CAPITULO TERCERO

 

 

LA VOLUNTAD

Y EL ESPEJISMO DE LA LIBERTAD

 

 

 

 

 

 

 

 

1. LA VIEJA TRILOGIA

 

La voluntad sólo es cierta forma de pensamiento, como la inteligencia.

 

Baruch Spinoza, 1677

 

El entendimiento, la memoria y la voluntad fueron considerados desde tiempos remotos como los tres atributos constitutivos del «alma». Sin embargo, ya desde hace algunos siglos se viene teorizando sobre cua­tro fenómenos mentales genéricos: inteligencia, memoria, consciencia y voluntad. Después de largos años de reflexión se logró «percibir» la consciencia, entidad que guarda poca relación con la conciencia, sobre la que meditan desde tiempos inmemorables moralistas y teólogos. Esen­cialmente, sólo existe un proceso mental: el entendimiento o razón. Y los cuatro fenómenos antes citados deben considerarse como sus aspectos más característicos o sus modos de operación más peculiares.

¿Es esto todo? O, por lo contrario, ¿existen otros dominios de la mente aún por descubrir? Los estudiosos del cerebro de las últimas décadas han empezado a especular sobre una quinta función mental, más profunda y primordial que las anteriores: la función integradora.

Según las últimas teorías de la biocibernética, el cerebro funciona en base a la medida ponderada de un gran número de canales de informa­ción que trabajan simultáneamente (en paralelo). Aunque la interacción entre estos canales es de gran importancia, sin embargo, en la actuali­dad, se desconoce qué mecanismo del cerebro la controla y, sobre todo, la forma en que lo hace. Se contempla, pues, la posible existencia de un quinto proceso mental, con individualidad propia, como la tienen-la inte­ligencia, memoria, consciencia y voluntad, que sea el responsable de esa función integradora antes esbozada. Muy relacionada con esta función aparece la llamada «falacia del homúnculo» (1), por la cual, consciente o inconscientemente, el hombre se inclina a pensar que existe dentro de su cerebro un «hombrecillo» encargado de esa función coordinadora. Algu­nos pretenden que este «hombrecillo», al que ya Descartes llamó «res cogitans», no pertenece al campo de la física, y es ahí precisamente donde radica el punto central de la falacia, porque está demostrado que, llámese de una manera u otra, interacciona con dicho campo en todas sus manifestaciones.

En este capítulo 3 se va a analizar el fenómeno de la voluntad, así como algunos aspectos de las capacidades de la memoria, dejando para el siguiente la interpretación del mecanismo de la consciencia. La expli­cación de la función integradora, antes aludida, no será abordada en este libro por tratarse de una hipótesis aún poco desarrollada.

 

 

 

2. LA VOLUNTAD

 

No es preciso recurrir a ningún fantasma en la máquina del cerebro para explicar las voliciones.

 

Gordon Rattray Taylor, 1979

 

A. ALGO DE HISTORIA

 

La voluntad fue considerada en la antigüedad como una más de las manifestaciones del espíritu y, como tal, estudiada exclusivamente por filósofos y teólogos. A partir del siglo XVII, con la aparición de los pri­meros empiristas, empezó a ser entendida como algo mucho más con­creto, y, en consecuencia, se pensó que posiblemente pertenecería al campo de lo causal. Desde finales del siglo pasado, bajo la influencia del mecanicismo científico, la voluntad se entiende como la capacidad que posee el hombre de desarrollar procesos mentales, muy específicos y con­cretos, que dan paso a decisiones y elecciones y la consiguiente actividad neural.

El organismo humano puede desarrollar todo tipo de actividades: unas internas y otras externas. Entre las internas, unas afectan al sistema circulatorio, al respiratorio, etc., y otras a la parte consciente del cere­bro. Estas actividades han sido muy difíciles de descubrir, pues son casi imperceptibles desde el exterior del organismo en que ocurren, ya que consisten en reacciones químicas, corrientes eléctricas, etc., todas ellas muy débiles y muy difíciles de detectar, a no ser que se disponga de ins­trumental científico muy especializado. Desde la década de los cin­cuenta, sin embargo, los procesos mentales que venían llamándose «pri­vados», empiezan a poder ser detectados y manipulados desde el exterior.

Actualmente la voluntad es considerada como uno de estos procesos mentales que, en la mayoría de los casos, producen actividad eferente (que va a través de las fibras nerviosas desde el cerebro hacia su exte­rior). Esta actividad, por lo general, da origen a movimientos muscula­res, aunque en determinadas circunstancias un acto voluntario puede provocar sólo algo mucho menos perceptible, como, por ejemplo, la represión de un sentimiento o la actualización de un recuerdo.

La voluntad pertenece por completo al dominio de lo consciente. Cualquier acto voluntario es consciente, en el sentido de que nos damos cuenta de él, pero la consciencia es mucho más extensa, pues está pre­sente, además, en otros muchos procesos mentales.

En la figura 8 se da un sencillo esquema que explica la relación entre sensación, proceso mental y volición. En esta figura se ve claramente cómo, por lo general, la volición, según ha expresado Bertrand Russell (2), es «la última causa mental de un efecto físico», en contraposición con la sensación, que es el «primer efecto mental de una causa física».

 

 

B. MODELO CIBERNÉTICO

 

 

El acto voluntario, según la psicología clásica, consta de cuatro etapas perfectamente diferenciadas, que se detallan en la tabla VI. La primera es la concepción y consiste en la obtención de información, es decir, la recopilación de datos. Se trata, pues, de una etapa en la que la actividad oferente juega un papel primordial: el cerebro recaba información que obtiene a través de sensaciones, recuerdos, deseos, vivencias, etc. La segunda etapa es la deliberación, que consiste en elaborar la información obtenida, lo cual puede reducirse a una simple transformación o a un proceso mucho más complicado. En esta segunda etapa la inteligencia


 

 

 

 

juega el papel principal, ya que mediante ella y sólo mediante ella puede tener lugar el proceso de deliberación.

La tercera etapa consiste en la decisión y en ella el sujeto elige la solución más favorable entre las planteadas en el proceso anterior. Esta etapa también se realiza gracias a la inteligencia (hay quien piensa que es aquí precisamente donde interviene el «libre albedrío»). Finalmente, la última etapa, que se denomina ejecución, es la que propiamente consti­tuye el acto volitivo. Se trata ahora de actividad eferente, que es la que «dispara» el mecanismo de ejecución del acto voluntario (algún músculo del organismo que ejecuta la acción o, como se dijo, la puesta en marcha de otro proceso mental).

Como se indica en la tabla VI, la consciencia está continuamente pre­sente en cada una de las cuatro etapas del acto voluntario, pues de lo contrario pasaría a ser reflejo o simplemente involuntario.

Establecidas estas cuatro etapas, es relativamente fácil proponer un esquema cibernético para explicar el funcionamiento del acto voluntario, si además se recurre a una idea de Bergson (3) (4), totalmente vigente en la psicología moderna, según la cual «la voluntad es la diferencia aritmé­tica entre la actividad potencial y la real». Por ello, simultáneamente a la aparición de una volición, la mente establece una representación ideal del modelo deseado, es decir, una «meta» hacia la cual nos debe conducir la propia volición. La volición debe, pues, entenderse como una «fuerza» proporcional a la diferencia entre dicha meta y la acción que se ejecuta.

En la figura 9 se ha representado un esquema de bloques equivalente al mecanismo de la voluntad, basado en las ideas anteriores. En el cerebro humano y dentro del dominio de las señales conscientes, existe, como en cualquier otro servosistema, un campo de señales débiles y otro de seña­les fuertes. La memoria, la inteligencia y posiblemente la función inte­gradora pertenecen al dominio de las señales débiles, mientras que la voluntad entra de lleno en el terreno de las señales fuertes. Por tanto, la voluntad puede representarse como un amplificador diferencial de poten­cia que es alimentado por dos señales, ambas elaboradas por la inteli­gencia. La primera (representada en la figura con el número 1) corres­ponde a la meta o modelo al que se quiere llegar. La segunda (2 en la figura) corresponde a la percepción por la inteligencia de la realidad en que se va transformando el proceso volitivo. La voluntad no hace más que amplificar la diferencia entre estas dos señales, para así convertir esa diferencia en una señal fuerte capaz de actuar sin peligro de error sobre el mecanismo ejecutor de la volición, que funciona fuera del dominio de lo mental.


Existe, por lo tanto, un auténtico proceso de realimentación en la eje­cución de una volición. La señal que actúa para conseguir el logro es proporcional al valor de la diferencia entre lo logrado y lo que se pre­tende lograr. Pero el lazo de realimentación se cierra, por lo general, a través de algo exterior al organismo que ejecuta la volición, salvo en los casos en que ésta muere dentro del propio organismo, sin traducirse en ninguna actividad externa.

Antes de terminar conviene insistir -en términos cibernéticos- en la correspondencia que existe entre un amplificador de potencia y el hard­ware en el que se genera el acto voluntario. De entre la gran cantidad de información que elabora el cerebro, las señales que percibimos con más claridad son las que corresponden a los actos voluntarios. Las voliciones aparecen siempre claramente definidas en la consciencia de los seres humanos, y por esto, por tratarse de señales fuertes, se habla con tanta frecuencia de la fuerza de la voluntad. Los procesos de elaboración de información anteriores a la volición son también percibidos por la cons­ciencia, pero, al ser de intensidad muy inferior, no dejan una huella tan clara como la de la volición, y es necesario repetir dichos procesos una o varias veces con el fin de percatarse de su significado. Mientras pensa­mos, la «imagen» que percibimos de esos pensamientos es bastante con­fusa, pero cuando el pensamiento se transforma en una volición, dado su gran contenido energético, la consciencia la percibe con claridad y, en consecuencia, el sujeto «sabe perfectamente lo que quiere».

 

 

3. LA VERDADERA NATURALEZA DE LA LIBERTAD

 

Cuando puedo hacer lo que quiero hacer, ahí está mi libertad [...], pero no tengo más remedio que querer eso que quiero.

Voltaire, 1764

 

Según se ha visto en el apartado anterior, cualquier acto voluntario va siempre precedido de una decisión consciente, en donde la libertad debe­ría manifestarse en su forma más clara y evidente. Seguidamente se ana­liza el «mecanismo» del proceso decisorio, con la intención de desvelar la aparente contradicción existente entre el determinismo, asociado con cualquier proceso natural, tanto físico como psíquico, y el sentimiento de libertad, tan arraigado en todo ser inteligente.

El proceso correspondiente a una toma de decisión es plenamente conocido (ver capítulo 1, apartado 4, o las referencias 5, 6, 7, cte.). Se trata, en primer lugar, de establecer un criterio para la decisión, lo que se consigue elaborando la información disponible hasta obtener de ella una serie de reglas o formalismo lógico. En segundo lugar, hay que com­parar todas las alternativas posibles y, de acuerdo con el criterio anterior, elegir la más favorable. Es evidente que todo este proceso viene regido por la causalidad, pues, para establecer el formalismo, el sujeto se ve for­zado a hacer uso de las «habilidades» (enseñanzas) que su cerebro posea en el momento de la decisión y de los datos a su alcance en ese preciso momento, y ni los unos ni los otros quedan en modo alguno al libre albedrío del sujeto que decide, sino que pertenecen por completo al dominio de lo causal.

Si la libertad se entiende como «la posibilidad de elección espontánea y no condicionada entre alternativas concretas» (y entenderla de forma distinta equivale en la práctica a aceptar directamente el determinismo; véanse, por ejemplo, las definiciones que se dan en la nota 1 del aparta­do 2, en el capítulo VIII), está claro que cuando el hombre decide no posee libertad, pues todo en él está condicionado por causas anteceden­tes (herencia, ambiente, glándulas, educación, datos disponibles, etc.) y, en consecuencia, no existe espontaneidad alguna.

Es cierto, asimismo, que el hombre, al decidir, lo hace de forma consciente, dándose cuenta de todo lo que hace, de cómo procesa la información, de los datos que baraja, de las premisas que establece, de por qué procesa esa información, cte.; pero el hecho de darse cuenta no cambia en nada el carácter totalmente causal de lo que hace. Por esto, nadie pone en duda que, si debido a la herencia genética o al medio en el que se desenvuelve el sujeto, su estructura neuronal fuese distinta o los datos de que dispusiera fueran otros, la decisión consecuencia de su razonamiento también sería otra. Es evidente, por tanto, que la decisión se debe a agentes cuyo control escapa por completo al «radio de acción» del sujeto que decide. Y por tanto, dentro del concepto más generalizado de libertad, esa decisión no puede ser considerada como libre.

Sin embargo, muchos filósofos y psicólogos indeterministas aceptan todo lo dicho hasta aquí, pero se reafirman en su indeterminismo al ase­gurar que el hecho de estar determinado por la propia razón o por el propio carácter no priva al hombre de su libertad, que es auto­determinación, es decir, lo opuesto a estar determinado por otros. El que mi carácter esté determinado por mis glándulas -dicen- es parte de mi libertad, porque son mis propias glándulas y no las de otras personas las que me determinan. Análogamente, el que mi forma de razonar esté determinada por las enseñanzas que yo he recibido forma también parte de mi libertad, pues se trata de las enseñanzas que precisamente yo he recibido. Sin embargo, ninguno de estos argumentos parecen suficientes, en base a la definición de libertad dada anteriormente. Desde el momento en que «yo» no poseo el control de aquello que me determina, sea mío o no lo sea, sea interior a mi organismo o sea exterior a él, mi elección estará condicionada por algo que «yo» no controlo, y esto, evi­dentemente, me priva de toda libertad. Las máquinas, cuando deciden, lo hacen de acuerdo con su software (razón) y su hardware (glándulas); sin embargo, el hecho de que estas dos entidades pertenezcan a la máquina que decide, y no a otra, no las dota de libertad, sino que, por el contrario, las constituye en ejemplos manifiestos de mecanismos cie­gamente determinados.

Ahora bien, si nos situamos en el plano determinista, al que condu­cen los anteriores razonamientos, ¿cómo puede explicarse el sentimiento inconfundible que percibimos sobre la libertad de nuestras decisiones? En mi opinión, esta percepción es sólo un espejismo. En efecto, como el sujeto que decide es consciente, va percibiendo cada uno de los detalles del proceso causal de elaboración de información que tiene lugar en su cerebro. Este proceso, aun a pesar de ser causal, es desconocido para el individuo que lo va desarrollando; es decir, él no puede determinar de antemano cómo terminará. Pero aún hay más: cuando la deliberación ha concluido, el sujeto consciente, sin pararse a pensar en la causalidad de lo que está ocurriendo, comprende que quiere hacer aquello que causal­mente ha resultado de esa deliberación, y «decide» hacerlo, para lo cual ejecuta automáticamente la correspondiente volición. Y es aquí precisa­mente donde aparece el espejismo. El individuo quiere hacer algo, siente deseos de hacerlo y lo hace, y al hacerlo se siente libre porque ha hecho lo que quería. Pero, evidentemente, lo que quería hacer estaba totalmente condicionado por agentes no controlados ni controlables por él, y, por tanto, lo que ha hecho ni es espontáneo ni tampoco incondicionado, sino totalmente determinado por las circunstancias en que se encontraba sumido. Todo lo ocurrido en la serie de procesos analizados, que le han conducido a la ejecución de ese hecho, es causal, sin que valga la pena discutir ahora si las causas que originan esos procesos son puramente deterministas o de carácter probabilistico (estadísticamente deterministas) (ver capítulo VII, apartado 3, o referencia 8), lo cual no cambia para nada el hecho fundamental de que la «voluntad» del individuo nunca pueda llegar a ser la que controle realmente la decisión a tomar.

A pesar de todos estos argumentos, existe una verdad incontroverti­ble y es que el hombre, por encima de todo razonamiento lógico, se siente libre, con total menosprecio del hecho «evidente» de que no lo sea. Nos encontramos ante una situación frecuente en la naturaleza; fijémo­nos, por ejemplo, en el siguiente caso: no hay duda de que la Tierra se mueve a gran velocidad por el espacio interplanetario, pero el hombre se siente inmóvil sobre la superficie que pisa y eso es lo que cuenta para él. La libertad como facultad del hombre es un fenómeno que no existe en la naturaleza determinista (o probabilista) de la que formamos parte, pero al hombre le basta con sentirse libre. Y esto nos permite descubrir la verdadera naturaleza de la libertad, que no hay que entenderla como facultad, sino tan sólo como sentimiento. El hombre es tan carente de libertad como lo son los árboles o las piedras, pero él, a través de su consciencia, se siente libre, mientras que los otros elementos de la natu­raleza carecen de ese sentimiento.

 

 

4. ¿QUE SON LOS SENTIMIENTOS?

 

¡Qué enorme diferencia existe entre el resplandor de nuestras ideas y las tinieblas de nuestros sentimientos!

Nicolás de Malebranche, 1688

 

Dentro de la psicología moderna, los sentimientos son considerados como aspectos afectivos de la experiencia, claramente diferenciados de los cognoscitivos. Aunque en determinadas circunstancias las sensaciones, especialmente las cutáneas, se confunden con los sentimientos (decimos que sentimos a través de ellas), es evidente que se trata de fenómenos distintos, como se verá más adelante. Ahora bien, lo que hace que a veces se confundan estos dos conceptos es que, en muchas ocasiones, la percepción de una sensación desencadena inmediatamente un senti­miento. Sin embargo, no hay duda de que la percepción es un acto esen­cialmente cognoscitivo, mientras que el sentimiento es afectivo.

Existen tres sistemas nerviosos independientes (figura 10): el extero­ceptivo, una de cuyas misiones más importantes es enviar al cerebro las señales procedentes de los sentidos, es decir, las sensaciones; el interocep­tivo, responsable entre otras muchas cosas de la transmisión también al cerebro de señales originadas en una serie de glándulas del organismo; y el propioceptivo, encargado también, entre otras muchas cosas, de hacer llegar a dicho órgano los mensajes que tienen su origen en los músculos, tendones y otros órganos afines. Ocurre que, ante cualquier experiencia nueva, el organismo reacciona para acomodarse y adaptarse a ella; a fin de mantener al cerebro informado, aunque sea sin gran detalle, del cam­bio experimentado, los dos sistemas últimamente citados le transmiten cierta información de la que nacen los sentimientos. Por eso, en opinión de Skinner (9), los sentimientos deben entenderse sólo como productos colaterales de las condiciones responsables del comportamiento.

Dado que en el organismo existen otros muchos procesos que no envían información alguna al cerebro, cabría preguntarse: ¿Cuál es la uti­lidad biológica de los sentimientos? ¿Es necesario abrumar al cerebro no solamente con la información que recibe del mundo exterior a través de los sentidos, sino también con todas esas complejas señales que constitu­yen los sentimientos?

La opinión más generalizada califica los sentimientos como agentes reforzadores del comportamiento, pues éste se hace más habitual cuando se repite con frecuencia, lo que ocurre si produce sentimientos agrada­bles, mientras que tiende a ser poco frecuente si los sentimientos asocia­dos con él son desagradables. A su vez, como la tendencia a la adquisi­ción de hábitos favorece el aprendizaje, la utilidad biológica de los sentimientos puede también explicarse como parte del mecanismo de dicho aprendizaje.

 

 

Como es sabido, la homeostasis (10 y 11) es una función caracterís­tica de los sistemas fisiológicos, por la cual, al introducir en ellos una alteración moderada que tienda a desplazarlos de su equilibrio, sus pro­pios mecanismos reaccionan en el sentido de reducir los efectos de esa alteración. El organismo de cualquier animal, incluido el hombre, puede considerarse como un homeostato (12 y 13), y para su supervivencia con­viene que dicho homeostato funcione lo mejor posible, pues de esta forma podrá responder de manera más rápida y eficaz ante cualquier eventualidad. En consecuencia, y por el simple principio de la selección natural, los animales han evolucionado hacia tendencias o modos de conducta (interna o externa), que hacen que su homeostato se mantenga siempre en una posición lo más cercana posible del equilibrio.

Cualquier tipo de conducta que produzca un desequilibrio apreciable del homeostato, origina también un sentimiento desagradable, para que, como consecuencia de él, dicha conducta no se convierta en hábito. Aná­logamente, cuando la conducta tiende a equilibrar mejor el homeostato, el correspondiente sentimiento será agradable, facilitando así la forma­ción del hábito. En realidad, no es que los sentimientos sean intrínseca­mente agradables o desagradables, sino que a los originados como con­secuencia de pautas de conducta convenientes (desde el punto de vista de la supervivencia) se les califica de agradables y a los opuestos de desagradables.

 

 

5. LOS MENSAJES DE LA MEMORIA

 

Sea lo que sea la memoria, ciertamente es parte de un sistema en constante actividad.

John Zachary Young, 1978

 

En este apartado se analizan algunos de los mecanismos de la memo­ria para, a partir de ahí, estudiar el significado cibernético de términos tales como motivaciones, recuerdos, deseos, vivencias y sueños. Su inter­pretación se refiere exclusivamente a su peculiar arquitectura biociberné­tica, sin entrar en el tema de su potencialidad psicológica, muy ajeno a lo que aquí se está explicando. Los cinco vocablos anteriores correspon­den a distintos tipos de señales (mensajes) que proporcionan información al cerebro. Su característica fundamental es su procedencia, que se sitúa en el propio cerebro, frente a la de las sensaciones y los sentimientos que es exterior a él (fig. 11). Se tratan, por tanto, de instrucciones prepro­gramadas que transfieren información de unas zonas del cerebro a otras.

Estos mensajes deben su existencia al fenómeno de la memoria, sin duda la actividad más importante de la mente y la que le proporciona toda su potencialidad. La memoria permite retener y evocar la informa­ción correspondiente a experiencias pasadas y juega un papel importantísimo en los procesos de aprendizaje. No se puede aprender sin tener memoria, y todo el que posee memoria es capaz de aprender en una u otra medida. En esencia, aprender consiste en establecer una relación o correspondencia entre una cosa y un símbolo, y esa correspondencia sólo se puede conservar gracias a un proceso memorizador. Cuando se aprende, se construye un modelo en el cerebro (más explicaciones sobre el aprendizaje se dan en el capítulo IV, apartado 4), concretamente en su matriz neuronal. Para que este modelo se materialice, es preciso que las distintas conexiones que lo forman hayan sido «facilitadas», es decir, se hayan establecido previamente de manera potencial, en contraposición con el resto de las otras posibles conexiones, lo cual permite que una sim­ple excitación (evocación) provoque la reconstrucción «en cadena» del modelo en cuestión (engrama). Para la formación de estos engramas y para la ejecución del modelo de aprendizaje, se requiere la participación de ciertos agentes reforzadores del comportamiento, como son, por ejemplo, los sentimientos, según se explicó en el apartado anterior.

 


Los mecanismos bioquímicos de la memoria no han sido aún sufi­cientemente estudiados, y sólo se conocen algunos de sus procesos par­ciales. Young (14), por ejemplo, los explica en base a tres fenómenos dis­tintos: por el primero, el sujeto es capaz de almacenar una cierta información (datos) en las macromoléculas que constituyen las neuronas, lo cual parece ser que se consigue modificando la composición química de las substancias contenidas en la zona de unión (sinapsis) entre los botones terminales de una neurona y las dendritas de otra; el segundo fenómeno permite seleccionar los caminos más apropiados de intercone­xión entre los extremos de la matriz neuronal; el tercero, y más descono­cido, capacita al sujeto mediante un acto voluntario para autoexcitar la selección correspondiente a la experiencia que pretende recordar.

Dado el origen químico de la memoria, es fácil comprender que las señales almacenadas en ella no poseen estabilidad permanente, sino que sufren paulatinas modificaciones, simplificándose y refundiéndose con el paso del tiempo, lo que hace que la información en ella contenida vaya degradándose poco a poco.

Existen neuronas especializadas en funciones motoras y cognoscitivas. Las primeras están localizadas en la corteza cerebral, en las zonas de su hemisferio derecho que controlan los movimientos del lado izquierdo del organismo, y viceversa. Las segundas también están situadas en la cor­teza cerebral y en cada uno de sus hemisferios, ocupando casi todas las zonas restantes. Estos hemisferios, como se dijo en el capítulo 11, apar­tado 3 (15 y 16), están especializados de forma distinta: el derecho para elaborar la información «por imágenes», y el izquierdo la relativa a las «ideas».

Dependiendo de la clase de neuronas que intervengan en los engra­mas memorizadores, así serán los tipos de memoria que entren en juego: una para recordar habilidades (neuronas motoras) y otra para recordar sucesos (neuronas cognoscitivas), que, a su vez, se subdivide en episódica, que trabaja con experiencias (neuronas del hemisferio derecho), y semán­tica, que lo hace con palabras y significados (hemisferio izquierdo).

La gran interrelación entre memoria y aprendizaje se manifiesta cla­ramente en la correspondencia que existe entre los tipos de memoria antes indicados y las formas de aprendizaje típicas de los seres humanos (ver tabla VII): una por la que se aprenden nuevos modos de conducta y otra que genera conocimiento, que, a su vez, puede ser concreto (cuando tiene lugar principalmente en el paquete neuronal del hemisferio dere­cho) y abstracto (hemisferio izquierdo).

Además de las funciones motoras y cognoscitivas que son de natura­leza racional, y que como ya se ha indicado se asientan en la corteza cerebral, la parte más moderna del cerebro en cuanto a su historial evo­lutivo, existen otras funciones de naturaleza emocional, que por lo gene­ral tienen su asiento en el cerebro medio, cuyo origen data de épocas muy anteriores.

Las manifestaciones psicológicas denominadas recuerdos, motivacio­nes, vivencias y deseos pueden ser consideradas como mensajes, unos racionales (los dos primeros) y otros emocionales (los otros dos) (ver, de nuevo, la tabla VII), impresos en los correspondientes paquetes de neu­ronas y que el sujeto percibe unas veces voluntariamente y otras de forma involuntaria. De estos cuatro mensajes, dos (recuerdos y viven­cias) pueden considerarse como instrucciones elementales muy poco ela­boradas, mientras que los otros dos (motivaciones y deseos) constituyen instrucciones complejas considerablemente elaboradas. Así ocurre que, cuando una motivación inclina a una persona a hacer algo, se trata de una idea perfectamente elaborada, en la que hay razones, propósitos, planes, etc., que marcan conjuntamente una pauta de conducta racional clara y concreta. El recuerdo, por el contrario, es sólo una simple imagen reflejada en la memoria, que no posee elaboración alguna y que sale del paquete de neuronas en el que quedó grabada, prácticamente igual a como entró en él, si acaso algo desdibujada. Una relación semejante existe entre las vivencias y los deseos. Las primeras son recuerdos de carácter emocional sin elaboración alguna y que por tanto, al evocarlas, reviven emociones muy difusas. Frente a ellas, el deseo, que también

 

transmite información emocional, ha sufrido una compleja elaboración (consciente o inconsciente), lo que le hace fácilmente interpretable. Nadie pone en duda lo que piden sus deseos; sin embargo, las vivencias resul­tan difíciles de interpretar (¿qué instrucciones transmiten al organismo?), aunque el recrearse en su inoperatividad sea casi instintivo.

Es fácil comprender que, en la práctica, los mensajes internos del cerebro no son «puros», como lo suelen ser las sensaciones. Por el con­trario, casi siempre suelen aparecer mezclados los unos con los otros: un deseo puede tener cierto contenido de vivencia y de motivación; una motivación, a su vez, puede aparecer mezclada con un deseo y un recuerdo, etc.

En la psicología clásica se emplean, además de los cuatro términos anteriores, otros muchos: creencias, actitudes, intenciones, propósitos e impulsos; necesidades, tendencias, anhelos, pasiones y ansias; temores y emociones; pensamientos y tensiones, etc., que no son más que otros tantos tipos de señales o mensajes que también transmiten información al cerebro y que, a su vez, tienen origen en él. Se trata sólo de casos particulares de los cuatro grupos explicados anteriormente o de combi­naciones de ellos.

Queda un último grupo de mensajes internos que también proporcio­nan información al cerebro: los que nacen como consecuencia de los sueños. El sueño es un fenómeno mental de gran interés, del que actualmente se conoce bastante poco. Al parecer se trata de una excita­ción en cadena de la matriz neuronal, que se produce de forma incons­ciente como consecuencia de ciertas reacciones químicas de carácter «reparador», que tiene lugar en el cerebro y que son necesarias para que éste no pierda su capacidad y eficacia. Las señales o mensajes que tienen su origen en los sueños son de los cuatro tipos antes descritos, y su exis­tencia se debe, en parte también, a la función memorizadora. Estas seña­les, una vez producidas, no dejan nuevo rastro en la memoria en la mayoría de los casos, y por eso parece que su única utilidad sea la deri­vada de su acción reparadora. Sin embargo, en ocasiones, el propio sujeto percibe conscientemente dichas señales, y es entonces cuando deben ser consideradas como una más entre las fuentes de información de la mente.

 

 

6. RECAPITULACION

 

 

Si existe algo que diferencia a los hombres de las máquinas es, sin duda, que los seres humanos son capaces de sentir.

 

Gordon Rattray Taylor, 1979

 

En las páginas anteriores se ha explicado cómo el fenómeno de la voluntad es un proceso mental equivalente al que tiene lugar en un amplificador diferencial de potencia excitado por dos señales: una correspondiente a lo que se quiere hacer y otra a lo que se ha hecho. También se ha visto que el libre albedrío, expresión que los anglosa­jones denominan con gran acierto free will (voluntad libre), debe enten­derse, a pesar de la contradicción que ello representa, como un proceso neuronal de carácter causal, automático y carente de toda espontaneidad, por el cual el sujeto ejecuta la forma de pensar o de actuar que le dicta su inteligencia, lo que provoca en él un sentimiento agradable muy carac­terístico. La «sensación» de libertad nace del hábito propio de los seres racionales que les inclina a hacer, siempre que pueden, aquello que determina su razón.

Se ha explicado, asimismo, cómo el hombre, en contra de lo que algunos creen, no es sólo un «animal racional», sino que posee además una gran capacidad emocional. La mente humana puede absorber canti­dades ingentes de información a través de los sentimientos, que al fin y a la postre son los responsables de la vida emocional del sujeto y contribu­yen enormemente al desarrollo de su «humanidad». No todos, sin embargo, participan de esta realidad. «Muchos de los problemas que padece la humanidad se deben a la tenacidad con que luchan los hom­bres por alcanzar aquello que les dicta su razón, desoyendo el consejo de sus propios sentimientos», ha dicho no hace mucho Arthur Koestler (17).

Se ha indicado por último que, a pesar de estar el hombre determi­nado según confirma la ciencia cada día con mayor evidencia, ese mismo hombre determinado se siente libre, lo cual, ciertamente, no le hace libre, pero le permite gozar de la libertad.

 

 

7. BIBLIOGRAFIA

 

1.       F. H. C. Crick, Thinking about the Brain: Scientific American, New York (septiembre 1979), 181-188.

2.       B. Russell, El conocimiento humano, Taurus Ediciones, Madrid5 1977.

3.       H. L. Bergson, Time and Free Will, Macmillan, New York 1910.

4.       R. Berger, Psvclosis. The Circularity of Experience, Freeman and Company, San Francisco 1977.

5.       M. A. Arbid, Ordenadores y sociedad cibernética, AC, Madrid 1978.

6.       B. Raphael, The Thinking Computer. Mind Inside Matier, Freeman and Company, San Francisco 1976.

7.       A. Nevell y H. A. Simon, Human problem Solving, Prentice Hall, Englewood Cliffs, N. J., 1972.

8.       W. Heisenberg, La imagen de la naturaleza en la Física actual, Ariel, Madrid 1976.

9.       B. F. Skinner, Sobre el conductismo, Fontanella, Barcelona2 1977.

10.     N. A. Cannon, The Wisdom of the Body, Norton, New York 1932.

11.     M. A. Arbid, Cerebros, máquinas y matemáticas, Alianza, Madrid 1976.

12.     C. U. M. Smith, El cerebro, Alianza, Madrid4 1978.

13.     C. P. Richter, Total Self-regulatory Functions in Animals and Man: Harvey Lectures, London, 38 (1942 y 1943), 63-101.

14.     J. Z. Young, Programs of the Brain, Oxford University Press, Oxford 1978.

15.     H. Mintzberg, Planning on the Left Side and Managing on the Right: Harvard Busi­ness Review, USA (julio-agosto 1976), 49-58.

16.     Varios autores, Psicología fisiológica, Selecciones de Scientific American, Blume,

         Madrid 1979, capítulos 13, 28 y 58.

17.     A. Koestler, Jano, Debate, Madrid 1982.