CAPITULO SEGUNDO

 

LA ASIMETRIA FUNCIONAL DE LOS HEMISFERIOS CEREBRALES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1. DOS MENTES EN UN SOLO CEREBRO

 

 

El cerebro del hombre, igual que el de los animales, es doble.

Hipócrates, s. V a C.

 

 

Por razones de estrategia evolutiva no fáciles de comprender, las especies del reino animal, no así las del vegetal, presentan una casi total simetría entre los lados derecho e izquierdo de sus organismos. Esta simetría se extiende más allá de los órganos externos y afecta también al sistema nervioso. El cerebro es un caso típico. En los mamíferos superio­res, su tronco central está recubierto por la corteza cerebral, que forma dos hemisferios de sustancia gris y forma arriñonada (fig. 4), imagen especular uno del otro.

Dicha corteza cerebral consta de tres zonas con funcionalidad mar­cadamente distinta (fig. 5): la motora, donde se procesan las señales de salida; la sensorial, que procesa las de entrada; y la asociativa o zona central, en la que se procesa el resto de la información tratada en el cerebro. La primera de estas zonas contiene las terminaciones nerviosas eferentes encargadas de controlar todos y cada uno de los movimientos del cuerpo. La segunda está formada por las terminaciones aferentes de las conexiones que van desde las zonas periféricas del organismo hasta la corteza cerebral. Por último, la tercera, que en el hombre es la más extensa con gran

 

 

diferencia, contiene las neuronas que constituyen los sistemas de percepción, aprendizaje y memorización de la mente.

En toda la corteza cerebral se observa un curioso y aún no bien comprendido cruzamiento (1) de sus vías nerviosas, de forma que las neuronas situadas en el hemisferio derecho controlan los movimientos o reciben las sensaciones del lado izquierdo del cuerpo, y viceversa.

Además, las zonas motora y sensorial están fuertemente especializa­das. Cada parte o porción de ellas controla el movimiento o las sensa­ciones de un área muy concreta del cuerpo. En un principio se creyó que la zona central no funcionaba de esta forma, sino que, por el contrario, en ella cada una de las áreas asociativas de los hemisferios cerebrales realizaba papeles idénticos, ya que en ellas residía lo más íntimo de la mente del ser humano, lo que algunos llaman su identidad personal, y ésta debería ser única. Hoy día se sabe que no es así, pues las áreas neu­ronales de cada uno de los hemisferios realizan funciones claramente diferenciadas.

El origen de estos descubrimientos data de 1861, en que Paul Bro­ca (2) comprobó que, cuando cierta porción del hemisferio izquierdo se lesionaba, aparecían desórdenes muy específicos en el lenguaje, pero si las lesiones se producían en el hemisferio derecho no ocurría otro tanto.

 

 

Pocos años después, Carl Wernicke (3) localizó otra zona, también en el hemisferio izquierdo, que, en caso de sufrir algún trauma, afectaba asi­mismo al habla. Estos descubrimientos indicaron claramente que el hemisferio izquierdo era el responsable de coordinar el lenguaje, mien­tras que el derecho no desempeña papel alguno en esta importante actividad.

A partir de entonces los trabajos de investigación se multiplicaron de forma sorprendente en busca de las funciones perceptuales y cognitivas propias de cada hemisferio cerebral. Pero no se produjo otro descubri­miento de transcendencia hasta que en 1952 Roger W. Sperry (4), de la Universidad de Chicago, comprobó que, si seccionaba quirúrgicamente el cuerpo calloso (gran paquete de fibras nerviosas que interconexionan los dos hemisferios) (fig. 6), no se apreciaban síntomas importantes en el individuo, si bien a partir de entonces los dos hemisferios funcionaban de forma independiente, como si se tratara de cerebros distintos, no sólo en cuanto a su localización dentro del mismo cráneo, sino también en cuanto a lo que es capaz de hacer cada uno de ellos, dándose el caso paradójico de que uno podía aprender una cosa y el otro la ignoraba por completo.

En los últimos treinta años, este nuevo e importante descubrimiento ha dado origen a un renovado esfuerzo de investigación en busca de su verdadero significado. El propósito de este capítulo es abordar el tema desde el punto de vista de la cibernética y de la teoría de la información, enfoque inédito hasta la fecha.

 

 

2. ALGUNAS NOCIONES BASICAS SOBRE EL

TRATAMIENTO DE LA INFORMACION

 

Creo que las ideas de la teoría de la información pue­den aportar un número importante de contribuciones al estudio del cerebro, el cual si no es otra cosa, al menos es un elaborador de información extraordina­riamente eficaz.

Donald M. Mackay, 1980

 

 

«El espacio y el tiempo son considerados comúnmente como las for­mas de existencia del mundo real, y la materia como su sustancia», señala Herman Weyl (5) al iniciar un detallado análisis sobre estos tres conceptos, en los que se apoyan toda la física y toda la filosofía.

La teoría de la información se mueve también dentro de las mismas coordenadas: la materia, único constituyente sustancial de los datos, «piezas fundamentales» usadas para desarrollar la teoría; y el tiempo y el espacio, únicas formas básicas en que se pueden ordenar esos datos.

Si se procesa información secuencialmente, se están ordenando los datos de manera temporal; por el contrario, cuando se hace globalmente, el ordenamiento tiene forma espacial. Dada la estructura genérica del Universo en que vivimos, sólo pueden existir estos dos modos de ordenar la información: el temporal o serie, y el espacial o paralelo, y, como con­secuencia, todos los métodos de tratamiento de información elaborados hasta ahora (tabla I) por el hombre, o que pueda elaborar en el futuro, se basan en uno de estos dos modos. Y todas las formas del conoci­miento científico se fundamentan por lo general en algunas de las moda­lidades enumeradas en esa tabla.

La naturaleza discurre por idénticos caminos. El cerebro humano elabora información en base al tiempo y al espacio. Al leer un libro, realizar un cálculo numérico, ordenar una colección de libros, etc., se están realizando una serie de operaciones mentales secuenciales, es decir, se está procesando información en serie. Los datos entran y salen del cerebro unos detrás de otros, son percibidos consecutivamente y van siendo tratados y transformados en tiempos sucesivos. Por el contrario, al contemplar un paisaje, al intentar reconocer un rostro, al percatarnos de una situación de peligro, etc., las operaciones mentales necesarias

 

 

(entrada, percepción y salida de datos) ocurren en puntos distintos del espacio, es decir, la información es procesada en paralelo. Los datos lle­gan simultáneamente a los sentidos, son transformados todos al mismo tiempo, y los subproductos correspondientes son también percibidos de forma global.

Cuando el cerebro procesa información, lo que realmente hace es, en primer lugar, transmitir esa información desde el lugar que la capta o detecta al entramado neuronal donde la elabora. En el caso de la visión, por ejemplo, la información es transmitida desde la retina, que es donde se la detecta, por primera vez, a ciertas zonas de la corteza que es donde se la percibe. La percepción es el acto más importante y complejo de todo el proceso de elaboración de información, y no debe confundirse

 

con la detección que ocurre en los comienzos del proceso y que encierra operaciones menos delicadas. Según se dijo, para llegar a percibir algo es preciso -tratando de explicar el fenómeno de manera muy simple ­comparar ese algo, una vez detectado, con recuerdos de la memoria y, como consecuencia de esta comparación, catalogarlo de la forma más efectiva posible para así llegar a comprenderlo. Percibir es también un proceso susceptible de ser efectuado tanto en serie como en paralelo. Si nos fijamos en las dos partes de la figura 7 y procesamos (percibimos) la información contenida en ella, en paralelo, ambas partes nos parecen idénticas. Si, por el contrario, procesamos esa misma información perci­biendo detalle a detalle (serie), lo que lógicamente nos obligará a alargar la operación con respecto al caso anterior, podremos llegar a descubrir hasta siete diferencias importantes, que en el proceso paralelo nos pasa­ron inadvertidas.

Cuando se procesa información en serie, lógicamente se gana en «detalle», si bien se pierde en «panorama». Sin embargo, al hacerlo en paralelo sucede todo lo contrario. Es precisamente el mismo fenómeno que ocurre con el objetivo telescópico de una máquina fotográfica: si se amplía el campo, se pierde definición, y viceversa.

No sólo se procesa información en paralelo cuando se reciben, detec­tan y perciben varios canales de datos al mismo tiempo (por ejemplo: vista, oído, memoria, sentimientos), sino también cuando, tratándose de un solo canal de datos, las percepciones se refieren a conjuntos amplios de ellos, como puede ocurrir en el ejemplo de la figura 7, donde sola­mente entra en juego el canal de información correspondiente a la vista, pero que puede ser tratado en dos formas: abarcando toda la figura (paralelo) o solamente parte de ella (serie). Otro ejemplo muy instructivo es el caso de la lectura: «macroscópicamente» hablando, se trata de un proceso serie, pues se perciben las letras una a continuación de otra; sin embargo, desde el punto de vista «microscópico», el proceso es paralelo, porque cada letra con todos sus detalles se percibe en forma global y no punto por punto, como en realidad requeriría un proceso serie.

El cerebro humano, igual que el de muchos animales, posee la extraordinaria capacidad de procesar información en paralelo, tanto en forma de muchos canales simultáneamente como a nivel de un solo canal, pero con campo relativamente amplio. Los modernos computado­res digitales, aun los más sofisticados y potentes, no suelen presentar esa capacidad. Por lo general procesan información sólo en serie, aunque puedan procesar varios canales al mismo tiempo, pero dentro de cada canal sólo «perciben» punto a punto (bit a bit).

 

 

3. RESUMEN DE CONCLUSIONES YA FORMULADAS SOBRE ASIMETRIA FUNCIONAL DEL CEREBRO HUMANO

 

 

Es lógico llegar a la conclusión de que, si un solo hemisferio basta para tener una mente, el hecho de tener dos hemisferios nos capacita para tener dos mentes.

Joseph E. Bogen, 1969

 

 

Las numerosas investigaciones realizadas para intentar descubrir la funcionalidad en cuanto a percepción, aprendizaje y memorización de cada uno de los hemisferios cerebrales pueden agruparse en cuatro cate­gorías, según el tipo de asimetría cerebral existente en los sujetos some­tidos a examen.

En la primera están todos los estudios del comportamiento de pacien­tes a los que se les ha seccionado quirúrgicamente el cuerpo calloso dejando los hemisferios sin intercomunicación, en busca de remedio con­tra fuertes ataques epilépticos originados posiblemente en algún tipo de «realimentación» entre dichos hemisferios. Casos de este tipo pueden encontrarse en las referencias 4, 6, 7, 8, 9, 10 y 11, así como en otras muchas no enumeradas aquí para no hacer interminable la bibliografía que se da al final de este capítulo.

El segundo grupo se refiere al estudio de pacientes a los que ha sido preciso extirpar alguno de los hemisferios para reducir ciertos tumores o a causa de heridas traumáticas. En este grupo también pueden incluirse enfermos con alguno de los hemisferios total o parcialmente inutilizado debido a trombosis cerebrales (12, 13 y 14).

En el tercer grupo se incluyen estudios de personas sanas, cuyos dos hemisferios funcionan perfectamente y están intercomunicados a través del cuerpo calloso. Varios de estos casos se detallan en las referencias 15, 16 y 17. Estos sujetos son sometidos a experimentación mediante ins­trumentos y aparatos muy ingeniosos, que permiten que en el momento de la prueba sea sólo uno de los hemisferios el que realice la parte más significativa del trabajo mental.

Por último, el cuarto grupo incluye también personas normales a las que se «duerme» uno de los hemisferios mediante electrochoque localizado o inyectando un anestésico apropiado en la arteria carótida (18, 19 y 20).

Sería poco menos que imposible intentar resumir aquí los resultados del gran número de investigaciones enmarcadas en cada uno de los cua­tro grupos anteriores. Además, cada autor suele analizar una faceta dis­tinta dentro de una habilidad determinada o de una pauta de conducta concreta del sujeto sometido a experimentación, lo que hace muy difícil cualquier tipo de sistematización. Por otro lado, en investigaciones de esta naturaleza cada caso clínico tiene una importante componente sub­jetiva, que dificulta su valorización objetiva. El resultado final es, en la mayoría de los casos, una multitud de ideas poco relacionadas entre sí y difíciles de ordenar y clasificar.

Sin embargo, existe un aspecto que, en mi opinión, puede ser muy interesante. Todos estos autores acostumbran a incluir en sus trabajos algunos párrafos de carácter especulativo, en los que, basándose sólo en la intuición y sin lugar a demostración experimental alguna, intentan sin­tetizar sus observaciones utilizando para ello expresiones de carácter muy general con las que tratan de cualificar el modo de operación de cada uno de los hemisferios cerebrales. A continuación se resume en algunas tablas el contenido principal de estos párrafos especulativos al modo y manera de lo hecho por Bogen (21), pero procurando anteponer en lo posible el punto de vista de la teoría de la información.

Para encuadrar mejor los términos usados por los autores a los que antes se ha hecho referencia, se han considerado por separado tres face­tas muy importantes de la mente humana: pensamiento, consciencia y comunicación. En la tabla II se han agrupado las expresiones empleadas para designar el modo de pensamiento propio de cada uno de los hemis­ferios cerebrales, entendiendo por tal la forma característica en que ela­boran información. La tabla III es análoga a la II, si bien se refiere a los modos de consciencia, es decir, a las formas peculiares en que cada hemis­ferio autopercibe la información que está elaborando. Y, por último, en la tabla IV se agrupan los términos correspondientes a las formas de comu­nicación más características de estos hemisferios, esto es, su manera de recibir y transmitir la información.

Si se analiza el contenido de estas tres tablas, lo que más llama la atención es el hecho de que, a pesar de existir una evidente variedad en los términos empleados por los distintos investigadores, para expresar la funcionalidad de cada uno de los hemisferios (a lo que unos llaman pen­samiento lógico, otros denominan intelectual; lo que unos consideran comunicación por imágenes, otros lo entienden como estructural, etc.); sin embargo, se aprecia una concordancia casi total en el hecho de que todas las funciones correspondientes a las columnas asociadas con el hemisferio izquierdo se refieren a procesos de elaboración de información en serie, mientras que todas las relativas al hemisferio derecho corres­ponden a procesos del tipo paralelo. Este hecho singularmente significa­tivo constituye la base de la hipótesis que se va a explicar en el aparta­do 5.

 



 

4. LATERALIDAD DE LAS EXTREMIDADES

 

 

Que el dextrismo y la zurdería de los humanos es un carácter heredado está más allá de toda disputa.

 

Robert L. Collins, 1978

 

Como se dijo en el apartado 1, el sistema nervioso presenta una curiosa estructura cruzada, en la que las extremidades del lado derecho están controladas desde el hemisferio cerebral izquierdo, y viceversa. Ocurre, además, que en los humanos se da una evidente especialización en el uso de sus extremidades (lateralidad), principalmente en el caso de las superiores, de forma que una gran mayoría de ellos, entre el 85 y el 90 por ciento aproximadamente, emplean la mano derecha para trabajos que requieren una cierta habilidad (operating grip, en la literatura anglo­sajona) y reservan la izquierda para las tareas en las que lo importante es la capacidad de sujeción (holding grip).

La especialización funcional de los hemisferios cerebrales no sólo se manifiesta en las funciones perceptuales o cognitivas, a las que se hizo referencia en el apartado anterior, sino también en las motoras, lo que ha hecho suponer a numerosos investigadores (15, 18, 22, 23, 24, 25, 26 y 27) que ambos fenómenos deben tener un origen común.

Dado que el estudio de la lateralidad de las extremidades es muy anterior al de la especialización funcional de los hemisferios, puede resultar oportuno repasar brevemente aquí lo que se conoce actualmente sobre el primer tema, pues ello podría ser de utilidad a la hora de inter­pretar el segundo.

Las primeras hipótesis atribuían la existencia de una mano diestra y otra zurda a hábitos adquiridos durante la infancia o a costumbres tra­dicionales. Sin embargo, la antropología ha demostrado que se trata de un fenómeno existente desde tiempos remotos y de carácter universal (que trasciende más allá de razas, culturas o continentes), lo que hace pensar (23 y 28) que se podría tratar de un carácter heredado genética­mente. Más aún, al parecer, la mutación responsable de este carácter es propia solamente del homo sapiens o de sus más inmediatos antepasados, pues los mamíferos superiores no presentan dicha lateralidad. Es cierto que los perros, monos, elefantes, etc., utilizan con más frecuencia una de sus patas delanteras o colmillos (23 y 29) para determinadas tareas, pero la gran mayoría de ellos no utilizan la misma extremidad como ocurre en el hombre, sino que el número de animales diestros es aproximada­mente igual al de zurdos, lo que hace pensar que se trata de un hábito adquirido como consecuencia de circunstancias aleatorias.

Las hipótesis más aceptadas en la actualidad sobre el origen de la lateralidad en los humanos son tres, que se exponen a continuación, si bien es preciso advertir que, dadas las dificultades que presenta el tema, la bibliografía sobre el mismo es muy incompleta y escasa.

La primera hipótesis (27) presupone que la prevalencia lateral viene determinada por un alelo (correspondiente a un par de genes) que da origen al dextrismo, existiendo el alelo complementario que provoca la zurdería, siendo dominante el primero y recesivo el segundo.

La segunda1 afirma la inexistencia de este último alelo complementa­rio. En otras palabras, los hombres nacen genéticamente predispuestos al dextrismo o nacen sin predisposición alguna (individuos que en lo que sigue serán llamados «neutros»). Estos últimos, debido a un hábito adquirido de forma aleatoria, pasan a ser diestros, ambidiestros o zurdos, con una distribución aproximadamente igual entre los tres grupos. Según esta teoría, deberán existir dos clases de diestros: los de origen genético, que son aproximadamente un 85 por ciento de los humanos, y los «neu­tros» que por hábito se han convertido en diestros, y que se estiman en un 5 por ciento, lo que hace el total de diestros de un 90 por ciento. El 10 por ciento restante se divide entre zurdos y ambidiestros en partes prácticamente iguales.

La tercera hipótesis (28) pone en duda la existencia tanto del gen del dextrismo como el de la zurdería. Sin embargo admite el origen genético de la lateralidad, pero lo considera como un fenómeno indirecto: existen ciertos genes que modelan el organismo de cada individuo con unas características tales que predisponen a usar preferentemente una de las dos manos.

Si se analizan conjuntamente los fenómenos de la lateralidad y la especialización funcional hemisférica, la hipótesis que mejor explica ambas, según se verá más adelante, podría ser una superposición de la segunda y tercera citadas anteriormente; es decir, existe algo genético en el hombre que le predispone indirectamente a la lateralidad, pero que cuando aparece únicamente le predispone al dextrismo.

 

 

5. HIPOTESIS SOBRE LA FORMA EN QUE TRABAJA CADA UNO DE LOS HEMISFERIOS CEREBRALES

 

 

Los hemisferios cerebrales se diferencian no sólo en aquellos mecanismos que explican su comportamiento complejo, sino también en los procesos correspondien­tes a las señales que entran y salen de ellos.

 

Josefina Semens, 1967

 

A pesar de la profusión de literatura científica existente sobre el tema de la especialización de los hemisferios cerebrales, la explicación de los mecanismos neuronales responsables de ella es un tema todavía inédito, si se exceptúa el trabajo de Semens (22) que, aun siendo de gran interés, adolece de falta de concreción en lo referente a esos mecanismos, limi­tándose a afirmar que el hemisferio derecho está organizado de «forma difusa», mientras que el izquierdo lo está de «forma localizada». Puede ser que esta escasez de trabajos interpretativos frente a tantos descripti­vos se deba a que el tema aún no ha sido abordado desde el punto de vista de la cibernética, único que lógicamente puede esclarecerlo, al ser el cerebro un potentísimo elaborador de información.

 

*  *  *

 

En la evolución de las especies pertenecientes al reino animal, el cerebro debió aparecer muy al principio, asumiendo el papel de centro de coordinación y control del sistema nervioso. Por rudimentario que fuera este órgano, su función siempre fue procesar la información cap­tada por dicho sistema, el cual, en la mayoría de los casos, tenía forma de estrella con un núcleo central y una serie de ramificaciones que par­tían de él. En consecuencia, la información llegaba casi siempre al cere­bro procedente de puntos diferentes pero simultáneamente, es decir, en paralelo. Esto obligaba al cerebro a procesar esa información también en paralelo. Más tarde, cuando éste se desdobló en dos hemisférios, proba­blemente como consecuencia de la presión evolutiva en favor de un ele­mento tan eficaz como el cerebro, ambos necesariamente debieron conti­nuar procesando la información en paralelo. Hasta que, en un momento determinado de la evolución, una cierta mutación debió afectar de forma directa o indirecta a la estructura neuronal de dichos hemisferios, haciendo que uno de ellos -el izquierdo concretamente- se transfor­mara en un elaborador de información de tipo serie.

Al aparecer esta desigualdad funcional hemisférica, es lógico suponer que los trabajos manuales, que requieren una cierta habilidad y que, por tanto, deben verse favorecidos por un control neuronal secuencial, pasa­ran a ser competencia casi exclusiva del hemisferio que estaba mejor dotado para ese tipo de proceso de información, que era el izquierdo. Y así es como debió originarse la prevalencia de la mano derecha - controlada por el hemisferio izquierdo- en dicho tipo de trabajos. Aná­logamente, el lenguaje, que también requiere actividad mental seriada al exigir concentración en el discurso y tratamiento temporal de la infor­mación (idea tras idea, frase tras frase, palabra tras palabra y fonema tras fonema), debió asimismo pasar a ser una función a cargo general­mente de ese hemisferio.

Por un razonamiento análogo, se puede suponer que la elaboración del pensamiento lógico, del racional y del abstracto, que igualmente deben sustentarse en procesamientos de información de tipo secuencial, tuviera lugar en dicho hemisferio izquierdo.

En consecuencia, este hemisferio debió ir acaparando una serie de tareas de gran importancia, y como, cuando un hemisferio se concentra en una actividad, el otro se inhibe de ella (18), el hemisferio derecho debió «disponer de mucho tiempo libre» para acometer aquellas tareas que precisaban un control neuronal espacial o de tipo paralelo, como, por ejemplo, la percepción ambiental, el pensamiento intuitivo y concreto, la consciencia emocional, etc.

La hipótesis expuesta entiende que la lateralidad de las extremidades es consecuencia directa de la asimetría funcional hemisférica; por tanto, si se admite para dicha lateralidad la hipótesis enumerada en segundo lugar en el apartado anterior, según se justifica más adelante, habrá que suponer también que sólo los diestros de origen genético (aproximada­mente un 85 % de los seres humanos) deberán tener sus hemisferios fun­cionalmente diferenciados (uno predispuesto para los procesos en serie y otro para los en paralelo), mientras que los «neutros» (el 15 % restante) tendrán sus dos hemisferios en el estado evolutivo original, es decir, ambos predispuestos para elaborar información en paralelo.

Se desconoce por completo en qué momento preciso de la evolución apareció la mutación a la que antes se ha hecho referencia, si bien se podría pensar que pudo tener lugar simultáneamente con alguna de las mutaciones que originaron los grandes cambios de capacidad craneal acaecidos dentro del género homo (cuando el ramapithecus se transformó en homo habilis, o cuando éste se convirtió en erectus, o cuando el último pasó a ser homo sapiens).

Conviene indicar también que la diferenciación en la estructura neu­ronal a que se viene haciendo referencia no requiere distinción anató­mica externa alguna. Más bien podría tratarse tan sólo de un cambio en alguno de los agentes que influyen directamente en el comportamiento de las neuronas de la corteza cerebral, como, por ejemplo, el riego san­guíneo (29), la dosificación hormonal, etc. Téngase en cuenta que, según enseña la teoría de la información, convertir la capacidad de procesar información en paralelo en capacidad para hacerlo en serie no implica cambios estructurales de gran importancia; bastaría, por ejemplo, con adquirir un mayor «poder de concentración» que permitiera dar énfasis a un número reducido de canales de información dentro del gran grupo de los disponibles. Por el contrario, el cambio de serie a paralelo hubiera implicado transformaciones mucho más importantes.

Al parecer, este fenómeno de la especialización hemisférica no se pre­senta al modo de una variable digital -o todo o nada-, sino que más bien se manifiesta como una transición entre personas que tienen sus hemisferios claramente diferenciados y otras que los tienen casi sin dife­renciar (18). Inclusive algunos autores (26) han señalado que esta dife­renciación suele ser mayor en los varones que en las mujeres, hipótesis sobre la que últimamente se ha especulado bastante, pero que todavía no ha sido confirmada científicamente.

Debe comprenderse que este fenómeno de la especialización consiste sólo en una cierta predisposición de cada uno de los hemisferios para un tipo u otro de proceso de información. No se trata de que la elaboración en serie sea competencia exclusiva de un hemisferio y la en paralelo del otro. Ambos hemisferios pueden procesar información de cualquier forma, pero, como consecuencia de la predisposición indicada, su efica­cia es mucho mayor en uno de esos casos.

Recuérdese además que, por lo general, cualquier forma de elabora­ción de información en serie suele poder descomponerse en varios sub­procesos que operan en paralelo. Por todo esto, la diferencia funcional de los hemisferios a la que se viene haciendo referencia es muy posible que consista simplemente en que uno de ellos trabaja mejor procesando muchos canales de información simultáneamente, siendo estos canales de amplio contenido, mientras que el otro lo hace mejor al tratarse de menor número de canales y con un contenido más limitado.

Por último, conviene no olvidar que el entramado neuronal de la cor­teza cerebral posee una plasticidad extraordinaria. Por tanto, a pesar de que cada uno de los hemisferios puede tener una de las predisposiciones indicadas, es preciso «facilitar» previamente con el uso ese modo de ope­ración, y en casos excepcionales, como los que se derivan de ciertas lesiones cerebrales, entra dentro de lo posible una cierta reeducación, a no ser que dicha plasticidad haya desaparecido con el paso de los años.

 

*  *  *

 

En cuanto a los mecanismos neuronales responsables de la predispo­sición indicada no se conoce nada concreto como consecuencia de expe­riencias directas, pues observar en el laboratorio la actividad neuronal es asunto aún muy difícil y rodeado de toda clase de limitaciones; sin embargo, en base a los principios fundamentales de la teoría de la información, se pueden aventurar algunas hipótesis. Así, resulta lógico suponer que el hemisferio izquierdo deberá estar dotado de un poder de inhibición neuronal mucho más enérgico que el del derecho, lo cual favo­recerá la elaboración de información en serie en dicho hemisferio. Se entiende por poder de inhibición la capacidad de bloquear de forma refleja (inconsciente) determinadas cadenas o zonas neuronales. Este debe ser un fenómeno de naturaleza química y muy bien pudiera estar relacionada, como ya se ha indicado, con el riego sanguíneo de cada uno de los hemisferios (a menor riego, las neuronas estarán menos activadas y podrán ser bloqueadas con menor acción química, es decir, más fácilmente).

Esta capacidad de inhibición deberá ponerse de manifiesto en tres zonas concretas: la periférica, tanto de entrada como de salida; la cen­tral, cuando sus neuronas participan en procesos cognitivos y de apren­dizaje; y esa misma zona, pero cuando sus neuronas intervienen en pro­cesos de memorización.

Por lo que se refiere a la primera de dichas zonas, el hemisferio dere­cho debe trabajar con todos o casi todos sus canales de entrada y salida activados, mientras que el izquierdo deberá ser capaz de inhibir un número importante de ellos.

Por lo que respecta a la zona de las neuronas centrales que partici­pan en procesos cognitivos, las del hemisferio izquierdo deberán trabajar en base a una excitación enérgica de largas cadenas, quedando las cola­terales inhibidas total o parcialmente. Por el contrario, las neuronas del hemisferio derecho lo harán mediante la excitación global de un conside­rable número de ellas que se inhibirán parcialmente entre sí y que, por tanto, darán lugar a una excitación mucho menos enérgica que en el caso anterior. Esta interpretación explicaría por qué el pensamiento lógico o el racional, propios del hemisferio izquierdo, se perciben en forma mucho más clara que el pensamiento intuitivo o el holístico, aso­ciados con el derecho. Por último, las neuronas centrales responsables de los procesos de memorización deberán originar engramas extensos y de poca intensidad en el hemisferio derecho, y reducidos, pero de gran con­traste, en el izquierdo.

Estos puntos de vista, así como la principal hipótesis aquí expuesta, coinciden en líneas generales con lo postulado por Semens (22), sin que se observe contradicción aparente entre los dos enunciados, si bien su planteamiento se apoya en investigaciones anatómicas y no en especula­ciones de carácter cibernético como lo aquí tratado.

El hecho de haber admitido para la lateralidad de las extremidades y, por tanto, para la diferenciación hemisférica la segunda de las hipótesis del apartado anterior y no la primera, se debe a las siguientes razones:

a) Está comprobado que el habla -la función asociativa más fácil de localizar en alguno de los hemisferios- no aparece, como pudiera esperarse, en todos los diestros en su hemisferio izquierdo y en todos los zurdos en el derecho, sino que existe un pequeño porcentaje de unos y otros en los que esta importante función se encuentra invertida (11, 15 y 23). Y, aún más, existen sujetos (22, 25 y 30) con el habla localizada en ambos hemisferios. Todos estos casos podrían interpretarse como perte­necientes al grupo de los llamados «neutros», que, al no tener el gen -directo o indirecto- del dextrismo, fijan el habla de manera total­mente aleatoria en alguno de sus hemisferios, o inclusive en ambos, ya que cualquiera de ellos está igualmente capacitado y ninguno ofrece ven­tajas importantes para elaborar información en serie, mientras que la lateralidad manual no tiene por qué fijarse en el mismo hemisferio.

b) También está comprobado (11, 23, 25 y 27) que, cuando como consecuencia de lesiones cerebrales aparecen trastornos en el habla, las personas afectadas se recuperan mejor y más rápidamente si son zurdas. Y dentro del grupo de los diestros, que son de recuperación muy lenta o inexistente, los que tienen parientes consanguíneos zurdos son los que mejoran más. El primero de estos hallazgos podría explicarse supo­niendo que el zurdo tiene siempre ciertas funciones del habla asociadas con ambos hemisferios, y el segundo, si se admite que los diestros con parientes zurdos son probablemente «neutros», es decir, personas sin sus hemisferios diferenciados; por consiguiente, con la misma configuración cerebral que los zurdos.

 

 

6. EMOCIONES POSITIVAS Y NEGATIVAS

 

 

Lo más insufrible para el hombre razonable es aquello que carece de razón.

Epicteto, s. II a. C.

 

 

Aun a pesar de conocerse que las emociones tienen su origen en estratos muy profundos del cerebro, concretamente en su sistema lím­bico, se ha explicado anteriormente (Apartado 3) cómo el hemisferio derecho es el responsable de la consciencia emocional del individuo, y así lo corroboran diversos autores (23, 24, 31 y 32), pues la elaboración final de las señales procedentes de esos estratos, que requieren procesa­miento en paralelo, dada la multiplicidad de vías de información en ellas contenidas, tiene lugar al parecer en dicho hemisferio. Además, según se ha explicado, en la mayoría de las personas este hemisferio es el más primitivo de los dos, en correspondencia con la vida emocional que, sin lugar a dudas, es anterior a la racional en cuanto a historial evolutivo.

Ahora bien, algunos investigadores soviéticos (18) han encontrado que, cuando como consecuencia de un electrochoque lateralizado deja de funcionar el hemisferio derecho, el paciente manifiesta únicamente emo­ciones positivas (tono vital alto, optimismo, vivacidad, etc.), mientras que, si no trabaja el hemisferio izquierdo, aparecen las emociones negati­vas (tono vital bajo, pesimismo, etc.).

Estas observaciones contradicen en cierta medida la hipótesis expuesta en el apartado anterior, porque parecen indicar que tanto un hemisferio como otro son capaces de procesar información emocional que, como se indicó, requiere elaboración en paralelo. Sin embargo, esta objeción no puede ser considerada como válida, según se va a tratar de explicar a continuación. Las emociones negativas, derivadas del miedo a la muerte, debieron ser mucho más favorecidas que las positivas en la evolución de las especies. El animal que debido a un accidente genético desarrollaba pautas de conducta en las que el temor a la muerte tenía un protagonismo importante aumentaba considerablemente la probabilidad de reproducirse, y, por tanto, sus genes se propagaban mejor. Lo que lleva a pensar que, después de miles de siglos de proceso evolutivo, solamente han «sobrevivido» las emociones negativas, y lo que ahora se considera como positivas equivale en realidad a la ausencia de las negativas.

Entonces ocurre que en la mayoría de las personas el hemisferio derecho, cuando trabaja, elabora la información correspondiente a las emociones negativas. Por tanto, si ese hemisferio deja de funcionar por causa accidental, el paciente sufrirá la ausencia de dichas emociones y se mostrará optimista, alegre, etc. Por el contrario, cuando el único que trabaja es el hemisferio derecho, aparecerán necesariamente las emocio­nes negativas.

 

 

7. ARTISTAS Y PENSADORES

 

 

La experiencia muestra claramente que existen dos categorías de individuos: los artistas y los pensadores, que se diferencian en forma tajante. Los artistas abar­can la realidad en su conjunto, como una entidad viviente, completa e indivisible. Por su parte, los pen­sadores disecan la realidad, reduciéndola temporal­mente a un esqueleto, después reúnen progresivamente los pedazos e intentan volver a insuflarles vida.

Ivan Pavlov, 1936

 

 

La existencia de dos tipos básicos de «temperamentos mentales», los intuitivos o artistas y los racionales o pensadores, fue puesta de mani­fiesto por Pavlov hace casi medio siglo. Posteriormente, algunos autores (18 y 24) han intentado relacionar esta curiosa dicotomía con la existen­cia de dos hemisferios cerebrales funcionalmente distintos.

En los primeros años de investigación sobre la lateralidad hemisfé­rica, hasta el comienzo de la década de los setenta aproximadamente, la creencia más generalizada atribuía el papel de dominante a uno de los hemisferios y suponía que el otro trabajaba en constante subordinación. Concretamente se pensaba que el dominante era el hemisferio izquierdo, más evolucionado, poseedor del lenguaje e inexistente en los animales. Actualmente se piensa que existe un hemisferio más desarrollado que el otro y que éste es el más activo, lo que inclina a las personas de forma inconsciente a trabajar más cómoda y espontáneamente con él, pero sin que ningún hemisferio sea el dominador.

Y así se piensa que, dependiendo de cuál de los dos hemisferios sea el más activo, el individuo pertenecerá a uno u otro de los grupos de Pav­lov. Los que trabajan mejor con su hemisferio izquierdo serán los pen­sadores, mientras los que lo hacen con el derecho serán los artistas.

Admitida la existencia de esos dos grupos, se puede profundizar más sobre su origen. En nuestra opinión, no se trata de que un hemisferio esté más o menos desarrollado. Lo que posiblemente ocurra es que, entre los dos grupos de personas citadas en el Apartado 5 (los que tienen sus hemisferios diferenciados y los que los tienen iguales), el primero lógicamente debe dar origen a los «especialistas» en procesar informa­ción en serie, que evidentemente pueden ser considerados más como pensadores que como artistas, por tener una mentalidad fundamental­mente analítica, mientras que los segundos deben dar origen a los «espe­cialistas» en procesar información en paralelo, que serán más artistas que pensadores, por tener una mentalidad más apropiada para los procesos globales o de síntesis.

Esta nueva hipótesis, complementaria de las dos expuestas en el Apar­tado anterior, parece más verosímil que la de las referencias 18 y 24 antes citadas, según se explicará a continuación. En primer lugar, la nueva proposición atribuye a un solo supuesto los tres aspectos funda­mentales del tema que se está tratando:

1) lateralidad de hemisferios,

2) lateralidad de extremidades y

3) dicotomía de temperamentos,

al aceptar que estas tres manifestaciones tienen su origen en una misma característica. En segundo lugar, fundamenta la última de dichas mani­festaciones en un fenómeno de origen genético, sin dejarlo al arbitrio de una circunstancia tan incierta como el que un hemisferio sea más activo o menos perezoso que el otro.

Aunque la dicotomía señalada aún no ha sido objeto de análisis en el laboratorio, sin embargo, de todos es sabido que la mentalidad racional es mucho más frecuente que la intuitiva, lo que en primera aproximación se corresponde con la relativa abundancia de diestros y escasez de zur­dos. Asimismo, se puede aportar, como una prueba más en favor de la correlación propuesta, que dentro del escaso número de zurdos, en rela­ción con el de diestros, se encuentra un grupo importante de hombres ilustres con temperamento artístico y mentalidad intuitiva, como, por ejemplo (33), Leonardo da Vinci, Rafael, Franklin, Bertillon, Schumann, Stanley Hall, etc.

 

 

*  *  *

 

La dependencia mutua existente entre los tres fenómenos antes enu­merados puede permitir descubrir la configuración neuronal hemisférica más probable de un sujeto, a partir de la lateralidad manual y de la per­tenencia a uno de los grupos de Pavlov. Para ello es preciso no olvidar que la lateralidad de las extremidades no se corresponde exactamente con los otros dos fenómenos, pues, según se ha indicado, existe un número pequeño de diestros (un 6 % aproximadamente) que, al no ser diestros de origen genético, sino procedentes del grupo de los llamados «neutros», tienen la misma configuración hemisférica que los zurdos o los ambidiestros.

Esta pequeña ambigüedad puede resolverse si se conoce el grupo de Pavlov al que pertenece el sujeto sometido a examen, o utilizando ciertos criterios generales como los que se indican a continuación, que se pue­den obtener por extrapolación a partir del contenido de las tablas II, III y IV y lo allí dicho:

1) Las personas que hablan bien y se expresan fácilmente y con espontaneidad muestran un claro indicio de tener su hemisferio izquierdo muy apto para la elaboración de información en serie, lo que significa que sus dos hemisferios deben estar diferen­ciados. Otra muestra de esta configuración podría ser un discurso monótono y sin cambios de entonación. Por el contrario, los que hablan de manera entrecor­tada y ligeramente dificultosa y los dados a no ter­minar las frases y a ayudarse con gestos, accionando mucho y modulando fuertemente la voz, tienen posi­blemente los dos hemisferios sin diferenciar.

2) Los que tienen relativa facilidad para concen­trarse, inclusive en ambientes incómodos y hostiles, es probable que tengan sus hemisferios diferenciados. El izquierdo, al ser capaz de procesar información en serie, podrá desconectar con relativa facilidad muchas de sus entradas, y además, al trabajar intensamente, inhibe al derecho, todo lo cual le permite concentrarse con facilidad. Por el contrario, aquellos a los que les resulta difícil fijar la atención, o que al hacerlo se dis­traen fácilmente, deben ser personas con sus hemisfe­rios no diferenciados, que, al procesar información en paralelo con un número elevado de entradas y salidas en funcionamiento, son muy propicios a verse afecta­dos por las perturbaciones.

3) Los individuos poco apasionados y de tempe­ramento frío lógicamente deberán pertenecer al grupo de hemisferios diferenciados, mientras que los emo­cionales o temperamentales corresponderán al otro grupo. Podría también anticiparse que pertenecerán al primero las personas que ante una situación impre­vista o de emergencia reaccionen con frialdad y sere­nidad, porque su hemisferio izquierdo está preparado para el proceso en serie y, por tanto, requiere poca información para tomar decisiones. Por el contrario, los que tienen iguales sus hemisferios serán de reac­ción lenta en esas situaciones, pues al trabajar sus hemisferios en paralelo necesitarán que varios canales les suministren información antes de tomar una deci­sión, y si no reciben toda esa información se quedarán bloqueados. A la inversa, en aquellas situaciones en las que sea preciso interpretar varias fuentes de infor­mación al mismo tiempo, se desenvolverán mejor las personas con sus dos hemisferios igualmente con­figurados.

4) Existen, asimismo, dos tipos de sujetos: «los que hablan» y «los que escuchan» (output-men e input­men). Los primeros corresponden a los del hemisferio izquierdo evolucionado, pues los procesos de informa­ción en serie son los más apropiados para la salida de datos del cerebro. Los segundos serán los de hemisfe­rios no diferenciados, pues los procesos en paralelo resultan los más apropiados para la recogida de datos.

5) En muchas ocasiones es posible adquirir y procesar una cierta información por dos métodos dife­rentes: o bien mediante una serie de instrucciones tanto verbales como escritas, o bien a partir de figu­ras, esquemas, cuadros sinópticos, etc. Los que prefie­ren el primer camino pertenecerán probablemente al grupo de los hemisferios diferenciados, mientras que los que se inclinan por el segundo camino es muy probable que tengan sus dos hemisferios iguales.

 

 

*  *  *

 

 

Como es lógico, también se pueden aprovechar las enseñanzas que nos proporciona la asimetría funcional del cerebro humano en sentido inverso al anteriormente empleado, según ha hecho Mintzberg (24). Es decir, se pueden prever en forma aproximada las aptitudes más caracte­rísticas de cada una de las dos posibles configuraciones hemisféricas, al modo de lo brevemente condensado en la tabla V.

 

 

 

 


Los que tienen sus dos hemisferios no diferenciados, al ser especialis­tas en procesos de información en paralelo, se desenvolverán mejor en ambientes en los que este tipo de proceso sea el más apropiado, como, por ejemplo, en puestos de dirección, en actividades artísticas, en polí­tica, etc. Por el contrario, las personas con el hemisferio izquierdo más evolucionado, lo que les capacita para los procesos complicados de ela­boración de información en serie, deberán desenvolverse mejor en los ambientes en que esa forma sea utilizada preferentemente, como, por ejemplo, la planificación, la investigación científica, los trabajos relacio­nados con las ciencias, las leyes, etc.

Es fácil comprender que lo anteriormente dicho sólo se refiere a una cierta predisposición innata, que en algunos casos podría llegar a ser determinante, pero que en modo alguno implica la negación de las apti­tudes opuestas a una determinada configuración hemisférica.

 

 

8. FINAL

 

La verdad se hace negando lo anterior.

Faustino Cordón, 1981

 

 

Konrad Lorenz (34) ha explicado cómo los organismos vivos empu­jados por el proceso evolutivo se van adaptando a la naturaleza hasta tal extremo que en ocasiones llegan a copiar la propia realidad. Extrapo­lando esta opinión al caso de los hemisferios cerebrales, esa realidad no es otra que el Universo en que vivimos o, mejor dicho, las dos formas de la materia que lo constituye: el tiempo y el espacio. El cerebro del hom­bre, probablemente el elemento más desarrollado del mundo en evolu­ción, ha copiado esas dos formas de ordenar los datos materiales, y sus neuronas se agrupan de manera similar: unas en forma espacial y otras en forma temporal. Por eso, las especies más evolucionadas poseen dos cerebros, hechos uno para comprender el tiempo y el otro, el espacio.

Resulta igualmente instructivo observar la trayectoria en zigzag que recorre la evolución. En un principio arrastró a los organismos hacia formas redundantes que proporcionan mayores posibilidades de supervi­vencia y reproducción. Posiblemente por ese motivo, los organismos más evolucionados tienen, por lo general, duplicados sus órganos esenciales. Sin embargo, en épocas más recientes del proceso evolutivo y en muy contadas ocasiones, al amparo de nuevas mutaciones, se destruye esa redundancia en favor de nuevas ventajas, cuando éstas llegan a compen­sar la disminución de fiabilidad que conlleva la falta de redundancia. Por ejemplo, los mamíferos superiores superan al hombre (si es diestro de origen genético) en cuanto a redundancia, porque dichos mamíferos tienen dos hemisferios cerebrales idénticos en sus funciones asociativas y ambos capacitados para procesar información en paralelo. Si uno sufre una lesión, el otro asume la casi totalidad de las funciones asociativas y el comportamiento animal queda poco afectado. A su vez ese mismo hombre supera a los mamíferos, entre otras cosas, en variabilidad hemis­férica, porque tiene medio cerebro predispuesto para elaborar informa­ción asociativa en serie y el otro medio en paralelo, dándole el primero acceso a habilidades únicas en la especie. Sin embargo, cada uno de estos hemisferios especializados no tiene otro de repuesto. Si, por ejem­plo, el izquierdo sufre una lesión de importancia, se pierde la facultad del habla que no puede ser transferida al derecho.

Y, para terminar, unas palabras muy elocuentes de Henry Mintzberg (24): «No sabemos lo que en realidad sabemos, o, más concretamente, nuestro hemisferio izquierdo es incapaz de articular explícitamente lo que nuestro hemisferio derecho conoce implícitamente.»

 

 

 

 

 

9. BIBLIOGRAFIA

 

 

1.       B. Disertori, Theory on the Biological Significance Inherent in Crossing of the Nerve Path Ways: G. Psychiat. Neuropath. 88 (1960), 517-560.

2.       P. Broca, Perte de la parole, ramollisement chronique el destruction partielle du lobe antérieur gauche du cerveau: Bulletin de la Société Anthropologique, París, 2 (1861), 235-242.

3.       C. Wernicke, Der aphasiche Symptome complex: Eine psychologische Studie auf ana­tomischer Basis, Cohn and Weigert, Breslau 1874.

4.       R. W. Sperry, Cerebral Organization and Behavior: Science. 133, 3466, (junio 1961), 1749-1757.

5.       H. Weyl, Space, Time, Matter, Dover Publications Inc., New York 1952.

6.       M. S. Gazzaniga, The Bisected Brain, Appleton-Century Crofts, New York 1970.

7.       R. W. Sperry, The Great Cerebral Commissure: Scientific American (enero 1964), 42-52.

8.       M. S. Gazzaniga y otros, Psychologic and neurologic consequences of partial and com­plete cerebral commissurotomy: Neurology 25 (1975), 10-15.

9.       R. W. Sperry, Lateral specialization in the surgically separated hemispheres, en F. G. Schmitt y F. G. Worden (eds.), The Neurosciences: third Study program. MIT Press, Cambridge, Mass., 1974, 5-19.

10.     R. W. Sperry y M. S. Gazzaniga, Language followfng surgical disconnection of the hemispheres, en C. H. Millikan y F. L. Darley (eds.), Brain mechanisms underlying speech and Language, Grune & Stratton, New York 1967.

11.     N. Geschwind, El lenguaje y el cerebro (abril 1972), en Psicología Fisiológica, Selec­ciones de Scientific American, H. Blume, Madrid 1979, 531-538.

12.     J. H. Bruell y G. W. Albee, Higher intellectual functions in patient with hemispherec­tomy for rumors: J. Consult. Psychol. 26 (1962), 90-98.

13.     B. Milner, Psycological defects produced by temporal lobe excision: Res. Publ. assn. nerv. ment. disp. 36 (1958), 244-257.

14.     S. N. Rowe, Mental changes following removal of right cerebral hemisphere for brain tumors: Amer. Journal of Psychiat. 94 (1957), 604-614.

15.     D. Kimura, La asimetría del cerebro humano (marzo 1973), en Psicología Fisiológica, Selecciones de Scientific American, H. Blume, Madrid 1979, 264-272.

16.     M. Studdert-Kennedy y D. Shankweilder, Hemispheric Specialization for Speech Per­ception: Journal of the Acoustical Society of America 48, 2, parte 2 (agosto 1970), 579-594.

17.     M. Durnford y D. Kimura, Right Hemisphere Specialization for Depth Percepcion Reflected in visual Field Differences: Nature 231, 5302 (11 junio 1971), 394-395.

18.     V. L. Deglin, Nuestros dos cerebros: El Correo de la UNESCO (enero 1976), 4-32

19.     D. Galin, Implication for Psychiatry of the left and right hemisphere specialization: Arch. Gen. Psychiat. 31 (1974), 572-582.

20.     J. Wada y T. Rasmussen, Intracarotid Injection of Sodium Amytal for the Lateraliza­tion of Cerebral Speech Dominance: Journal of Neurosurgery 17 (1960), 266-282.

21.     J. E. Bogen, The Other Side of the Brain: an Appositional Mind: Bulletin of the Los Angeles Neurological Societies 34, 3 (julio 1969), 135-162.

22.     J. Semmens, Hemispheric Specialization: a possible clue to mechanism: Neuropsycho­logia 6 (1968), 11-26.

23.     N. Geschwind, Specialization óf the Human Brain: Scientific American (septiembre 1979), 158-168.

24.     H. Mintzberg, Planning on the left side and managing on the right: Harvard Business Review (julio-agosto 1976), 42-58.

25.     G. G. Briggs, R. D. Nebes y M. Kinsbourne. Intelectual Differences in Relation to Personal and Family Handedness: Quarterly Journal of Experimental Psychology 28 (1976), 591-601.

26.     M. G. McGee, Further Evidence for a Genetic Component in the Determinarion of Handedness: Behavior Genetics 8, 1 (1978), 106.

27.     M. Annett, A Model of the Inheritance of Handedness and Cerebral Dominance: Nature 204, 4953 (3 octubre 1964).

28.     R. L. Collins, Toward understanding the Inheritance of Asymmetry: the genes for right and left may be identical: Behavior Genetics 8, 1 (1978), 89.

29.     J. Lorus y M. J. Milne, Right Hand, Left Hand: Scientific American 179 (1948), 46-49.

30.     J. Levy, Possible Basis for the Evolution of Lateral Specialization of the Human Brain: Nature 224 (8 noviembre 1969), 614-615.

31.     R. Restak, The Hemisphere of the Brain Have Minds of Their Own: The New York Times (25 enero 1976).

32.     G. Gainotti, Emotional Behavior and Hemispheric Side of the Lesion: Cortex 8, 1 (marzo 1972), 41-55.

33.     P. Klingebiel, El niño zurdo: diagnóstico y tratamiento, Cincel, Madrid 1979.

34.     K. Lorenz, La otra cara del espejo, Plaza Janés, Barcelona 1979.

 

 

 

Notas.

 

1 Citada en la referencia 23, pero original también de Marian Annet, la autora de la primera teoría, Handedness in the Children of Two Left Handed Parents: Quarterly Journal of Psychology 65 (1974), 129-131.