelonios monstruos con su ca­parazón estriada. Las hacen de paja de centeno, li­gado por unas varillas flexibles que, según entendí, son de «buz» o de «uz», especie de retama, forman­do como una manera de plumaje por donde el agua resbala. Hay grandes pallozas de dos pisos, uno para el fuego, el hogar, la familia y el ganado; otro, para los trebejos y los frutos, sustituyendo al granero y al hórreo. Al entrar se nota, aparte de la sensa­ción de oscuridad y la molestia del humo, que no tiene salida y la busca por donde puede -estas pa­llozas respiran, como los pájaros, por las plumas-, con lo cual todo se culota y ennegrece; aparte del hacinamiento y la promiscuidad, digo que se ad­vierte una fuerte trabazón familiar. Una verdadera unidad. Y otra cosa: sensación de mar. Como si es­tuviéramos a bordo de un pesquero que pesca bo­rona, centeno, maíz, patatas, nabos..., que tiene horno para hacerse su pan. Y que se aisla. Si cierra la puerta es como si cerrara la escotilla. El esteo es según trascribí de D. Angel del Castillo, el mástil central, el palo mayor. Pende por todas partes cor­daje, y es imposible dar un paso sin encontrar un objeto que tiene su sitio o forma parte del carga­mento. Vida apretada, inverniza. Con salida brava, al trabajo, al viento y a la nieve, como el esquimal. Vida absolutamente montañesa, a pesar del navío en que los enroló su destino.

El tiempo y el camino real, que está cerca, han ido mermando la población de Santa María del Ce­brero. No pasarán de veinte las casas que yo he visto. Algunas se han venido abajo, y en dejándolas un invierno, los temporales se las comen. El san­tuario se va quedando solo. El monte da poco. Pe­ro como esta aldea, que fue villa, más primitivos aún porque no tienen la coronación de una leyenda sacra, hay en El Cebrero numerosos lugares, extendidos por todo el encumbrado monte de su nombre hasta Caurel y hasta las vertientes del Bierzo y de Valdeorras. Se ha hecho gran confusión de jurisdic­ciones hasta que ganó Piedrafita. Allí está Pador­nelo -San Juan del Hospital-, feligresía. Busnu­llan, cuyo nombre, de apariencia céltica, se enlaza con las aldeas asturianas. Pacios de Lonsada, Chain de Pena, Rabaceira, Villarín, Fojos, San Juan de Fonfría. Palloza más o menos, con huertas los que caen a la margen del río Lor; otros, con la antigua industria del «rico queso de El Cabrero», con mayor o menor espacio de tierra cultivable todos llevan la mismo vida de confín del mundo. Las pallozas quizá sean lo menos primitivo, pues responden al clima y al género de lucha con la Naturaleza. Dentro de su tipo pueden llegar a ser cómodas y desde luego re­velan una riqueza de inventiva en la raza, un es­fuerzo de creación inmensamente superior el de las casas bereberes de la sierra de Guadarrama. He visto en la misma Galicia caseríos modernos --quie­ro decir de ahora- que tienen insensiblemente a reproducir la palloza, sin lograrlo porque se ha in­terpuesto otra civilización, con lo cual, no siendo una cosa ni otra, resultan inhabilitables. En El Ca­brero viven como hace mil quinientos años. Pero ahora veremos en qué forma penetra hasta allí la vida de 1929.

 

(21 de agosto de 1929)

 

 

Galicia desde El Cebrero

 

 

Un mozo. Una mujer. Un enfermo. Niños.

 

En la palloza más hermosa de El Cabrero -pallo­za de alto bordo-, espléndido escenario de baile ruso con asunto galaico, tragedia o poema primiti­vo, están mirándonos en silencio, desdeñoso e iró­nico, un mozo de veintitantos años. El muchacho es alto, fuerte, de un rubio tostado, cobrizo; facciones pronunciadas, pero nobles, sobre todo la frente y los ojos, entre grises y azules; más bien grises. Como yo traigo mi prejuicio desde la Citania, pienso: «No hay duda. Un celta». Y espero a que se explique. Pero ¡vaya usted a saber.. . ! Explicarnos su actitud de reserva es fácil. Le molesta, sin duda el afán de la madre y de las niñas, que quieren mostrarnos con gran solicitud hasta el último rincón de su casa. Le parece casi ofensiva nuestra curiosidad. Segura­mente han ido allí peregrinos o turistas, incapaces de comprender que la palloza es tan buena como cualquiera otra vivienda humana, mejor que mu­chas, y acaso él mismo sienta cierta humillación que, reaccionando, se traduce en orgullo.

-Buena es para nosotros -dice la mujer-. Con trabajo, gracias a Dios, vivimos. La casa, el ganado, la labor... Todo lo que nos cumple. ¡Para quien no ha visto otra cosa...!

-Pero los rapaces sí querrán ver otras cosas. Entonces habla el mozo:

-Yo vengo ahora de correr mundo, no crea. Ser­vi en Melilla, estuve tres años...

-Póngale tres años y medio -corrige la madre-, y aún gracias que volvió.

Ya está descubierto el primer enlace entre Santa María del Cebrero y este vasto y maravilloso meca­nismo que es una nación. Por el camino de Piedra­fita sale más que entra. Con ser tan pobre, El Ce­brero da más de lo que recibe sólo con dar hombres. Pero hay otros hilos, y ellos aparecerán. No hemos venido al santuario ni estamos aquí por mera cu­riosidad. Todos los que me acompañan saben qué género de interés despierta en mí lo pintoresco. Son maestros de Lugo y de Vivero. Camaradas de es­cuelas próximas a Becerreá. El doctor lucense Vega Barrera, nuestra providencia, que amablemente nos condujo sanos y salvos por las cuestas de Doncos y a quien deseo expresar mi gratitud. Vicente Lira, mejicano, artista de gran corazón, compañero del viaje hasta Finisterre y Santiago... Todos somos extraños aquí, y uno poco menos que nosotros el secretario del Ayuntamiento de Piedrafita. Pasamos ante las puertas, casi todas cerradas, de este cam­pamento quién sabe cuantas veces secular. Damos la vuelta a cada palloza, indagando, fotografiando, pinchando con nuestras miradas, como si aquello no estuviese vivo. Y yo tengo certeza de haber per­cibido la voluntad de las piedras de El Cebrero de quedarse solas. Sin testigos de su existencia fuera del tiempo.

-¡Venga, señor; pase si quiere aquí también! ¡Traigan a todos y vean cómo vive una pobre ...l ¡Asó­mese, buen señor! ¡Mire ese techo que cayó y una mujer no lo va a levantar con sus manos! ¡Cuenten todo lo que hay en esta casa; cuenten lo que vale!

Joven o vieja. No sé. Desde luego, mujer de fibra, palabrera, gesticulante. Pero ¡qué bien habladas sus palabras! ¡Y qué gestos trágicos! Fuimos acercán­donos todos.

-Aquí ven lo que tengo. Más no hay. Ni cerdos ni vacas. Estas ropas y este mantelo. Una pobre, como ustedes aprecian... ¡Pura miseria! La casa se me hunde...

Y era cierto que la mitad estaba ya hundida. -... Llueve lo mismo que en el monte dentro de mi casa y no tengo a nadie. Y cuando vengan a cobrar aquí, ¿qué voy a hacer? ¡Treinta pesetas que me ponen, señor! ¡Seis duros a una pobre!

-Seis duros, ¿de qué?

-Seis duros de vivir aquí en esto que es mío, de mi padre, y que no me tapa, porque de viejo se cayó. Seis duros todos los años ¡No hay compasión! Ustedes son señores, pero vean que no hay justicia. Aquí, en El Cebrero, hay ricos y pobres. Ahí está muriéndose un buen hombre viejo que no tiene ni pan. Y cuando le traigan a él un papel como el mío, ¿qué les va a dar el viejo? Les dará...

El resto es intraducible. Y a partir de aquí sería difícil expresar la excitación, la ira de aquella mujer y al mismo tiempo sus lamentaciones.

Para echar maldiciones -y quizá conjuros-; para arrastrar a la gente de hoz en una revuelta del po­pulacho, era buena esta mujer pobre de El Cebrero. Asómanse por las callejas otras mujeres. Para los bueyes y se planta en la esquina un vejete con su carro sólo por oírla. ¿Y el enfermo? No puede salir. Tiene «un parálisis». De fijo la está escuchando desde dentro.

-Sin removerse del cobertor entiende ése todos los chismes de la aldea. Pobre es; pero no le falta culpa, porque antes era rico, y de no trabajar ha llegado a verse como se ve.

Esto me lo refiere uno de Piedrafita.

-¿Era rico de tierras?

-Rico aquí. Quien pide y no paga ha de pedir más, y al remate, tras de la deuda se va la tierra. Pero hay que hacerse cargo de las cosas. Todos nos quejamos. A todo nos cuesta dolores soltar el dine­ro. Y si nadie contribuyera, ¿qué pasaba? No haga usted demasiado caso cuando le lloren y le cuenten lástimas.

Vuelvo a mirar al poblado que será celta o no, pero en el que nadie puso mano, fuera de sus muer­tos y de su actuales moradores. Los cerros, de tojo, en algunas bandas los queman, y cada doce años dan una cosecha de centeno o de trigo pobre. Otros ranchos bajos son algo más fértiles, y por tradición saben cultivarlos con mediano rendimiento. Luga­res hay más pobres aún y más lejos del camino que Santa María. Otros del mismo ayuntamiento pros­peran. Hace ochenta años -he ido a buscarlo, na­turalmente, al Madoz- contribuía El Cebrero a razón de 191 reales 30 maravedises por vecino. Toda la protección que recibía era espiritual. Para este singular caserío no han variado las cosas. Ignoro las cifras de contribución y reparto, pero sé que no obtiene nada a cambio. Por eso, y no por la altura máxima de Peña Rubia, he querido asomarme des­de aquí a Galicia. Esta provincia de Lugo tiene uno de los primeros puestos en el «Repartimiento entre las provincias del Reino de la contribución sobre la riqueza rústica y pecuaria». Coruña es la primera. Pontevedra, la cuarta. Entre ellas están Barcelona y Oviedo. Sigue Lugo y, muy cerca, Orense. Es decir: Galicia a la cabeza. Y en riqueza urbana, mucho más, según el estado correspondiente a 1928. Esto se lo diría yo a la buena mujer de El Cebrero si supiese que iba a enorgullecerla.

Hemos visto -el tiempo no da para más- las pallozas, el santuario, un mozo, una mujer, un en­fermo. ¿Y los chicos? No veo chicos en El Cebrero. Sin duda están fuera, trabajando con los carros. Con el ganado. Como unos hombrecitos. O como las mujeres. No tienen escuela. Habrían de ir a Piedra­fita si sus padres quisieran tenerlos allí todo el día. De El Cebrero, sólo Busnullan y Valdepauña, alde­huelas, y Pacios y Zanfoga, lugares más poblados, tienen oficialmente maestro. Para que llegara a todos la enseñanza sería precisa otra inversión del presu­puesto nacional. Y nada más. Pero antes de salir de El Cebrero hemos de volver a la torre de Santa María.

 

 

(24 de agosto de 1929)

 

 

 

Galicia desde El Cebrero

 

 

El milagro. El camino francés

 

Por El Cebrero pasaba «el camino francés», el de la peregrinación jacobea que entraba en Galicia, después de fatigosas jornadas, por la más áspera. Allí salía a darle aliento el primer milagro. No olvi­demos que la fe atribuyó siempre a las reliquias santas virtud para sanar males del alma y del cuerpo. Iban a Santiago muchos enfermos. Morían a milla­res y otros llegaban al puerto de El Cebrero exhaus­tos. Por eso hubo desde el siglo IX, junto al San­tuario, un hospital, que hoy es cementerio, y una hospedería, arrasada ya, de la que sólo perduran cuatro piedras y el hábito de buen acogimiento en casa del párroco. Del viejo monasterio fundado por «el conde Giraldo», según reza un cartel del templo, o por los monjes de San Giraldo de Orleáns se con­serva parte de la iglesia reconstruída y el cáliz de plata -del siglo XII- con unas ampollas de cris­tal de roca donde está recogida, por mandato de los Reyes Católicos, la sangre de la milagrosa eucaristía. Todos saben aquí que una mañana de mucha nieve y tormento, creyendo encontrarse solo porque el tiempo era muy crudo, y viendo entrar en la iglesia a un solo feligrés viejo, tan buen cristiano que arras­trando serios peligros venía de oír misa desde su aldea, el cura de El Cebrero dudó. Y para fortale­cerlo en su fe, así como para mostrar la presencia corporal de Cristo en el Sacramento, el cáliz que alzaba se le cuajó de gotas de sangre. Es como ve­mos, el milagro del Santo Grial. Aquí lo oyeron los peregrinos francos y alemanes del siglo XII, los que forjaban los romances de Artús, por una parte. Por otra, la leyenda de Parsifal. Estas son «las monta­ñas septentrionales de la España gótica».

Acaso antes de venir a El Cebrero no hubiera re­conocido fuerza a la tesis expuesta sobria y discreta­mente por D. Angel del Castillo, ilustrando sobre el terreno indicaciones de Milá y Fontanals y de Bo­nilla San Martín. Pero ésto es, yo no dudo, el Mun­salvaesch. Monte salvado y monte salvaje. Aquí la Naturaleza llega a la más bárbara libertad; y aun­que hoy la veamos dormida, en estío y con el auto­móvil cerca, sabemos que en el siglo X había cuevas de osos al borde de la deshecha calzada romana por donde subía el camino francés. Y al llegar a estas lomas rasas los peregrinos encontraban estas pa­llozas humilladas bajo la nieve y el viento, Munsal­vaesch. El milagro de entonces fue crear en aquella braña un templo, un hospital, un descansadero. El milagro de hoy es perdurar, aniquilado el hospital, solitario el atrio, como una forma de vida perfecta, zoológicamente inmutable, la palloza.

Desde el campanario de Santa María se abren los cerros de El Cebrero; pero por el Norte están los picos de Ancares, y al otro lado de Peña Rubia, a menos de sesenta kilómetros en vuelo recto, el puerto de Leitariegos. Este nombre, evocado aquí, ilumina de pronto una zona oscura de este viaje o al menos yo creo verla iluminada con el magnífico recuerdo del viaje a los montes de Asturias. Santa María de El Cebrero es una braña. Yo vi por primera vez una palloza como éstas, o muy semejantes, al bajar Lei­tariegos, en Brañas de Arriba. No quiero pisar te­rreno falso ni lanzar aventuradamente suposiciones que podrían armarse y desarmarse con facilidad. En Asturias va asociada a las brañas -a ciertas bra­ñas- la incursión anual de los «vaqueiros de al zada». Aquí no hay «vaqueros». Estas son brañas fijas, con un tipo de morada que se conserva puro. Céltico, o lo que fuera. No hay desplazamiento en busca de pastos veraniegos, ni tampoco sufrieron los habitantes de El Cebrero persecuciones como en otra época de los «vaqueiros de alzada». Pero desde las lomas del Navia hasta el nacimiento del río, con las vertientes leonesas y zamoranas, hay pueblos de montaña que llevan casi la misma vida, con los que habrá que seguir una norma política el día que se santifique palabra tan envilecida.

Jovellanos -¡gran español, español a concien­cia!- escribió de los «vaqueiros de alzada» algo que me interesa relacionar con los Cebreros gallegos y con otros Cebreros, salvando las distancias entre 1790 y 1930:

...Es menester confesar que si hay un pueblo libre sobre la tierra lo es éste sin disputa, no porque no está como los demás sujeto a las leyes generales del país, sino porque su pobreza le exime de las civiles, y su inocencia, de las criminales. Aun los reglamen­tos económicos no tienen jurisdicción sobre él, por­que cultiva sólo para existir y trafica con el mismo fin y sólo en los mercados libres.

La aspereza de sus poblaciones aleja de él los molestos instrumentos de la justicia, y su rudeza natural, los sorteos y los enganchadores para la gue­rra. Considerado como una gran familia acogida a la sombra del Gobierno, vive en cierta especie de sociedad separada, sin ser a nadie molesto ni gravoso, y si no parte las miserias, tampoco los honores, comodidades y recreos del restante vecindario. ¡Di­choso si fuese capaz de conocer la libertad que debe al cielo!, y mucho más dichoso si supiese apreciar este bien, que el lujo va desterrando de la superfi­cie del mundo!

Desde Jovellanos -incluído como se ve por la doctrina arcádica del estado de Naturaleza, por Cervantes: «¡Dichosa edad y siglos dichosos... », aca­so tanto como por Rousseau-, es decir desde fines del XVIII a nuestro tiempo, han llegado a todas las brañas y a todos los Cebreros «los reglamentos eco­nómicos», los «molestos instrumentos» de uno y otro género. Comparten, pues, las «miserias» comunes sin haber alcanzado «honores, comodidades y re­creos». Hoy sabemos a qué atenernos acerca de la vida aldeana, de su santa paz y de la bienaventu­ranza de los pobres de espíritu. Precisamente la verdadera libertad que deben al cielo no existe si su espíritu no se enriquece. Hay que llevar a Santa María de El Cebrero algo más que recibos, citacio­nes, emplazamientos... Los pueblos esperan otra cosa, aunque parezcan tranquilos bajo las estrellas. A ese resplandor imagino confusamente al pie de la torre negra, el techo cónico de las pallozas, un es­cudo sobre cada guerrero muerto en el campo de batalla.

 

(28 de agosto de 1929)

 

 

Galicia, al pie de Monterrey

 

 

Mijós, lugar humilde

 

Busco una tercera perspectiva de Galicia en Mon­terrey; pero no desde el castillo, donde paisaje, arte e historia, como «cock-tail» demasiado fuerte para mi, se me suben a la cabeza, sino desde la escuelita de Mijós, aldea pobre. Llueve alegremente. Cae agua a chorros por todos los canales, por todos los ale­ros. Es la buena ducha democrática, que viene a refrescarnos las ideas y a limpiar el aire de estas ca­llejas, urbanizadas con pedruscos y estiércol. Nunca fue nada Mijós, albergue de pecheros, junto a la so­berbia del castillo de Monterrey. Pero, como vere­mos, Mijós vive, siquiera viva mal, y el castillo de Monterrey, no. Monterrey está muerto. Hemos su­bido desde Verín, a quien hoy sirve de ornato y cu­riosidad decorativa. Junto a la rampa, cuatro casas. Los cañones verdes del fuerte, cegados de tierra y hartos de amenazar a Portugal, parecen troncos en­raizados que cualquier día echarán hoja. Son lo más moderno y lo más envejecido que hay en Mon­terrey. Porque la torre señorial se mantiene mila­grosamente erguida, y la iglesia románica de Santa María de Gracia luce como cuando era niña. Para entrar al pórtico hay antes un foso enrejado, con barrotes que se distancian mucho. Sin esa precau­ción, pasarían más los cerdos que los fieles. En el muro, junto al risueño pórtico, labrado de encajes ingenuos como el festón de una camisa de novia al­deana, está la medida de la vara, que sirvió en los mercados de esta feligresía y en todo Monterrey. Dentro, las pinturas y el culto como una tradición viva. Todo lo demás va fundiéndose, abandonado. Allí hubo también, como en El Cebrero -y como en Santiago-, un hospital de peregrinos para los que llegaban enfermos por la Portilla de la Canda, por el camino de Benavente y Sanabria de Orense. Quedan paredones. Otro pórtico, bellísimo, y el claustro. Toda la vida que conservan es para poner en peligro la de sus visitantes. A veces, una gran piedra se mueve. Un arco se desploma. Una dovela queda en el aire, amenazándonos. Si es todavía la ira de D. Gapar de Zúñiga, el fundador, déjenos vivir a nosotros y vaya a pedirle cuentas al duque de Alba, su último heredero.

Faltó la piedad. Faltó el verdadero señorío. Faltó más tarde el interés. Cuando el condado de Monte­rrey fué sólo un título, acaso unas rentas -no lo sé-, el castillo se convirtió en fortaleza fronteriza de España contra Portugal. Cuando ya no tuvo esa aplicación, salieron de Monterrey los funcionarios, los soldados, y quedaron solos con el fantasma el cura, el sacristán y las cuatro familias que no qui­sieron emigrar. Crecieron con sus despojos Verín y Castrelo del Valle. Arrinconado, aplastado, más pobre que nunca, Mijós no pudo librarse de servi­dumbres. Siguió en régimen de vasallaje. Tal como yo lo vi, en aquella tierra blanda, trabajada con tanto afán, ofrece el cuadro desconcertante e inex­picable de una aldea de sierra o de estepa desértica enclavada en uno de los valles más fértiles de Gali­cia. Huertos y sembrados. Grandes tapices de pra­dería con retazos de distinto verdor, por donde se descubre cada propiedad. El Támega, por si no bas­taron las lluvias y las nieblas. A lo lejos, en bosca­jes de mucha fronda, castañares y álamos apretados, como en rebaño, que dan al país aspecto noble de riqueza y dignidad. ¿Cuántas familias podrá haber en el caserío? ¿Serán cincuenta? ¿Sesenta? Ponga­mos ciento con las otras que viven esparcidas en el campo. Para mucho más da la tierra, no habiendo diezmos ni tributos al castillo de Monterrey. Cerca está el camino de Orense, por Ginzo de Limia y Allariz...

Sin embargo, el pueblo vive pobremente. Tiene una escuelita mixta, servida por maestra, una de esas escuelitas inolvidables, donde lo de menos es el techo de cañizo, o las bancas míseras, o los agu­jeros del solado. Donde lo importante es el mundo primitivo y remoto, el pequeño mundo inocente, que nos ve llegar como si viniéramos de otro pla­neta. De un planeta que no fala galego. Entiéndase bien, que a eso voy: de un planeta habitado por «se­ñores». Pequeño mundo que camina descalzo y no le importa, que vive de «caldo» con «unto», que va a la escuela de doña Blanca porque es buena y sabe hablarles en su lengua, que ha nacido para el campo, para la vaca, para el trabajo, para la emigarción... Mundo inferior que desde la niñez siente -yo lo leo en sus ojos- la conciencia, o, si queréis, el ins­tinto, de su inferioridad. ¡Tantas veneraciones, tantos siglos dominados por este castillo, por aque­lla iglesia o por cualquier especie de poder esquil­mante y opresor, de esos que consideran como pri­mera virtud del siervo la lealtad! La escuelita de Mijós tiene una solana que parece la borda de un navío y está toda ella escorada a babor. Si se les cae a los muchachos una bola del «guá», rueda y salta por la solana. El agua del diluvio que ahora está cayendo entra por el corredor y escurre para fuera. Es, por lo menos, fácil de baldear la escuela de doña Blanca Sanz y fácil también de dirigir para quien no venga de otras tierras, porque los peque­ños son dóciles y los grandes desertan y ya no dan guerra. Al salir veo tendidos bajo la solana tres o cuatro chiquillos, rotos y descalzos también. «¿por qué no van éstos con doña Blanca?» «No son del pueblo -me dicen-, son de unos caldereros gi­tanos que están de paso». ¡Mala vista, me reprocho a mí mismo; ¿cómo no los he conocido?

Y esto sería todo, si no debiera agregar aquí que Mijós, a pesar de su aspecto humilde, tiene abo­lengo más antiguo que los condes de Monterrey. En la iglesia, anterior a la del castillo, ejemplar cu­rioso de traza románica con factura mozárabe, hay unas aras romanas que vienen a estudiar los ar­queólogos y unas pinturas medievales bizantinas que yo entreví lo que dura un fósforo. Creo, sin embargo, que con romanos, godos o árabes, con Monterrey o con quien fuere, Mijós no ha dispuesto nunca de sus propios bienes y ha variado poco en veinte siglos.

 

(4 de septiembre de 1929)

 

Galicia, al pie de Monterrey

 

 

Lealtad. Observancia.

 

Tantas civilizaciones a la fuerza yo creo que han de acabar por ablandarle los huesos al pueblo más duro. Como Mijós, media Galicia -media España­conserva huellas de los civilizadores. En realidad, es mucho tema éste para la Visita de Escuelas; y si quiero entrar en él, porque me parece esencial, habrá de ser con otra ocasión; pero no pasaré de aquí sin decir que los castros, las aras, los templos, los castillos, son en estos lugares inmemorable­mente pobres, piedras de las cadenas de su escla­vitud ¿Unas cadenas rotas? El señorío y el cam­bio de señor y la mano alzada sobre su cabeza, sin tregua -¡tantos siglos!, desde los celtas!-. defor­man el carácter de cualquier raza. Si llega a tener de pronto libertad no sabe qué hacer con ella. Esto es más visible en Galicia que en ninguna otra región de España. El pueblo -gran parte del pueblo campesino- sigue como cuando mandaba el castillo de Monterrey. La propiedad de la tierra puede haber llegado a ser suya: pero el foro, testimonio de vasa­llaje, vigente hasta ahora mismo, con toda la fuerza de un símbolo, ha hecho del aldeano gallego este tipo anacrónico, este superviviente de tiempos que en el resto de España dejaron menos rastro. La inteligen­cia, la agudeza y el don de la ironía, trabajando como corrosivos sobre sus propios sentimientos feudales, dan un carácter singular y originalísimo al hábito de sumisión del aldeano.

Primera virtud del pueblo: la obediencia. La leal­tad, tan grata a Pedro el Ceremonioso; ¡como que es para los señores el mejor seguro! Lo que otro D. Pedro, el infante de Portugal, hijo de Juan I, esti­maba en su Tratado de Virtuosa Bemfeitoria -suyo o del confesor, que se lo escribiera- obligación del pueblo. Agradecimiento al cuidado de sus regidores. (E pera esto he outorgada hua uertude moral que en latim he chamada ouseruancia.) La «observan­cia», la lealtad, el deber de no resistir al príncipe, se fundaba en que éste responde ante Dios como padre de sus vasallos, y desobedecerle equivale a desobedecer a Dios. Se garantizaba -no lo olvi­demos- con la fuerza. Y en los pequeños señoríos territoriales, con el vínculo de la propiedad, con el interés, razón suprema de vida o muerte. Pero si hoy apenas queda vestigio feudal, y el pueblo, por larga experiencia, ha adquirido un escepticismo humorís­tico acerca de las responsabilidades de sus señores ante Dios, ¿por qué destaca todavía como primera virtud moral que en latín es llamada observancia?

Ha llegado a valerle como un arma en la vida, como una fuerza para soportar las pruebas más duras. Veremos claramente el sentido de esa pala­bra, no en la Historia ni en ningún libro, sino en el trabajo del emigrante, en el valor del aldeano ga­llego, trasplantado a América. Lealtad. Observancia. Cada uno de los pueblos sometidos busca su tangente y resbala por ella. Al emigrante le recompensa el ejercicio penoso de esas virtudes un pago que no siempre llega: la fortuna. Al aldeano que no emigra, el amor a la tierra. Pero hoy sustituye al príncipe el Estado y éste es quien ha de responder «ante Ieshu Christo». Las más fieles deberían ser las mejor atendidas; cosa que por ley política no suele ocu­rrir; precisamente porque habituadas a la obser­vancia, nada hay que temer de ellas.

Con la observancia sola, ¡qué buenos vasallos! (Trabajando y pechando para el señor. Natural­mente.) Pero como hoy ni siquiera hay señores, la observancia no correspondida se reduce a un esta­do de espíritu útil para quienes quieran aprovechar­se de tan admirable virtud. ¿De qué les sirve la ob­servancia a los vasallos de Monterrey? Sería preciso ir convirtiéndoles poco a poco tan buena disposi­ción en sentimiento de ciudadanía. Y lo primero de todo, quitarles ese respeto al señorío, odioso, por lo que hay en él de sumisión ancestral; odioso, no en ellos -el pueblo siempre es la víctima, siem­pre tiene razón para ser como es-, sino en el orden que lo creó y en el régimen económico que lo ha manténido. Es decir: lo primero, instruirlos. El propio infante portugués, cuyas teorías medievales -1430- halló en un estudio de Paulo Merea, pone entre las reglas de buena justicia para el príncipe la instrucción del pueblo. He cousa necesarya de sse tirar a Inorancia per studos continuados. En teoría, sí; en política, arte de vivir, nunca se vio tal necesidad, ni a la margen derecha ni a la izquierda del Miño. Por cima de todas las Constituciones, el pueblo sigue igual. No lo han sacado de esa sólida y maciza Ignorancia -con mayúscula- que asegura la lealtad. Ni del lado de Monterrey y Tuy, ni del lado de Chaves y Braganza.

Por experiencia o por instinto, eso lo han visto claro nuestros emigrantes; los que se salvaron en una tabla del naufragio diario que significa para el pueblo campesino la emigración. (Naufragio a pesar de todo; a pesar de los giros, de las «vaquiñas» y de las cargas liberadas. La enorme fuerza de atracción de la tierra que absorbe parte de sus ganancias y acaba por hacerles volver, mitiga el mal. Pero nin­gún gallego emigra sin violencia.) En cada legado para escuelas, en cada Fundación, en cada Sociedad de paisanos, veo ese certero instinto, algunas veces razonado con sencillez conmovedora. Sse tirar a Ignorancia. Mucho más fuerte es en el fundador de escuelas esa convicción que en el infante portugués. Librarse de una incapacidad. De una terrible des­igualdad que aun al hombre más afortunado lo co­loca por debajo de otros hombres. En cuanto el pue­blo se asoma a otros horizontes ve que en el mundo no hay señores y vasallos, y que la única verdadera servidumbre, antes que la pobreza, es la ignorancia. Esta es la perspectiva de Galicia vista desde Amé­rica; pero ya tendremos ocasión de apreciarla, por ejemplo, al llegar a Vivero. Sse tirar a Ignorancia. Para sacarlo de la ignorancia la escuela empieza por proveer al antiguo vasallo de Monterrey de un arma necesaria -sin ella está perdido-: el idioma.

 

(6 de septiembre de 1929)

 

 

Galicía, al pie de Monterrey

 

 

El habla. A Couceiro Freijomil, en la inspección de Orense.

 

Me dirijo a un maestro: Couceiro Freijomil, ins­pector de escuelas, maestro de las letras galaicas; porque reuniendo las dos experiencias apreciará la rectitud de miras con que abordo la cuestión más viva que he tropezado en su Galicia. Voy derecho al asunto y veo que este largo camino que traigo por pueblos españoles me da resueltas, natural y lógica­mente, todas las dificultades. En artículos anteriores quedó el problema planteado. ¿Qué es la escuela pú­blica? La escuela del pueblo. En las ciudades, la es­cuela para pobres. Si una de las inferioridades visi­bles del aldeano gallego es la limitación de su lengua vernácula, ¿no deberá preocuparnos a cuantos desea­mos instruir al pueblo y darle útiles armas para de­fenderse, que desde la infancia, al entrar en la escue­la, se le provea del habla más difundida? Yo, caste­llano, si América hablara gallego y en toda España sirviera el gallego de medio de expresión común a las diversas regiones, pediría que a mis hijos se les diera enseñanza en gallego. Los chicos ya tendrían su casa, su calle y su Castilla, ancha, para no dejar de ser castellanos. Cuestión aparte es la del maestro que ha de curar a los hijos del pueblo el mal de la limita­ción, el mejor maestro en Galicia será el gallego, sobre todo para enseñar castellano. Siendo de fuera, el maestro tardará en entender a los muchachos más que los muchachos en entenderle a él. Uno y otros perderán tiempo. ¡Si precisamente, no aquí, en todo el mapa de España, lo grave es que el maestro y los chicos no se entiendan! Pero en Galicia lo peor es que pueden salir de la escuela como entraron: los chicos, sin saber castellano; los maestros, sin saber gallego. Yo he visto, sin embargo, buenos, buenísi­mos maestros de otras regiones que se defendían bien en aldeas gallegas. Hallé, por ejemplo, un ali­cantino en Castiñeira -de Santa Eugenia de Ribei­ro-. Y un granadino, de Loja, en Los Castros, cerca de Coruña. Y un navarro, de fibra, que se llama Iru­rre, en Lamosa-Covelo, sierra de Fontefría, entre Puenteareas y La Cañiza, camino de Orense. Hablaré de ellos y de su trabajo, aunque, sin duda, habrá otros muchos, no menos capaces, pero en general aprovecha mejor el tiempo un maestro del país. Lo cual no es nuevo, ni afecta al fin esencial: dar al pueblo la enseñanza que más le sirva para andar por el mundo.

¿Podrán disentir de esta opinión los jóvenes que animosamente luchan por que llegue el «Día de Ga­licia»? Confío en su sentido práctico. Y en su amor al pueblo que ellos han de ver, como yo, en infe­rioridad, y, lo más grave, lo inadmisible, en subordi­nación a una ilusoria, falsa, fantasmática jerarquía, que se borra en cuanto posee, de igual a igual, el habla y el saber del señor. Porque ahí está el hecho, raro y singular, que no se da ni en Cataluña, ni en Vasconia. Sólo en Galicia. El habla es jerarquía. En Cataluña, el catalán culto tiene a orgullo hablar ca­talán. Trata de imponerlo. Admira al recio monta­ñés que no necesita, ni quiere, dos hablas. De arriba abajo hay igualdad. Las Vascongadas hablan caste­llano: pero si un vasco no lo sabe, no se considera inferior. Sólo el aldeano gallego da al idioma fuerza y valor de categoría. Más fácil es enseñarle el caste­llano y darle una instrucción nacional, universal, que arrancarle ese prejuicio tan hondo. Véase cómo entiendo yo, desde la escuela, esa cuestión que pa­rece enredada y que acaso lo sea mirándola con ojos y ánimo menos resueltos a eliminar estorbos.

Por su parte, los escritores gallegos trabajan. (La prosa gallega -dicen- está haciéndose hoy.) Ya ayudarán los niños que ahora aprenden el castellano en las escuelas y que luego aprenderán esa prosa que les están haciendo. Pero antes necesitan el fon­do general, elemental, de cultura, que tiene todo ciudadano español. Es admirable aquel ensayo de Unamuno, ya clásico -lo publicó en 1902-, sobre «La cuestión del vascuence». No me parece aplica­ble, sin embargo, al caso de Galicia, ni Unamuno las aplica, estas palabras: «... Y pensar que tenga el pueblo dos lenguas usuales domésticas y para diario, es pensar una niñería.» El gallego no es rí­gido como el vascuence. Sin ir a Suiza, visitamos hogares donde conviven dos hablas.

Viene aquí esta mención del habla culta en elogio de los renovadores. El cariño a su tierra, su historia y su idioma, hasta ahora lírico, ha entrado en un período de trabajo. Usted, amigo Couceiro, que tan ecuánime y sincero me informó en Orense, tiene idea exacta de cómo afirma un país su personalidad. Entre los poetas y los filólogos, entre los imagina­tivos y los eruditos -desde Cabanillas a Amado Carballo, desde Cotarelo y Risco a Cuevillas y Abe­lardo Mordejo-, figuran en primera línea maes­tros. Saludo desde aquí a Noriega Varela, ya que no pude ir a sus brañas de Labrada. Es, para mí, el santo eremita de Mondoñedo. Poeta, solitario y maestro, tres veces místico. Llegué a la escuela de Salgado Toimil, en Foz. Y me asomé a la del Pósito Marítimo de Ribeira, donde trabajaba cara al viento y al mar un joven escritor de raza: Otero Espasan­dín. Otros hay que también laboran por el Gran Día de Galicia. Yo los veo ante su concurso de hijos del pueblo que tanto aman, y comprendo sus sentimien­tos. Estos niños van tan lejos como puedan ir otros. Su inteligencia es reposada. Su comprensión, acaso lenta, pero firme. Su imaginación llega ya florecida y frondosa de cuentos, leyendas, mitos y creencias o supersticiones. Aquí está su tesoro. Viven en es­tado de naturaleza; pero de naturaleza trabajada todos los días por el padre y la madre y por ellos mismos. Yo creo que hay que conservarles ese te­soro y afirmarles en el amor a su hermosa tierra, enseñándoles además de lo que da la aldea, lo que da el universo entero. Ese otro tesoro mundial, uni­versal, será lo que agregue la escuela a la experien­cia del terruño.

Y ahora, terminado ya el trabajo previo, vamos a entrar en las escuelitas de Galicia, Lugo, Monforte.

 

(8 de septiembre de 1929)

 

Lugo: Monforte

 

 

La entrada en Galicia

 

Desde Zamora a Monforte por Astorga en tren correo, inmejorable para ver despacio el país. Sep­tiembre. Sol y sed. Sin embargo, no cambio este viaje por el mejor de cuantos haya hecho hasta hoy. Había oposiciones a curatos de ascenso en Astorga e iban a mejorar de plaza centenares de párrocos. En cada estación subían diez, quince, veinte curas. En Valcabado llenaban el tren. En La Bañeza íbamos como en aquellos trenes franceses de la guerra. Un ejército de sotana. La diócesis es fuerte. Y hay cu­ratos de entrada miserables, de esos de adobes, don­de un cura listo sólo piensa en estudiar para salir. «¡Mira, chico; allá va la veleta!». Y el curita flaco señalaba la de una torre que navegaba como si qui­siera seguirnos. «¡Si vuelvo, que me maten!». Iban, hasta los más viejos, alegres, expansivos, como se­minaristas. Las bromas, a veces un poco fuertes, y el género de procacidad en que lucían su ingenio me transportaban al patio de una Universidad es­pañola del siglo XVII. Al encontrarse otra vez parecía como si volvieran al Seminario. El vago, el iluso, el memorión, el sotana de seda, el mozallón pálido, el cazador de osos, el hombre hecho, cabeza fuerte, a quien todos respetan; el humorista de aldea... ¡Cuánto sabrán de los pobres pueblos! Pero ¡cual­quiera les habla hoy! En Astorga el ejército desem­barca. Nosotros subimos a otro tren que nos subirá al puerto y se detendrá en un apeadero solitario. Nadie sospecha que pueda ser tan hermosa una cam­pa con cuatro barracones de tablas, a la luz finísima del crepúsculo en las montañas de León. Ni el mis­terio que tiene allí el silbido de una locomotora. Ni el efecto que causa ver desembocar, no un tren de ganado, sino un tren de gente que cruza media Es­paña a no sé qué fiesta, apretada, amontonada hasta en las plataformas y en el estribo de los vagones. Gritos. Banderas, Botijos. Una música... Luego, otra vez el silencio. Y otra vez la subida por montes des­pejados, infinitamente melancólicos, sin otra señal humana que alguna lumbre de carboneros. En el puerto, junto a Brañuelas -cerca andan las Bra­ñas de Asturias, cerca las del El Cebrero-, el tren se precipita por el túnel del Lazo. Es ya de noche. Pasan temerosas sombras. El estruendo de ruedas y herrajes nos aisla. Y el descenso dura, dura... Llega a adormecernos. La primera impresión suave del viaje viene a dárnosla, más allá de Bembibre, un plantel de muchachas que desde la valla de una estación nos ofrecen fruta: « ¡Hiiigos! ¿Quién quiere hiiigos?». Las voces son ya gallegas. La apoyatura de las íes tiene una gracia sensual ingenua y pica­resca. Parece nada, pero basta para traernos el sa­ludo de un país jugoso y dulce como la fruta de sus zarzos.

Otras veces, volví a Galicia al amanecer, por la brecha del río Sil, paisaje de luces sobrenaturales, con gris de niebla nacarado escalones de peñas por donde salta el Sigfrido galaico y remansos de arena cernida hace milenios por los buscadores de oro. Pero esta primera vez llegué a Monforte de noche cerrada. El «auto», desde la estación. Una calle de grandes losas, bien llovidas, y galerías coruñesas. Instalación a deshora. Cansancio, pero más aún, impaciencia por ver qué cosa es esta ciudad de nom­bre feudal: Monforte de Lemos. Por la mañana chi­rrían en la calle las carretas y cantan las alondras de los autobuses. ¡Arriba! Desde una solana interior veo un ciprés y, sobre los tejados, la torre del Cas­tillo. Al salir hallo mi portal transformado. Una pa­red que por lo visto era de madera ha desaparecido y ya no hay portal, sino comercio de muebles. Entre ellos, los más ostentosos, los preferidos son los fé­retros. Muebles de lujo y féretros de lujo. Cunas. Camas de matrimonio. Féretros. ¡Es gente impávida la de Monforte! Ya había visto yo en Portugalete una tiendecita de costanilla con el mismo artículo, bien destacado en el escaparate. Pero allí vendían artículos de viaje. Entre maletas y baúles, aquello tenía cierta conexión. Aquí la vida es tan exuberante que no teme ninguna realidad. Y nosotros, tampo­co. No llueve. Mañanita fresca, limpia. Calle abajo, vendedoras, boyeros, mozas y viejos de aldea, chi­cos vestidos como hombrecillos... El carácter, los rasgos originales y profundos del país, a flor de tie­rra. Luego, cuando llego al puente, clásico puente sobre el clásico río gallego, aguas oscuras, márge­nes muy tupidas de árboles de ribera, álamos, fres­nos, sauces, veo que ésta es, en efecto, la Galicia que vengo a buscar; pero más personal, más única, más bella aún de como yo la imaginaba. ¿En qué consiste este atractivo? Hay puentes, ríos, álamos y sauces en todas partes. Pero ¿no distinguiríamos sin el bambú, sin las musmés y sin el Fusiyama un paisaje del Japón? Yo creo que está en la originalidad, dando a la palabra su fuerza, es decir, que esto es «origen» de cosas que hemos visto en todo el Nor­te, hasta León, y a trechos en Castilla, y aún más abajo, en Extremadura; y al encontrarlas aquí na­tivas, en su vivero, nos causa alegría ver el manan­tial de una gran corriente de vida española.

(12 de septiembre de 1929)

 

 

Monforte y el país de Lemos

 

 

Panorama desde una escuela

 

Mejor sería describir el panorama desde la torre del castillo o desde el campanario de la iglesia del Pino, que está en el mismo cerro y es lo más alto de Monforte; pero nosotros nos contentamos con la escuela. Del Castillo de Lemos sólo queda hoy esa torre y unos murallones que forman calleja ro­mántica con el convento. De su poder, nada; porque hasta la llave la perdió y se guarda hoy en la iglesia. Imagino que alguna vez habrán tenido los condes de Lemos allá arriba un guerrero excepcional, un alcaide fuerte. Y los benedictinos contarían también en tiempos con algún santo varón extraordinaria­mente piadoso. Pues la equivalencia de esos dos valores al servicio de Dios y de un magnate he ido a encontrarla hoy en una buena maestra que sólo sirve al pueblo. Cuarenta años lleva en la enseñan­za; y no es vieja. Su mérito no es la ancianidad, porque a eso llega todo el que no se muere. El tra­bajo, la dulzura, la perseverancia, la mansa energía, y, digámoslo de una vez, la inteligencia. La inteli­gencia es madre de todas las virtudes. La maldad de los inteligentes denuncia una falta de inteligencia.

Lugar de prueba para todas las cualidades profun­das, que no brillan, es una escuela. ¡Cuarenta años y ningún cansancio! ¡Y el mismo fervor al abrir la puerta todas las mañanas y al cerrarla todas las tardes, tras de la última niña que sale! Esta maes­tra de Monforte, que al pisar Galicia, apenas llego, se me aparece como un ejemplo, es el mejor augu­rio del viaje. Se llama doña Hortensia Friol. Su ma­rido, Friol Novoa, es también maestro aquí; en Mon­forte. Friol, nombre que me trae evocaciones y re­cuerdos del Friul veneciano, es un pueblo de esta misma provincia, inmediato a Lugo. No puede estar más arraigada a la tierra nativa. Es la verdadera maestra del país.

Su escuela está en el llano, junto a la estación. Van niñas de los empleados y operarios del ferrocarril. Algunas, de labradores. Son muchachas, por lo ge­neral, sanas. No vienen descuidadas, aunque, natu­ralmente, «la pobreza se ve». Doña Hortensia les hace trabajar; lleva su clase al día; procura «que se den cuenta». Analizan. Resuelven problemas, di­bujan... Las labores interesan mucho a las madres. (Como en toda España. Interesa lo que juzgan más útil para la casa.) Pero la maestra no halla asistencia social. Trabaja sola.

Es como una madre aldeana esta maestra de Mon­forte. Va toda vestida de negro. Cabello gris esti­rado en las sienes. Surcos muy profundos en la cara de campesina y una expresión de sosiego y de firme­za que inspira simpatía. Guardo una foto, impre­sionada en el campo de juegos, con el «monte fuer­te» al fondo. ¡Campo de juego, digo! No. Las palabras nos arrastran. Es un corralillo sin cerra­miento. Setos y espinos. Cactos y otras plantas bra­vas. Por capricho del sol, las piedras y los papeles rotos brillan en el clisé como si fueran flores. Entre la soberbia del castillo -que fue- y la alegría de las flores ficticias, esa estampa ascética asume y concentra una fuerza espiritual positiva.

Hecha esta mención personal y destacada una figura, vamos al caso de Monforte. Ciudad monás­tica y de señorío, vale tanto como decir ciudad sin escuelas públicas. Tenía dos de niños y dos de ni­ñas para 5.000 habitantes cuando la visité. (Luego han creado otra.) Llamaban «grupo escolar» al de la estación, ya fuera del casco de Monforte, y me encontré con que allí no hay sino dos unitarias, una para niñas -la de doña Hortensia-, y otra para niños. En la ciudad, otras dos: la de Friol Novoa, en la plazuela del Conde, y la de otra buena maes­tra, madre de maestro, que tiene cien niñas matri­culadas y 85 de asistencia. Eso es todo. El pueblo, aparte del favor que quieren hacerle los escolapios, no cuenta sino con lo dicho. Corriendo las calles viejas y el barrio alto, se ve la gran necesidad de escuelas públicas. A la otra parte, junto al monas­terio, vi en una hermosa plaza un edificio donde hubo dos escuelas, bien instaladas. -¿Por qué no siguen aquí? -pregunto. -Pues porque no... Cuan­do la huelga ferroviaria del año 17, en octubre, ya abiertas las clases, fueron desalojadas para acuar­telar dos compañías de Infantería. Después de pasar yo por Monforte hablan de hacer una graduada de doce clases en el campo de San Antonio.

Se explica este abandono por la orientación de la enseñanza, que no mira al Estado, sino a la Iglesia. Los escolapios tienen la institución más poderosa de Monforte en El Escorial gallego, que antes sirvió a los jesuítas, y fue fundado por el cardenal D. Ro­drigo de Castro. Casón espléndido, nada sombrío, nada monacal, digno de que le dedicáramos más es­pacio si hiciéramos un viaje artístico, pues aparte del Van der Goes que vendió la comunidad para atender a la restauración del edificio, hay otras obras de arte, pinturas, retablos, enterramientos y la misma fábrica monumental cuyo diseño acaso trazó Herrera; y si no, es de buena mano.

Pero aquí nos importa más decir que da primera y segunda enseñanza, con internado, y acuden «las mejores familias». De instrucción primaria sólo hay tres clases. El régimen es conocido. El lugar, sobre el río, con ancha huerta, espacio sobrado y en las más favorables condiciones sanitarias, ofrece un contraste que no subrayo, en lujo y desahogo, con la escuela pública nacional. Esto es lo que se ve; mien­tras que lo otro, la superioridad del Magisterio, di­fícilmente saben apreciarla las familias. Las niñas tienen colegio de monjas, en las Pastoras. Hay dos escuelas del Ave María, del Sindicato Católico Fe­rroviario, con personal titulado. En la cima de Mon­forte, junto al castillo, que no es del conde de Lemos, sino del Estado y el Municipio, hay un convento cedido a los benedictinos. Veinte o treinta alumnos cursan allí latinidad, con siete u ocho monjes, coad­jutores; y creo que también tienen internado estos benedictinos como los escolapios. Agregaremos, para presentar completo el cuadro, algún colegio particu­lar y la recogida de párvulos.

Tantas ventajas materiales pesan sobre las po­bres escuelas. El llamado grupo escolar se acabó en 1912. No lleva de vida veinte años y su aspecto es lamentable. En la clase, que yo ví, enorme, entra­ban antes 120 y hasta 150 niñas. El solado está roto. El techo, de madera, se desfonda, podrido. Valle­llano fue un día a visitarlo y por compasión mandó unas bancas, lo único servible del material. La ciu­dad no ayuda a la escuela. Inútil es llamarla, demos­trarle capacidad, inteligencia y trabajo. La otra en­señanza mina el terreno; procura llevarse los me­jores alumnos. Las mujeres de la estación me dijeron que a su escuela no mandan las señoras «ni una cuarta de Panamá». Ni se asoman a ver las la­bores, y en cambio la exposición de trabajos de las Pastoras la celebran «y hay cohetes y chocolate. Una escuela de monjas es como antesala de la buena sociedad gallega. Sin embargo, las maestras nacio­nales se obstinan y luchan. Las niñas de doña Hor­tensia Friol habían cosido una bandera y estaban bordando el escudo y un rutilante «¡Viva España!». (Hay que arreglarla un poco; pero ¡viva!) Dos datos para terminar: El llamado «grupo escolar» podría ampliarse a dos clases más; pero no tiene agua ni de pozo. El otro dato es agradable. Hay un princi­pio de cantina en la ciudad, mantenida por suscrip­ción: de noviembre a mayo. Van señoritas a ser­virla; y aunque pobre y no favorecida por el Ayun­tamiento, indica que algo se puede hacer. Esto es, aparte de Monforte, lo que ví en Monforte, y ahora hablaré del país de Lemos.

 

(14 de septiembre de 1929)


En el país de Lomos

 

 

Feligresía de Rivas Altas

 

Un seto florecido. (¡Siempre tiene flor esta tie­rra!) Por la primera brecha entramos a una plazo­leta de hayas y de hermosos castaños. Un tronco recién cortado, en vivo, porque se le ve sangrar. Una carreta bajo el cobertizo; cerdos junto al dor­najo, y ángeles junto a los cerdos; es decir: niños pequeños en su paradisíaca alfombra de estiércol. La tierra, el hachazo en el árbol y las mejillas de los angelitos greñudos son rojas. Rebosa color el caserío. Abundancia. Fecundidad. -¿Es ésta la es­cuela?- Una mujer que se asomaba desaparece y vemos correr entre los castaños el pañuelo blanco. -Llamaremos porque ésta es-. Hay un portalón de dos hojas, cerradas. Cuando golpeo fuerte con la palma de la mano contesta un alegre relincho. -¿Pero no es la escuela? -Sí. Es que aquí está la cuadra y el salón arriba. -¿Por dónde subimos? -Por fuera. En efecto, hay una escalerita exterior. Pero faltan cuatro peldaños. Cuatro seguidos; lo cual equivale a un boquete serio. Mientras faltaron sólo dos o tres tenía disculpa. Los niños saben tre­par a los árboles; y hasta les servía de diversión.

Pero ya cuatro son demasiados. Pareció peligroso y no hubo otro remedio que clausurar la escuela. Estamos en Rivas Altas, feligresía en el valle de Lemos, tierra llana, ribereña del Cabe y a cinco ki­lómetros de Monforte. En realidad Monforte aún, pues pertenece a su Ayuntamiento. Conviene, sin embargo, advertir a quien no lo sepa que una feli­gresía gallega, una parroquia, tiene tanta y a veces más personalidad que un concejo. Se ha dicho que es la cédula rural. Alrededor de la iglesia de Rivas Altas se congregan doce o catorce poblados, lugares y caseríos. No sé bien si su trabajo en el campo y su vida doméstica siguen rigiéndose por la campana de la iglesia. Quiero decir que acaso haya disminui­do algo la jurisdicción moral de la feligresía. Tam­bién he leído que antes de las campanas, las iglesias y el cristianismo, cada grupo de población dispersa, hoy feligresía, formaba ya comunidad social y es­piritual. Pero el hecho es que la parroquia, la feli­gresía, han expresado y expresan una realidad «po­lítica». A ella debemos atenernos y me parece muy importante que el lazo de unión sea la iglesia en estas organizaciones campesinas, más duraderas que los municipios. Importantísimo para el estudio que me trae a la feligresía de Rivas Altas.

Como también nosotros aprendimos a trepar cuan­do éramos chicos, hemos logrado meternos en la escuela clausurada. Al mismo tiempo, por una puer­tecilla interior, aparece la dueña de la casa, mujer todavía joven, de aspecto inteligente y de carácter enérgico, según nos demostró, hablando muy claro en la lengua del país.

-Vienen a quejarse de la escalera. ¿No? Pues no hay escalera, ni hay escuela. Aunque me pagaran los veinticuatro duros de este año y los veinticuatro del año pasado que me deben, yo no quiero chicos aquí, que son o demo. Mi salón no está para que me lo estropeen, y si no quieren creerlo no lo crean, pero ya me dan de él una peseta diaria. Esos con­denados chicos lo rompen todo y la escalera rom­piéronla ellos. ¡Que no vengan! Antes quiero clavar la maldita puerta. ¡Veinticuatro duros al año y no los veo ningún año! ¡Vergüenza debía darles a us­tedes!

-Nosotros no somos del Ayuntamiento de Mon­forte.

-Entonces, ¿a qué vinieron?

Razón tiene esta honrada campesina de Lemos. Dos duros al mes por un salón para la escuela de Rivas Alta bien podrían desembolsarlos en Monfor­te. El «salón» no es un gran salón precisamente, pero caben cien criaturas, apretándose un poco. Y la escalera podía arreglarla un carpintero con me­dio jornal. Mientras tanto el maestro Mariño está sin escuela y anda por la feligresía otro voluntario, sin título, que enseña como puede a leer, escribir y contar. Lo que necesita un muchacho para cavar en el campo y para cargar fardos si emigra a Amé­rica. (Dato obtenido posteriormente, en julio de 1929: como sigue el conflicto de la escalera, y acaso el de los veinticuatro duros, D. Juan Mariño no pue­de dar clase, y la feligresía, con el párroco a la ca­beza, ha presentado denuncia contra él porque no atiende a la enseñanza. Estas denuncias son fre­cuentes en las parroquias. Nada más fácil que re­clutar unas cuantas firmas en barbecho. Conozco un maestro que cansado de rechazar ataques de ese género va siempre provisto de un pliego con firmas de vecinos, tan feligreses como los otros. Pero agre­garé que es mucho más fácil tenerlas marchando de acuerdo con el párroco.)

Así está la feligresía de Rivas Altas, la primera que visité en Galicia. Monforte tiene, como ésta, unas 25 parroquias, de las cuales hay escuela, mejor o peor, en La Peneda, Bascos, Bullade, La Parte, Mo­reda, Bahamorto, Canede y Rozavales. No la hay en Marcelle, Seoane, La Vid, Piñeira, La Ohavaga, Distriz, feligresías con seis u ocho lugares cada una y muchos caseríos sueltos. Más cerca de Monforte, los mismos barrios de Mahondo, Faveiro y Fiolleda necesitan escuela. En las montañas la propiedad no está dividida; pero donde la tierra vale, sí. Hay jornaleros que llegan a ganar de cuatro a cinco pesetas algunas temporadas. Los grandes propieta­rios territoriales no suelen vivir aquí. Hay una fa­milia que posee muchos lugares, unos, en Monforte; otros, en Salamanca, y conserva afección al país. Pero la emigración aumenta. Esos emigrantes, por lo visto, no tienen fortuna o no han comprendido la necesidad de llevar a su parroquia lo que ésta no producirá nunca naturalmente, lo que tarda en llevarle a Monforte cabeza de concejo, institución de fines más amplios que la feligresía: la escuela.

 

(20 de septiembre de 1929)

 

LUGO:  la capital

 

 

Otra ciudad española

 

Muy agradecido estoy a los maestros de Lugo y su provincia. Ellos me animaron en el momento más difícil, estimularon mi propósito de llevar a Galicia la visita de escuelas, y en los dos viajes por su región me demostraron verdadero afecto. Por otra parte, la ciudad es atractiva y despierta una simpatía que acaso se funde en la buena ordenación de las reliquias viejas dentro de la vida actual. Sus murallas no son sombrías sino por el color de las lajas de pizarra de que fueron construidas hace dos mil años. Hoy esas defensas parecen más bien un juguete monumental. Una decoración valiosa para las salidas de la ciudad, que nunca se sintió opri­mida ni mucho menos ahogada por su cerco. Pasear por lo que fue adarve no despierta hoy la más mí­nima idea bélica ni feudal. Las murallas de Ávila, demasiado pequeñas para seguir imponiéndonos, conservan, a pesar de todo, su medievalismo. Diría­se que les viene de dentro. Las de Lugo forman una curva más, como el Miño, como las carreteras, en este paisaje blando y fluvial. Porque la severidad de la meseta lucense, por fortuna para ella, no podrá compararse nunca a la de Ávila. Otras cosas antiguas, la catedral, por ejemplo, su torre vieja, su bella puerta románica, viven encuadradas en una urbanización moderna que yo encontré siempre lim­pia y bien cuidada. No puede decirse que en Lugo domine la historia obstinada en vivir, que es la única historia nociva en ciertas ciudades valetudinarias.

Dicho esto y expresado muy ligeramente el sin­gular atractivo de Lugo, así como la obligación en que estoy con personas atentísimas -en primer término el doctor Vega-, tengo que llegar a la es­cuela, que es donde no vale cortesía, o donde la mejor cortesía manda decir sencillamente la verdad. Ni a mí ni al lector puede sorprendernos el caso de Lugo, después de haber visto tantas ciudades espa­ñolas.

La verdad es que Lugo como ciudad capital de provincia española, está peor que como ayuntamien­to cabeza de feligresías gallegas. En su contorno, dentro y fuera de murallas, vendrá a tener catorce mil habitantes. Las feligresías son más de cincuen­ta; cada una, como hemos visto en Monforte, com­puesta de varios lugares, poblados y caseríos. A esas parroquias atiende el concejo de Lugo, resolviendo como buenamente puede el problema rural de la manera de Rivas Altas. Ya veremos hasta dónde al­canza ese trabajo. Pero la ciudad en sí da lo siguien­te: Para niños, una graduada de cuatro clases. Dos unitarias. Para niñas, tres clases. Y una escuelita de párvulos. Eso es todo. Yo siento que sea preciso entrar en el inventario de esta pobre y mísera he­rencia que nos lega un período histórico; pero ne­cesito ir contando, y en la cuenta los maestros y maestras nacionales de Lugo no pasan de diez. Los he visto y sé cómo trabajan. Aun multiplicando sus esfuerzos, ¿qué harán seis maestros y cuatro maes­tras en una ciudad de catorce mil habitantes? Sin duda, volviendo vista atrás, hubo tiempos peores. Don Pascual Madoz se vio precisado, como yo, a trazar unos números no ya del concejo de Lugo, sino de todo el partido y vio que, según datos de la Co­misión. provincial de Instrucción primaria, en abril de 1845, entre los ocho ayuntamientos tenían once escuelas, «y de éstas sólo dos con maestro exami­nado». A ellas, incluyendo tres privadas, asistían 476 alumnos. Si quisiéramos emplear el cristal de color de rosa compararíamos la situación actual de esos pueblos con la de hace un siglo y descartaríamos el avance de las feligresías. Pero aun así, Lugo no ganaría mucho.

¿Y cómo son esas pocas escuelas? La graduada... Palabra mágica que ilusiona. Cuando al llegar a una de estas ciudades nos dicen: «Tenemos una gradua­da», parece que nos refrescan el aire, nos lo purifi­can y desinfectan. La graduada de cuatro clases está en Santo Domingo, un viejo convento de recoletos, que tiene fachada a la plaza de su nombre y a la del Mercado. El acceso y las luces dan a la última. Nin­gún maestro ignora lo que eso significa, sobre todo si las clases están en bajo, al nivel de la calle. El aliento y las voces del mercado favorecen poco a una escuela. Pregones, disputas, emanaciones agrias, no sólo de la mercancía, sino de la educación propia del lugar. Pero no basta decir en un viejo conven­to. Hay que precisar el sitio. Sobre la alcantarilla y junto a un pozo negro, las cuatro clases ocupan a lo largo un pasillo enorme que en tiempos acaso fue bodega y que antes de convertirse en aulas sir­vió de cuartel de Caballería; pero no era aquí, segu­ramente, donde se alojaban los hombres. El aban­dono en que yo encontré toda la titulada escuela, y especialmente el primer grado, era espantoso. Im­posible acercarse a los servicios interiores, hedion­dos. De nada servía la altura de los techos. Gran­des vigas carcomidas, careadas; tableros llenos de telarañas, bancas prehistóricas. Humedad. Y sobre todo ¡miseria espiritual! ¡Y esto era a principios de septiembre, recién repasados los locales! Digo mi­seria espiritual porque me parece imposible que la tristeza sórdida de las cosas no trascienda al ánimo de los muchachos y al heroísmo de sus profesores. ¿Cómo voy a preguntarles aquí el método que em­plean? Recuerdo la contestación de un maestro de escuela extremeña que lucha en ambiente seme­jante:

-¡Nos contentamos con salir vivos!

Hay en el mismo caserón de Santo Domingo una escuela unitaria. Entrada rococó; cierta alegría de sala de baile. Las cuatro paredes, lisas, sin acceso­rios. Y he visto las escuelas de niñas. Tiendecitas. Casas de vecinos. En la calle del Obispo Aguirre, los parvulillos de doña Carmen Fouz. En la de Ma­nuel Becerra, las niñas de doña Esperanza Reboredo. El elogio de los maestros, bien merecido, no altera nuestro juicio. (Al volver a Lugo este año, en segunda visita, encuentro un grupo escolar en construcción. (Grupo Quiroga Ballesteros.) Ladrillo y teja en el país de la pizarra. Cuatro clases. ¡Solución pobre del problema, con subvención del Estado! Supongo que al inaugurar éste no cerrarán el de Santo Do­mingo. Pero aunque no lo cierren, la cuestión sigue en pie.

 

(25 de septiembre de 1929)

 

Lugo: Portomarín

 

 

La antigua resucitada

 

Cerca de Lugo, 27 kilómetros aguas abajo del Mi­ño, está Portomarín, que lógicamente debería lla­marse Pontemarín, porque allí lo esencial era el puente por donde pasaban los peregrinos de San­tiago. Digo «lógicamente» con temeridad, porque los hechos siempre tienen su lógica y el hecho es que se llama Portomarín, que no pasan ya peregri­nos y que la ruina del puente, consumada hace mu­chos años, mantuvo a esta villa en la inmovilidad letárgica más admirable que pueda desear un tu­rista. Yo llegué con nuestros amigos de Lugo, recién resucitada la villa, estrenando el último tramo de la carretera que ha venido a desencantarla. Parecía como si al cortar el puente hubiera cortado el hilo con el mundo, y ahora de pronto entráramos y la vié­semos tal cual era cuando se encerró dentro de su concha a dormir. Pero era ya muy vieja Portomarín. Y con estas villas viejas, de poca savia, ocurre una cosa singular cuando se quedan solas, y es que se encogen, como las momias. Al momificarse pierden tamaño hasta las piedras, hasta el esqueleto. Así está Portomarín a orillas del Miño, tendida en tierra blanda y joven que la rodea de verdor y mete los pámpanos de sus capas por las ventanas sin crista­les de las casas derruidas.

¡Qué emoción tan extraña desembocar del camino que nos ha traído por los altos llanos lucenses, de­jarlo donde los canteros trabajan los sillares del puente nuevo, bajar por un repecho bordeado de zarzas, a las primeras casitas de Portomarín y en­trarnos por la calle de los Peregrinos hasta la igle­sia de San Juan, la iglesia románica que se conserva íntegra, como en el siglo XII! Esta calle de Portoma­rín, estrecha, empedrada, de losas muy llovidas; los techos, de pizarra; las ventanas que abren hacia fuera, con los vidrios a ras de pared; los soportales arbitrarios, a gusto de quien los construyó, habrá sufrido muchas mudanzas, pero ninguna esencial. Y era el paso del camino francés. Pero no he aca­bado de decir lo más raro de mi emoción: el pueblo de Portomarín bulle por esa ruta vieja, y es el más alegre que he visto en Galicia, voces, cantos alegres. Colores vivos en los vestidos de muchachos y mu­jeres. La alegría del pueblo de Portomarín no co­rresponde a la decrepitud del escenario, sino a la lozanía de la tierra. Es el fondo geórgico. Ribera del Miño. Colinas plantadas de vid. Pinares nuevos. Y lo más antiguo -la iglesia, el puente roto, las casitas pobres- queda como decoración que no afecta al genio de sus habitantes. Hemos contempla­do al entrar en Galicia, por el río Sil, aldeas negras, de piedra y pizarra, construidas sobre peñascos. La severidad de tales poblados deja en nosotros una sensación angustiosa. A medida que vamos acercán­donos a Monforte y a Lugo, la pizarra es cada vez más bella y los tipos de vivienda humana más per­fectos. El hórreo, el palleiro -el almiar- y los ár­boles: castaños, nogales, eucaliptus... que nunca faltan, sobre la pradera jugosa, dan al tejado de pi­zarra las notas vivas, suaves que necesita para no ser demasiado neutro. Puede ser amable la vida en país lluvioso bajo uno de estos techos de grandes lajas irregulares, con su chimenea monumental y su alero de vuelo corto protegiendo la solana, que ahora vemos colgada de mazorcas, más rubias, más luminosas que el trigo. Pero en las pequeñas casas de Portomarín, la pizarra cae como un capacete, como si sustituyera a la primitiva cubierta de paja de centeno. ¿Cómo podrán ser tan alegres? Sin duda, la inconsciencia. Han tenido tiempo de perder el humor desde el paso del último peregrino hasta que llegan ahora los primeros curiosos y suenan las bo­cinas de los primeros automóviles.

Junto a la iglesia está la casa-hospedería, con escudo y leyendas inscritas, sin duda, por los caba­lleros Templarios. Hay cerca otras casas señoriales. Entrando al atrio veremos un maravilloso pórtico que algunos hermanan con el compostelano del maes­tro Mateos. He dicho que este ejemplar de arte románico se conserva íntegro; y aquí empieza ya alga que les interesa personalmente a los chicos de Portomarín; porque subiendo una escalera de caracol muy estrecha, van a dar a un sobrado cu­bierto, y del sobrado salen al adarve corrido por las cuatro fachadas y en cada esquina una torre. Sin duda ha tenido sacristanes de mucho carácter cuan­do todavía no han destrozado los muchachos en quinientos ó seiscientos años los altos de la iglesia de San Juan. Desde allí se divisa el río, con el puente roto, un pedazo en cada ribera; las viñas, los pina­res, la barquera en su barca, el caserío en fila de honor a uno y otro lado del camino francés; y acaso con buena voluntad y buena vista habrá alguien que divise lo que yo vengo buscando: la escuela.

Mejor será ir a verla. Está la de niños en esa mis­ma calle de los Peregrinos; y es tal como la imagi­namos, un cuartito desmantelado de tablas que re­chinan, sin luz, sin horizonte y desde luego sin color ni personalidad. En la de niñas, por lo menos la maestra tiene media solana que da al río. En días de crecida llega la corriente hasta los pies derechos. ¡Hermoso espectáculo si pudiera mirarlo sin inquie­tud! -Paso muchos miedos, de día y de noche, hasta irme acostumbrando; porque cuando viene fuerte el río suena así como si atronara. Pero más que por nosotras tiemblo por esta pobre gente que sale a pescar en lo peor de las crecidas, sin defensa nin­guna-. ¿Qué es la escuela en uno de estos rincones donde el campo y el río tienen tantos atractivos para los muchachos? ¿Qué vale la escuela en una villa románica, feudo de los Templarios, señorío de los marqueses de Bóveda; por último, aislada casi un siglo como si estuviese en la montaña? Antes hila­ban y tejían aquí las mujeres. Ahora sé que hay al­quitaras donde fabrican ese aguardiente familiar que, según me han dicho, beben los marineros de la costa y otros que no son marineros, hasta en las comidas, como si fuera vino. Portomarín conserva la cabecera de quince o veinte feligresías, y las atien­de, como en todas partes, también al modo de Rivas Altas. Hace un siglo contaba con «cinco escuelas temporales pagadas por los padres de los alumnos». Ahora hay escuela en Lama, en Recelle y en San Ma­med, que con las dos de la villa hacen el mismo número. Todas llevan vida precaria. Las tienen por cumplir. El ayuntamiento es pobre. Las parroquias no están obligadas, pero también son pobres. Lo único espléndido es el paisaje. ¡Eso, sí! El paisaje se desquita. El Miño gasta como gran señor.

 

(10 de octubre de 1929)

 

 

Neira de Jusá Baralla

 

 

Historia de cincuenta años: desde 1879 a 1929

 

Referiré aquí la excursión a Piedrafita; pero en vez de pasar de largo, con una simple mención de los pueblos -Nadela, Corgo-, y algunas notas ci­nematográficas -verdes llanos, vestigios célticos-, llegaremos al valle de Neira de Jusá y nos detendre­mos el tiempo que haga falta en Baralla. Es día de mercado. Está el ferial dispuesto. Las mujerucas, bajo sus tinglados. Olor a fritangas. Relinchos. Loza y cerámica del país por el suelo. Campaneo. Y una insolente gaita madrugadora... ¡Mal día para ha­blarles de escuelas! Baralla es capital del concejo de Neira, Neira de Jusá. Hay también Neira de Rey o de los Caballeros. Tiene no sé cuántas feligresías v una pléyade de aldehuelas dispersas que maneja desde aquí con rienda larga. Sus conflictos, sus luchas, serán los mismos que en otras agrupaciones gallegas mal fundidas en un ayuntamiento. Creo que Baralla -la villa- anda alrededor de los qui­nientos habitantes; pero el concejo alcanza segura­mente ocho o diez mil. Su forma urbana es bellísi­ma: la más semejante a una ciudad jardín. Desde la carretera se percibe que ha de ser pueblo rico, y entrando no por calles, sino por sendas entre ár­boles, huertas y cultivos, se ve que conserva estruc­tura campesina. La iglesita, moderna, está aislada. Una plazoleta de árboles nuevos la circuye. Sobre la sacristía de la iglesita hay una escuela.

Esa escuela y la escalera exterior que le da acce­so independiente tienen su historia, que no es sino episodio de la historia de la enseñanza en un con­cejo como muchos concejos gallegos. Conozco de ella nada menos que cincuenta años. Dos maestros fueron registrándola por etapas cuidadosamente, y yo creo que si para la historia de España tiene re­lativo interés, para mi visita de escuelas es de un valor inestimable. Verá el lector cómo salvamos en poco espacio esos cincuenta años de Baralla.

El primer maestro fue D. Benigno. El nombre le cuadra bien. Don Benigno Fernández tomó pose­sión en el mes de marzo de 1879 de la escuela de Neira de Jusá; mejor dicho, de dos escuelas de tem­poradas alternas: San Martín y Ansáreo. El invierno, seis meses en San Martín; el verano, seis meses en Ansáreo. ¡Felices tiempos! Tenían entonces de dota­ción anual las dos escuelas en una mil reales. Muchos años estuvo así don Benigno, y al fin le subieron a cien duros al año, ya de maestro en propiedad. De Ansáreo a San Martín, de San Martín a Ansáreo, seis meses en cada banda, los días vuelan. Donde le to­caba el verano era sabido que iba a tener la escuela vacía. El buen tiempo es para el campo, y los mu­chachos se le iban a trabajar. Los pequeños de cua­tro a cinco años sirven para pastorear cerdos, vacas y ovejas. A los mayores los llevan a roturar montes, arar las tierras, estercolarlas, sembrarlas, escardar­las y demás labores de hombre. Una de las dos es­cuelas era como si no existiese. ¿Qué iba a hacer? En estas dudas, don Benigno, con gran dolor de su corazón, por consentimiento, mejor dicho, por con­sejo y orden del alcalde, optó por ajustar a un vo­luntario bien recomendado de los caciques para que trabajase en la escuela de Ansáreo durante el in­vierno. No tenía título aquel sujeto; pero los mu­chachos iban a la escuela y algo aprenderían.

Repárese que hablo del año de la Nana. Mucha­chos del setenta y tantos. Costumbres del siglo pa­sado. Más tarde, el mismo don Benigno se quejaba de que muchos intrusos ponían escuela sin saber nada, ni apenas firmar, sin título ni autorización de ninguna clase -como los que encontraba D. Juan de la Cruz Martínez en el partido de Segura de la Sierra hacia 1830. Y esos individuos aprovechaban todos los medios para lograr concurrencia mientras no se desengañaban los padres de su nulidad. Sin duda, los pueblos aceptaron -y aceptan- ese re­curso, como lo aceptó don Benigno: porque no ha­bía otro. Compartía su pobre paga con el intruso y le quedaba libre el verano. ¿Para qué? ¿Para ir de baños? ¿O para ganar un jornal como peón en donde lo llamaran? Las condiciones de su trabajo eran durísimas, oscuras e insalubres, al punto de que los chicos preferían ir al campo. Zozobra cons­tante. El Ayuntamiento le daba casa inhabitable. Nadie atendía sus ruegos. Los alquileres de las es­cuelas se pagaban cada cinco o seis años, tras eno­josas reclamaciones. Alguna vez, don Benigno, como si la deuda fuera suya, tuvo que pedir un préstamo para pagar algo de los atrasos, porque de otro modo no hubieran podido entrar en la escuela ni los chi­cos ni él.

En suma, falta de celo en autoridades y padres de familia. Suponía don Benigno que obraban los primeros por «despotismo y por malicia», haciendo creer que «la instrucción daña». Y los padres, por necesidad tanto como por ignorancia, pues viven en mucha miseria agricultores y jornaleros. Algunos discurren bien: un día al campo; otro, a la escuela, o a la mañana, al campo, y a la tarde, a la escuela.

Otros cortan por lo sano y no los mandan nunca. Frutos de la pobreza y de la misma falta de luces. ¿Cobraba don Benigno? Parece que sí. Sólo decía que a sus compañeros, los demás maestros de Neira de Jusá, nunca se les dio casa-habitación ni se les retribuyó, por más reclamaciones que hicieran. Pero lo que más le dolía era la mala obra de los intrusos invernizos que enseñaban a leer sobre diligencias judiciales, pleitos y querellas, así como la falta de libros para todos y la imposibilidad de graduar la enseñanza.

Esas primeras lecturas en papel sellado son pe­ligrosas dando con gente aguda, pleitista de san­gre. Ignoro si don Benigno Fernández, maestro en el año 1879, vive todavía. Así lo deseo. Demostrará una resistencia milagrosa. Conozco al sucesor lo bastante para empalmar historia tan rancia y trae­ría hasta 1929. Llámase este otro maestro de Baralla don Andrés de la Peña. Los años de su mando -por decirlo así- los pasó pendiente de varias dispo­siciones judiciales, con lo cual debe aborrecer el papel de oficio mucho más que don Benigno, que fue un héroe, y cuando veía torcerse las cosas supo acudir a los grandes remedios. Así llegó hasta 1908, debiendo el Ayuntamiento seis años de las casas es­cuelas y veintisiete de su casa habitación. ¿Quiere saber el lector cuánto era en junto? Seis duros al año. Ahora los alquileres montan más, se defienden mejor, y ha tenido que sufrir apuros más serios el heredero de don Benigno. En 1909 alquilaron para la escuela y vivienda una casa en el campo de la feria: «la casa del Asturiano», «Capacidad, higiene, luz, decencia e independencia». Yo no la he visto. Pero así consta. Nunca llegaban a pagarla, y papel tras papel, los muebles, bancas, mesa, armario y demás enseres de la escuela fueron a la cuneta de la carretera. No sé si en este trance del año 13, o en otro igual del año 15, el secretario del Concejo in­tervino para poner a salvo el crucifijo y el retrato del Rey. La clase alquilada después era una sala de la iglesia, sobre la sacristía, pero allí fue más sen­cillo quitar la escalera. ¿Cuál era el fondo de esta persecución? A veces, los maestros se indisponen con los pueblos o con sus autoridades. Llueven de­nuncias y querellas. Si están en condiciones, aca­ban por aburrirse y pedir el retiro. A veces, los pue­blos tienen razón e inventan pretextos. El pretexto de Baralla ofrece demasiados precedentes. Otras llegan a la novela terrorífica, como en el famoso caso de Rivasaltas, donde he sabido que hay otra denuncia «por castigar el maestro a los muchachos con hierro candente». Pero la persecución, en sí misma, basta. La falta de armonía dice bastante, y si no empieza ahora la enmienda, hemos ganado poco terreno en cincuenta años.

 

(13 de octubre de 1929)

 

LUYO:BECERREÁ

 

 

Un Ayuntamiento de doscientas aldeas

 

Si Becerreá fuera sólo el poblado que orilla la carretera de Madrid, cumpliríamos aquí pronto y bien nuestra modesta visita de escuelas. Llevaría­mos además un recuerdo alegre y una visión óptima, porque esta pequeña villa, rodeada de montes, entre castañares, prados y huertos, tiene ya aire de colo­nia veraniega. -Los castaños de Galicia se pierden. Pronto no quedará ni uno-. Esto oigo decir en to­das partes; con pena, porque al castaño pomposo de hoja apretada oscura es el árbol que va bien a esta tierra, pero veo muchos, y aquí hay sotos tupi­dos, que llenan grandes vertientes e isletas, que pa­recen berrocales, no de piedra, sino de verdura ju­gosa. Si esto fuera Becerreá, nuestra labor queda­ría hecha a conciencia. Unas escuelas viejas y otras nuevas, en construcción. Las viejas, del tipo carce­lario, tan frecuente en los edificios municipales. Guardo una nota casi oficial, que dice: «En estos locales, pequeños, húmedos, fríos y soterrados, mu­chos niños han adquirido enfermedades de las cua­les, algunos han muerto». Puede imaginarse cómo será en el país tan lluvioso una clase en los bajos del Ayuntamiento. Las nuevas, en cambio, son es­pléndidas, y ahora hablaremos de ellas. Antes es preciso decir que el concejo de Becerreá comprende 26 parroquias rurales y unas 200 aldeas. La pobla­ción de esta villa que visitamos en la carretera no llega a mil habitantes, y la de todo el término pasa de diez mil.

Cuando me dicen: «Va usted viendo ya toda Es­paña», pienso en lo mucho que me dejo sin ver. Be­cerreá no está aquí. Habría que ir a buscar su más íntima realidad monte arriba, meterse por esas ve­redas, llegar a la cima de Peñamayor, hermana de las del Caurel, El Cebrero y Ancares, no por conocer el monasterio de los monjes bernardos, ni por com­probar si aún sigue allí la astilla de la Cruz de Cris­to, sino por saber cómo viven los montañeses. El llano de Becerreá es todavía como el valle de Neira, pero en poco espacio se alza el terreno, asoma la roca, se endurece la vida. Abajo, en el desfiladero, orilla de las fuentes del Navia, pueblecitos hortela­nos y ganaderos, como Cruzul, con su viaducto roto en la francesada; como Santa Eulalia de Quinta. Cerca de Campo de Arbol se detuvo el caballeroso inglés sir John Moore, cuando caminaba a la muerte en 1809. Arriba, San Juan de Furco, Cerezal, San Pe­dro de Vilachá. Junto a Penamayor, miranda y reti­ro incomparable, hay lugarejos industriosos, de viejas industrias muertas: Eiranova, Ferrarín, Linares. No hay herrerías. No se cultiva el lino. Van nacien­do poco a poco de la tierra y de los cursos de agua caseríos nuevos. Crecen unos, como Vilachá y Quin­tá. Otros se extinguen. En Oselle está la iglesia pre­rrománica de San Cosme. En la de Villáiz hay una maravillosa araña de cristal de roca. En Vilonta, un dolmen. Afloran ruinas de viejos castros enterrados en tojo. Por todo el término pastan ovejas y cabras degeneradas. Van quedando yermos los montes, pe­lados y arrasados, obra del hacha, la azada y el fuego. Alguna industria de montaña se defiende: que­sos, mantecas. No cruza por toda la comarca un fe­rrocarril. Los «autos» corren, como en Navia, por lo más hondo, por la carretera de Castilla.

Hasta hace poco no hubo escuelas en todo el con­cejo de Becerreá; salvo una, temporal, muy antigua junto al monasterio de Penamayor. Luego crearon las de la villa, y hace cuatro años había maestros o maestras en Cela, Cerezal, Nantín, Quintá, Tortes, Vilacha y Villamane. Pero es en los dos últimos años cuando se ha empezado a ganar el tiempo per­dido. Se abrió escuela en Builan, Oselle, Cruzul, Fe­rreiros, Morcelle y Guilfrey. Como la matrícula de algunos de estos pueblos aumenta, se acordó soli­citar la creación de otras en Cela, Vilonta de Abajo, Tonson, Neira de Rey, Puentes de Gatin, Sebane­Fontaron, que con las de Villáiz y Villachapedrosa, solicitadas antes, dejarán casi servido el término. Pero es forzoso aguardar a que el Estado resuelva cuando pueda. Yo he visto las de Cerezal, fundación de dos Juan Bautista Neira, y sé que en Cadoalla hay otra, construida y sostenida con fondos de un legado importante. Pero el papel de oficio se les enreda a estos paisanos como a los de Baralla. Las escuelas de Cerezal no se abrieron sin largo pleito entre los herederos del fundador y el pueblo. Por fin, el Estado pone los maestros y el Ayuntamiento atiende a la conservación. La de Cadoalla no fun­cionaba. Ya iremos viendo que todas estas escuelas de fundación echan a andar con mucho trabajo y tropiezan en cualquier cosa. Sus bienes producen unas dos mil pesetas. El Estado debe completar la consignación de los maestros, pero lo positivo es que no funcionaban desde hacía cuatro años cuando yo llegué a Becerreá. Sesenta o setenta niños esperan a que la Junta provincial de Beneficencia estudie bien y resuelva él asunto. De este año no pasa, se­gún parece.

Pero son doscientas aldeas. Aun formando grupos queda todavía mucha labor, y bastan los datos apun­tados para comprender que estos concejos luchan con circunstancias singulares y debe ayudárselos de una manera práctica. Becerreá, por ejemplo, hace mucho más que Jerez, en cuyo extenso término, fue­ra de la ciudad, no se alza otra escuela que la de Caulina. En algunos lugares, como Oselle, los pro­pios vecinos construyen su escuelita. Se ve el buen deseo del aldeano. No acepta la teoría de que «la instrucción daña». En Cruzul, en Villamane, en Quin­tá, los locales son malos. Sin embargo, se llenan. Becerreá se enorgullece de pagar en cada pueblo por alquiler anual de escuela y casa habitación doscientas pesetas. Yo echo cuentas y veo que por diez mil pesetas pueden tener aquí cincuenta escue­las, con cincuenta viviendas para los maestros. «Nosotros -me decían- pagamos el doble que en casi toda la Galicia rural». Y por lo que yo voy apuntando, no exageran. Además de alquileres y subvenciones, el Ayuntamiento de Becerreá gasta en construir las escuelas nuevas más de once mil pe­setas. El Estado las hace invirtiendo tres veces más. Son dos clases. Las llaman «grupo escolar», y des­de ahora cuentan con que la numerosa población infantil necesitaría otra de párvulos. No sé si ten­drán habitaciones para los maestros. De todos mo­dos, este sistema que sirve para embellecer los pue­blos dignificar la enseñanza no puede generali­zarse. Cincuenta escuelas como ésta costarían un millón quinientas mil pesetas. Para la villa están bien. Para las aldeas hay que buscar en cada región el tipo de escuelita rural. Pero el número es impo­nente. ¡Un Ayuntamiento de doscientas aldeas!

 

(17 de octubre de 1929)

 

Nogales-Doncos-Piedrafita

 

 

En el camino de Castilla

 

Entramos en el gran paisaje montuoso, de geo­metría curva, de geología redonda, es decir: sin pi­cachos ni alturas escarpadas; y sin embargo, cada vez más violento hasta llegar al Puerto de El Ce­brero. El Cebrero, Cervantes -que está cerca-, nombres expresivos. Ciervos, corzos, lobos y jaba­líes hubo muchos; y en la parte más escondida de la Sierra de Ancares, hacia el Ranadoiro, todavía quedan osos. Pero hay innumerables valles de aquí a las cumbres y una población que se pega a la tie­rra y la cultiva hasta en pendientes inverosímiles. Pueblecitos pequeños, aldehuelas que forman sus feligresías en número tan crecido como el que aca­bamos de ver en Becerreá. Y si llegáramos hasta Fonsagrada veríamos el mismo sistema de monta­ñas, de agrupación rural y de vida; aunque allí, por circunstancias especiales y quizá por el genio de sus pobladores, han trabajado más y tienen más escue­las. Yo le he oído decir a Portela Valladares que allí hay ciudadanía. ¿Sería posible? ¡Unos montecitos; unos cuantos pasos más acá o más allá y el mundo cambia! Estos pueblos que ahora visito, tienen preferentemente paisaje, castaños, robles y nogue­ras, centeno, maíz... Ese otro producto no se ve. Tienen, eso sí, un género de hermandad, con institu­ciones muy antiguas, fundadas en la ayuda mutua para el trabajo. Pervive la soga para las faenas del campo. «Hoy por ti, mañana por mí». Creo que aún quedan «montes de vara», comunales para el pasto­reo y aun para roturación y cultivo; pero no sé has­ta qué punto se han respetado estas prácticas del común de vecinos, tan españolas. Como en otros lugares, han sufrido feroces ataques los montes de las parroquias. Lo único seguro es que el espíritu de hermandad rural sigue y el de ciudadanía empie­za a nacer. Al primero le bastan el trabajo, la paz y el orden: todo lo que les da la tradición. Para las escuelas hace falta ya otra cosa distinta.

Nogales, en la gran ruta de Castilla, en posición bellísima entre el camino y el curso del Navia, vive todavía toscamente en medio de una naturaleza es­pléndida. Escuela calabozo también. Un portalón lóbrego. La clase triste y chica, con dos ventanillas a la carretera. ¿Qué será en sus aldeas, más monta­ñosas aún que las de Becerreá: Busgulmar, Herraria, Pintinidoira, Villaveje... Verdad es que Nogales, ca­beza del concejo, ha ido quedándose atrás. Nullán está mejor y se asoma al camino con mayor decoro. Recordaba yo al llegar aquí la entrada en Galicia de Borrow y su malhumorada descripción de las hu­mildes aldehuelas que iba encontrando en este mis­mo itinerario que ahora remontamos nosotros. «La mayor parte de las veces los pueblos eran un con­junto de miserables chozas con techumbres de bá­lago empapado de humedad y cubierta frecuente­mente de vegetación silvestre. Había montones de estiércol delante de las puertas y abundaban los charcos y lodazales. Enormes cerdos pululan mez­clados con chiquillos en cueros. El interior de las chozas correspondía a su apariencia externa: esta­ban llenas de suciedad y miseria». Pero si aquí hu­bieran leído a Borrow, como yo, en la buena tra­ducción de Azaña, hubieran podido rechazar tan ingrato recuerdo. El inglés de las Biblías habla muy bien de Nogales. Le pareció un lugar en extremo pintoresco. «Montes escarpados, cubiertos de fron­dosos castañares lo rodeaban por todos lados. La aldea misma estaba casi cobijada por los árboles; pegado a ella corría un murmurante arroyuelo. En­contramos una posada regularmente espaciosa y có­moda». Seguramente esas otras miserables aldeas fue encontrándolas más arriba, hacia Becerreá y el valle de Neira, porque advierte que el país no era ya tan montuoso ni tan pintoresco. Sin embargo, las chozas con techumbre de bálayo, eran sin duda las pallozas que ahora sólo asoman a este camino en ¡Pedrafita, en Doncos, en Nogales.

Hoy encontraría quizá la misma posada. Más no­gueras que castaños, y desde luego la misma situa­ción pintoresca e igual acento melodioso en el dia­lecto del país. Pero el contorno ha ido mejorando, mientras que este rincón parece como si envidiara todavía la vida antigua: aquellos tiempos en que tenía Nogales parada de postas y hacía allí noche el correo de Madrid a La Coruña. Su escuela, clau­surada, abierta bondadosamente y amenazada de volverse a clausurar, tiene una lápida de mármol que recuerda el esfuerzo de un vecino. Doncos, ya que no otra cosa, tiene una buena maestra. Un maes­tro, una maestra, con su labor personal, pueden corregir, compensar deficiencias, paliar y hasta ha­cer invisibles la faltas de los pueblos. Pero tienen que ser milagrosos, y el milagro no se da todos los días.

Doncos, en el espolón de un montecito sobre el Navia, es el más delicioso lugar de toda esta comar­ca. Tuvo casas de nobles, Villarín y Lemos. Como centinela al paso del río y de las invasiones –aquí llegaron hasta los normandos- tiene una antigua torre fuerte, que da carácter medieval al desfiladero. Y más antigua que la torre, casi tanto como le peña, por lo menos tanto como las veredas, que sue­len ser lo más viejo de un país, tiene Doncos, junto a los restos de las casas señoriales, las pallozas. Y un puente de hace muchos siglos... Y una cuesta de quince kilómetros de curvas hasta Piedrafita, la más a propósito para recalentar el motor de un automóvil y para poner a prueba los nervios y la firmeza de la mano quirúrgica que lo conduce. Creo haber dicho ya que nos llevó a Piedrafita el doctor Vega Barrera.

 

(19 de octubre de 1929)

 

Sierras de El Cabrero y Ancares

 

 

La vida en la aldea

 

Hemos llegado a Piedrafita y hemos visto que, aparte de unas cuantas casas en la carretera, el pueblo está hoy tan verde como cuando era aldea de El Cebrero. Verde quiere decir aquí primitivo, sin desgaste ni pulimento, pero no joven. Su vida es tan antigua como la de todo el concejo, que vive en pallozas. Sólo ha variado lo que es camino, paso, tránsito. Pero ¡qué fuerza ha de tener esa vida tradicional para que aun conociendo otras for­mas actuales persistan en la suya y no se avengan a cambiarla! Piedrafita tiene familias acomodadas, que siguen sus tradiciones de montañeses, labrado­res. Yo acepto la palloza. Algunas de este pueblo son monumentales, anchas y capaces para mucha familia y mucha labor. Dije que encerraban una forma de existencia admisible incomparablemente superior a la de esos huraños y sórdidos habitácu­los de la sierra de Guadarrama. El Cebrero no cuen­ta los siglos. Tiene razones para ser inmutable. Pero Piedrafita, en la carretera, podía haber empe­zado una cosa tan sencilla como la superación, la transfiguración, nada milagrosa, de la palloza. Permita el lector que, sin volver sobre las notas de El Cebrero, ya aprovechadas, utilice el ejemplo de las viviendas célticas para dar cuerpo a una idea nacida en mí estos años de viaje, estos años de aprendizaje, en que tantas veces me encuentro con pueblos situa­dos en un callejón sin salida, aferrados por necesi­dad a su tradición y amenazados de perder carác­ter, sin ganar espíritu ni verdadero bienestar. ¿Por qué ha de ser imposible corregir la palloza, supri­mir lo que estorba o daña, darle lo que le falta?

¿Por qué ha de ser imposible corregir y comple­tar al semihombre de la palloza céltica sin hacerle perder su contacto con el suelo? Pero limitémonos a la vivienda. Veamos estas de Piedrafita. Están situadas a dos pasos de la carretera, frente a una venta, mesón y carretería, que sirve también de oficinas municipales. A la entrada, los pies se hun­den en una alfombra que no es paja de centeno, ni ramilla de tojo, sino estiércol. Cuando empiece a llover, la descripción de Mr. Borrow parecerá bené­vola. Charcos, légamo infecto. Hasta la misma nie­ve tendrá que conformarse con ser inmaculada. Den­tro, lo que ya vimos en El Cebrero. El ganado y el mismo estiércol, el humo y el hacinamiento hacen dentro lo que la nieve fuera. Sirven de abrigo. Pre­parada para el invierno, como estación polar, con su cuarto, su «eira», su hórreo y el carro debajo del «grade», cada palloza sirve todas las necesidades familiares. Por Fonsagrada, Cervantes, Ancares y Caurel, corren hasta las Portillas de Orense. Por aquí, en todo El Cebrero, Cereijido, Deva y Pador­nelo, llegan a ser el tipo único de habitación. Y lo que yo sostengo es que cada uno de los elementos es perfectible. ¿Una palloza sin estiércol, sin cerdos ni vacas, sin oscuridad y sin humo? ¡Pero entonces no seria ya una palloza! Limpia, bien distribuida y estirada. Con ventilación, con calefacción de otra especie que la animal, con salida de humos y luz eléctrica. ¿Por qué no? Un paso más, y pedimos en ellas periódicos, revistas y estantes de libros. Sí. Nada de eso es imposible. Las gentes prácticas dirán que más fácilmente da el salto una de estas familias a la casa moderna de tipo local, y que el ejemplo está en la carretera. Tal será el desenlace de la vieja historia de las viviendas célticas. Pero yo prefiero suponer capaz de originalidad al pueblo que durante tantos siglos se ha mantenido fiel a una tradición; y cuando él no lo fuera, cuando le faltase hasta el deseo de mejorar su vida, creo que otras personas de más luces deberían ir a ayudarle.

Es inmensa y parece infinita la sucesión de montes bárbaros que contemplamos desde las alturas del puerto. Las aldeas se esconden en repliegues abri­gados. Iríamos en invierno con los cazadores. Sopor­taríamos inclemencias que sólo ellos son capaces de desafiar; pero veríamos la verdadera vida de la montaña. ¡Cuándo podré hacerlo! No iría a visitar escuelas, porque ya sé que de esta parte hacia As­turias, en lo más alto del macizo montañoso, no las hay. Estos antiguos señoríos tenían pocos hombres y mucha caza. Cervantes era del conde del Grajal. Navia de Suarna, que llega hasta cerca de Mirava­lles, cumbre asturiana, era del conde de Altamira. El Cebrero, del Monasterio de San Benito el Real, de Valladolid. Los señores nombraban jueces, cazaban, cobraban los muchos pocos que hacían sus rentas. Cuando el Estado asumió todos los señoríos que­daron todavía más abandonadas y más lejanas estas madrigueras de lobos y osos. ¿Y es aquí donde yo quiero traer, con el pensamiento siquiera, la evo­lución de la palloza? Si me internara monte adentro unos cuantos kilómetros y unos cuantos meses, ¿po­dría seguir creyendo que es posible modificar la vida humana en los montes de El Cebrero y Anca­res? La primera prueba ya sabe el lector cuál es: la escuela. No es Galicia la única región del mundo que tiene montañas agrestes, aldeas esparcidas por los riscos; con fríos, nieves, ventisqueros y hasta con pobreza y bocio. Yo no quiero aducir estadísti­cas. Si el término de Becerreá formara parte de un cantón suizo, ¿cuántos años ha que estarían re­sueltos sus problemas? ¿No habría escuelitas al pie de Peñarrubia? ¿No estarían ya inundadas de pa­llozas infantiles hasta las tiendas de juguetes de Nueva York y Madrid?

 

(27 de octubre de 1929)

 

 

 

 

Luis Bello, en El Ferrol, rodeado de maestros ("El Pueblo Gallego",26-7-1929) Ramón Salgado Toimil, maestrovisitado en Foz por Bello. Fue un estimable ensayista

 

 

Izquierda: Maryelino Friol Novoa, maestro citado por Bello

Derecha: Antonio Couceiro Freijomil, inspector y bibliógrafo gallego a quien Bello dirige su trabajo sobre el problema del idioma gallego en la escuela

 

Foto siguiente: Son los componentes de la Comisión organizadora de la Semana Pedagógica Lucense (junio de 1933). De izquierda a derecha: don Andrés Gómez Legaspi (maestro que acompañó a Bello a Piedrafita), don Daniel Calvo Portero (inspector jefe en Lugo). Luis Soto Menor (inspector, acompañante también), don Francisco Medina (maestro), un alumno, doña Carmen Pardo (profesora de la Normal) y doña Esperanza Reboreco (maestra visitada en Lugo por Bello)



Rafael de Vega Barrera, médico-director del Hospital. Nació en Zazuar (Burgos), 1889.

Murió en Lugo, 21 octubre 1938 Dolores Viñas Viñas y las niñas de su escuela de Begonte, muy poco después del viaje gallego de L. Bello Pág. siguiente:

Los hijos de L. Bello en el entierro

 

 

 

 

 

 

Un «raid» a Villalba

 

 

La alegría de don Domingo y el estante de Lola Viñas

 

Este raro tono bélico y británico que toma ines­peradamente nuestra Visita de Escuelas con la pa­labra «raid», significa que no iba yo solo, que nues­tra incursión fue rápida, de ida y vuelta en pocas horas, y que más de una vez hubiera detenido con gusto mi pequeño ejército para llegar a los pueblos como un buen hombre sin Estado Mayor. En Lugo se alarmaron -hace ya tiempo que ocurrió esto, porque era en el primer viaje a Galicia-. Pero no ha llegado todavía para el Magisterio el gran movi­miento vindicativo que le haga echarse a las carre­teras. Aquel día se contentó con acompañarme. Iban y venían automóviles, es cierto, entre Lugo y Villalba, pero no con fines revolucionarios, sino sim­plemente para avisar a los maestros y tener a tiem­po la llave de las escuelas cerradas. Todo fue fácil. Los caminos estaban libres, expéditos y bien cuida­dos. Alguna vez asomaba la Guardia Civil. Paisaje de llanura, de altiplanicie, entre riberas; primero el Miño, luego el Praga y el Támboga; filas de árboles que llevan viaje largo, cortando, cuadriculándo los prados o trazando bruscas diagonales. Cada meseta de España, que ofrece tantos escalones, tiene su ca­rácter inconfundible. Cerraríamos los ojos, nos lle­varían de una región a otra. Hasta en la luz distin­guiríamos esta tierra alta de Lugo. Aunque a trechos sea también solitaria y fría, pobres y rasa, nunca llega a sobrecogernos como las parameras de Avila y de Segovia, como la meseta soriana al pie de Sie­rra Ministra. Desde luego, en todo este camino de Villalba está poblada y cultivada, tanto que alguna vez parece que vamos a entrar en la Turena. Y como viene pronto la montaña, no da lugar a que descu­bramos la estepa.

La visita a estos pueblos de vecindario disperso en pequeños núcleos agrega muy poco a lo que ya sabemos. Veo unas escuelitas. Adivino las que no me enseñan. Calculo que faltan muchas, aunque poco a poco vayan adelantando. Y casi siempre apunto la misma nota: sordidez.

Debería haberme acostumbrado, pero la sordidez de la escuela cada día me causa peor efecto, sobre todo cuando contrasta con la fecundidad y riqueza de la tierra. La sordidez de la escuela y la tristeza, el abatimiento del maestro son tan generales, que respiro al ver una clase habitable y un rostro alegre. En Otero de Rey sale a recibirnos un maestro de tipo antiguo, de grandes barbas, como Teófilo Gau­tier, chaleco abierto, reloj con leontina de oro -o por lo menos dorada-. Y una gran sonrisa. Consue­la ver de vez en cuando un maestro que sonríe. «Aquí estamos ni bien ni mal -me dice-. La escuela, ya ve usted: pasadera. Los muchachos vienen todos cuando llueve, y como aquí no falta agua, no faltan chicos. Tengo un poco de sol. El piso es de tablas. La casa que me dan, buena para los cerdos, pero un hombre solo como yo en cualquier parte se acomo­da». ¿Sólo? «¡Siempre solo! La familia es un lujo que no puede pagarse un maestro (y el maestro de

Otero de Rey ríe ruidosamente, como si estuviera haciéndole una jugarreta divertida al destino míse­ro de sus compañeros). -Es fuerte don Domingo -les digo cuando volvemos a la carretera. -¿Fuer­te? Es más que fuerte: es un sabio. Los alumnos de la Normal deberían venir una vez al año a la escue­la de Otero de Rey.

En Rábade, dos escuelas a orilla del camino: el maestro, abajo; la maestra, arriba, contenta, en su solana. Hubiéramos debido ir a Felpás y al solar de Mirapeixe; pero esto no entraba en el «raid». Y además, ¿cómo podríamos verlo todo? Carral: un vasco joven e inteligente en una especie de hórreo de madera, con las vigas al aire. Begonte: escuela de madera también. Pero detengámonos un momen­to. Aquí vi algo insólito. ¡Un estante de libros! Al­gunos clásicos. Literatura del XIX. La benemérita colección «Arte y Letras»: Mireya, Campoamor... Es una maestra joven. Se llama Dolores, Lola Vi­ñas. Su escuela es mala, pero está en la carretera, cerca de Lugo. Si se compara con otras de la mon­taña, esta maestra es feliz. Y si yo doy importan­cia al estante de Lola Viñas comprenderá el lector que, después de haber andado tanto tiempo visi­tando escuelas, es porque lo merece. El maestro español no tiene aficiones literarias. Si las tiene le faltan medios para cultivarlas. ¡Gran hazaña rea­lizarían los propagandistas del libro si conquistaran al maestro! Todo mi empeño es éste. Trabajar para que se considere intelectual, por que su labor, sus aficiones y su recreo sean de intelectual. Letras o ciencias, aunque descarte, si no le interesa, la lite­ratura imaginativa. Aunque retuerza el cuello a la lírica y se declare independiente de la poesía y de la novela, de los clásicos y de los- románticos. Ya el hecho de elegir, de optar, sería bastante. Fuera de los libros de clase, es decir, del armario de la escuela, debe empezar el mundo encantado que tonifique y vigorice las fuerzas espirituales del maestro. Co­nozco la objeción. La he oído muchas veces: «El li­bro es otro lujo que no puede pagarse un maestro». ¡Dolorosa, terrible objeción!

Pasemos de prisa por la escuela y sobre todo por la casa de López Piñoal, el maestro de Begonte. Un charco permanente a la entrada. Ventanucos lóbre­gos. Telarañas en las vigas. El «no más allá» de la sordidez aldeana. Cuando los muchachos se habi­túen a estar allí, ya pueden enviarlos con pasaje de emigrantes a la peor tenducha, al peor rancho de indios. En San Juan de Alba, cerca de Torre, vi algo curioso y nuevo: Una piscina convertida en escuela. La maestra quedaba a salvo en seco, pero la bandada infantil, a un metro bajo su nivel, vivía en el estuario. ¡Todo lo resiste la infancia! ¡Todo lo sufre! Pasemos de prisa. Empieza a subir el te­rreno, y desviándonos de la carretera iremos a Tar­daz, en las estribaciones de la sierra, donde para quitarnos el mal sabor de boca veremos ya no sólo un hermoso paisaje montañés, sino unas magnífi­cas escuelas construidas por «los americanos» como de las hadas benéficas, y hay razón para ello. Allí está un buen maestro: Evaristo de Cuena, que tiene libros también, porque no faltan excepciones. En «raid» tan ligero nos faltó tiempo para llegar a Gardado-Arbol, más dentro de Sierra Loba. Allí han hecho «los americanos» una gran escuela y esperan a que vaya maestro, en propiedad para construirle la casa a su gusto. Cambia el paisaje. Ya en Villal­ba, junto a la torre señorial, mejora todavía más. Aquí el maestro, que ha sido «autoridad», tiene bi­blioteca. Es animoso. Quiere completar la organi­zación de la enseñanza. En fin, se ve que no está lejos la costa y que por el camino de Orol llegan los aires de Vivero. Pero es tarde, y el «raid» aca­ba aquí.

 

(1 de noviembre de 1929)

 

Mondoñedo- Lorenzana

 

 

Otra ciudad histórica

 

Callejeábamos todo Mondoñedo, asestando a de­recha e izquierda esas miradas impertinentes del forastero que escalan paredes y atraviesan celosías, cuando vimos bajar hacia los Cantones, con paso suave al señor don Eduardo Lence-Santar y Guitián, cronista de la ciudad. Sólo con verlo andar sobre las losas mindonienses, que si se esparcieran por Gali­cia conocería una por una, cuando fuera preciso, sin necesidad de numerarlas, comprendimos que na­die como él podría guiarnos a través de un asado tan dramático y tan apasionante como el de Mon­doñedo.

Salgamos a su encuentro. Pero yo recordé lo que me pasó en Ubeda por dejarme cautivar del encanto de su historia y el entusiasmo de su cronista. Ma­nuel Muro, mi pobre amigo, ya no podrá acompa­ñarme en otro viaje: ya mora entre los claros va­rones de Ubeda, cuyas huellas persiguió en vida, pero él fue quien me desvió hacia el Renacimiento v me hizo desatender un poco el presente de su ciudad. Esto lo censuraron algunos. Hay quien cree que el pasado emite una especie de gases fumógenos alrededor de las ciudades históricas, como los barcos de guerra, para ocultar su verdadera reali­dad actual. Yo creo, al contrario, que su radiación despeja el aire y ayuda a ver claro. Sin embargo, había tal silencio en Mondoñedo, caía la tarde tan de prisa desde su cerco de montañas, que resolví ir primero a las escuelas y luego a la historia. Si para esto último faltaba tiempo, yo había hecho lo que no hará ningún artista, ningún arqueólogo, ningún historiador. Y me dispuse a subir y bajar todas las cuestas, todas las escaleras que se me presentaran.

Ya sabía que el trabajo no iba a ser muy duro. Mondoñedo, ciudad episcopal, campesina y eclesiás­tica, en el doble embudo de sus montañas y de su clerecía; vaciada de la vida oficial al perder la ca­pitalidad de provincia; mucho más sola y entregada a sí misma que Santiago, no había de tener muchas escuelas. Estas ciudades quietas, maravillosamente arcaicas, con una gran catedral, un seminario, un hospital, un asilo, varios conventos, iglesias y er­mitas, acostumbran a tener una escuela de niños y otra de niñas. La catedral de Mondoñedo -segura­mente no lo ignora el lector- es soberbia: puerta románica, rosetón ojival, torres barrocas. Se sos­tiene con tanto aplomo como los montes. Sobre la baranda corrida del frontis, una torre luce la es­fera del reloj, y por simetría han puesto en la to­rre gemela otra esfera ciega de madera pintada. Hay dentro muchas cosas que deberíamos ver con Lence­Santar, el cronista. En el seminario caben todos los chicos de Mondoñedo; en el hospital, todos los enfermos pobres, y supongo que en el asilo todos los viejos. Y en efecto, hasta 1928, Mondoñedo ha cumplido con una escuela de niños y otra de niñas. Ese año hizo un esfuerzo y quedaron «desdobladas» las dos, lo cual quiere decir que ahora hay cuatro. Cierto que la población ha disminuido desde 1833, pero contando con las Rilleras, arrabales y poblados próximos, bien podríamos sumar ochocientos y acaso mil alumnos. Hay, naturalmente, escuela de monjas, hermanas de la Caridad en el hospital. Y una de niños en la Sociedad de Obreros Católicos. Algún colegio particular. Ninguno de párvulos. El cuadro difiere poco del que estamos habituados a ver en ciudades históricas del mismo tipo. De las cuatro escuelas nacionales, una está en el barrio de San Lázaro, a un kilómetro de la catedral. Otra se aloja, con buena voluntad de la maestra en una especie de almacén a puerta de calle, bueno para abacería o ultramarinos. Las únicas decorosas son las de Alcántara, en un caserón que fue convento de monjas franciscas y luego cuartel de provinciales. Los niños han ido, como siempre, abajo, a las bo­degas, oscuras y húmedas, pero las niñas tienen la antigua enfermería. No se pueden quejar. El ac­ceso es bellísimo. Una de esas plazoletas antiguas con árboles robustos, de mucha sombra. Jardín lla­no. Gradas de piedra, festoneadas de musgo. Edifi­cio severo, ancho. Allí están doña Carmen y doña Ifigenia, y han ido a verlas otras maestras: la de Villamor y la de Quende. Todas son optimistas. El país tiene atractivo y vale más que su organización escolar. Las veteranas se han resignado ya. Las jó­venes confían en el porvenir; tanto, que los montes cerrados, el aislamiento y la vida de aldea no les acobardan. Hay escuelitas mixtas, unas para maes­tros y otras para maestras, en catorce o quince pue­blos que congregan muchas feligresías y pertenecen al concejo de Mondoñedo.

Si la ciudad eclesiástica se extingue, en cambio, lo que Mondoñedo conserva de aldea forestal y la­briega es cada día más fuerte. Las calles céntricas tienen demasiado recogimiento. Adivinamos ojos cautelosos tras de visillos y persianas. Pasa el re­vuelo de un manteo. Y como muchas losas son de mármol, nos parece que estamos pisando en sagrado, sobre lápidas sepulcrales. Luego empezamos a ver casas cerradas y otras derruidas. Sólo al llegar al campo recobra su fuero viejo Mondoñedo. Pre­cisamente fue Lence-Santar quien descubrió que el regidor de Mondoñedo Luis de Luaces plantó la ala­meda de los Remedios en el camino de Abadín, y al acabar «convocó a los comarcanos y a todos los niños y les dio un gran banquete para que quedase memoria». Esta primera fiesta del árbol, en el si­glo XVI, así como las ordenanzas del Concejo, des­de el 1500, en defensa de robledales y castañares, revelan lo que el monte y el campo han significado siempre para la ciudad. Pero esto es historia y la historia tiene motivos para ofenderse con nosotros. Tengo la anterior noticia de un trabajo que publicó el cronista en el «Libro de Oro», de P. P. K. O. ¡Cuántas me perdí, más curiosas aún! Me interesaba el mariscal Pardo de Cela, «el comendero». Hubiera querido saber si fray Antonio de Guevara anduvo mucho tiempo por las feligresías antes de escribir el «Menosprecio de corte y alabanza de aldea». Y problemas históricos contemporáneos: Por qué no logró hacer aquel barbero de Mondoñedo, que estuvo en Norteamérica un grupo escolar. Por qué duermen en no sé qué Banco 12.000 pesetas reunidas por suscripción en 1924 para construir una escuela gra­duada. Y si es cierto que la bandera de la escuela nonata está enterrada en el solar.

Un vuelo a Lorenzana, sobre este hermoso país, que merece capítulo aparte. El monasterio del con­de Santo. Junto a la iglesia, suntuosa, la Casa Con­sistorial de Villanueva de Lorenzana: el viejo mo­nasterio de benedictinos. Yo guardaba nota de un discurso de don Eduardo Vincenti en el Congreso. Allí había estado cerrada la escuela tres años por falta de local. Se habilitó el convento. Las obras fueron de cualquier modo y el día de la inaugura­ción el piso se hundió. La maestra resultó herida en las piernas. (Sesión del 12 de mayo, 1922). Pre­gunté: -¡Exageraciones! ¡Cosa de la política! ¡Ar­gucias electorales! Aquello quedó en nada. Unos arañazos. -Lo cierto es que hoy las celdas -las dos clases- parecen firmes. Entra en ellas un her­videro de chicos porque no tienen otras. Pueblo floreciente, trabajador, Concejo muy rico, con in­numerables lugarejos, antiguos feudos eclesiásticos: Arrojo, Cazolga, Condomiñas, Tilleira... Hay escue­la en San Adriano, San Jorge, Santo Tomé. No sé que hayan llegado por aquí «los americanos». Del partido de Mondoñedo han hecho dos escuelas: en Regüengo y en Curros. Antes de abandonar el mo­nasterio volvimos a la escalera de la biblioteca y al enterramiento del conde Osorio. Dicen en Lorenza­na que de noche, apagado o amortiguadas las lu­ces, se ve fosforecer la piedra del sepulcro.

 

(2 de noviembre de 1929)


Por el valle de oro

 

Intermedio

 

Volvimos de Lorenzana a Mondoñedo para se­guir por Alfoz y valle del oro, paisaje de paraíso terrenal con fondo de abruptas y descomunales montañas. Digo fondo por separar los términos, pero en realidad las montañas avanzan, se instalan en el primer plano; a veces ellas son el paraíso, y entonces el valle se complace en servirles de fon­do. Estos son lugares por donde pasa comovido el viajero, y si es gallego dice profundamente: «¡Só­lo hay una Galicia!»; si anduvo muchas tierras: «¡Qué hermoso es el mundo!». Y si mira más alto: «¡Grande es el poder de Dios!». Celtas, romanos, go­dos o musulmanes quedan penetrados, al llegar aquí de igual veneración que los primeros cristianos, monjes o soldados, que eran, como estos boyeros de los caminos, labradores y montañeses. Sólo hay una Galicia, es cierto, pero aquí vemos en poco es­pacio su prodigiosa variedad. Estos montes en nada se parecen ya a la sierra de Lorenzana. Asoman las altas crestas graníticas, poderosas cumbres, por encima de la arboleda. Robledos, castañares y ca­seríos, con sus maizales y sus hórreos, van, como el ganado, caminando a lo largo del valle, río abajo.

Se arrebañan en algunos poblados o en torno de una torre, pero más gustan de ir sueltos, distancia­dos, como de vuelta de la feria. País brillante, de colores infantiles, innumerables verdes, puntillistas si sale el sol, y bajo la lluvia y la niebla, de una finura inverosímil. País privilegiado donde podrían vivir juntos el naranjo y el cedro, porque toda esa égloga de río del Oro va encauzada entre montes ásperos.

Difieren, sin embargo, de los del Cebrero en que aquí aparece la roca, y nunca tienen aquellas cam­pas desoladas. Veo caseríos, pero no «brañas». Pueden estar escondidas en lo más abrupto. Dentro de la vieja provincia de Mondoñedo hay todavía otro tipo de montes, que no son ni como los altos de Piedrafita y Lancares ni como las márgenes de río del Oro. Los hubiéramos visto yendo a Pastoriza -a Bretoña, o Britonia, fuente del Miño y del obis­pado, porque allí estuvo la sede antes que en Mon­doñedo-. Y mejor aún si hubiéramos ido a vi­sitar a Noriega Varela a su escuelita de Labrada, llegando a Santa María Madalena, de la «graña» de Villarente.

A esas brañas del maestro poeta debimos ir des­de Abadín, a mitad de camino entre Villalba y Mon­doñedo. Sin duda son más habitables y de mejor vivir que las del Cebrero, o el maestro poeta las ilumina con su propio espíritu y las ve santificadas. Yo encontré allá arriba el yermo sin eremita, y aun­que la naturaleza más hostil siempre sea bella en las cumbres, me hubiera parecido muy duro que­darme para siempre en aquella magnífica soledad. A cada cual su sacrificio, y el mío no es ése. Pero es muy compleja, es muy sutil en Antón Noriega la vocación de solitario enamorado del yermo, que no quiso enseñarle retoños de roble, ruinas de mo­nasterios, ni siquiera una florecilla de cardo bravío, sino sólo un peñasco. Un coloso... «El trono de la Paz y el monumento que, unánime, le alzaran los siglos al Silencio». En poeta tan fino de quinta esen­cia, de calado hondo bajo la aparente sencillez, algo hay oculto bajo la exaltación del Yermo, el fragoso monte, el botón de oro de la retama, la folerpiña, copo de nieve; el musgo -que tiene «la índole de su estro»- y, en suma, la humildad y la pobreza. Algo brilla bajo la estameña franciscana, y es el acero de una mansa y terrible ironía. No. No hay que tomar al pie de la letra a este galleguito como una froliña de toxo. El vive como la gente de la montaña, que sólo espera la salud de los santos del cielo. La salud y la salvación. Sin embargo, llama a la heroica mocedad para una guerra que viene a ser la misma cosa de que yo hablaba desde lo alto del Cebrero. Algunas anécdotas corren en Galicia de este poeta popular, que a fuerza de estudio es, en efecto, poeta del pueblo, en las que aparece usando de la humil­dad como de un sarcasmo. Quizá no lo declare nun­ca, ni mucho menos al que vaya a buscarlo a Santa María Madanela, donde recoge en el habla de los brañegos un tesoro de ejemplos para reavivar el descolorido gallego de las ciudades; pero yo creo ver la más aguda rebeldía en esa mansa conformi­dad del cantor del Yermo. ¿Por qué no hemos de ayudar un poco a los santiños d'oceyo?

Distinta cara tienen los caminos por donde mar­chamos ahora a lo largo de valle del Oro. Si hay brañegos, estarán en las bárdenas altas. La tierra es buena, pero sobra gente para enviar a América, y ya tienen una escuela «de americanos» en Villa­campa. Deteniéndonos en cualquiera de estas parro­quias veríamos más ímpetu, más deseo de acción. El mar está cerca.

 

(9 de noviembre de 1929)

 

 

Vivero: la villa

 

 

O sea: Vivero sin «americanos»

 

Gran impaciencia sentía por llegar a Vivero. Era un placer que yo me reservaba; la etapa más feliz del viaje: la recompensa. Aquel valle gentil sobre la ría de Landrove, saliendo de los tenaces montes del Buyo, cabeza dura, de granito, me pareció una metáfora sin palabras, digna de un paisaje inteli­gente. «Ya verá usted, si llega a Vivero -me ha­bían dicho todos-, la obra de nuestros «america­nos.» «¿Pedía usted iniciativa individual, concurso voluntario y generoso del pueblo? ¡Pues ahí lo tiene usted La Sociedad Vivero y su Comarca honra a Galicia.» Todo ello es verdad. Para estimarla en su valor entré en Vivero y empecé por ver la villa tal como es, marinera más que labradora, con sus ca­lles enlosadas, sus plazoletas de piedra, su puerta gótica en lo que fue muralla, sus iglesias... Y por otra parte, lo que Mondoñedo no tiene: el brazo de mar, el tráfico, el olor a pesca, a red y a fondo de ría, y ese atractivo que los puertecitos pintorescos que atraen colonia veraniega. Por el cerco de mon­tes y por las riberas de Landrove, innumerables aldeas y caseríos. Pero eso es ya «comarca». Por aho­ra, limitémonos a la villa.

Y en la villa, busquemos, naturalmente, las es­cuelas. Están instaladas, desde hace casi un siglo, en lo que fue convento de franciscanos. Tienen al lado una iglesia venerable, con portada románica, medio enterrada al nivel de las losas del atrio. Ese remanso de la calle es bellísimo, y si únicamente sirviera a la iglesia y a la escuela, todo iría bien. Quizá algo ruidoso para su antigüedad, quizá un poco irreverente; pero esta piedra de las iglesias en­negrecidas por tantas lluvias se lleva bien con los niños y con los brotes nuevos de los árboles. Digo que si sólo fuera para los fieles y para los mucha­chos, todo iría bien, porque en la puertecita de ac­ceso no dice «Escuela pública», sino «Cárcel pre­ventiva». Sólo con leerlo vi la escuela por dentro, y el Ayuntamiento por dentro, y... ¿De manera que cuando los chicos de Vivero van a la escuela em­piezan por entrar en la cárcel? ¿De manera que ésta es la villa de Vivero? Podría haberme dispen­sado de seguir adelante, pero, acordándome de los «americanos» y de su certera labor, pisé el umbral de la cárcel como un alumno más de la gran escuela de la vida. ¿Por qué sorprenderse de estas cosas? El convento de San Francisco es el cajón de sastre que suele haber en villas y ciudades de tierra aden­tro. Allí están la cárcel y el depósito de cadáveres, el Juzgado municipal y el Archivo de Notarías. ¿Qué inconveniencia vemos en seguir teniendo las escue­las públicas, que no han salido de allí desde la Des­amortización? Además, una visita rápida hecha en ciertos días de calma, nos haría admirar la belleza selvática del claustro convertido en jardín. La ma­leza y flor. ¡Muchos «jardines de España» le faltan a Santiago Rusiñol! Yo le llevaré a Sobrado y a Ose­ra -que irán apareciendo en estos artículos-. Y, si lo puede resistir, yo le aconsejaré que pinte la furia de este jardincillo franciscano. Pero, yendo despacio, veríamos muchos detalles que servirían para hacer­nos verdaderamente cargo de lo que son unas es­cuelas.

Este mismo convento, tratado con amor, con este jardín, estos claustros y estas viejas paredes, ser­viría, ¿por qué no?, para una verdadera escuela. Tiene, sin embargo, enquistada la cárcel, o, mejor dicho, es la escuela el cuerpo extraño que estorba el organismo carcelero. Se estorban mutuamente. Si asoma algún maestro, dirá: « ¡Es cruel mantenernos aquí tantos años, a nosotros y a los niños! » Pero si es un preso el que sale a la calle o al hospital -¡ya que no directamente al depósito!-, como pue­da hablar, dirá: «¡Es cruel tener aquí hombres y que esto sea una cárcel!» Porque el enemigo común castiga todavía más a los presos. Las escuelas están sobre siete retretes sin desagüe y un pozo negro, que vacían, pero limitándose a descargarlo en el maravilloso jardín. El suelo sube; las plantas, mu­cho más. Hay aquí también flores todo el año, y viéndole al pasar desde las galerías en cualquier fiesta, cuando enguirnaldan las paredes y alfom­bran el piso de hierbas campestres para recibir al­guna honrosa visita, da indudablemente la sensa­ción más satisfactoria. Pero los presos están más cerca. Entran hombres y salen espectros. En la villa oí que hubo no hace mucho tiempo un juez que no prendía a nadie, por conciencia. En tal ­ambiente se educan los muchachos. Van y vienen al mismo tiempo que los detenidos por la Guardia Civil. Oyen lamentos y blasfemias. Esa placita de le iglesia ve desfilar la clientela más heterogénea: junto a los niños y los maestros, los curas y sus fe­ligreses, están carceleros y alguaciles, presos, bo­rrachos, pleiteantes...

¿Por qué hablar de esto, si Vivero tiene tantos motivos de elogio? A quien lo pregunte, responderé: Porque es necesario. Así son los pueblos entre­gados a sí mismos, y la mano que los levanta viene de fuera. No es el dinero de Cuba, no. Es que Amé­rica les abre los ojos. Desde allá ven mejor su tie­rra y trabajan con entusiasmo por librarla de todo mal. Ayudan primero a las aldeítas -y pronto ve­remos en qué forma-. Pero la villa tiene sus gen­tes, obligadas a velar por ella; sus recursos propios, sus valedores. Esperarlo todo de los emigrantes me parece poco decoroso, y la única manera de co­rresponder a la efusiva donación de los hijos que salieron a trabajar lejos de su patria es decirles: «Ayudáis a los pequeños. Lo acepto en su nombre y lo agradezco. Pero aquí, en casa, basto yo.»

Allí me hablaron de un proyecto, de un solar, pro­piedad de no sé quien, que no quiso venderlo para construir escuelas. La misión que yo traigo no me obliga, por fortuna, a resolver minucias locales, aunque a veces vayan enredadas pintorescas his­torias. Allí o en otra parte, mejor sólos que con el Estado -el San Cristobalón de nuestro tiempo, el «tío que pasa el río»-, es decir, con ayuda o sin ella, haga Vivero sus escuelas y póngase a la altura del corazón de sus hijos «americanos».

 

(13 de noviembre de 1929)

 

Vivero: la villa

 

 

Entre pasado y porvenir

 

Tiene mucha fuerza la vida del mar en estos pue­blos pesqueros, de Vivero a Ayamonte, de Levante a Poniente. Imprime carácter, y la visita que hemos hecho al ex convento de franciscanos confirma la regla. Crecen a compás de su industria, reúnen con­siderable masa de trabajadores y sólo les importa el mar. Pero Ayamonte e Isla Cristina están rodea­dos de arenales, baldíos y cotos de propiedad seño­rial, mientras aquí, por fortuna, hay el contrapeso de la vida aldeana. Sin las parroquias de tierra adentro, labradoras y panaderas, y los pueblecitos de la costa, no habría sociedad de Vivero y su co­marca. Lo salva el mar, sí, pero es por la comunica­ción del terruño con América, que le da horizonte y sentido social. Esta explicación no parece necesa­ria habiendo encontrado antes de ahora otras ciu­dades y villas de distinto tipo y en situación muy semejante; ejemplo, Mondoñedo, pero alguna razón habrá para que Vivero, con población numerosí­sima, tenga dos escuelas de niños y una de niñas. Es decir, dos maestros y una maestra con auxiliar. Añadiré que esas escuelas franciscanas estaban oficialmente clausuradas, pero ante la protesta del pueblo, la presión de las autoridades y el natural deseo de que los niños no quedaran sin enseñanza, los maestros las volvieron a abrir. Allí siguen, pues, heroicamente, don José María Pereda y don Antonio Alonso Mateo. He visto en un número de la revista «Vivero en Cuba», que la citada Sociedad edita en La Habana ya hace años, una carta de Pereda, en que describe su escuela tal como yo la he visto; pide el apoyo social y confía en que se llegarán a construir unos grupos escolares. Esa carta es del año 1926.

Hay además un colegio católico -de la Navidad ­y uno de Cristo Rey, sin contar con los párvulos de las Hermanas de la Caridad, pero los primeros se dedican más bien a segunda enseñanza, con profe­sores no titulados. Como Vivero es por tradición pueblo culto, que ha dado a España hijos ilustres, hay que suponer que sigue el régimen antiguo de educación particular por preceptores, y esas escue­las son sólo para el pueblo. Escuelas para pobres. Van, en efecto, hijos de pescadores y de obreros. Ya digo que el mar -el trabajo del mar- imprime carácter, y me ha parecido ver aquí, lo mismo que en Ayamonte, «gente de galeón», sin otra diferen­cia que el acento y, para ser exacto, una comple­xión física más robusta.

Algunos niños van descalzos. «Es el mar. Ya sabe usted las costumbres.» A éstos que van descalzos ocurre que la camisilla suele caérseles a pedazos, y si vivían lejos y no había tiempo de ir a casa, tenían antes «por costumbre» quedarse sin comer, por lo cual se organizó una cantina, modesta, pero benemérita, que sostiene el pueblo, principalmente «los americanos», formando los maestros listas que encabezan con los huérfanos e hijos de familias numerosas. La vida es dura. La alimentación, como en todos los pueblos pesqueros, desigual. El café, por ejemplo, pueden tomarlo los chicos con leche en las buenas temporadas de mucha pesca, pero hay rachas malas, a veces muy largas, y entonces dicen -no lo creo: serán invenciones de los mu­chachos- que si no hay azúcar, le echan al café sal. Para comer, el caldo. La «pota», si es preciso, dura dos días, con lo cual la madre hace el avío en un momento. Desde los diez años, y aún desde los nueve, se los llevan a la pesca. Las niñas, a las fá­bricas de salazón. Algunos jornaleros trabajan de­masiado pronto en las obras de la vía férrea, que son duras y tan expuestas como el trabajo del mar. Hay un porcentaje serio de tuberculosis entre esos pobres marineros de vida azarosa, que tienen un reconfortante peligroso: la caña, y creen que es buena hasta para los niños pequeños.

Guardo entre mis notas, con verdadero cariño, unas papeletas de la Biblioteca Popular Circulante del partido de Vivero, patrocinada por la Asociación del Magisterio. Tengo también noticia de la aper­tura, y como sé que la creación de bibliotecas po­pulares es de mucha eficacia, hablaré de ello al tratar de la obra de los maestros y del esfuerzo de las Sociedades. Todo ello pertenece a la iniciativa privada, y aquí me refiero sólo al cumplimiento de las obligaciones de enseñanza por parte de los or­ganismos oficiales. De Vivero han salido «sabios y artistas, héroes y santos». Aquí fundó el Insigne Colegio de Vivero una dama: doña María Sarmien­to de Rivadeneyra. Y otra, una cátedra de Filosofía. Nació aquí don Nicomedes Pastor Díaz, cuyo nom­bre brilla más a medida que su tiempo se aleja. Junto a los de aquellas damas fundadoras, yo tengo que poner un nombre familiar: el de una anciana hoy, Camelia Cociña de Llanso, por quien supe yo desde niño la aptitud y el amor a la poesía de la mujer gallega. Reproduzco la exclamación del cro­nista de Vivero, don Jesús Noya, después del elogio de su villa: «Ojalá que los hijos de este pueblo vuelvan el recuerdo y la mirada a aquel Vivero pa­sado, al que los monarcas todos otorgaban codicia­dos privilegios y exenciones, que producía sabios y artistas, héroes y santos, y con su esfuerzo y en­tusiasmo propónganse continuar su historia bri­llante, haciendo que sus viejas glorias renazcan ful­gurantes y magníficas. Los privilegios y las exen­ciones no me parecen el mejor medio, pero, además de la tradición y de los americanos, algo tiene que hacer Vivero para cumplir ese programa.

 

(19 de noviembre de 1929)

 

Vivero y comarca

 

 

O Vivero con los americanos

 

El azar dio a Vivero nombre simbólico, que ex­presa lo que desde hace muchos años viene siendo para diversas tierras americanas. Hay otros muchos Viveros españoles, y aun podría decirse que toda Es­paña fue vivero. Pero ninguno ha sabido serlo a con­ciencia como éste. De aquí salen hombres que no olvidan la tierra. Otras regiones dan emigrantes que no quieren recordarla. No quieren porque sien­ten dolor o ira. Se desgarraron para salir, o fueron «descastados», palabra castellana que dice mucho y que no siempre merece quien se expatria. Los de Vivero, en cambio, al llegar a Cuba -o al Plata. Hay otra Sociedad de Hijos de Vivero en el Plata- ­se instalan pensando en no cortar nunca la amarra. Al contrario. Si el emigrante forzado acaba por no tener ninguna patria, ellos tienen dos. Anclan en am­bos puertos espiritualmente, y a medida que las co­municaciones vayan siendo más fáciles, llegarán a fundir en una sola su doble existencia bipartita, creando una nueva especie de ciudadanos trasatlán­ticos. En realidad, ya empezaron a serlo desde el día en que se reunieron para servir fines sociales de su país de origen. Yo me complazco en elogiar esta obra sencilla, modesta y perseverante de los hijos de Vivero, que acordándose de su niñez, y sabiendo acaso por experiencia -como «Peret» Vila, el millonario dé Olujas- que a veces llega la for­tuna cuando ya es tarde para comenzar la instruc­ción, unen sus fuerzas, y entre todos van constru­yendo, año tras año, las escuelitas de su comarca. Para llegar a esa idea es necesario que un ciudada­no de Vivero emigre. Si yo les digo aquí: -¿Por qué no fundan con iguales fines la Sociedad Hijos de Vivero en Vivero?, seguramente se ríen y me con­testan que eso es obligación del Ayuntamiento.

Sin embargo, no son ricos la mayoría de los so­cios de Vivero y su comarca en Cuba. Habrá indus­triales y comerciantes establecidos, pero entre seis­cientos o setecientos, muchos han de ser depen­dientes, y algunos habrá que empiezan a luchar. Es muy interesante ver como han ido realizando su obra, que alcanza ya a veinticinco escuelas construi­das con vivienda para los maestros casi todas, y a otras tantas dotadas o reparadas. No se ha hecho por grandes donativos, sino con los fondos sociales, poco a poco, en cerca de veinte años, esfuerzo que bien podría realizarse aquí si hubiera voluntad. Se fundó Vivero y su Comarca en 1910. En un ban­quete a don Rafael Altamira propuso la idea un con­terráneo, el señor Alvarado; la recogió don Justo Taladrid, hoy delegado de la Institución en España, y empezó a trabajar muy pronto, con arreglo a este artículo fundacional: «Su finalidad primordial es propulsar la instrucción primaria y superior en toda la comarca de Vivero. A este objeto pedirá al Es­tado Español la creación de escuelas en los lugares que haga falta, y una vez terminados los edificios que tienen en fabricación, solicitará del mismo la construcción de otros nuevos, previo ofrecimiento del solar saneado, equipo completo, mobiliario y casa vivienda para el maestro, requisitos estos in­dispensables para disfrutar de los beneficios de la ley. Fomentar y estrechar la amistad entre todos los vivarienses y prestarles auxilios morales y mate­riales a los que de ellos hayan menester, dentro, como es consiguiente, de lo que permita el fondo de Beneficencia que al efecto se instituye.» La cuota mensual es de 50 centavos. Con ellos, y con algún otro ingreso por donativos y festivales, ha llegado a invertir en construcción, menaje y reparación de escuelas unas 550.000 pesetas. Mucho dice acerca de la construcción de escuelas el hecho de que con esa cantidad, bien administrada, se ha realizado tanta obra. Con la diferencia natural y el mayor cos­te de los edificios últimamente construidos -sobre todo hacia 1921-, el precio por escuela es módico. Doy al pie de estas líneas la nota. Lo que no puedo dar como yo quisiera es la semblanza de los hom­bres que en veinte años no han olvidado sus aldeas, y gracias a ese poderoso recuerdo han tenido en su nueva patria un ideal noble.

Son hoy unos seiscientos o setecientos, como he dicho, emigrados de las numerosas parroquias que comprende el término -más de cincuenta- en los Concejos de Cervo, Jove, Muras, Orol, Riobarba y Vivero. Imagínese lo que esto significa para la po­blación gallega en Cuba. Orol es el que manda más, incluyendo Vivero, sobre todo las parroquias de Gerdiz y Merille y la misma de Orol. Pero la parro­quia de Muras tiene cerca de cincuenta socios en esa agrupación, y están Miñotos, Cabanas, Galdo, Bra­vos, San Pedro, Magazos, Boimonte... Sin duda, el Concejo de Cervo es el más desasistido, o el que envía a Cuba menor contingente. Seiscientos o se­tecientos cabezas de familia, en presente o en futuro. Un pueblo entero, bien dotado hoy de sentido social, capaz de unirse cuando está lejos, aunque ya no oiga las campanas de sus parroquias. Su de­voción a la tierra que dejaron es admirable, así como la manera práctica de demostrarla. Yo la veo, no como un giro más del emigrante a su familia, sino como un estímulo, como una indicación, como una gran lección, que, a la larga, acabará por ser ver­gonzosa para los que quedan, si se obstinan en no aprenderla.

 

(27 de noviembre de 1929)

 

Vivero con los americanos

 

 

Elogios y reservas

 

Antes de entrar en cualquiera de esas escuelitas de americanos, conviene saber que dentro de la misma provincia de Lugo no es sólo Vivero la que funda Sociedades comarcales. Recogí en la capital estos datos: Los emigrados construyen con sus fon­dos el edificio de la escuela, a veces tan lujoso que parece desproporcionado para la aldea a quien no lo compare con la iglesia. Alguna vez lo ceden en arriendo por modestísima cantidad que destinan a conservarlo y repararlo. En otras -las menos ­se reservan el derecho de nombrar maestro, cos­teándolo con dos mil pesetas al año. Así ocurre en el partido de Villalba con las escuelas construidas por las Sociedades Hijos de Santaballa e Hijos de Lanzós, en Cuba. De ese partido son las agrupacio­nes: Hijos de Goiriz, Hijos de San Simón de la Cues­ta y Samarugo, Sociedad de Instrucción de San Lo­renzo de Arbol y su Comarca, Hijos de Tardaz y Distriz. De otros partidos lucenses: Hijos del Ayun­tamiento de Trabada, Hijos de Sarria, Hijos de Mar­ce, en Cuba; Sociedad de Chantada, Taboada y Puer­tomarín. De estas últimas muchas han realizado ya su propósito; otras, todavía no; y a las de Vivero que conocemos, en Cuba y en el Plata, hay que agre­gar: Hijos de Benquerencia, Hijos de San Miguel de Reinante (Barreiros), hijos de Roupar (Germade). Y aún quedarán algunas de que no tengo nota.

El esfuerzo, como se ve, es ordenado y concén­trico. Todo afluye, desde los más lejanos parajes dispersos, a esta tierra nativa, que sólo cubre unos cuantos kilómetros cuadrados. Aportación volunta­ria. Contribución no sólo espontánea, sino entusias­ta. Los hijos de Galicia, como los de Asturias y San­tander, como los de Soria, acuden a levantar una carga que no les corresponde; pero ayudan en forma conmovedora, y más de una vez necesitan tacto y delicadeza para hacerse perdonar de los pueblos el favor que les rinden. Es de justicia consignar que en las aldeas de Soria, provincia pobre, sin emigra­ción brillante, los vecinos que se quedan contribu­yen también, y hay muchas escuelas alzadas por ellos sin ayuda de nadie.

No creo preciso nuevo encarecimiento del bien que hacen los «americanos» gallegos. Los hechos dicen bastante. Por mi parte debo formular algu­nas observaciones útiles; y la primera es que los pue­blos, los Ayuntamientos, como organizaciones socia­les, hacen mal en mostrarse orgullosos de la gene­rosidad de sus conterráneos. Construye la escuela el emigrante. Da el maestro y lo paga el Estado. ¿Qué ponen ellos? La repetición cada vez más orde­nada y más práctica de este aporte trasatlántico llega a convertir el generoso latido cordial en un ingre­so con el que se cuenta para cumplir deberes mu­nicipales. Sirva de ejemplo la colaboración social de Vivero y su Comarca. ¿Qué son para un Estado, y hasta para un Municipio próspero que se admi­nistre bien, las seiscientas mil pesetas que en veinte años ha invertido esa benemérita Sociedad en cons­trucciones escolares? Además, el solo hecho del es­fuerzo, la ayuda a instituciones obligadas -que no cumplen su obligación-, lleva inevitablemente a traspasar los límites de la merced, tendiendo a con­vertirla en tutela. Difícilmente evitaremos la tenta­ción de conservar o de querer conservar cierto de­recho a intervenir en la marcha de lo que no existiría sin nosotros.

Así he visto en algunos casos, que por natural in­terés y con la sana intención de seguir cooperando a una buena obra social, los fundadores entran en lo que ya es privativo de la enseñanza, y sobre todo, en el trabajo del maestro. Hace tiempo recibí, pre­cisamente de Vivero, una relación de reformas pro­puestas a la Asamblea Nacional por la Sociedad de Instrucción Vivero y su Comarca, y en nombre suyo, por el delegado en España, señor Taladrid, que en­tonces llevaba representándola diecisiete años. El espíritu de esa relación está creado en el choque de una contienda que yo no creo inevitable; pero que se da siempre que la acción particular llega hasta la escuela. Deseo recoger aquí algunas de las reformas propuestas, porque, aparte de mi opinión sobre ju­risdicciones, hay en ellas la experiencia de muchos años y envuelven otros tantos temas con un punto de vista casi siempre contrario al del maestro.

Vota, en primer término, la Delegación de Vive­ro contra las clases nocturnas, de adultos, «en to­das las escuelas rurales que lleven más de ocho años de creadas». Maestros hay que piensan lo mismo por razones contrarias a las del señor Taladrid. Cree éste que los niños grandes pierden el tiempo, estro­pean el material y «de noche, por los caminos, no aprenden sino desvergüenzas»; que el Estado tira el dinero; y, en fin, que esto «sólo es un momio que cobran los maestros sin ninguna utilidad para la en­señanza». Los maestros aceptan por espíritu de sa­crificio esa sobrecarga de trabajo, después de su agotadora tarea. La compensación es mezquina. Por eso digo que muchos votarían también contra las clases de adultos. Pero el asunto no ha de plantear­se así. Mientras haya en las aldeas mozos que no sepan leer o desen mejorar su instrucción, debere­mos conservarlas y perfeccionarlas.

El dinero que se ahorrará el Estado suprimiéndo­las podría dedicarse, según este informe, a reforzar e intensificar la Inspección. Un inspector para cada cien escuelas. Visitas repetidas, si hace falta. Nada de temor; nada de compañerismo. Mejor seria que no vinieran del Magisterio. (Pues ¿de dónde? ¿De la Guardia Civil?) «... Si cumpliesen con su deber, se­guramente muchos maestros no estarían desempe­ñando la escuela, por no tener condiciones para ello.» Y en cuanto al material, «el Estado no debe en ningún caso dar dinero, pues muy pocas veces se emplea». Todavía más a fondo entran otras refor­mas solicitadas por la Delegación de Vivero. Que haya una escuela de prácticas para maestros y maes­tras. Que todas las escuelas mixtas sean servidas por maestras. (Aquí van juntos varios problemas técnicos, morales y hasta políticos.) Que fije las ho­ras escolares el ministerio de Instrucción. Este otro tema y el de «la sesión única» tienen mucho interés y hemos de hablar de ellos oportunamente.

Por último -prescindo de otras bases-, «con­veniencia y necesidad de que los presidentes de los Comités de los distritos escolares que representen Sociedades de Instrucción establecidas en América sean nombrados auxiliares gratuitos del inspector de la localidad, al solo efecto de informarle de las deficiencias que observen en el funcionamiento de la escuela». «La adopción de esta medida -agre­ga- sería de una trascendencia grande para estas Sociedades que con tanta abnegación laboran por el progreso moral y material de España, evitándoles frecuentes rozamientos que se ven obligados a tener con el maestro en el desenvolvimiento de sus fun­ciones altruistas.» Lo copiado basta para conven­cernos de que ocurriría lo contrario, y los rozamien­tos serían mayores aún; pero hay otra frase más expresiva: «... que se nos considere y respete; por­que no hay nada más ridículo que una autoridad sin prestigio, y de autoridades hacemos nosotros cuando dirigimos y ejecutamos obras, desinteresa­damente, en pro de la enseñanza nacional.» ¡Cuán­tos comentarios podríamos y deberíamos consignar al pie de estas palabras! Diré casi la mitad, expo­niendo mi opinión, contraria a toda tutela que no sea la del Estado. Niego que nadie pueda tener tan­to interés por la escuela como el maestro; y a quien argumente que eso ocurrirá sólo tratándose del maestro bueno responderé que también el tutor vo­luntario y gratuito puede ser malo, con la diferencia de que sólo aquél eligió de por vida el ejercicio de su magisterio dentro de las cuatro paredes de una escuela; y en el caso de saber poco, siempre sabrá más quien las levantó, que podrá entender de cons­truirlas, pero no más que cualquier otro ciudadano de regentarlas y de vigilar la enseñanza.

 

(29 de noviembre de 1929)

 

 

Entre Vivero y Vieiro

 

 

Una escuela, un jardín, una biblioteca

 

Vieiro está al otro lado de la ría, pasando el Puen­te Mayor, en situación pintoresca, entre mar y mon­taña, pero más montañés que marinero. Desparra­mado el caserío, de traza aldeana; invadido por to­das partes de una vegetación desbordante, que a fuerza de obstinación y de poder penetrativo hace reír. ¿Por qué? Es la interpretación gallega del avan­ce de la selva. Es su «jungle». No avanzan tigres y elefantes, sino vacas y cerdos. Imposible urbanizar del todo estos lugares, donde la piedra es vegetal, florecen las tejas y crece el maíz en las alcobas. ¡Imposible... e innecesario! Yo he visto en Vieiro el jardín de la escuela de Carnicer. Está cuajado de flor. El ramaje de los plantíos nuevos nos cubre y los caminitos se ciegan de un mes a otro. Sería pre­ciso entrar a saco en esta risueña manigua para con­vertirla en campo escolar. Cuando llegamos vi un espectáculo inolvidable. Al pie de unos frondosos guindos el suelo estaba todo cubierto del fruto des­prendido, ya maduro. El sol, en Poniente, daba de través, y los rubíes brillaban como un tesoro aban­donado. Lucía, lozaneaba todo; no sólo las guindas entre la hierba húmeda, sino las innumerables flo­res, las hojas gordas, como cebadas; la ría, los mon­tes... Naturaleza joven. ¡Buena paridora! «¿Cómo dejan ustedes perderse la fruta?», pregunto. «Comi­mos toda la que pudimos. Regalamos a los amigos. Hicimos compota. Y hay de sobra. En todas las ca­sas, por este tiempo, tienen para dar y tirar.» «¿No la venden?» «Algo... Al día... Sólo un señor, que tiene fama de raro, empieza a tomarla en serio como una cosecha. La empaqueta y la exporta. Aquí se ríen de que eso pueda ser industria.»

En este país, donde todo parece recién nacido, en estado de inocencia, en dichosa puericia, hace muy poco tiempo no había escuela. Regaló el edificio una señora, doña Justa García; y algo vino también de América; porque, si no ella, su yerno, don Vicente Abadín, estuvo mucho tiempo allá, y al hacer for­tuna aprendió lo que la instrucción vale. Solicitada la creación de dos escuelas -una de niños y otra de niñas-, adaptadas las clases y dispuesta la casa­-habitación, completo el menaje, con auxilio de la Sociedad Vivero y su Comarca, todavía hubo que li­brar grandes combates. Pero ya está en marcha. Hay allí una voluntad perseverante, con las cualidades necesarias de energía y discreción: un maestro ara­gonés -de Orera (Calatayud)-, educado en Zara­goza y encariñado con esta tierra gallega, donde tanto puede hacer quien vaya con buen deseo a tra­bajar. Gracias a él, en Vieiro puede decirse que la enseñanza pública es una realidad. Y a esto aspira­mos; no a la perfección, sino a trabajar por acer­carnos, dentro de nuestros medios, al ideal reali­zable. Quien quiera ser útil tejerá su ideal de rea­lidades.

Este maestro de Vieiro ha logrado crear e insta­lar en Vivero la Biblioteca Popular Circulante a que me referí en anteriores artículos. La patrocina la Asociación del Magisterio del partido, que preside; y tengo el número del «Heraldo de Vivero», día 12 de octubre de este año, que da cuenta de la inaugu­ración. Ya asisten las autoridades: el alcalde, el juez municipal, el comandante de Marina, el coadjutor de Santiago, «distinguida concurrencia de bellísi­mas señoritas» y, desde luego, los maestros. De la conferencia inaugural se encargó don Felipe Car­nicer.

Una Biblioteca Popular, bien llevada, puede ha­cer mucho. Nacida al amparo de la escuela, empieza por darle al maestro los medios que le faltan para no estancar su cultura en la fecha de su salida de la Normal y para extenderla a mayores horizontes. Algunos maestros se han dolido de que les niegue, en masa, aficiones literarias. Me presentan las ex­cepciones. Hablan del sacrificio que para ellos sig­nifica el libro. Y aun el periódico no profesional. En el «raid» de Lugo a Villalba recogí la sensación de dos limitaciones a que el maestro está sometido por su necesidad: «La familia es un lujo que no puede pagarse un maestro. El libro es otro lujo que no puede pagarse un maestro.» Sin embargo, se casa siempre, o casi siempre. Arrolla la limitación. Sin embargo, lee; y hace de los libros familia alguna vez. Pero ese gran acumulador y multiplicador de energía que es el libro; esa poderosa floración que asalta nuestra vida para alegrarla, como el campo y el monte asaltan las casitas de Vieiro, difícilmente puede lograrlo en el aislamiento y en la pobreza. Yo veo para él un rayo de luz en las Asociaciones de Maestros de partido, fundadoras de bibliotecas circulantes. Ahí puede estar la masa de libros; la masa donde irá poco a poco perfilándose su propia silueta espiritual; la masa, el caos, inevitablemente informa, de donde saldrá la orientación para el com­plemento escogido, muy meditado, de su biblioteca personalísima. Contentarse con una biblioteca po­pular, organizada para el catecúmeno de la cultura, sería poca ambición. Darle el carácter que nuestra especialidad requiera sería falsearla. ¡Que el lector de la villa encuentre libros que le distraigan, le en­señen y enciendan su anhelo de saber! ¡Que los com­pañeros del distrito saquen partido del catálogo! Esta labor delicada de selección debe conservar siempre la base amplia, los vetos rigurosos -no tanto frente a la inmoralidad como frente a la im­becilidad- y una aspiración constante a ir aquila­tando dentro de uno mismo las virtudes del teso­rero discreto, del acopiador objetivo. Felipe Carni­cer, presidente; José Galera, secretario, firman un buen reglamento, que deberían conocer otras Aso­ciaciones, para su organización, desarrollo y, sobre todo, para encontrar ingresos. Un artículo recae, na­turalmente, sobre la Asociación del partido. Otro dice así: «Se solicitará de todos los Ayuntamientos de este distrito entreguen a la Junta de la Biblioteca la cantidad anual que en conmemoración de la Fies­ta del Libro vienen obligados a consignar en sus presupuestos. Luego se acude al pueblo. Garantías de recta administración. Publicidad. Orden. Honra­dez, entusiasmo y celo. Me acordaba de Gijón, de Avilés y de la Biblioteca Antequerana. Siempre que esto se ha hecho de buena fe, el resultado ha sido admirable.

 

(3 de diciembre de 1929)

 

Vivero: Campo y mariña

 

 

Por el Landrove, hasta Orol

 

Vamos, por la banda de Landrove, hasta Orol. Como no se trata del viaje ni de dar itinerarios con distancias, prescindiré del orden y del camino, bus­cando un principio de clasificación. Los pueblos y las escuelas nos ofrecen distintos tipos. Desde lue­go, todo está enmarcado en el mismo paisaje de ribera y de tierra blanda, pródiga de vegetación cul­tivada o viciosa. Todo el valle de Landrove es huer­ta, o puede serlo. Más allá de Orol empezarán los escalones de roca, hacia Peña Gistral, hacia las Bra­ñas, donde sé por Otero Pedrayo que andan sueltas las «greas», rebaños de caballos semisalvajes, como los que luego he visto pasado Vimianza, cara a Fi­nisterre. Allí la vida será dura; pero aquí desborda como la fruta del jardín de Vieiro. «Hay para dar y tirar», me dijeron en aquel pueblo. Pero ¿no vengo yo aquí a ver escuelas hechas por emigrados? -me pregunto-. ¿No es este país de emigración, por lo tanto? ¿Y no parece absurdo emigrar de tierra tan rica? Sin duda, Galicia tiene también su cosecha de hombres «para dar y tirar», y ahora veo cómo aquel tesoro desparramado por el suelo podía ser de rubíes y podía ser de sangre. Sangre fecunda y agra­decida dondequiera que caiga.

Elegiremos el mismo caserío de Landrove para empezar por un pueblo de tipo antiguo -en lo que ahora me interesa más: en la escuela-. Antes de éste debería colocar el que no tiene escuela, ni nue­va ni vieja; pero baste saber que hay muchos. Lan­drove aún tiene corte marinero. Parece que debe­ríamos ver redes y no panochas en las solanas. La ría se ha estrechado. Es ya el Landrove. Va arro­pado en ambas márgenes por un muro redondo, muy tupido, de arboleda que da en el agua, oscura, llana, veteada de verdín. Belleza estática, serena, nunca de grandes proporciones. A veces, una sola barca sin quilla pastera, bajo el arco del puente. La espalda de la calle dorsal que da al río está formada por estos castilletes de madera increíblemente vie­ja, rugosa y negra, que son las galerías aldeanas. Tabladillo, andamiaje provisional que dura siglos. Uno de esos practicables de zarzuela es la solana de la maestra. La escuelita, como las casas de Lan­drove. La maestra, luchando con los malos hábitos del país: las niñas trabajan demasiado pronto, y la enseñanza es algo accidental, discontinuo, en peque­ña familia. El maestro tiene su local en la casa de la taberna. Quizá sea buena. No la pude ver. Pero ya el sitio basta; porque la taberna es una institu­ción fuerte, y en algunos lugares la escuela no pue­de con ella. Hay también en Landrove una escuela de fundación, regentada por el cura.

Segundo tipo: Orol. En el mismo camino de Lugo, junto a uno de estos huertos exuberantes que lan­zan sobre las bordas pomas, zarzas y rosas. Aquí está la escuela que fundó don Vicente Casabella para maestros nacionales. Dos clases con vivienda. Adap­tación sumisa al paisaje de carretera, a la larga in­vernada del «americano» que vuelve al país a des­cansar y disfruta el zumo de la vida ociosa tras de tanta privación y tantos afanes. Floración espontá­nea, con el olor y color de la tierra. ¿Planes, méto­dos, inquietudes nuevas?... Eso no llega, no puede llegar todavía.

Tercer ejemplo, siguiendo esta curiosa trayectoria de la iniciativa personal, con fundaciones arbitra­rias: Galdo. Pueblo jardín bajo el monte Castelo. Caserío desparramado. Tierra mullida. Y mullida, a lo que yo vi, por mano de mujer. ¿Ayuda ella a las faenas del campo, o le ayudan a ella los hombres? No sé. Muchos han emigrado, seguramente. Otros mirarán hacia Vivero; esto es, hacia el mar. Medio siglo ha que salieron de una de estas aldeas los her­manos Trobo, rumbo a Cuba. Hicieron fortuna. Afin­caron en Matanzas. Quedó en el país una hermana, que vino a heredarlos al cabo de los años, y ya an­ciana, quiso dejar hecha, en memoria de aquéllos, una escuela para los muchachos de Galdo. Esta se­ñora no era precisamente letrada; pero fue esplén­dida. Al edificio soberbio, suntuoso, destinado sólo para una clase, agregó la dotación del sueldo del maestro. Sueldo mezquino, inferior al de los maes­tros nacionales. El actual pudo aceptarlo, aun que­dando fuera del escalafón, por afecto y gratitud a la fundadora, como legatario. Conviene precisar el caso, que es significativo. Costó la escuela, con vi­vienda, 112.500 pesetas. Van sesenta alumnos, entre niños y niñas, porque la clase es mixta. La sala de actos, o de honor, o de visitas, sería capaz para otra clase, y hay anchas galerías y dependencias propias para una graduada. El maestro ha estado enfermo. Crecen los hierbatos y la flora espontánea, que co­nocemos, tras de la balaustrada monumental. Pero la juventud se repone pronto, y ahora volverá la escuela a tener alma. La escuelita mixta más rica y más absurda que ha creado en Galicia el espíritu de los americanos.

De esto pasamos a cualquiera de los modelos adoptados por la Sociedad Vivero y su Comarca: Merille, cerca de Orol, en la carretera; escuelas am­plias, llenas de luz, con maestra y maestro del Es­tado; o mejor aún el de Magazos, donde resalta con toda sencillez el esquema de elementos esenciales. Por acomodarse a la ley no tienen vivienda. Error, no de la Sociedad, sino de la ley, remediado ya en parte. Por tendencia a mostrar el fruto de su es­fuerzo, las construyen en la carretera. Por defecto de la época, son frías, rígidas, sin enlace con la ar­quitectura del país, tan sabia en sus detalles. Pero éstas son observaciones que hago mirando a un tipo ideal o a una serie de tipos de escuelas gallegas. Vol­vemos la vista a lo que dejamos atrás, a lo que hu­bieran encontrado estos buenos maestros si hubie­ran nacido veinte años antes y su suerte los llevara al valle de Landrove.

 

(7 de diciembre de 1929)

 

Vivero: campo y mariña

 

 

Por la costa hacia Ribadeo

 

Campo y mariña se penetran, se entrecruzan en la geografía de esta zona, como en las costumbres. Antes de abandonarla, siguiendo por Santa Marta de Ortigueira a La Coruña, dejaré escritas algunas notas que no son estrictamente locales, de este ni del otro lugar. Aquí cerca está la confluencia de dos provincias, y la costa tiene gran semejanza de há­bitos en todas las rías. He preguntado, como en to­das partes, por los juegos de los muchachos. Sólo cambian los nombres. Al cirio lo llaman «la billar­da» y «la estornela». El trompo es «la bujaina». Jue­gan al «goá», como en Madrid. Y a «la mariola»... Pero he notado pobreza en el repertorio. El niño del campo juega poco. Desde muy pequeños, los pa­dres no le dejan: « ¡A la vaca! ¡A la vaca! » Tiene sus deberes. No ignora que la escuela es también un deber. Si no asiste, es porque no puede; que él bien querría. Los muchachos muestran aquí un deseo y una voluntad reflexiva que alguna vez me ha hecho pensar si considerarán la escuela como un regalo. Un palacio es, en efecto, comparada con sus pobres casas, no ya la escuela de fundación, sino la clausurable. El niño de playa, el marinero, es más inde­pendiente, más difícil de sujetar. El mar lo llama. El del campo trabaja casi desde que echa a andar. La madre da el ejemplo. Porque la mujer aquí, la madre, trabaja en labores duras; es de una ener­gía -sin gestos- portentosa. Confieso que de cuan­tas observaciones he podido hacer en Galicia éstas son las que han quedado más en el aire, sin expli­cación satisfactoria. Sobre ella recaen las labores domésticas y las campestres, además de la mater­nidad. Si los hombres emigran, ella ha de valerse por sí. Dirige la casa. Trabaja como un hombre. Es responsable como un hombre. Su decisión y su fuerza nacen de la necesidad, y también de aptitu­des de raza. ¿A dónde les lleva esta nivelación de obligaciones, singular especie de ginecocracia al­deana, nunca reconocida con más deberes que de­rechos? Yo creo que va dando un tipo nuevo -y ad­mirable- de campesina, con más virtudes que el hombre, aunque con alguno de sus defectos. Me di­jeron que en ciertos sitios, no aquí, la mujer que maneja la azada, el dalle, el legón o la hoz, al aca­bar entra en la taberna. «Será el caso muy raro», pregunté. «Sí. Raro. Pero no es difícil verlo. Va por­que trabaja como un hombre.» «¿Y los niños?» «No. Sólo bebe el que gana. En casa no se bebe. Sólo el día del santo patrón. El resto del año no entra en casa un litro de vino.» «Pero cada lugar da su variante. En la costa de Pontevedra y por el Rivero de Orense les dan vino a los chicos desde muy pe­queños.» «Y no se ve que les pase nada. Es un vini­llo agrio muy ligero. La leche es para venderla.» Y en Puentedeume, en la costa, desde El Ferrol ha­cia La Coruña, los marineros y sus familias comen con aguardiente de caña como si fuera vino. Pero es innecesario decir que cada pueblo es un caso dis­tinto. El hábito del alcohol aumenta a medida que el mar está más cerca. Varían hasta los componen­tes del caldo familiar, con su base de unto, grelos y zimos. Hasta el pan, que en las brañas de Lugo es de centeno; en la costa, de maíz con algo de raigo y de trigo con algo de maíz. Lo que no varía es el espíritu de laboriosidad y el formidable tem­ple de la raza.

 

Más escuelas de americanos

 

Seguimos por la costa hacia Ribadeo. El tiempo no consiente dejar la carretera para visitar aldeas de la montaña. Queda mucha Galicia. Pero el sub­delegado de la Sociedad benemérita, don Tomás Ramos Rigueira, me escribe en amable carta: «Cons­truimos otro tipo de escuela mixta, con vivienda para el maestro, en las aldeas que no tienen carre­tera, que son aún muchísimas. No pretendemos ha­ber hecho nada perfecto. Silenciosa y modestamente trabajamos por llevar la escuela a lugares que nun­ca la tuvieron «Hemos dado a los constructores modelos sencillos, y a los inspectores, carta blanca para el material, que, por tanto, es abundante y mo­derno. Restan más de veinte lugares, aldeas pue­blos que están esperando. La Sociedad Vivero y su Comarca no perecerá mientras nuestros conterrá­neos de América se acuerden de ella.»

Resumo en breves frases esta carta, y quiero re­coger también su alusión a «los admirables maes­tros de Merille», como prueba de que no siempre hay lucha y descontento mutuo. Y ahora, en el ca­mino de Ribadeo, encontraremos no sólo otros tipos de escuelas «americanas», sino la deliciosa y salu­dable variedad de pueblos entre mar y montaña, variedad infinita, sin la cual no valdría la pena de ponerse en viaje: Jove, San Ciprián, Villaestrofe, Cervo..., pueblos de ría, pueblos de playa en la hoz de unas arenas con guarda de formidables peñas­cos o farallones; pueblos resguardados del viento Norte en pequeños valles donde florece el limonero. Levantó la escuela de Jove la Sociedad Hijos de Vivero en Buenos Aires. La del puertecillo de San Ciprián están construyéndola a expensas de una se­ñora cuyo nombre siento no recordar. Destacan como factorías, como pequeñas lonjas donde nunca se ha de vender sardina, sino que se preparan las tripulaciones nuevas para otro género de aventu­ras y de pesca maravillosa. Una es de piedra blanca y brilla como si fuera de sal en la policromía del mar, las arenas y los plantíos de maíz bordeados de pinos nuevos. En cambio, la de Villaestrofe, impo­nente edificio, produce impresión de severidad. La construyó y regaló al pueblo un «americano», don Manuel Gandía, hombre de voluntad y generoso has­ta la magnificencia con sus conterráneos. Imposible dar más anchura y más fastuosidad a unas escuelas unitarias. Deberían ser cuidadas como un palacio, para que tuvieran alegría, clase, casa y jardín, y no pareciese el campo de juegos patio de cuartel o de cárcel. Pero ¿qué va a hacer aquel maestro? ¿Cómo va a llenar de alma una casa tan grande? El deseo de los fundadores se malogra muchas veces por falta de adaptación. ¡Cuán delicada deberá ser la obra de la inspección al tutelar estas fundaciones, que por tener raíz sentimental deben ser tratadas con especial amor!

 

(12 de diciembre de 1929)

 

Vida de un maestro en Foz

 

 

La casa de Villapol

 

Si el lector tiene alguna vez el buen acuerdo de ir por este camino de Ribadeo, le aconsejo que se detenga entre Cervo y Burela y recorra sin prisa los jardines de la fábrica de Sargadelos. No hay hornos. No queda en realidad la fábrica donde salía aquella loza fina, blanca y azul, que dio fama a San­tiago de Sargadelos. Pero está la casa señorial, casi feudal, del fundador Ibáñez, con su puerta de acce­so, dique de una ciudad murada; su jardín del xvrrr, invadido, profanado, pero todavía sujeto a cierta férula de aire carlotercesco. Parece que lo exótico le perdió al jardín, como a la fábrica y como al due­ño. Los hornos se apagaron. A don Antonio Raimun­do Ibáñez lo asesinaron el año 8 sus propios pai­sanos, por afrancesado y por déspota. ¡Sangriento fracaso del despotismo ilustrado! El jardín con­serva cipreses y laureles, un templete, un estanque. Pero lo invaden, más que la hiedra de las ruinas, el campo de maíz y la huerta, como si lo quisieran reconquistar. Por melancólicos que sean estos cam­pos de batalla debemos ir a verlos y a sentir la elo­cuencia de su catástrofe. Tampoco hará mal el lector desviándose del camino cerca de Foz y llegando a San Martín de Mondoñedo, que está cerca, para ver la antigua catedral primitiva, el mejor templo románico de Galicia. Allí el culto sigue en pie, al am­paro de las mismas piedras que lo cobijaron en el siglo VI y como estos veneros antiguos siempre dan algo nuevo, allí podrá admirar las pinturas mura­les recién descubiertas.

Pero nosotros vamos a la escuela de Foz, que yo conocía antes de verla por su fama entre los maes­tros de Lugo. He aquí las noticias que tenía antes de llegar. La escuela de Foz está hace muchos años, más del siglo, en un hermoso caserón, frente al mar, legado al pueblo sólo para ese fin por un be­nemérito ciudadano: Villapol Maañón. Villapol se llamaba también el alcalde que se opuso a los pro­yectos de Ibáñez, y que sin duda luchó luego contra él. Este era Bermúdez Villapol, según documentos vistos por Lence-Santar. Llegaba un maestro a Foz y le agradaba la amplitud del aula, le conmovía la solana, abierta sobre el mar, y cierto aspecto de cu­rato austero en el menaje y en las dependencias. Arreglada y encalada como cualqueed casa de la villa, habría lucido bien y no parecería tan vieja. Pronto veía el maestro nuevo que, de no encalarlo él, seguiría aquello con polvo y telarañas de la fecha del testamento de Villapol Maañón. Lo hacía por no seguir la suerte de algún compañero que murió allí tísico. Con ese arreglo y con la alegría de los mu­chachos la escuela era habitable. La escuela, sí. Pero la primera noche oía el maestro nuevo resonar debajo de su casa pavorosas lamentaciones y ruído como de... ¿De cadenas? No sé. Ruidos confusos, y desde luego, ayes y blasfemias. Lo que tenía allí abajo era una cárcel. No una cárcel como cualquiera otra, sino todo el bajo, cuarto trastero, pajar o cua­dra, convertido en calabozo. Los huecos de las cuatro paredes cerrados por rejas de hierros gruesos, en cruz, pero sin ventanas, abiertos día y noche a la intemperie y a los vendavales del mar cántabro. Calabozo municipal donde los presos quedaban en­cerrados sin unas malas pajas donde dormir, sin más socorro que un diario de dos o tres reales, pero sin llevarles comida. Presos, por lo tanto, abandonados a sus propios recursos y a la fuerza de atracción que pudieran tener sus míseros setenta y cinco céntimos.

¿Qué hace un maestro con semejante vecindad? Lo primero, quejarse. Protestar en la villa y en la misma escuela, no sólo por tener los presos allí, sino por verlos tratados tan inhumanamente. Como la queja es nútil y nadie quiere oírla, y ya no vive Vi­llapol Maañón, que dió su casa sólo para escuela de primeras letras y no para calabozo, el maestro se deja ganar, aunque no quiera, por otro sentimiento: la compasión. Por compasión les envía el caldo del país, y muchas noches de invierno crudo les da café caliente, que ellos agradecen casi tanto como el ta­baco. Hasta los mismos presos se conmueven y dejan letreros expresivos de reconocimiento escri­tos en la pared de su calabozo; especie de plana burda con mención honorífica que entre todos los maestros de España sólo sé que haya merecido el maestro de Foz. Si no hubiera más que esto, como la vida, se sazona de satisfacciones morales, el maes­tro quedaría contento de sí mismo y relativamente pagado de todas las molestias. Pero los presos llaman a los chicos desde lo alto de sus rejas, y hablan con ellos, y les dan encargos. Algunas veces les dicen que traigan retama, que se hielan; y encienden lum­bre, con lo cual se llena la escuela de humo en plena sesión. Y más grave aún era -con serlo mucho esta convivencia- que los presos estaban allí sin vigi­lancia y tenían abierto un «boquerón», por donde otros se fugaron, que daba precisamente a los bajos de la escuela. Si permanecían presos era por su pa­labra y por hombría de bien. La noche es temerosa.

          Suele poblarse de fantasmas. Y yo me explico que algunas noches no pudiera dormir el maestro de Foz.

Con esta prevención llegué a Foz, y por una ca­lleja que acaba en vereda y luego en corredoira, des­cubrí en las afueras la casa de Villapol Maañón, con su atrío o corte, muy a lo aldeano, y su galería abier­ta, bastante marinera. El maestro es hoy Salgado Toimil, publicista erudito y poeta. Su clase tiene algo de taller y de entrepuente. No llega todos los días la espuma de las olas; pero me complace ima­ginar que ahora, en diciembre, el viento Norte lim­piará bien el polvo de los pupitres. Saneará la es­cuela y también su sentina, que ya se sabe el lector cuál es. La celda de Salgado Toimil -hablo de celda de religioso- tiene unos armarios toscos, pero llenos de libros, y una gran mesa de trabajo, refectorio es­piritual, todo lo revuelta que debe estar la mesa de un hombre de letras.

-¿Cuántos tiene usted ahora? -le pregunto dis­cretamente.

-¿Chicos o presos? - especifica, bajando la voz. -Presos.

-Ahora no hay ninguno. Ahora podemos respi­rar tranquilos todos: los muchachos y yo. No le en­gaño a usted si digo que aprovechamos mejor el tiempo. Hay cosas que quitan libertad hasta para enseñar doctrina cristiana.

Salgado Toimil, refugiándose en otros temas, no quiere decir más. Acaso ya no vuelva a servir de calabozo el legado de Villapol. Yo he oído a alguien sostener la tesis del espíritu fuerte, que es también el espíritu práctico: -¿Un calabozo? ¿Y qué? ¡Que escarmienten en cabeza ajena! Antes de volar por el mundo conviene que estén enterados. -Si. Lec­ción de cosas. La cárcel, centro de interés. Moral con ejemplos vivos.

 

(14 de diciembre de 1929)

 

Ribadeo: Escala breve

 

 

Hacia la democracia

 

¡Hermoso tapiz de tono claro, nácar y plata, el contorno marino de Ribadeo! ¡Rico tapiz, la ciudad en pie sobre el firme garfio de su puerto; muros negros, de torre y de fortaleza; gris de pizarra y de vieja burguesía; y en lo alto, una basílica que no es tal basílica, sino cimera urbana, fastuosa corona­ción del caserío nuevo! ¡Tapiz espléndido, cuya ma­yor riqueza está en el fondo de inumerables verdes, entre campo y montaña! Mi destino me trae a verlo del revés. Por no encariñarme demasiado, paso de prisa, hago escala muy breve; porque un hombre que viene a Ribadeo a visitar escuelas haría bien en volverse sin desembarcar.

Prescindamos, pues, en lo posible del atractivo del país. ¿Qué hay en Ribadeo, villa próspera, retiro de indianos, con cuatro o cinco mil habitantes, de abo­lengo culto? Lo diré sin gran sorpresa. Ya estamos habituados. Dos escuelas de niños. Una de niñas. En vez de perder tiempo en lamentaciones que revela­rían incomprensión, vamos a explicarnos el caso. En Ribadeo, el sentido de democracia está detenido, como en la mayor parte de nuestras ciudades trasatlánticas y en muchas mediterráneas, aun sien­do de espíritu liberal. Del antiguo régimen de se­ñorío, con grandes nombres, como Villandrando y como el propio Ibáñez, que ayudó a Godoy, pasó al dominio de la clase media. Las conquistas del siglo llegaron a un feliz resultado: el de armar para la lucha; es decir, el de dar educación a la clase media. Yo he leído con gran interés, no sólo por el tino emocionado con que está escrito, sino por su valor significativo, un trabajo de Augusto Barcia en el «Libro de oro» que dedica D. José Cao a Lugo y su provincia. Sería difícil trazar mejor semblanza de la vida íntima de la villa en lo que ahora me impor­ta: en sus instituciones de educación. Lo tradicio­nal en todo el XIX era navegar, comerciar con Amé­rica y con el norte de Europa, con Cuba y con el Báltico. Nueve fragatas de una sola casa armadora de Ribadeo estaban ancladas en la Habana en un mismo día del año 72. Los marinos se formaban en la Escuela de Náutica y de Comercio. «De esta Es­cuela -dice Barcia- nosotros ya no vimos más que el viejo y enorme caserón, y en él, unos mapas, una esfera armilar, unos sextantes, una brújula, un reloj de arena y otro de cámara, un barómetro, un cuaderno de citácora muy sobado, un telégrafo de banderas de colores desvaídos, un cuerno de a bordo, un montón de calabrotes, velas y roldanas, y arrinco­nados, un escudo del puerto y otro de España. Allí, en aquel centro de enseñanza oficial, se formaron magníficos pilotos y se prepararon dignamente y con honor por todas las aguas de los mares y por todas las tierras de América el nombre y la fama de Ribadeo». Rehecha esta escuela hacia 1893 ó 94, volvió a perderse pronto. Y aquí otra nota qué con­viene recoger: «De las clases modestas salían hom­bres de letras. Por la memoria de sus grandes mé­ritos recordaremos sólo los nombres de dos: Jesús Moreda, y Pepín de Adela». Es decir, que la Escuela de Náutica y de Comercio era útil al pueblo y se dejó perder.

Mayor y más penetrante emoción tienen todavía otros recuerdos de infancia: los del colegio de segun­da enseñanza de San Luis Gonzaga. Barcia lo ve como foco de cultura donde floreció todo el es­fuerzo espiritual de una época de Ribadeo. Entre aquellos profesores, hombres de mérito, maestros y guías de una brillante juventud, estaba su padre; y si los marinos de la Escuela de Náutica navegaron intrépidamente por los más difíciles mares, los alumnos del colegio de San Luis supieron honrar en Europa y América el pabellón de Ribadeo. Colegio de segunda enseñanza equivale aún ahora a educa­ción de la clase media. La Escuela de Náutica era el vivero indispensable a una marina mercante. No es extraño que al pueblo sólo se le atendiese en­tonces en último término, por azar.

Al cuadro que describe nuestro buen amigo con tan íntimo y religioso acento agregaré yo otro de fecha más próxima, y así podrá juzgarse cómo va siguiendo sus vicisitudes el alma de una villa cos­tera. Quedó desierto el caserón de la Escuela de Náutica al ser suprimidos los estudios, y poco a poco fueron cayendo en él las más inseguras, tími­das y periclitantes instituciones: las dos escuelas nacionales de niños, la única de niñas; la banda de música, con su instrumental; la bomba de incen­dios, los archivos notariales... ¿Quién sabe cuántas cosas? Abandonado sórdidamente, el viejo edificio lo resistía todo y tenía para los trombones edilicios como para las bancas escolares su mejor manto de telarañas.

Así las cosas, y siguiendo por distinto atajo el camino de siempre, se volvió a hablar en Ribadeo de Enseñanza. Surgió el proyecto de un colegio se­cundario servido por religiosos. Ofreció treinta mil duros una dama piadosa. Otro tanto un capitalista ya fallecido, el Sr. Moreno Ulloa, que donó cerca de sesenta mil duros para un cementerio y una ca­pilla y doscientos para una escuela nacional. En la Prensa local, personas sensatas advirtieron que era más necesario un grupo escolar que un cole­gio de segunda enseñanza; y al mismo tiempo sur­gió la polémica sobre el profesorado, entendiendo muchos que no era el mejor el de religiosos. En esto murió la dama piadosa y se instaló en Riba­deo una residencia de franciscanos, ajenos a la enseñanza. Cortó una vez tantas dudas el Estado creando sus institutos locales y remozada, pintada, rehabilitada, la vieja Escuela de Náutica fué con­vertida en instituo. Con lo cual las pobres escue­las nacionales fueron a dar en malos pisos de casas de vecindad. Había además en Ribadeo una Funda­ción Clemente Martínez, escuela graduada, con su capilla aneja, en cuyo frontis y grabadas en már­mol están las palabras evangélicas: «Lo que hicis­teis con uno de estos pequeñuelos, conmigo lo ha­béis hecho». Pero la fundación fue suprimida pa­ra estos efectos por los herederos de doña Ernestina Mansilla, y desde entonces la enseñanza pública queda servida de precario. Ribadeo tiene instituto, tiene franciscanos; pero sólo hay dos escuelas de niños y una de niñas. La Junta de Enseñanza Mu­nicipal pide un grupo escolar. La población aumen­ta. Pero en realidad hasta ahora nadie hace caso.

 

(25 de diciembre de 1929)

 

Al salir de Lugo

 

 

Benquerencia, San Miguel de Reinante

 

Volviendo ya de Ribadeo para seguir por Orti­gueira, bordeando una de las costas más hermosas de España, no saldremos de la provincia de Lugo si entrar en Benquerencia, en San Miguel de Rei­nante, que ofrecen nuevos casos de generosidad de los coterráneos emigrados a América. Antes está la escuela de Rinlo, decorada con su reloj, como una casa consistorial. Luego, entre el cami­no en que antes era «vereda real» y ahora está com­prendido en los «firmes especiales»- por un llano de márgenes áridas hasta el mar y cerca de la playa se alza la colonia de Benquerencia. Hoy está soli­taria. Cerradas las ventanas, que han sufrido mucho el hostigo del viento y de la lluvia; sin niños, que compensarían con sus juegos la falta de vida de esta punta de estepa. Pero aquí vienen muchas de las escuelas regionales y para ellos es un respiro, que supongo no se interrumpirá. Benquerencia, po­blación dispersa en innumerables caseríos, envía también a sus hijos a América. La fábrica de Sar­gadelos empleó su mineral de hierro -también el de Villaodrid-, y he leído en el Madoz cómo las mujeres hilaban en las noches de invierno lienzos, que vendían para pagar el lino de Rusia compra­do en Ribadeo. Era su descanso, porque el resto del año tenían -y tienen- las labores de la tierra.

Desde Benquerencia a Reinante es ayuntamiento de Barreiros, que en la capital tiene mala escuela -la del país-, pero en San Miguel de Reinante ha recibido ya el auxilio de los americanos. Han cons­truído un edificio cómodo, de tipo muy práctico, en la falda de un monte, aprovechando bien la pendiente para realzar su prestancia. Tienen ma­terial nuevo y buen personal -sin éste todo sería inútil: el dinero de América, la voluntad de los emi­grados y la buena disposición de los muchachos-. Las cuatro clases de que disponen pronto queda­rán completadas con otras dos. En Reinante em­pezará a funcionar en enero otra escuela de ame­ricanos -«hijos de San Miguel de Reinante»-, que estaba casi hecha cuando yo llegué. En este mismo itinerario de Ribadeo a Vivero podíamos haber visto, desviándonos algo de la carretera, otras fun­daciones y construcciones escolares del mismo ori­gen: Vicedo, en Riobarda, muy buenas escuelas, con vivienda; Moncide Escorido, en Foz; Cinge, a punto de terminar las obras. Y dos clases más en Devesa de Ribadeo.

Creo inútil, sin embargo, agregar nuevos datos. Lo que llevamos visto es suficiente para hacernos cargo de la ayuda que prestan los hijos del país cuando se expatrían para hacer fortuna; háganla o no, porque lo curioso -y lo conmovedor- de su aportación es que no acuden sólo los que ya triunfaron, sino todos. Podemos, por lo tanto, afir­mar que el primer tesoro que descubre el emi­grante gallego al llegar a América no está en la tierra donde desembarca, sino dentro de él. Dentro de sí mismo halla una veta intacta, maravillosa­mente oculta mientras vivió entre sus paisanos, y que por especial virtud del aire nuevo en donde ahora respira, empapándose de él hasta el fondo del alma, empieza a brillar y a iluminar su propia vida, primero con un fulgor tenue y luego con fuerza bastante para mandar al otro lado del At­lántico su mensaje, que acaso nadie sepa si es oro o es luz. Dentro de sí mismo encuentra el espíritu de asociación. Y el amor al pueblo en su más viva y más certera fórmula: la protección a la escuela. No se equivocan, no, los americanos. Tiran de don­de deben tirar. Acuden al registro preciso. Sería inútil que tratáramos de ir contra los hechos y le pidiéramos al que no embarca, al que se queda en el país, una comprensión semejante; con lo cual no habría problema, porque entre todos lo habrían resuelto. Esta gran cuestión de las escuelas públi­cas sólo exige interés, buena voluntad y muy poco dinero. Cuestión que debería tratarse entre los pueblos y el Estado, y que durante muchos años hemos visto levantada en peso por el auxiliar vo­luntario y generoso: por «el americano».

Correspondiendo al esfuerzo de este cooperador desinteresado, tienen las instituciones públicas de enseñanza una primera obligación: tratar las es­cuelas fundadas en régimen de preferencia. Prefe­rencia sobre todo en el celo y en el cuidado con que han de mantenerse, empezando por los profe­sores ¡Que no se pierda ningún sacrificio! ¡Que no se evapore ni se envilezca ni se reduzca lo ganado a unas paredes de piedra y ladrillo! Pero siempre pensando que el verdadero esfuerzo corresponde a los que se quedan y no a los que se van. En este sentido, la provincia de Lugo ha hecho bastante en los últimos años. Tengo nota de inspector de Primera Enseñanza don Juan Comas con un buen número de escuelas creadas. Pero no bastan. Y aun las creadas no se logran todas. Hay que hacer mu­cho más.

 

(28 de diciembre de 1929)

 

Coruña por Ortigueira

 

 

A ritmo acelerado

 

A partir de este artículo, la Visita de Escuelas aligera el paso. Bien querría detenerse más de una vez, entre Vigo y Ortigueira, orilla del camino, que es maravilloso. Desde aquí podríamos ir andando al cabo de Vares y a la Punta de la Estaca, tierra boreal de España. Parece que empieza otro mar todavía más oceánico y más bravo; la costa se ve desgarrada con mayor violencia. Ya están cerca los formidables promontorios. Detrás de la Fala­dora y de la ría de Ortigueira viene la druídica sierra Capelada, Teixido, el cabo Ortegal ... ¡Son tantas solicitaciones! -Entra usted en Coruña -me gritan desde el otro lado del Sar-, omitiendo muchas cosas nuestras. No ha visto el batallón in­fantil de Foz. -No, señores. ¡Ni quiero! Mi es­cuela es pacifista. -Se va usted sin saber que «el Viejo Pancho, José Alonso Trelles, poeta nacional del Uruguay, era hijo de un maestro de escuela y nació en Ribadeo. -Pues, por lo que valgo, me asocio al homenaje. Pero no puedo seguir «a paso de hombre», como advierte a los automovilistas un cartel que vimos en Soria. Llevo prisa. Y ahora mismo, al hablar de Santa Marta, quisiera des­cribir con calma su ría, la lengüeta de tierra en que se alza como sobre el lomo de un delfín y el viejo molino que la corona, donde antes fue castillo -o castro-. No hay tiempo, señor Maciñeira, sino para mirar el minuto de hoy y aprovecharlo to­mando el sol. Con la imaginación vemos desfilar Capelada arriba, hacia el santuario, los peregrinos de San Andrés o de la diosa Ceres. No hay tiempo ni para defender los magnolios de la rambla de Ortigueira, que es la calle de Pita. Condenados a muerte por el conclave municipal, el hacha los es­pera, y yo los vi cuadrados, en filas, para la ejecu­ción. -¿Viven? ¿Han muerto?- Una fila pomposa y fragante que Niza envidiaría, y que si la madera vale, acaso ande ya repartida en traviesas por el ferrocarril estratégico.

Mejor que los magnolios, deberíamos defenderle a Ortigueira su grupo escolar. Y, en efecto parece que sólo con nuestra presencia algo se ha conse­guido. Es un edificio relativamente nuevo: de 1910. Lo alzó el Ayuntamiento con subvención del Estado, para graduada de siete clases. Barroquísimo ca­talán. Ornamentación de «chalet». La escayola mo­numental. Tan costosa como fungible. Pero las cla­ses, grandes, capaces, con aire y luz. Esto quiere decir que el pueblo hizo entonces lo que pudo y supo. Estas escuelas, que indican un esfuerzo, die­ron en buenas manos, y el magisterio es ejemplar; pero quedaron desde el primer día abandonadas entre los maizales y las huertas, sin que el Consejo haya invertido allí un solo céntimo en conservarlas dato! -me ruegan-. Que hay consignación. -Pero la consignación -ya se sabe- pasa a otro capí­tulo y no se invierte nunca. ¡Vengan a ver estas cosas los que sólo se fían de apariencias! Los techos van descolgándose. Asoma el cañizo de los cielos rasos. Desconchados, humedades, grietas, telara­ñas, musgo... Queda reducida su pretenciosa condición a la categoría de cualquier local de aldea pobre. Este es el gran temor que me inspiran las construcciones escolares, del Estado, de fundación, americana o peninsular, y aun de los propios Mu­nicipios, cuando no nacen al calor de un verdadero sentimiento. No se cuida lo que no se ama. Se da el dinero, pero no el afecto; y es como si se tirara. Se satisface la vanidad del pueblo: -Esto hemos hecho-. Y el forastero no va a entrar a enterarse de si las escuelas se mantienen en pie ni de la aten­ción que les prestan. Se puede enseñar bien en una escuela con grietas y telarañas. En sí, eso no es demasiado grave. Es grave como indicio.

Pero sigamos adelante. Después de mi último viaje han venido a Madrid buenos amigos de Orti­gueira a decirme que están limpias y remozadas las escuelas. Todos contentos: las tres maestras y los cuatro maestros. Yo hubiera querido seguir monta­ña adentro, porque el partido tiene mucho fondo y alcanza hasta Puentes de García Rodríguez. Habría llegado a las «Medoñas da Mourela» -los túmulos de la morería-, a las «pedras chantadas», es decir, a los círculos líthicos y a los dólmenes del alto Eure; don Federico me habría acompañado y habría ido leyendo en los signos de la tierra sacra como en un libro abierto. Además, la Sociedad de instrucción Naturales del Ayuntamiento de Puentes me escribió que acababa de construir tres edificios escolares. En­tre notas antiguas guardo un papel que dice: «Fun­dación Blanco de Lema (americano, de La Habana). 2.500.000 pesetas para escuelas de Puentes.» No co­nozco los frutos de tan generosa donación, ni si el dato es exacto. Pero será preciso aguardar a otro viaje -o a otra vida- para enterarse de tantas cosas.

En el mismo Ayuntamiento de Ortigueira, dentro de sus nueve feligresías, hay ocho escuelas construidas por americanos. Para la de San Sebastián de los Debesos destinó otro benemérito emigrante un capital de más de 400.000 pesetas -una hermosa casa en La Habana-. La escuela alzada con esa ren­ta, y otras que se encuentran en caso análogo, no se han abierto porque los donantes americanos no aceptan que el símbolo de la religión cristiana, siem­pre visible, siempre gravitando sobre las imagina­ciones infantiles, sea el Crucificado. Son, desde lue­go, cristianos; pero preferirían otra expresión de la misma idea. Yo he visto en las mejores escuelas de España resuelta esa cuestión, no religiosa, sino pe­dagógica, en la misma forma que la resolvieron los sabios frailes españoles al llegar a Méjico. Allí era preciso sustituir un terrible culto, sangriento, por otro más humano. Fue la Virgen, Santa María, ma­dre de Dios, el símbolo de la fe naciente. Y el arte cristiano ha dado tantas y tan excelsas representa­ciones del amor divino, que no es difícil iluminar con una nota suave y alegre la pared de una es­cuela.

 

(16 de enero de 1930)

 

Semblanza de El Ferrol

 

 

Del Ferrol Viejo al alto de Canido

 

Otra puesta de sol en el mar, desde los pinares de Valdoviño. Atrás queda el tajo imponente de la Ca­pelada despeñándose sobre las aguas del Ortegal. Cedeira; marina geórgica: Afrodita y Cibeles. El mar. Fondo de mar y viento de mar en la cara. Seguimos, a lo lejos, un imaginario velero, costeando toda Ga­licia, de Ribadeo a Laguardia, como si fuéramos es­coltándolo y emparejándole las singladuras. Pero hay escalas obligadas. La primera, El Ferrol. Ferrol, ciudad marítima, se ha rodeado de un anillo de pie­dra y vive dejándose el mar fuera, con una salida, furtiva, al embarcadero de la Graña. Marinos, ma­rineros, soldados, obreros, pescadores. Dentro, cierta inexplicable traza levítica. Más campanas que si­renas. ¿Cómo ha ocurrido esta desviación de su es­píritu tradicional en el gran puerto ferrolano? ¿Será el muro? ¿Será el moho de los años de soledad? ¿O infiltración? ¿O entrega de la plaza? Veamos, pues a ello venimos y no a visitar los Arsenales, cuál es el estado de la enseñanza pública en El Ferrol. He recibido allí pruebas inolvidables de afecto del magisterio, de la inspección. Debo también gratitud al alcalde don Antonio Osero. Y a todos les debo, en primer término, la verdad.

La ciudad marítima, militar, de El Ferrol, tendrá hoy unos 30, acaso 35.000 habitantes. No contando, por ser para los asilados, las tres clases del Hospicio Municipal, ni dos de párvulos -en Esteiro y en Cento-, quedan para la población nueve escuelas nacionales: cuatro de niños y cinco de niñas. Nueve clases. En los alrededores y pueblos anejos tiene El Ferrol cuatro escuelas más. Yo he visitado, na­turalmente, esos locales ferrolanos, ninguno de ellos construido para escuela. Ante todo la del Ferrol Veijo, sobre el agujero del muro, junto a una casa que se quemó, sitio simpático, en el corazón del pueblo trabajador. Trajín de muelle, ruidos, prego­nes, disputas... Pobreza. Allí vi al maestro don José Credo Mella. -¿Cuántos muchachos tiene usted? -le dije, al ver que sólo estaban ocupadas dos ban­cas. -Nueve. -Poca matrícula o poca asistencia -advertí. -No, señor. Los nueve son mis hijos. De matrícula tengo 65; pero ya han salido-. Los mu­chachos de Credo Mella honran la escuela. Si no fue­ra porque llevamos prisa, yo contaría los trabajos de un pobre maestro que adopta en la vida la posi­ción de patriarca. Pero de esto no hablemos. En barrio tan pobre, los alumnos del Ferrol Viejo son como los he visto en otras escuelas costeras, En Ci­madevilla, Gijón; en Vivero, en Ayamonte, Huelva; en El Palo, de Málaga. El mar no acaba de darles color. Muchos van descalzos. Al salir de clase, al mediodía, se encuentran a veces con que en su casa no hay nadie. Los hombres están en el mar. Las mu­jeres descargando carbón. Ahora hay una cantina escolar de que hablaré, y esta escuela ha conseguido el gran triunfo de enviar catorce niños, elegidos en­tre los más necesitados. Hay también escuela de ni­ñas. Y si Guerra cediera los bajos del edificio po­dría hacerse un pequeño grupo escolar. He visto también la del Centro, a cargo de don Antonio Tras­monte Velasco. Escuela de piso, con su sistema de tabiques y columnas como es uso en estos locales habilitados. El trabajo del maestro ha de suplirlo todo. Se le pide un terrible esfuerzo, de por vida; y se le deja solo en medio de la ciudad, indiferente. El maestro no puede inspirar, como la milicia a Al­fredo de Vigny, un libro de «Grandeza y servidum­bre». Todo lo más, para un poeta íntimo y altivo, este otro lema: «Grandeza en la servidumbre».

¿Y el maestro de Canido? Teniendo de él las me­jores noticias fui a buscarlo a la Graña, donde re­side. Pasé el brazo de mar con el inspector señor Seoane. Allí estaba la gloriosa «Nautilus», más bella que un acorazado. La rescató Villamil, de entre un astro o spoliárum de barcos condenados al desguace en un puerto inglés. La compró por madera vieja, y la trajo pagándose ella misma con el flete más de lo que costó. Hoy no da la vuelta al mundo; pero sirve de escuela. ¡Saludo la memoria de Villamil, con todo lo que representa para un hombre del 98! ¡Saludo el presente de la «Nautilus»! Navigare necce­se est. Sí. Pero enseñar también es necesario. En esa escuelita de La Graña, donde aprendió las primeras letras el maestro de Canido, educa el actual, don Dionisio González, un grupo de muchachos que in­gresarán en la Escuela de Aprendices Marineros de la «Nautilus». Serán contramaestres, radiotelegra­fistas, torpedistas. Salen sargentos; y llegan a sub­oficiales, graduados. Aquí arranca, por consiguiente, uno de los inumerables caminos del mar. Pero nos falta tiempo. Hemos de ir a los altos de Canido con el maestro veterano, que se llama don Juan García Niebla. Nos acompañarán el inspector mencionado y el alcalde, señor Osero, en prueba de su interés por la ensefianza. García Niebla da clase a más de 100 niños -130 de matrícula- en un barracón de madera, que fue de la Sanidad y luego de los exploradores. Barracón soberbio. No se crea que la pa­labra es despectiva. Cuesta y vale más que muchos edificios de piedra. Hay allí orden, abundancia de material, y sobre todo: la escuela vive. Presiden tres retratos: Costa, Giner y Pestalozzi. -Los tengo aquí porque los reverencio, y son para mí un estímulo en el trabajo-. Está en alto la escuela de don Juan García Niebla. Los chicos pueden jugar cerca de la muralla, pero en campo civil. Y en palabras y hechos bien se ve que defiende bien su baluarte el maestro de Canido.

Hay, además, otras escuelitas unitarias en El Fe­rrol. Fuimos a ver una, de niñas, pobremente ins­talada en los bajos de un almacén de bacalao o de comercio por ese estilo. Podríamos ir al alto del Brión o al castillo de San Felipe. Convocar a los otros maestros. El cuadro no variaría. Sabemos que son, en total, nueve, más dos de párvulos. Y que se cuenta con una cantina escolar. Sin embargo, lo di­cho no basta. No es sino la mitad de la semblanza de El Ferrol.

 

(19 de enero de 1930)

 

Ferrol acaba la semblanza

 

 

La Fundación Amboage

 

Vamos a explicarnos rápidamente por qué lleva aquí vida tan mortecina la escuela nacional. Podía entretener al lector describiendo una procesión, no en el Jardín de Herrera, sino en el de Churruca, céntrica plaza ferrolana convertida en claustro. Can­taban las niñas como en clase, como cantan la tabla de multiplicr; pero había muchas. Muchas más de las que caben en sus cuatro escuelas. Podía tam­bién copiar, en elogio del Ayuntamiento, las dos lá­pidas con que honra en su fachada del Cantón a los ferrolanos insignes: Concepción Arenal y Pablo Iglesias. Criterio amplio y comprensivo. De la tradi­ción buena. La antigua. Pero urge más, y tiene más alcance para conocer el estado de las ciudades es­pañolas que cuentan con recursos de alguna impor­tancia, decir que la escuela pública nacional no es nada en El Ferrol porque su lugar está ocupado, y el esfuerzo que podría hacer la ciudad en su favor toma diferente camino. El caso no es único; pero aquí se produce en circunstancias originales.

Hay, desde luego, una fuerza considerable: la Constructora Naval -Sociedad Española de Construcción Naval-, que entre las instituciones de be­neficencia y previsión para sus obreros y emplea­dos tiene abiertas, por lo menos, seis escuelas. Edi­ficios buenos, con clases en condiciones -que no he visto-, con material abundante. Con tres o cua­tro maestros y otras tantas maestras, de los que casi todos tienen título. Al instalarlas pagaban los obre­ros hasta cubrir un diez por ciento de los gastos; pero ahora todo corre a cargo de la Constructora. Asisten trescientos niños. Quizá más. La mayoría, hijos de obreros. Y la enseñanza tiende, desde el principio, a crear buenos operarios, desarrollando más los conocimientos de Matemáticas y Dibujo. Las escuelas no están graduadas. La Empresa sus­tituye, pues, al Estado. Encontré una deficiencia, un hueco, e hizo bien en llenarlo. Técnicamente, ha de ser, por fuerza, su institución de tipo antiguo, militar y obrero, sin el desinterés absoluto de la en­señanza del Estado, que educa -o debe educar- ­hombres y no aprendices. Pero gracias a ella tiene hoy escuela una parte no pequeña de la población infantil ferrolana. Ya he dicho que las clases sólo son para niños.

Las niñas, así como otra gran parte -más luci­da- de la infancia en edad escolar reciben ense­ñanza en instituciones favorecidas por el ambiente actual de la ciudad y por el auxilio económico de­rivado de la Fundación Amboage. Este benemérito ferrolano, cuya estatua hemos visto en al plaza de su nombre, dejó parte de la inmensa fortuna en ren­ta, destinada a librar a sus paisanos pobres del ser­vicio militar, pagando de este modo una especie de fuero, muy estimado en su época y en su tierra. El fuero ya no vale tanto hoy, ni las cuotas se llevan toda la renta, pues anualmente se reparten unos se­senta mil duros entre los establecimientos de bene­ficencia y enseñanza protegidos por la Fundación. Alguna de esas instituciones vivía ya en El Ferrol.

Otras han ido viniendo en veinte años. Un Patro­nato Femenino sostiene dos escuelas. El asilo Con­cepción Arenal, otra. Hay escuelas de San Vicente de Paúl. De las Oblatas. El convento de la Enseñan­za. A las escuelas públicas nacionales que no son de beneficencia, naturalmente, sólo llega de la Funda­ción Amboage la pequeña parte alícuota que puede corresponderles en una suscripción anual de 7.500 pesetas para las Cantinas Escolares. No se logró sin gran trabajo. Pero a la Cantina, obra útil, en ciudad industrial, no acuden solamente los niños de las escuelas nacionales. Funciona un Patronato de Can­tinas y Colonias Escolares que, poco a poco, va ca­yendo bajo el mismo influjo. Ahora sus comidas in­fantiles son rezadas. Unese a las enseñanzas ya di­chas el refuerzo de la catequesis parroquial y el de las escuelas dominicales, que también reciben sub­vención. En las mismas iglesias se hace feria para ayudar a tan poderoso instrumento de penetración social, atando por diferentes artes al pueblo, más que con la fe, con la Esperanza y la Caridad. Hay también frailes de la Merced, que tienen su centro de instrucción primaria con cuatro grados; pero ésta no es ya escuela pública, gratuita, sino colegio para las clases superiores de la buena sociedad fe­rrolana. Para completar la información citaré tam­bién el Centro Escolar Benéfico de Canido, que sos­tiene una escuela con dos maestros y se dispone a construir edificio propio, obteniendo del Ayunta­miento subvención anual de 500 pesetas, cuando no llega a 150 la de la escuela nacional.

Donde puede arraigar la enseñanza de estas ins­tituciones por encontrar tierra propicia y un fondo permanente como el de Amboage, la enseñanza del Estado, entregada a sus pobres medios, se defiende por la calidad del profesorado, que demuestra siem­pre mayor competencia. Aun disminuida y olvida­da, se la persigue como rival. He recogido en distintas ciudades las quejas de buenos maestros, que sólo se exaltan ante un género de persecución: el que consiste en llevárseles los mejores alumnos, los más inteligentes, poniendo cerco a las familias hasta ob­tener que los aparten de la escuela nacional. En es­tos casos, la presión sobre los maestros adopta mil formas, algunas depresivas. Notan por repetidas pruebas que les falta ambiente. Alguna vez -ha su­cedido en más de una ciudad-, el maestro ve en­trar por las puertas de su escuela la inspección, có­mica e irritante, de la Guardia municipal. Un arma contra ellos -téngalo en cuenta- es el exceso de fiestas y vacaciones. Son obligadas por disposición oficial, pero los perjudican. En el caso concreto de El Ferrol, la diferencia de medios se debe, princi­palmente, a la Fundación Amboage. He aquí un re­sultado que de seguro no sospechaba el fundador. Para precisar más el carácter del Patronato tenemos otro hecho: el Centro Obrero de Cultura, que sos­tiene Biblioteca Pública, fundó una escuela noctur­na y quiso acogerse, a título de Sociedad Benéfica Local, a los beneficios de la Fundación. Le fueron denegados.

Vi también en El Ferrol, para contarlo todo, una escuela inglesa instalada, como la de Canido, en un barracón o pabellón Dócker. No estaba abierta cuan­do yo llegué. Sirve a los hijos de los operarios traí­dos de Inglaterra, cuyo número ha ido reduciéndose rápidamente. Según mis noticias, por ningún con­cepto puede compararse con las escuelas militares de Gibraltar. Y aquí acaba la semblanza de El Fe­rrol, a la que acaso fuera posible agregar un capí­tulo de proyectos.

(23 de enero de 1930)

 

De El Ferrol a La Coruña

 

 

Fene. Puentedeume. Betanzos

 

FENE.- Debo hablar aquí por referencia para no omitir algunas noticias de interés. No me detuve en Fene, pero pasar ahora de largo, sin un saludo al pueblo y al magisterio nuevo y viejo, sería agravar la precipitación de esta visita a la ría ferrolana. Diré para justificarme que mi proyecto era volver. No fue posible. Esta villa tiene sus americanos. Hay una Sociedad de Naturales de Fene, que, en poco tiempo, ha construido cuatro escuelas -dos grupos, dobles-, dotándolas de material moderno y regalán­dolas luego al Municipio. Para hacer bien las cosas, los Naturales de Fene han puesto a disposición del Ayuntamiento 26.000 pesetas, destinadas a cubrir los gastos de entretenimiento y mejora de las escuelas. Y además subvencionan la cantina escolar. Muy duro será para un buen hijo de esta tierra separarse de ella; pero el goce de ayudarla a vivir y de mejo­rarla no es pequeña compensación. Fene cuenta en su propia feligresía catorce o quince lugares y pe­queños poblados. De las otras feligresías hay es­cuela en Barallobre, Taboada, Santa Marina de Si­llobre y en Santa Eulalia de Limodre. Los nombres soliviantan y aguzan la fantasía. del celtista. Pero aún quedan otras esperando: Magalofes y Perlis. Uno de los grupos donados por la Sociedad protectora está en Maniños. En las escuelas de Limodre, rega­ladas por suscripción a la parroquia por la Socie­dad Hijos de Limodre, daban, cuando yo pasé, con­ferencias de divulgación de agricultura y ganadería. Asistían los Amigos del Paisaje Gallego, de El Seijo, con Bello Piñeiro a la cabeza. Gran sabor a Galicia nueva.

PUENTEDEUME.-Otra asomada, demasiado rápida, a la remota e inmemorable Galicia, que deja aquí sus raíces al descubierto, como si hubiera ido soca­vándolas el mar. País de tradición en la costa y en la montaña, con hábitos y costumbres tan antiguos como las «piedras elevadas» que van a buscar los arqueólogos a las «medoñas da mourela». El Eume los trae aguas abajo. La escuela es forma de cul­tura demasiado joven y está aquí descuidada; por­que en estos países hay que contar, ante todo, con el tiempo. Costumbres y hábitos, en cambio, no se pierden, y forman como una capa de otra cultura sólida, resistente, acaso impermeable, en la que es difícil incrustar la cultura nueva. Pero seguramente hay ya en América «Naturales de Puentedeume», y todo será cuestión de pocos años. Las costumbres pesqueras han ido transformándose. Después de los galeones y de las traíñas han venido otras artes de pesca, pero el espíritu de la participación del tra­bajo en el negocio continúa. Los «rapaces» de la escuela de Puentedeume, a quienes yo no he visto, han de ser como los de Vivero y los de Finisterre: crías de lobo de mar. Pero aquí tienen un sentido tradicional del socialismo, de la comunidad del be­neficio. He leído en una Memoria jurídica de 1908 (A García Ramos, «Estilos consuetudinarios y prác­ticas económico-familiares y marítimas de Galicia»), además del sistema de aparcerías pesqueras, que desde entonces han ido modificándose; otra costum­bre de Puentedeume: la «rebusca». El pueblo podrá entrar en los viñedos después de haberlos cosecha­do el propietario. Al cambiar el cultivo, sustituyén­do la viña por el maizal, entraba del mismo modo a recoger las mazorcas olvidadas. Es el espigueo de Castilla. Y la «rebusca» de los olivares andaluces que he presenciado en Beas de Segura. Restos del comunalismo primitivo, y alguna vez -acaso con mayor fundamento real- concesión del señorío al pueblo en servidumbre. Aquí cerca de Puentedeume, el puente construido por un gran señor, está el me­lancólico torreón del palacio de los Andrade. Viñe­dos, maizales y frutales, huertas y caseríos, se sos­tienen hoy sobre tierra de feudo. Lo único abierto y libre era el mar. Esto no puede olvidarse nunca en viaje por España, y singularmente en viaje por las cuatro provincias gallegas.

Voy a reproducir, llegando al camino de Monfero, con permiso del buen maestro ferrolano de Canido, un párrafo de una relación escolar. Era la excur­sión al monasterio de Monfero. «Vimos muchos fru­tales y llegamos a la finca del señor Tenreiro, don­de, después de pedir permiso, entramos todos muy contentos. Y allí fuimos a ver el famoso tejo que llaman del Esteiro, y que, según sus dueños, tiene quinientos cuarenta y siete años de edad. Entramos por unos patios cubiertos de hermosos parrales, y bajando por una avenida de cipreses, con muchas hiedras, nos encontramos con aquel árbol tan enor­ole. Tiene pisos muy elegantes y escaleras hechas con arte. Daba tanta gana de subir, que no para­mos hasta lo más alto, y allí encontramos una mesa, donde nos dijeron que habían estado mirando las montañas, lo mismo que nosotros, unos hombres célebres del siglo pasado que se llamaban Castelar y Pi y Margall. Salimos de la huerta y tomamos la pendiente del Castillo de Andrade, que ahora están arreglando y hacen excavaciones en un pozo de don­de los señores sacaban el agua... » Pero lo demás ya tiene para mí otro interés. Yo hubiera ido de buena gana al tejo del Esteiro. Y más allá del monasterio de Monfero, dentro del mismo ayuntamiento, hubie­se visitado también Santa María del Alto Gestoso, no por haber allí monumentos notables, sino por­que su escuela, según informes de mis correspon­sales, es «la peor de España». El acceso es difícil. Sierras, veredas entre pedregales. Pero nadie sabe dónde está la peor escuela de España. Por mala que ésa sea, hay que considerar el pueblo en que se alza, y hay villas y ciudades más descuidadas que Santa María del Alto Gestoso.

BETANZOs.-Nos falta tiempo para Betanzos. Para los jardines fantásticos de García Naveira. Fuentes. Estatuas pontificias. Decoración algo más que ba­rroca. Pero hay también escuelas públicas, asilo de anormales y de ancianos, cantinas... Los americanos han querido demostrar allí su magnificencia. Más de veinte lugares de esta feligresía y de las inme­diatas tienen escuela porque la costearon ellos. Es preferible siempre lo discreto, lo adecuado. El gasto luce más cuando no pasa de lo justo. El dinero vale más cuando se invierte bien. Pero entre los Andra­de y los García Naveira, entre las armónicas piedras viejas y las extrañas fábricas actuales, Betanzos no nos da a elegir. Se ofrece como es, y al viajero le toca saber mirar.

 

(26 de enero de 1930)