Por la orilla del hipertexto

 

El lector de este libro no ha tenido ninguna dificultad para abrir­lo, para iniciar su lectura y avanzar por su contenido, detenerse, ho­jear, cerrar el libro y continuar la lectura posteriormente. Unas ma­niobras de lectura habituales y mecánicas para un lector. Sin em­bargo, para navegar por la misma información que contiene este li­bro, pero organizada en un hipertexto, el lector no tiene de partida ningún conocimiento, ningún recurso de cómo manejarse por él. Aun­que todavía en la orilla, el lector se siente que ha pasado a otro me­dio, que ya no está del lado de la tierra firme, sino del agua, que su espacio de lectura ya no es la confortable página, sino la panta­lla; su nuevo medio no tiene la firmeza del papel y la fijeza que to­man las cosas sobre él, sino que en la pantalla, como las ondulacio­nes y reflejos en la superficie del mar, emergen y de la misma y tan rápida manera se desvanecen las palabras y las formas. Y, también como el agua, la pantalla produce la inquietud de que sólo vemos la frágil superficie, pero que detrás, debajo de los destellos de la superficie hay fondo. Por el agua y por la pantalla nos movemos con la sensación de que su superficie, precisamente por sus reflejos, su color, y el constante cambio en sus ondulaciones, nos oculta lo que hay debajo, detrás.

Al lector que se aproxima al hipertexto hay que habituarlo al nuevo medio, la pantalla, e iniciarlo en los principios básicos de la navega­ción. Téngase presente que, si bien estamos situados en órbita en torno al concepto de hipertexto, la organización de la información, la navegación por ella y los recursos para esta navegación son de nueva creación y, por eso, el lector se encuentra en un principio, antes de zarpar, sin referencias de otras posibles experiencias.

La pantalla tiene una dimensión espacial y otra temporal. Eso nos permite dos referencias y dos utilizaciones terminológicas distintas. La primera hace a la pantalla espacio en donde se va sucediendo la información. La segunda, su dimensión temporal, se refiere a la información que en un determinado momento se puede ver en la pantalla. La dimensión espacial hace a la pantalla continente, y la temporal contenido. Utilizaremos, pues, ambas acepciones sin más advertencias porque se diferenciarán fácilmente en el contexto en que se apliquen.

La portada del hipertexto, a diferencia de la del libro, es la su­cesión cadenciosa, como las olas en la orilla, de una información que oriente al futuro navegante. De la misma manera que van llegando a la orilla las ondulaciones del mar, así se va sucediendo un conjun­to de pantallas ante los ojos del lector, quien, sin tener que realizar ninguna acción, recibe orientaciones básicas sobre el nuevo espa­cio de lectura ante el que se encuentra y los principios de navega­ción. Es una especie de animación que constantemente está funcio­nando y repitiéndose mientras no haya lector que inicie la navega­ción. Así pues, la portada de este hipertexto es dinámica. Siempre que esté en marcha el ordenador, el bucle de pantallas estará repi­tiéndose una y otra vez.

Este bucle proporciona la siguiente información sobre la nave­gación al lector que se aproxima a la orilla del hipertexto. La pri­mera es aquella que va a permitir al lector actuar sobre el nuevo medio, sobre la pantalla. Ahora, a la orilla, una sucesión automática y repetitiva de pantallas lo convierte en espectador, pero cuando sea navegante tendrá que actuar sobre la pantalla y lo que vaya apa­reciendo en ella se deberá a la decisión del lector. El puente de unión entre el lector y la pantalla, entre el navegante y el agua, es el timón. La empuñadura del timón es lo que en términos informáti­cos se denomina «ratón», y este timón se «mete» en la pantalla, ter­mina en forma de una pequeña mano que se mueve por la pan­talla así como movamos la empuñadura, el «ratón». Se entra de esta manera en el nuevo medio, se interrelaciona con él. Es la pri­mera impresión que va a sentir el lector de que se ha hecho nave­gante.

 

 

Esta es una de las pantallas del bucle que muestra al futuro na­vegante cuál será su timón. Obsérvese la pequeña mano, que aho­ra puede estar en cualquier lugar de la pantalla, como estaría sin orientación un timón que aún no tuviera gobernante. El «ratón» per­manece sobre la mesa, sin que por ahora deba sujetarlo la mano del lector.

¿Cómo se maneja este timón? El lector, sin tener aún que inter­venir, tan sólo manteniendo su atención en las pantallas que de for­ma automática se van presentando a sus ojos, recibe también las pri­meras indicaciones de cómo hacer uso del timón para realizar la navegación.

Es normal que lo primero a aprender sea mantener el rumbo, a evitar desviarse. Para ello, es necesario saber que en cualquier pantalla, si se sitúa la pequeña mano sobre la banda vertical dere­cha y se da un clic con el «ratón», aparece nueva información que sigue a la que en esos momentos se tenga en pantalla. Y, de la mis­ma manera, si se da un clic en la banda vertical izquierda de cual­quier pantalla se recupera la información anterior, se vuelve sobre el trayecto ya recorrido. Obsérvese que estas dos operaciones man­tienen el hábito de un lector libresco, quien, ante un libro abierto, desplazando la página de la derecha adquiere más información y, por el contrario, tocando la página de la izquierda recupera infor­mación ya leída en paginas anteriores.

Pero un lector de libro tiene sólo un camino a recorrer, la infor­mación está organizada linealmente, una cosa detrás de la otra. Sin embargo, sabemos que en un hipertexto los caminos de lectura son múltiples. Mientras discurra su lectura por un camino elegido, de­be mantener ese rumbo con una operación muy parecida a la que está acostumbrado a realizar leyendo un libro. De ahí que el nuevo navegante tiene que saber, como primera maniobra, mantener el rumbo en un espacio de lectura en el que constantemente, igual que en el mar, puede con su timón cambiar la dirección de la lectura. El mantenimiento de la singladura, la continuación de un camino de lectura, se hace dando un clic sobre el lado derecho de la pantalla. El horizonte de la pantalla, aquí representado en el «Mar fosfores­cente» de Escher, está dividido en tres bandas verticales, cada una de ellas ocupando la tercera parte del espacio de la pantalla. Estas tres divisiones no dejan ninguna señal en la pantalla, pero por su amplitud no provoca indecisión al navegante en su acción con ellas a través del «ratón». Las dos bandas laterales le posibilitan un movi­miento por la información semejante al que está acostumbrado a ha­cer entre las páginas de un libro: avanzar y retroceder en la lectura.

En estas primeras indicaciones a la orilla del hipertexto es sufi­ciente que el navegante conozca el timón y sepa mantener el rum­bo con él. Se deja para un poco más tarde el conocimiento de cómo trazar nuevos rumbos, de cómo moverse por los distintos caminos de lectura. Sin embargo se le va a dar también desde el principio el conocimiento de otra maniobra, porque ahora el lector libresco, metido en un nuevo medio, inseguro hasta para las acciones más elementales de lectura, probablemente se preguntará en seguida de qué manera realizar la operación tan elemental en un libro co­mo es cerrarlo y señalar la página en que se ha detenido la lectura. Es la reacción normal del aprendiz de nauta, quien a medida que comienza a alejarse de tierra firme vuelve insistentemente su mira­da a ella pensando si sabrá volver. Pues bien, basta por el momen­to que sepa que en la banda central de la pantalla está, entre otras posibilidades de maniobra, que más tarde conocerá, la de «cerrar el libro», detener la navegación en un punto hasta que vuelva a reem­prenderla.

Esta breve animación que hace de portada del hipertexto se re­pite una y otra vez mientras un lector no inicie o reemprenda la navegación. Si el puesto de lectura se encuentra en una biblioteca, junto a un lector con un libro entre sus manos estaría otra silla, va­cía, ante una pantalla a la que llegan con la cadencia del agua en la orilla estos mensajes para iniciar la aventura de sentirse nave­gante por el conocimiento. Cuando un lector, que se ha aproxima­do a la pantalla y después de haber adquirido en ella las orienta­ciones básicas que se suceden en bucle, decide iniciar la navega­ción, es suficiente que tome con su mano el timón y haga la opera­ción que luego, ya navegante, repetirá incontables veces: dar un clic, aunque ahora sin importar en qué punto de la pantalla porque en cualquier lugar de la pantalla y de la animación es señal de sol­tar amarras.

La respuesta de esta primera acción del lector es inmediata, se interrumpe el bucle, pero también sorprendente: la pantalla se ha convertido en un ojo.

 

Para iniciar la lectura de un libro no hay más que abrirlo, pero para realizar una travesía por este mar de información tiene antes que indentificarse el lector. Debe escribir un identificativo, a su elec­ción, que de ahora en adelante tendrá que utilizar siempre que reem­prenda la lectura. Más tarde el lector comprobará que este requisi­to no responde a un control arbitrario sobre quienes van a emprender la navegación, sino una acción necesaria que demostrará su uti­lidad tan pronto se haya navegado un poco. Por eso, como el lector encontrará un poco más tarde la justificación de identificarse aho­ra, no recibe en estos momentos más explicaciones.

Cuando ha escrito su nombre o una clave, comienza a aproximarse más y más ese ojo guardián en que se había convertido la pantalla, y, a medida que se aproxima más, el círculo negro de la pupila se dilata hasta llegar a los cuatro rincones de la pantalla. Con esta bre­ve animación el lector siente como si se hubiera proyectado por el negro de la pupila convertida en túnel... ¿hacia dónde? ¿Hacia el in­terior de la memoria? ¿La pupila es el cráter por el que el profesor Lidenbrock y sus acompañantes llegan a ese mar del interior de la tierra? Hay sólo un segundo para hacerse estas preguntas, porque cuando todo es oscuridad aparece un lejano punto de luz, que muy rápidamente se va haciendo más grande, como si hacia él fuera a desembocar el lector después de esta fugaz travesía de la oscuri­dad. Pero se llega, quizá con sorpresa, no a un mar sino a una pe­queña y abigarrada estancia. Es el lugar de trabajo de Jean Mielot, copista del Duque de Borgoña, Felipe el Bueno, según nos lo repre­senta un grabado del siglo XV.

 

Sucede que, cuando el lector ha escrito su nombre, el hipertexto ha comprobado que con ese nombre nadie anteriormente había surcado su información. Era, por tanto, un navegante neófito. De ahí que lo haya dirigido a esa estancia de Jean Mielot. Por este espacio, en­tre los objetos que lo pueblan, y no por mares de altura, el lector irá adquiriendo la destreza y los conocimientos en la navegación que necesitará después para más atrevidas singladuras.

De haber sido un navegante que había detenido anteriormente su lectura y que quería ahora reemprenderla, al identificarse éste el hipertexto lo hubiera llevado al punto en donde había «cerrado el libro». ¿Cómo, si no, se podría continuar la lectura en un mar de información, en donde no hay un único camino de lectura, ni núme­ración de páginas, ni la posibilidad del socorrido trozo de papel se­ñalando el lugar de alto en la lectura?

Pero en esta ocasión no es el caso, y quien se ha lanzado a nave­gar debe adquirir aún las artes necesarias.

El lector ya sabe, porque antes de comenzar la navegación ha seguido atento las instrucciones que en la portada del hipertexto se iban sucediendo en bucle, a mantener el rumbo, a mantener un ca­mino de lectura. Pero ahora en la estancia del copista va ensayar a marcar un rumbo, a escoger un camino de lectura.

Cuando hay que orientarse en la navegación, buena es la pre­sencia de la rosa de los vientos. Por eso en un rincón de la estancia está una rosa de los vientos. Es otra de las cosas, y que no habíamos señalado, que ha aprendido desde el principio el lector: presionan­do la rosa de los vientos aparece en pantalla una información que orienta en este punto la navegación. Esta rosa de los vientos hará su aparición en aquellos momentos de la navegación en que se con­sidera que puede el lector necesitar orientación. Es conveniente que el navegante que se inicia presione la rosa para recibir una infor­mación que le ayudará; para un navegante experto, con muchas ho­ras de travesía por el hipertexto, no es tan necesaria.

En este caso la información que la rosa de los vientos contiene se mostrará, al ser presionada, de la siguiente manera: la estancia se oscurece y quedan sólo iluminados algunos objetos el libro abierto sobre el facistol, a la izquierda de la pantalla, el pergamino que cuel­ga de ese facistol, la hoja de pergamino sobre la que está escribiendo Mielot, los tinteros, el libro en el suelo, el cajón a medio abrir conte­niendo en cierto desorden restos de pergamino y utensilios, los li­bros abiertos y cerrados que están en la estantería. Cada objeto abre una ruta de lectura por la que se va conociendo en qué y cómo se van convirtiendo los elementos tradicionales de la escritura y las prácticas no de la lectura de un texto en un hipertexto de esta manera diseñado. Así el lector conocerá mejor la arquitectura de la memoria exenta por la que va a navegar y adquirirá destreza en este nuevo medio.

Cuando el lector deja de presionar, a través del «ratón», la rosa de los vientos, la estancia se ilumina de nuevo y todas las formas del grabado reaparecen.

Un clic en uno de estos objetos supone orientar por este rumbo la lectura sobre la versión en hipertexto de los elementos y caracte­rísticas de la escritura y de la lectura de un texto. Por ejemplo, si el lector da un clic sobre los tinteros que se encuentran en un lateral del pupitre de Jean Mielot se abre un camino que presenta la ver­sión que la tinta tiene en este sistema de escritura en hipertexto:

 

El lector ha cogido este rumbo de lectura en el scriptorium de Mie­lot; ahora ya en él, para mantenerlo debe presionar en la banda lateral derecha y nueva información, como si se tratara del paso de una hoja, aparecerá. Y así sucesivamente (véase pantallas de página siguiente). El lector en una primera maniobra por el espacio del scriptorium ya ha puesto en práctica la elección de un rumbo de lectura y el man­tenimiento posterior de ese rumbo.

Desde el primer momento va a percibir que la travesía es por un mar tranquilo, que permite deslizarse por él sin oponer resistencia

 

 

y sin que la nave se mueva demasiado. Esta sensación en la lectura se debe a dos efectos que se suman. Se habrá observado ya que en todas las pantallas está presente, junto al texto, la imagen. Será una constante en todo el mar de información, en todo este hipertexto. La imagen viene asociada íntimamente al texto, prácticamente no habrá ninguna pantalla, de las miles por las que navegará el lector, en que el texto ocupe toda la superficie. Parece que texto e imagen luchan por ocupar cada uno de ellos toda la superficie de la pantalla, y si bien en algunas ocasiones parece que la imagen o el texto se ha he­cho con la pantalla, es sólo impresión pasajera pues al poco se resta­blece la lucha de contrarios. No tiene nada que ver lo que sucede en la pantalla entre texto e imagen con lo que tradicionalmente se ha venido produciendo en el espacio de la página de papel. La ima­gen es muchas veces ilustración en el texto, y se podría prescindir de ella sin que perdiera comprensión el texto o, por el contrario, el texto está para describir o completar una imagen. En cambio, en el sistema de escritura de este hipertexto texto e imagen, contrarios que luchan por extenderse en la pantalla, se complementan para dar un solo lenguaje que permita la expresión más adecuada y potente, así como su lectura, en un medio nuevo y distinto como es la pantalla.

La posibilidad de que la imagen esté tan presente en este siste­ma de escritura en hipertexto se debe a la facilidad de poder «capturar» imágenes y trabajar con ellas en pantalla. Sin la existencia de herramientas materiales que permiten «capturar» una imagen, bien que se encuentre ésta en papel, o en la pantalla de un televisor, o en la cinta vídeo y las herramientas lógicas que permiten, una vez digitalizadas las imágenes fuente, trabajar con ellas, alterarlas, ani­marlas..., no se hubíera podido contar con la imagen, como elemento de escritura, a la hora de diseñar este sistema de organizar grandes masas de información.

Cuando hablamos de imagen, queremos englobar en ella todo ar­tificio gráfico que puede quedar retenido en la pantalla, desde una fotografía o un grabado a un gráfico creado ex profeso.

Al leer un texto un poco extenso en pantalla nos damos inmedia­tamente cuenta de que no es el espacio adecuado para una lectura como la que hacemos por las páginas de un libro. Se apodera de no­sotros una sensación de fatiga, de desorientación y una dificultad para mantener el hilo del discurso. La fatiga no es sólo visual y producida por la pantalla catódica, porque la pantalla de cristal líquido, sin esta agresión a los ojos, es igual de poco grata para la lectura de un texto extenso. Porque la fatiga se debe principalmente al esfuerzo añadi­do de atención que exige el texto en la pantalla. ¿Es la impresión de que el texto desaparece cuando por el scroll o por un golpe de pan­talla deja de estar ante nuestros ojos? ¿Y eso produce un efecto de fractura en la lectura, y, consiguientemente, un esfuerzo por parte del lector para mantener el hilo conductor del discurso? ¿O se debe sim­plemente a nuestra resistencia de hombres lectores de libros a la emergencia de otro espacio de lectura, como mostramos inercia a la aceptación de cualquier otra herramienta nueva?

Cuando cogemos un libro, nuestras manos parece que hacen de cuenco que contiene la información impresa. El texto está dentro de ese territorio que marcan nuestras manos. Hay una proximidad que ya no se puede dar cuando no es el cuenco de nuestras manos sino la cuenca de los soportes de alta densidad la que contiene un mar de información. El texto está ya más allá de donde están nuestras ma­nos, fuera de su territorio, y a él nos une unas teclas o un «ratón». ¿Es esa distancia, física y psicológica, la que hace poco favorable la lec­tura de un texto en pantalla? ¿O es la pantalla, como espacio de lec­tura, la que es poco favorable a la linealidad del texto y adecuada, por el contrario, a la imagen y a los lenguajes gráficos? Lo que sí pa­rece fundado es que sería muy fatigoso moverse por grandes masas de información exclusivamente a través de pantallas de texto. Y también muy fundado afirmar que de esta manera se desperdiciarían las posibilidades aún inexploradas de utilización de lenguajes gráfi­cos y de la metamorfosis de imágenes como poderosos vehículos de expresión. Hay que pensar que el hombre dispone en la actualidad de la posibilidad de utilizar lo gráfico como lenguaje. Puede captu­rar imágenes desde cualquier medio, transformarlas, fundirlas con otras, puede dibujar y delinear sin necesidad de dotes de artista y todo ello, y muy rápidamente, verterlo en un contexto para transmitir ideas, conceptos o sensaciones, Cuando se comienzan a ensayar es­tas herramientas de digitalización y diseño aparece a la vez una fas­cinación ante los primeros resultados, un impulso creciente a seguir capturando imágenes y, digitalizadas, comprobar que se han hecho blandas, maleables a nuestras ideas, y, sobre todo, que disponemos de un recurso potentísimo para codificar nuestros mensajes, para en­sayar otras formas de escritura. El usuario de estas herramientas se siente liberado de todas las trabas a su imaginación cuando decide que sus creaciones no tengan como final el papel, sino que queden definitivamente para la pantalla.

Comentábamos antes que la pantalla es como la superficie del mar. Escribir un texto sobre pantalla es como escribir sobre el agua. Una sensación de inconsistencia, de inadecuación. Las líneas de texto pa­san por la pantalla como las leves ondulaciones en la superficie del mar, sin nada que las retenga, que las fije. Pero la imagen puede ser la tinta en el hipertexto. Esta es la primera síntesis de estos contrarios en la pantalla que son el texto y la imagen.

¿Cómo puede resultar la imagen tinta con la que retener el texto escrito en pantalla? El desarrollo de una idea necesita un número más o menos extenso de líneas de texto; pues bien, a este texto se asocia una imagen, así que deben compartir el espacio de la pantalla. En la mayor parte de las ocasiones ese texto no puede quedar conteni­do en una sola pantalla, de ahí que al pasar a la siguiente pantalla la imagen que tiene asociada va a permanecer fija mientras el nuevo texto aparece, y además, por unos efectos visuales de los que luego hablaremos, lo hará de forma muy suave. Esto se repetirá en tantas ocasiones como la extensión del texto lo exija. Sin embargo, el paso de pantallas no provocará esa sensación de fractura en la lectura por­que ante el ojo se mantiene una imagen que hace de gozne mientras el texto se va sucediendo.

De forma plástica se podría decir que componer un texto, en un hipertexto, llevaría a las siguientes tareas. Escribir el texto necesario para exponer lo que se desea. Seleccionar una imagen que va a ser­vir de base. Trocear el texto para que las partes puedan encajarse en la imagen asociada. Hacer tantas copias de la imagen como el nú­mero de partes en que se ha troceado el texto. Pegar cada parte en una copia de la imagen. El resultado de esta operación dejaría unos restos de texto sin pegar, unas virutas de texto. Esto es debido a que de esta manera tratado el texto, la expresión se aligera, puede ser más concisa y, además, sobran algunos recursos de unión, que en una página se necesitan para que el texto se presente como un conti­nuum. Es ahora la imagen la que facilita esa sensación de continui­dad a pesar de no poder tener todo el texto ante nuestros ojos. Curiosa­mente, para evitar que el texto en la pantalla provoque efectos de fractu­ra en el lector a medida que va desapareciendo lo leído para dejar paso a lo por leer, para dar fijeza a un texto escrito en la pantalla y no en el papel, la solución que proponemos en este sistema de escritura de hipertextos es precisamente trocear el texto, aligerarlo de recursos de unión entre sus partes, hacerlo más escueto, pero no por eso impre­ciso, y asociarlo a una imagen, tantas veces repetida, constante, como partes tengamos, en la que hay que encontrar el hueco y el lugar ade­cuados para integrar las partes de ese texto. El lector hilvana, con la ayuda de la permanencia de la imagen -y los efectos visuales a los que luego nos referiremos-, las partes de texto que van apareciendo y obtiene una sensación de continuo y de coherencia mayor que si se traslada con la misma estructura que está sobre el papel un texto a la pantalla y se lee con la ayuda de scroll o de pasos de pantalla.

Podríamos decir que el equivalente del párrafo es cada una de las partes del hipertexto constituida por una imagen asociada a un texto. Esto puede suponer desde una a muchas pantallas. El cam­biar de imagen en la pantalla puede ser una decisión como la de poner un punto y aparte en la página.

Escribir con este sistema no significa realizar este troceado del texto previamente redactado pues, como advertimos, se hacía sólo con intención de mostrar el contraste entre escribir para un papel y para una pantalla. Sino que el autor busca la imagen adecuada para ser asociada, la captura como podría capturar la punta de la pluma una gota de tinta en el tintero, y va escribiendo sobre ese fondo gráfico y a través del número de pantallas que necesite un segmen­to de texto que podría compararse al párrafo.

No se queda aquí la presencia y utilización del elemento gráfico en la arquitectura de este hipertexto. Posteriormente tendremos ocasión de ver otras funciones muy importantes para este sistema de escritura.

Venimos haciendo referencia a los efectos visuales que encade­nan el paso de las pantallas. Hemos hecho ya la distinción termino­lógica entre la pantalla en su dimensión espacial y en su dimensión temporal. La primera es el espacio en donde sucede todo el proce­so de relación del navegante con el mar de información, y la segun­da acepción es para indicar lo que en un momento determinado es­tá presente a los ojos del lector; ese tiempo de permanencia durará exceptuando animaciones lo que decida el navegante, pues para pa­sar a otra pantalla tiene que dar una orden, un clic, que se interpre­tará no sólo como paso a otra pantalla sino también como manteni­miento del rumbo de lectura o de cambio de ese rumbo. Pues bien, todo ese encadenamiento de pantallas se hace mediante el recurso a efectos visuales, a los que la mayor parte de ellos nos tienen fami­liariarizados los medios audiovisuales: fundidos, lavados, zooms, iris, puertas, ajedrezados, persianas. Esto hace que una pantalla desa­parezca y se instale otra siguiendo un efecto visual determinado, que aparezca la pantalla nueva de izquierda a derecha o en sentido con­trario, o de arriba a abajo, y que esos efectos se produzcan a más o menos velocidad. La elección de un recurso no es gratuita, busca mantener la orientación del lector, intensificar el mensaje o avivar su atención. Por ejemplo, el paso de estas pantallas en las que la ima­gen asociada se mantiene y sólo cambia el texto se hace a través de un «lavado» lento de la pantalla en el sentido de izquierda a de­recha. De esta manera el lector ve sobre una imagen fija cómo el texto que ha leído va suavemente desapareciendo de izquierda a derecha por la presencia de un texto nuevo que se va extendiendo en ese sentido. Produce esa sensación de continuidad que da la pe­queña ondulación que se agota en la orilla, en el límite del agua con la arena, y se deja cubrir por la que sigue. Si el lector vuelve a atrás en busca de pantallas ya leídas, el efecto es el mismo, pero más rá­pido y con el desplazamiento en sentido contrario, de derecha a iz­quierda. Mientras se mantenga el rumbo, siempre se utilizarán efectos que den esa sensación de continuidad y que desplacen las panta­llas de derecha a izquierda, o al revés si se retrocede, para que el lector reciba orientación de su rumbo. Por el contrario, cuando cam­bia el rumbo y toma un camino perpendicular al que está llevando hay que recurrir en ese punto del cambio a efectos, como iris, zooms, puertas, que producen impresión de profundidad, y de que la superficie de la pantalla se abre para dejar ver otra dimensión de ésta. La utilización de estos efectos en la escritura en hipertexto se in­corpora rápidamente a los hábitos del autor, y con la misma facili­dad que captura una imagen para asociarla al texto, introduce el efec­to visual que encadena su escritura en pantallas. No se presenta en ningún momento como un obstáculo técnico, sino que más bien se integra como un elemento más que refuerza la capacidad de expre­sión del autor, de la misma manera que se asocia el gesto a la palabra. Volvamos a la experiencia que está teniendo el lector que se ini­cia en la navegación moviéndose por la estancia del copista Jean Mie­lot. Ha podido comprobar que, cuando dio un clic sobre los tinteros, el grabado del scriptorium se abrió para dejar aparecer un camino perpendicular a la pantalla. Han emergido en una nueva pantalla, en la que ya no hay rastro de la estancia, unas manos preparando la punta de la pluma con la que se escribirá; proceden de un gra­bado de la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert. El aprendiz de navegante mantiene el rumbo abierto con un clic, ahora dado en la banda vertical derecha de esta pantalla. La imagen asociada al tex­to es un fragmento de un grabado de Lucas de Leyde en la que una mano de un evangelista introduce la pluma en un tintero. Continúa la lectura con un nuevo clic en la banda derecha, y aparece el mis­mo motivo de las manos, la pluma y el tintero también del mismo autor, pero refiriéndose a otro evangelista, en esta ocasión con la mano iz­quierda sujetando el pequeño tintero y con la derecha escribiendo. Otro clic en la banda derecha proporciona una pantalla con la mis­ma imagen. Aunque en distinta actitud y posición, el motivo de las manos, la pluma y el tintero, proporcionan esa continuidad mientras el texto va pasando a medida que se lee.

El lector en estos primeros momentos de la navegación, desco­nocedor aún de muchas cosas, puede, a pesar de la facilidad y co­modidad con que se desplaza por este rumbo de lectura que ha es­cogido, preguntarse si ha dejado definitivamente el scriptorium de Jean Mielot, y con esta elección, se plantea preocupado, haya per­dido otros caminos de lectura que salían de él y que hubiera desea­do también seguir. ¿Habrá que invertir el sentido de la navegación para volver y reentrar en la estancia? ¿A dónde nos lleva este rum­bo escogido? Es la mirada inquieta hacia atrás de quien por prime­ra vez se está separando de la orilla.

Se ha cuidado de que esta duda no se mantenga mucho tiempo. Pronto descubrirá que, manteniendo el rumbo escogido al señalar los tinteros del pupitre de Mielot, terminará de nuevo desembocan­do en la estancia de la que ha partido. Y lo mismo cuando marque un nuevo rumbo, dando un clic, por ejemplo, sobre el libro abierto situado en el facistol, o en la hoja de pergamino sobre la que está escribiendo el copista, o sobre el libro en el suelo, abandonado ahí como si hubiera sido recientemente consultado, etc. terminará éste, y todos los demás rumbos posibles en la estancia, en la misma pan­talla de la que partieron. De esta manera el nuevo navegante va per­cibiendo que su rumbo siempre se curva hasta volver al punto de partida, va comprobando que se mueve por bucles.

Pero la experiencia de navegación por la estancia de Jean Mie­lot no se queda solamente en esto.

Dejamos al aprendiz de navegante preguntándose el destino de este rumbo que viene manteniendo. Las siguientes pantallas que apa­recen ante sus ojos tienen la imagen del scriptorium en negativo. Ha­bía iniciado un camino de lectura, a partir de la estancia del copis­ta, perpendicular al grabado que se extendía por la superficie de la pantalla, y ahora esta travesía parece que le muestra la misma es­tancia pero por el otro lado, en negativo. (Reproducimos una sola de estas pantallas con el scriptorium en negativo)

 

 

Si ahora, en el punto en que se encuentra, mantiene el rumbo de­semboca de nuevo en la estancia, en positivo, la de partida, del copista de Felipe el Bueno. Pero es que antes de realizar esta acción se le ha abierto la posibilidad de cambiar de rumbo, y continuar la lectura por un camino perpendicular al que está siguiendo. En esta ocasión la sugerencia de un nuevo rumbo se hace con unas pala­bras y no con los motivos de un grabado. Como se puede ver, tiene dos posibles caminos a iniciar y que le desvían de la ruta que lleva­ba. Si escoge el que se indica con composición fotográfica, bastará que señale con un clic sobre estas palabras la elección tomada. A partir del clic se abre la pantalla, con un efecto que parece que el grabado en negativo se ha dividido en dos partes, que como puer­tas correderas se desplazan hacia los extremos para dejar emerger esta pantalla, en un principio sin texto, pero que en seguida se cu­bre, sin necesidad de ninguna acción del lector, con las primeras líneas:

 

 

Sigue el navegante leyendo.

Cada uno de estos tres motivos de la composición anuncian nue­vos caminos perpendiculares, nuevas posibilidades de cambiar de rumbo. Supongamos que el primero que el lector selecciona de los tres es este fragmento de la fotografía de Hine. (Proceso que queda recogido en las dos pantallas de página siguiente.)

 

Con esta elección de rumbo se abriría el estudio de la herramienta y contendría, con otra estructura, evidentemente, a la que el lector de este libro ha encontrado, lo que se ha presentado en la parte que hemos titulado Del bifaz al interfaz. Claro que todo este contenido no estaría distribuido a lo largo del mismo rumbo, sino que se en­cuentra organizado de manera que para llegar a él tiene el lector que cambiar en muchas ocasiones de rumbo, tiene que navegar. Pero en estos momentos el lector está realizando prácticas para adquirir destreza y conocimientos sobre navegación, de ahí que no convie­ne que se aleje demasiado del punto de partida. Por eso tiene cor­tado el paso y no se le va a permitir continuar por este rumbo; ya llegará el momento, después de que deje de navegar por la estan­cia del copista, en que podrá realizar este recorrido. Así que, al es­tar el paso cerrado, este bucle termina aquí, y al dar un nuevo clic en la banda lateral derecha de la pantalla desemboca en la compo­sición de los tres motivos de la que ha partido. Puede ensayar los rumbos que ofrecen el cerebro y el cubo de Escher, pero los dos volverán en seguida a este punto de partida, Porque el rumbo abierto del cerebro supondría navegar por todo lo referente a lo que en es­te libro hemos llamado La memoria en una caja; y el cubo de Es­cher la arquitectura en hipertexto, original, que estamos presentan­do aquí, para procurar hacer realidad todo lo que venimos llaman­do memoria exenta, o dicho de otra manera, formas de organizar la información y creación de interfaces para que pueda ser posible el navegar por la información, que no sea una metáfora o un sueño la aparición de los nuevos navegantes.

Desde la composición, en vez de dar un clic sobre alguno de los tres motivos, lo hace ahora sobre la banda lateral derecha y se cie­rra otro bucle que estaba abierto: se vuelve de nuevo al scriptorium en negativo. Obsérvese que para realizar ese clic en la banda de­recha ha tenido que colocar la pequeña mano de la pantalla sobre la parte del texto, porque el resto de la banda estaba invadido por el cubo de Escher y el cerebro, y, por tanto, de haberlo dado ahí habría tomado otros rumbos. La rosa de los vientos así se lo indica, cuando la presiona el lector. Con pantallas como ésta el lector va adquiriendo experiencia y soltura en el manejo de su timón.

Ya en la pantalla del scriptorium en negativo, y después de ha­ber ensayado el otro camino que se ofrece, un lenguaje gráfico, un clic sobre la banda derecha le devuelve a la estancia de Jean Mie­lot, que sigue afanado en su trabajo de copista.

Esta primera experiencia de navegación, más las que sigan al es­coger otros rumbos por la estancia de Mielot, van proporcionando al navegante la orientación que se necesita para moverse en un es­pacio y por una organización de la información completamente nue­vos para él. Y con la adquisición de esta orientación viene una des­treza en el timón, que en un principio, como todo lo que no encaja en nuestros hábitos, puede parecer complicado, pero que en segui­da se convierte en movimientos mecánicos que no necesitan mayor atención.

Así que el lector, mentalmente o sobre el papel, como vamos a hacer nosotros ahora, puede recomponer su pequeño viaje realiza­do hasta el momento y extraer consecuencias generales de cómo va a ser la navegación de altura, de cómo está organizada una infor­mación, que, a diferencia de un libro, que se hojea, sólo se puede conocer si se navega por ella.

La pieza fundamental de construcción es el bucle abierto:

 

 

De la pantalla B parte un conjunto de pantallas; este conjunto se cierra en un bucle, pero con la particularidad de que una pantalla del bucle 2, la B, pertenece a otro bucle (el 1). Asimismo, el bucle 1 tendrá una pantalla que pertenece a otro bucle, en el que está en­cajado. Esto es un bucle abierto, pieza clave en la arquitectura de este hipertexto.

Para moverse por el bucle 1 el navegante debe presionar la ban­da lateral derecha de la pantalla, o bien la izquierda si quiere retroceder. De esta manera mantiene el rumbo, sigue la lectura del texto contenido en el conjunto de pantallas del bucle 1 y terminará de­sembocando en el otro bucle en que debe estar encajado. Pero al llegar a la pantalla B, puede desviar el rumbo e iniciar una «lectura perpendicular», que es la que abre el bucle 2. Una vez instalado en este nuevo bucle, lo recorrerá presionando la banda lateral dere­cha, hasta que manteniendo así el rumbo un clic en esa banda lo devuelva a la pantalla B. Una vez allí, para los efectos de navega­ción es como si nada hubiera pasado en relación al rumbo que se­guía por el bucle 1, por consiguiente dando un clic en la banda late­ral derecha de B continúa el recorrido por el bucle 1. (Obsérvese la notación que se utiliza. El punto para señalar un clic en la banda lateral derecha o izquierda o en la banda central. La cruz para otra acción sobre la pantalla que no esté destinada a una de las tres ban­das, es decir, para cambiar de rumbo. Un segmento unido al punto o a la cruz para indicar la pantalla a la que se llega después de la acción marcada con el punto o la cruz. Véase el juego que da es­ta notación: presionando (x) en B (bucle 1) se llega a F (bucle 2), y presionando la banda izquierda de F (•) se vuelve a B; un clic en la banda derecha de J (•) se vuelve a entrar en el bucle 1, en B, pero desde B no se puede alcanzar directamente J, hay que recorrer el bucle 2.)

A partir de este diseño básico de lo que se repite constante e ili­mitadamente en el hipertexto, el bucle abierto, la neurona de la me­moria exenta, vamos a recomponer esquemáticamente el mapa de bucles que hemos recorrido.

 

 

El primer contacto que se tiene con el hipertexto es el bucle que recomienza una y otra vez a la espera de un lector, conteniendo ins­trucciones para iniciar la navegación. Vamos a etiquetarlo con el nú­mero 0. Es un bucle formado por una secuencia automática de pan­tallas que se repite a la espera de un lector y que envía instruccio­nes elementales para la navegación. En realidad es como una sola pantalla que contuviera una animación, y así la podemos entender. Cuando el lector decide entrar da un clic en cualquier momento de la animación y se pasa a esa pantalla convertida en un ojo (tomado también de la obra de Escher). El cambio de rumbo se le ofrece aquí a partir de la casilla en donde debe identificarse el lector. De no hacerlo, y siguiendo la lógica de todos los bucles, continuaría en es­te mismo bucle presionando una de las dos bandas laterales. Pero el lector se identificó, presionó correcto, y una travesía perpendicu­lar lo llevó, con la concurrencia de una serie de efectos visuales, al grabado representando el trabajo del copista del Duque de Bor­goña, Felipe el Bueno. Está instalado ya en un nuevo bucle, que se­ñalaremos con un 1. Apenas se mantiene en él, porque la pantalla del scriptorium de Jean Mielot ofrece muchos rumbos a seguir. De­cidió abrir la travesía que le ofrecían los tinteros situados en el pu­pitre. Un nuevo bucle, que etiquetaremos en el esquema con el nú­mero 2, se inicia. El lector mantiene este rumbo, y al llegar a una pantalla, la del grabado del scriptorium en negativo, dos nuevas po­sibilidades de alterar el rumbo se le abren a este aprendiz de nave­gante. Cuando en esa pantalla da un clic sobre composición fotográ­fica un nuevo bucle se abre, el número 3. Y de este bucle, parten otros bucles. El que primero escoge el navegante, y es el único que representaremos en el esquema, es el que viene indicado por el es­fuerzo del trabajador con la pesada herramienta, fotografiado en 1921 por Lewis H. Hine. Nuevo cambio de rumbo y nuevo bucle, el 4, rá­pidamente cerrado para que el navegante inexperto no abandone la proximidad de la costa. Ya habrá ocasión de recorrer estas aguas.

A partir de este momento de la navegación, el lector, que sólo ha hecho alejarse de la costa y ensayar cambios de rumbo, comien­za a descubrir la organización de bucles abiertos. Comprueba que un clic en la banda lateral derecha, que supone mantenimiento del rumbo trazado, lo lleva a desembocar en la pantalla que pertenece al bucle 3, es decir, lo devuelve a la pantalla en donde se fundían en una sola composición el trabajador de Hine, el cubo de Escher y la fotografía de un cerebro humano. Cuando los caminos que abren estos tres motivos han sido experimentados, el lector decide seguir el rumbo de este bucle 3, para ello presiona la banda lateral dere­cha, y el resultado es que llega así al bucle 2, a la estancia de Mie­lot en negativo. Otra ruta tenía para explorar desde esta pantalla, la que viene indicada por lenguaje gráfico, exploración por nuevos bucles que al final lo dejan en esta misma pantalla. Desde aquí, y para seguir el rumbo de este bucle 2, acciona con su timón sobre la banda lateral derecha, y el resultado es entrar en la ensenada que constituye la habitación de Jean Mielot. Está ya de nuevo en el bucle 1.

Reflexiona sobre su primera experiencia y se da cuenta de que, aunque ha cambiado en varias ocasiones de rumbo, ha venido rea­lizando un discurso de lectura coherente y continuo. En ningún mo­mento ha sido una lectura errática. Lo que venía a continuación de una pantalla leída seguía coherentemente el discurso llevado hasta allí. Pero es más, si ahora emprende una travesía con el mismo rum­bo, por tanto el bucle 2, y no se desvía por los bucles 3 y 4, también volverá al scriptorium de donde ha partido, aunque con una trave­sía más corta, con la comprobación de que también ha mantenido un discurso de lectura continuo.

En ninguna de las dos experiencias ha tenido la sensación de una marcha de lectura errática, como si estuviera consultando una enci­clopedia, sino que, a pesar de esta sucesión de cortos textos asocia­dos a imágenes y de desviaciones de la lectura por bucles, ha rea­lizado una lectura continua.

Para que cumpliera la navegación por esta estancia su función de aprendizaje, se ha procurado que los bucles fueran cortos, no muy nu­merosos, para que el lector alcanzara con facilidad la orientación mo­viéndose por una información organizada a partir de bucles abiertos. El lector seguirá ensayando rumbos, y adquiriendo destreza en la navegación, sin salir de la sala en donde Jean Mielot, indiferente al ir y venir del navegante, sigue absorto en su trabajo, con el pun­zón en una mano y la caña en la otra, ajustando su escritura a los cauces previamente marcados en el pergamino por rayas que tra­zan las líneas.

 

Esta es una de las pantallas del bucle que se abre cuando el lec­tor toma el rumbo señalado por el pergamino en el pupitre y sobre el que está escribiendo Mielot.

Y esta otra pantalla forma parte del bucle que parte del libro abierto que reposa en el facistol y del que jean Mielot transcribe lo que lee en la nueva copia que está realizando.

 

 

En este bucle se habla de que leer en hipertexto es navegar por una información ilimitada, y se ayuda a ver al lector que en cualquier momento de su lectura, de su navegación, siempre está instalado en un bucle, en un bucle abierto pues está encajado en otro bucle.

Como se puede ver en esta pantalla seleccionada del conjunto que encuentra el lector por este bucle, se ha asociado el texto que explica la arquitectura de bucles abiertos a otro trabajo de Escher: «Nudos». La obra gráfica de Maurits Cornelis Escher resulta sopren­dente por su originalidad, y su investigación y experimentación de la geometría desde el arte. Pero crece esta sorpresa cuando se apre­cia desde la preocupación por organizar la información más allá de la dos dimensiones del papel, y de que el lector se haga navegante por ella, porque se encuentra en muchas realizaciones del genial holandés la expresión plástica de los conceptos fundamentales de la navegación por la información, de la memoria exenta. Por eso a la hora de exponer en el hipertexto estos conceptos se recurre a la obra de Escher para asociar el texto a sus obras. En algunos casos hasta dos fragmentos de sus obras hemos fundido en la misma pan­talla para ir asociados al texto. En este mismo bucle de la pantalla con «Nudos», hay un caso así; ésta es una de las pantallas:

 

 

La obra de Escher, digitalizada, en stock sobre un soporte mag­nético, dispuesta a ser tinta que retenga el texto de esta parte del hipertexto que presenta sus conceptos y fundamentos. Como Jean Mielot tiene a su lado, en el pupitre de escritura, unos tinteros que le sirven a la punta de su stylos el líquido que retendrá su escritura sobre el pergamino, así hemos dispuesto nosotros de unos tinteros con la obra de Escher hecha tinta, es decir, digitalizada, y dispues­ta a retener lo que escribamos; pero no siguiendo las líneas rectas y paralelas que previamente Mielot ha señalado sobre el pergami­no, sino los bucles abiertos, que son los renglones de esta nueva es­critura. La obra de M.C. Escher dispuesta para que la punta de la pluma la vaya capturando para la escritura: todo un lujo, y una fasci­nación por la aventura de escribir y navegar en estos nuevos espacios.

Fuera de la estantería, abandonado en el suelo de la estancia, hay un libro con los broches abiertos. En algún momento de su tra­bajo Jean Mielot ha detenido su lectura del libro que está copiando, y que se encuentra sobre el facistol, y se ha levantado para consul­tar un libro; luego lo ha dejado en el suelo, quizá porque tenga que volver a él, y ha vuelto a su lectura interrumpida.

Cuando el navegante ensaya este rumbo, se encuentra que el bu­cle que se abre trata de las formas que hay en este hipertexto de realizar una operación semejante a la que ha hecho el copista: inte­rrumpir temporalmente el discurso de la lectura, para volver poste­riormente a reanudarlo. La pantalla, lo sabe desde un principio el navegante, está dividida en tres bandas verticales de igual anchu­ra. Las dos laterales permiten mantener el rumbo o, lo que es lo mis­mo, moverse hacia adelante o hacia atrás dentro de un bucle; la cen­tral es la que va a permitir al lector interrumpir temporalmente el curso de su lectura. Al dar un clic sobre la banda central, igual que sucede cuando cambia de rumbo y entra en otro bucle, se produce un efecto visual que orienta al lector de que entra por un camino perpendicular al que su lectura está llevando. En este caso, una vez que la pantalla se ha abierto como si de una puerta de dos hojas correderas se tratara, se repite en toda ocasión una breve anima­ción que da la sensación de estar desplazándonos por el interior del cubo de Escher, hasta quedar detenidos en un punto en el que se ofrece esta pantalla:

 

 

Aunque por este camino interrumpimos el discurrir de nuestra lectura, no por eso se abandona la arquitectura de bucles abiertos. Cuando se ha presionado en la banda central, se ha entrado en un bucle, que, tras unos breves efectos visuales, presenta esta panta­lla. Si damos un clic en cualquiera de las bandas laterales, el bucle nos devuelve a la pantalla en donde decidimos hacer un alto en la lectura, nos reinstala en el bucle anterior. El bucle no tendría senti­do si no nos ofreciera más que esto, pero observamos que no es así. Está la posibilidad ya anunciada al navegante de «cerrar el libro» hasta su próxima lectura. Si es eso lo que el lector desea, presiona dejar el hipertexto; entonces se vuelve al bucle inicial, el que pri­mero se encontró el lector cuando se acercó al hipertexto, una es­pecie de portada del hipertexto en la que una secuencia una y otra vez repetida orienta al lector. Ha quedado registrada automáticamen­te, sin necesidad de intervención del lector, la pantalla en donde se ha detenido la lectura, de manera que cuando vuelva el lector y se identifique ante la mirada de cíclope de ese ojo que se adueña de la pantalla, recuperará el punto de lectura último y podrá continuar a partir de ahí su navegación. Mientras tanto el hipertexto queda dis­ponible para que otro lector, iniciado o no, lo navegue. Si está insta­lado en una biblioteca, el lector se ha levantado del puesto de lectura, y, al quedar libre, otro lector se sienta y comienza la navegación. Este bucle inicial, portada del hipertexto, es quizá más adecuado denomi­narlo bucle de latencia. Para este caso, en que el puesto de lectura es­tá en una biblioteca, hemos dispuesto que, si durante cinco minutos no se realiza ninguna acción de navegación, se cierre automáticamente el hipertexto y vuelva al bucle de latencia, registrando, eso sí, la panta­lla en que el lector descuidado ha abandonado la lectura.

Junto a la posibilidad de detener la lectura, hay más opciones des­de esta pantalla para el lector. Una de ellas se indica como caras. Aunque nos hayamos movido por la orilla, siguiendo la experiencia de un hipotético lector que se inicia en la navegación por el hiper­texto, se ha podido percibir el horizonte ilimitado que puede alcan­zar un mar de información organizado de esta manera. El conoci­miento del bucle abierto ha servido no sólo para comprender me­jor los principios de nuestra navegación, sino también para poder aceptar la plasticidad de una construcción realizada a partir de las combinaciones ilimitadas de estas piezas. Se puede con facilidad in­troducir más información ajustando nuevos bucles -uno o una red de ellos- y también eliminar información desmontando los bucles que contienen esa información que se desea anular. La estructura de bucles abiertos, los textos cortos asociados a la imagen, y el so­porte magnético, por tanto las propiedades del material y la lógica de la organización de la información permiten mantener actualiza­do constantemente el hipertexto. Sin embargo, una masa de infor­mación que no tiene más límite que la capacidad del soporte, y tan fácilmente actualizable, puede presentarse desde la orilla como en exceso dilatada y, en consecuencia, el llegar a un determinado punto convertirse en una tarea muy larga y azarosa. En un libro sobre pa­pel el índice es el recurso para llegar a un segmento suficientemen­te significativo y extenso del texto, sin necesidad de esperar a en­contrarlo a través de la lectura lineal iniciada en la primera página del libro. En este hipertexto el texto está en tres dimensiones y la lectura no sigue el desarrollo lineal del texto, sino la navegación por bucles abiertos; el lector no tiene en sus manos un libro, con un índi­ce delante o detrás, sino un cubo. Frente a una lectura errática, ve­nimos insistiendo en que la navegación es un proceso continuo, una tra­vesía de un mar de información; navegando por los bucles abiertos el lector va realizando un proceso continuo de acceso a la informa­ción. Sin embargo, en un determinado momento el lector puede te­ner necesidad de alcanzar, para una consulta, una información muy alejada del punto de navegación en que se encuentra. Desde este punto del proceso de lectura que está llevando podrá abrir una ex­ploración de otra parte de la masa de información que contiene el hipertexto, e interrumpir cuando lo desee esta incursión para vol­ver al punto de lectura en que se desvió.

La utilización más normal de caras es para alcanzar partes de la información por las que ya se ha navegado, que se conocen bien, pero por las que se desea hacer una incursión. De no existir este procedimiento, y para una gran masa de información, el dar mar­cha atrás y hacer en sentido contrario la trayectoria llevada sería muy engorroso y supondría deshacer lo navegado hasta el momen­to. Sin embargo de esta otra manera el lector no pierde el punto de lectura, en el que queda anclado.

Aunque el lector que se está iniciando como navegante no ha he­cho más que navegar por esa especie de bahía que es el scripto­rium de Jean Mielot y, por tanto, sus distancias y sus referencias en el mar de información son muy cortas, puede experimentar, sin em­bargo, a muy pequeña escala el funcionamiento de caras. El lector ha tomado a partir del scriptorium el rumbo indicado por ese libro que reposa en el suelo, libro que en un momento de su trabajo ha consultado el copista. Como ya hemos comprobado, el lector se aleja poco de esta pantalla que representa el scriptorium de Mielot; son desplazamientos cortos, en que se encadenan dos o tres bucles, no más, y en seguida el aprendiz de navegante se encuentra de nuevo con la referencia del scriptorium. Pero en alta mar las distancias se hacen mucho mayores, así como el número de bucles. Supongamos que ahora el lector quiere volver a repasar uno de los caminos que ha recorrido desde la estancia del copista, por ejemplo, el que abren los tinteros. Una solución sería decidir dar marcha atrás y volver en sentido contrario por la ruta por la que ha venido, hasta desembo­car en la estancia. Esta decisión traería dos consecuencias negati­vas. La primera es que perdería la referencia del punto en que su lectura se interrumpió, tendría que reencontrarlo a continuación, lo que en alta mar y con grandes distancias sería una tarea complica­da y para la que habría que invertir bastante tiempo. La segunda es que, para distancias mayores que las que ahora está ensayando por la orilla del hipertexto, invertir el rumbo y volver en busca de una información bastante alejada puede desorientar y terminar en naufragio, pues no encuentra la parte que desea releer y ha perdi­do, desde que ha dado marcha atrás, el punto en el que el proceso de lectura lo había situado. La solución que le ofrece este hipertex­to es presionar, como ya sabemos, la banda central, y aparece co­mo resultado de la acción la pantalla que contiene, entre otras op­ciones, caras. Al presionar caras aparece esta pantalla:

 

 

Un nuevo motivo de Escher, en este caso un pequeño fragmento de «Belvedere», nos sirve para expresar la lógica de esta operación. Como se puede ver, el personaje tiene entre sus manos un cuboide un cubo imposible de Necker. Veremos más tarde, sólo lo hemos anunciado, qué bien recoge la lógica de esta arquitectura de hiper­texto la imagen de un cubo entre nuestras manos, figura que veni­mos asociando como metáfora o como artificio lógico a la construc­ción de una memoria exenta desde que empezamos a estudiar las propiedades de la memoria en una caja de madera. Entonces com­prenderemos mejor por qué en esta operación el lector no tiene en sus manos un cubo sino un cuboide. Ahora es suficiente con cono­cer la función de este bucle que se ha abierto a partir del clic dado sobre caras. Instalados en este bucle, al que va a dar continuidad la permanencia de este motivo del cubo de Necker, se presiona, co­mo se hace en todo bucle para avanzar por él, la banda lateral de­recha; todo permanece igual excepto el papel que hay en el suelo, porque ahora recoge el nombre de una de las caras por las que se puede realizar la incursión.

 

Si mantiene este rumbo, y presiona otra vez la banda lateral, apa­recerá otra cara proyectada en el papel, y así sucesivamente. Cada una de estas caras aproxima al lector a partes distintas de la masa de información. Naturalmente, como ahora está comenzando, no ten­dría sentido, sólo el de la curiosidad, alcanzar partes alejadas y aún no navegadas del hipertexto. Basta para esta experiencia que utili­ce la primera de las caras que ha aparecido: Por la orilla del hiper­texto. Al dar un clic sobre ese papel se abre un bucle que expone con más detalle el recorrido que se puede hacer desde aquí.

Desde aquí puede desembocar en la estancia de Mielot y esco­ger el rumbo de los tinteros. Como en otras ocasiones, es conveniente realizar el diagrama de la operación, pues permite contemplar me­jor la lógica de la organización de los bucles y extraer de un caso particular el funcionamiento general para cualquier momento en que el lector decida realizar estas incursiones.

 

Del bucle al que pertenece la pantalla con el scriptorium (1), y del que sólo, por el momento, ha recorrido el lector principiante al­gunas pantallas, ha tomado el rumbo marcado por el bucle 6 (el in­dicado por el libro en el suelo). En un determinado momento de es­ta lectura (Y), el navegante quiere volver a consultar algo de otro de los bucles que recorrió anteriormente. Para ello presiona desde don­de se encuentre en la banda central de la pantalla, y entra así en un pequeño bucle (7), pero importante por las operaciones que ofrece en cualquier momento de la navegación, y que se caracterizan to­das ellas por la detención temporal del proceso de lectura, de la navegación; la lectura queda anclada en ese punto y automáticamen­te se volverá a él cuando el lector decida reemprenderla. Es, por tanto, una función muy importante del hipertexto así diseñado por­que colabora a que no se pierdan las coordenadas de la navega­ción, a que el lector no naufrague. Ya hemos visto que de esta ma­nera puede dejar anclada su lectura, abandonar temporalmente la navegación (paso al bucle 0, el de latencia), y al volver reempren­derla desde este punto (Y). Pero también, si presiona caras, entra en el bucle 8, aquél que le ofrece dividido en regiones, o mejor ma­res, la masa de información que contiene el hipertexto, y que se van

identificando, a medida que recorre el bucle, que es como mover el cuboide, en el papel que permanece en el suelo. Obsérvese en el diagrama que este bucle 8 no es abierto, de manera que puede moverse por él, una y otra vez, hasta decidirse; y si no desea ningu­na incursión saldrá de él bien desde la primera de las pantallas o desde cualquier otra presionando la banda central (posibilidad és­ta que no representamos para aligerar el diagrama).

Pero el lector quería volver rápidamente al scriptorium, que se presenta como una de las caras del hipertexto, dado que los lecto­res antes de iniciar la travesía por la masa de información se hacen con los conocimientos básicos de navegación moviéndose por la es­tancia de jean Mielot. Al dar un clic sobre el papel en que está es­crito Por la orilla del hipertexto, se abre un breve bucle (9) que re­coge orientación sobre el contenido más inmediato que ofrece el in­troducirse por esta cara. A partir de aquí, y si lo decide, vuelve al scriptorium (1), desde el que puede escoger el bucle -pusimos co­mo posibilidad el de los tinteros- al que quería regresar (por la mis­ma intención de suavizar la red del diagrama no representamos es­te paso al bucle y nos quedamos, en el diagrama, en la pantalla del scriptorium). En esta parte estará el tiempo que le convenga, pero cuando busque volver al punto en donde su proceso de lectura ha quedado anclado no tiene más que presionar la banda central. Co­mo en toda pantalla, esta banda lleva a la pantalla en donde están las opciones cerrar el hipertexto, caras, etc. Y de ahí al punto en que se ha detenido el proceso de lectura (Y) media sólo un clic en la ban­da lateral derecha. De la misma manera que el cuboide, expresión de la lógica de esta operación que acabamos de hacer, distorsiona las aristas del cubo, así sucede con alguno de los bucles que consti­tuyen esta operación. Pero lo importante es comprobar cómo toda la organización de la información, así como todas las operaciones de acceso a esa información, se realizan a partir de la pieza funda­mental que es el bucle abierto y de su lógica, y únicamente en muy contadas ocasiones, y por coherencia también con esta lógica, el bu­cle no es abierto. El que se pueda construir así todo el hipertexto, y también que su lógica esté vigente en cualquier lugar del hiper­texto, facilita extraordinariamente tanto la escritura como la lectura con este sistema. Naturalmente en un principio, por la novedad que supone, y también por exponerlo sobre el papel y no en el medio para el que se ha creado, presenta una apariencia de dificultad y de complicación que desaparece en seguida que se practica un poco. 124

Otra operación importante que el navegante puede hacer desde cualquier punto de su lectura, presionando la banda central, es la que viene señalada como registro.

El lector viene haciendo un recorrido por una información conti­nua, las ideas, los conceptos se encadenan coherentemente y para llegar a un determinado punto hay que hacerlo a través de un pro­ceso, es decir, no es posible alcanzarlo sin haber recorrido previa­mente un camino. Junto a esto, el hipertexto contiene también infor­mación discreta; unidades cerradas de información que no necesitan ningún proceso para acceder a ellas, se alcanzan directamente, y en cualquier momento. Por eso, es suficiente presionar la banda central, en el punto en donde se encuentre la navegación, para comenzar la operación. De nuevo se abre la pantalla que conocemos, pero en esta ocasión no para detener la lectura del hipertexto, o para alcanzar por otra cara del hipertexto una región alejada del punto en donde se ha quedado anclada la lectura, sino para utilizar la opción registro. Si a continuación damos ahí el clic, aparece la siguiente pantalla:

Se ofrece un panel que recoge en grandes paquetes la informa­ción discreta de que se dispone. Para el lector que está en su pri­mera navegación sólo se le permite acceder a dos de estos paque­tes, el de bibliografía y el de fotografías; el motivo de esta restric-

ción no es otro que el hacer que se mueva por la información más sugerente y más general, y, por tanto, de la que puede obtener, en esta primera incursión, una impresión general de lo que le propor­cionará la opción registro durante su navegación.

Al presionar bibliografía se entra en esta pantalla en donde hay dos ventanas, una relación por autores y otra por temas:

Si se señala con un clic un autor o un tema se abren las referen­cias correspondientes; por ejemplo:

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Se ha formado un subconjunto conteniendo las publicaciones y citas del autor seleccionado. Las tarjetas con estas notas van apare­ciendo mediante el mismo procedimiento al que ya está habituado el lector, por navegante: un clic en la banda lateral derecha ofrece una nueva tarjeta con una nueva publicación o cita de este autor, y un clic en la banda izquierda recupera la anterior tarjeta consulta­da. Por tanto un bucle abierto que terminará en la pantalla con las dos ventanas conteniendo un índice de autores y de temas. También desde cualquier tarjeta puede el lector dar un clic sobre cualquie­ra de los datos bibliográficos (lugar de edición, fecha, una palabra del título, etc.) e incluso sobre cualquier palabra del texto de la cita y se inicia a partir de aquí un bucle abierto -por tanto, terminará en esta misma tarjeta de la que parte- que recorrerá las tarjetas de todo el paquete de bibliografía que contengan esta palabra.

Aquí la banda central unicamente lo que hace es cortar el bucle. Operación que conviene tener a mano, pues, supongamos, que el lector ha presionado una palabra del texto que le lleva a un bucle excesivamente largo y que no le interesa seguir; de esta manera vuelve a la tarjeta de partida, a la tarjeta en donde seleccionó esa palabra.

Como se puede ver, aun moviéndonos por ficheros la lógica de acceso a la información sigue siendo la derivada de la arquitectura de bucles abiertos. Esto facilita mucho al lector porque adquiere al principio, con un aprendizaje suave, unos hábitos para moverse en el espacio de la pantalla, para orientarse por el mar de información, y esta destreza seguirá sirviendo, y respondiendo a las situaciones particulares, en cualquier lugar del hipertexto. Ahora, para el prin­cipiante moviéndose por la bahía, no pueden parecerle tan necesa­rias estas normas y esta regularidad, pero las apreciará cuando es­té en alta mar. De la misma forma, se aprecian en su justo valor es­tas reglas de construcción sobre bucles abiertos cuando hay que organizar una gran masa de información.

Así pues, con esta misma lógica, cuando quiera seguir, y ya no hacer más incursiones por los autores y temas que ofrecen las dos ventanas, un clic en la banda lateral derecha pone en marcha el bu­cle en que esta pantalla está instalada. Un bucle que partió del pa­nel en que se ofrecían los paquetes disponibles de información dis­creta, de bases de datos, podríamos decir, y al que se vuelve con esta operación de un clic en la banda derecha; como en cualquier otro punto del hipertexto.

Ya de nuevo ante este panel el navegante tiene curiosidad por conocer qué le deparará presionar fotografías. Así lo hace, y la pan­talla resultante, nuevo bucle en el que entra, es:

Aquí tiene por fotógrafos y agencias de prensa, por temas y por personajes, estructurada una información fundamentalmente gráfi­ca. Es la digitalizacián de las fotografías de prensa que diariamente nos vierten los medios. Están estructuradas como una base de da­tos gráfica. Es un buen contraste y a la vez complemento con la ba­se de datos bibliográfica antes consultada porque brinda la expe­riencia, quizá desconocida para el lector, de moverse por una infor­mación gráfica. La existencia de esta base de fotografías de prensa en el hipertexto no es gratuita, ni exclusivamente destinada al apren­dizaje del lector como navegante, sino que constituye un fondo grá­fico importante de otra región de este hipertexto sin límites y que ahora queda muy lejana para un lector que está aprendiendo a na­vegar junto a la orilla. Por eso no damos por el momento más expli­cación sobre su función en este hipertexto. Basta que ahora sirva de práctica al principiante.

Si presionamos el nombre de un fotógrafo aparece la primera de las fotografías debidas a él, y que están aquí registradas.

Para pasar a la siguiente fotografía del mismo autor la acción que debe realizar el lector es con la misma lógica que hasta ahora: cuando ha presionado un nombre se ha abierto un bucle con la colección de fotografías que aquí se contienen de este autor y, por tanto, es suficiente un clic en la banda lateral derecha para avanzar por el conjunto de fotografías, Cuando no haya más, por estar en un bucle abierto se desemboca en el panel que presenta las distintas venta­nas de selección (fotógrafos, temas, personajes... ). Y una nueva elec­ción está disponible. Supongamos que ahora se hace en la ventana de temas, y que se escoge la revolución en Rumanía (1989).

El recorrido es por las fotografías que la prensa mundial nos ofre­ció sobre el derrocamiento de Ceaucescu.

De vuelta a las ventanas de selección, el lector decide, por ejem­plo, sondear en el stock de fotografías de prensa en busca de aqué­llas en que aparece De Gaulle. Para ello, en la ventana de persona­jes señala este nombre. Un nuevo bucle se abre con esta primera fotografía de la selección hecha.

Es el momento de indicar otra de las posibilidades que el lector tie­ne ante cualquier fotografía, Si desconoce un personaje de los que aparecen en la fotografía es suficiente que lo indique señalando su ca­ra y manteniendo la presión (es decir, en vez de un clic, que consiste

en presionar y levantar el dedo del «ratón»). Y así, en la fotografía, al hacer esta operación sobre el rostro del personaje que se encuentra al lado de De Gaulle, nos los identifica como el presidente Lubke.

Es más, si esta operación de mantener la presión sobre la parte que se señala, en vez de un clic, se hace sobre otra parte de la foto­grafía que no sean los rostros, es indicación para que aparezca in­formación sobre el acontecimiento que recoge la fotografía.

En cambio un clic en la banda lateral derecha, aunque se pro­duzca sobre el rostro de un personaje, se interpreta como operación de avance en este bucle y aparece otra fotografía, o bien llega el final del bucle.

Hay una cuarta ventana que lleva el nombre de «Efectos».

Es suficiente la primera operación de capturar una imagen del papel de piensa o del televisor o de un libro para que su -autor se dé cuenta de que ha cambiado algo más que el soporte; nuevas ca­lidades y propiedades emergen de la imagen capturada. La panta­lla aporta una resolución que ya supone una alteración, que no tie­ne que ser necesariamente buena o mala, sino distinta del original. La pantalla no es un espacio cerrado, no es el marco que se le pone a la fotografía; esto quiere decir que una fotografía digitalizada pue­de ocupar dos, tres o más pantallas, y sin embargo no resulta de ello tres fotografías, ni siquiera tres fotografías encadenadas. Sino una mirada, una lectura distinta de esa fotografía. Por ejemplo, durante la crisis de Rumanía muchos periódicos recogieron una fotografía de la batalla que se estaba dando en las calles. Esta fotografía, de la forma que hicimos la digitalización, ocupaba tres pantallas. Pues bien, vimos antes que el lector seleccionaba en la ventana «temas» los acontecimientos de Rumanía (diciembre de 1989) y comenzaba así un recorrido por un bucle abierto, que se iniciaba con una de las últimas fotografías de Ceaucescu en el poder. Para seguir la se­lección que contiene este bucle, el lector realiza la operación bien conocida de dar un clic en la banda derecha de la pantalla. El re­sultado de esta acción es que comienza una lenta desaparición en el negro del fondo del rostro del dictador, quedando sólo sus puños.

Se «rasga» esta pantalla para dejar ver una parte de la fotografía a la que estábamos haciendo referencia.

v M

 

Y a esta parte le siguen las otras dos:

Una fotografía, ocupando tres pantallas, y que se mira de abajo a arriba, y que permite un análisis más intenso de las actitudes de la ciudadanía rumana recogida en una instantánea fotográfica: la sor­presa y el miedo, el levantamiento y la resistencia armada.

Además, y se acaba de ver un ejemplo, la fotografía digitalizada es «blanda» y, por tanto, susceptible de múltiples acciones sobre ella, como el efecto de disolución progresiva del rostro de Ceaucescu hasta quedar sólo sus puños.

Desde la ventana «Efectos» el lector puede estudiar con deteni­miento estas propiedades de la imagen digitalizada accediendo a una selección de casos.

Cuando desee abandonar su incursión por el stock de fotogra­fías bastará que en la pantalla que contiene las ventanas de elec­ción dé un clic en la banda derecha. Volverá así al panel en que se le ofrecían los paquetes de bibliografía y de fotografías para rea­lizar una experiencia de penetración por masas de información dis­creta. Y de aquí, con una operación igual a la anterior, se encuentra con la pantalla de las opciones caras, registro, dejar el hipertexto, y la que va a ensayar a continuación: comunicación.

Como las otras opciones que ya ha conocido, el navegante pue­de en cualquier punto de la navegación interrumpir su discurso de lectura para, en este caso, escribir una notas en relación a lo que está leyendo. Para ello da un clic, de la misma manera que en las otras acciones, en la banda central de la pantalla en que detiene su lectura, y a continuación presiona la opción comunicación. El re­sultado es que se crea una pantalla en blanco dispuesta para que se escriba en ella, sin temor a la extensión, pues obsérvese que hay una barra de scroll a la derecha de la pantalla.

 

Esta pantalla hace las funciones de una ficha, tan extensa como se desee, que queda vinculada al punto de lectura en donde surge la necesidad de anotar algo. Es un clip que asocia la notas en una tarjeta a una página del libro. Pero con la diferencia de que esas notas no las encontrará otro lector que recorriera el libro. Cada na­vegante por el hipertexto va creando una colección de pantallas ca­da una de ellas vinculada a un punto de la lectura y de uso exclusivo de ese lector. Por este conjunto de pantallas el lector se mueve co­mo por cualquier otro bucle. Cuando quiere ir al punto del hiper­texto al que pertenecen las notas escritas por él en una determina­da pantalla debe dar un clic en contexto. Se moverá por él lo que necesite, y volverá a la ficha de la que partió para recordar el lugar y el momento de su navegación en que las escribió presionando la banda central. Siempre la misma lógica de desplazamiento por en­tre los inacabables bucles.

También, si quiere relacionar distintas pantallas-ficha puede dar un clic en cualquier palabra significativa de sus notas e irá a otra ficha en donde esa palabra se contiene. Asimismo, si lo desea pue­de clasificar por temas sus notas utilizando el rectángulo que está vacío de texto en la parte superior de la pantalla.

Pero la función más potente está en que esas notas se las puede enviar al autor del hipertexto, responder éste sobre las mismas pantallas, a renglón seguido, de cada uno de los textos de las notas y reenviárselo al lector. Se abre así un diálogo entre autor y lector des­de dentro del hipertexto. Esta posibilidad se abre solamente en los casos en que sea conveniente una interrelación entre lector y autor, por ejemplo en la experiencia docente. El autor, aquí profesor tam­bién, y los lectores, sus alumnos, están situados en puntos distantes unos de otros, Cada alumno es un navegante que realiza según sus decisiones una travesía personal, un curso, por la masa de informa­ción que está organizada en hipertexto, con un ritmo y unos rumbos distintos según el navegante. El mar de información lo tienen conte­nido en un disco magneto-óptico, pero a la vez sus ordenadores per­sonales están conectados, por su módem correspondiente, que les permite utilizar la vía telefónica, a una red telemática, Las fichas que en cada sesión de lectura se crean las manda, con el mismo proce­dimiento que el correo electrónico, al buzón del autor, o lo que es lo mismo, al espacio destinado para el autor en el ordenador que gestiona la red. El autor recupera estos paquetes, lee las notas, y a continuación de cada una de ellas introduce las respuestas que convengan. Devuelve al buzón correspondiente a cada lector que ha comunicado con él el paquete de fichas y queda a la espera de que los lectores «abran» sus buzones. Al recuperar las fichas con las respuestas el paquete se integra sin necesidad de ninguna otra ope­ración en el hipertexto y queda disponible a que el lector consulte en cualquier momento de su navegación las fichas enriquecidas con las respuestas del autor. Sobre cada ficha se puede seguir mante­niendo un diálogo y siempre sin perder éste el punto de conexión con el lugar en el hipertexto en donde tiene su contexto.

Otro diseño de comunicación está preparado para el caso en que el puesto de lectura está en una biblioteca y por él pasan varios lec­tores. En estas circunstancias el autor puede conectar directamente con el ordenador, por ejemplo a una hora en que está cerrada la biblioteca, y recoger los paquetes de fichas pertenecientes a cada lector. Y por el mismo procedimiento, una vez que haya escrito las respuestas a las notas de sus lectores alumnos vuelve a conectar para integrar los paquetes en el hipertexto.

La conexión a horas en que las bibliotecas están cerradas es muy útil pues se evitan interrupciones. La operación de captura de los paquetes de fichas y de su posterior reinserción no necesita ningún personal intermediario. Una llamada del autor al teléfono al que es­tá conectado el ordenador de la biblioteca, y a través de un dispositá conectado el ordenador de la biblioteca, y a través de un disposi­tivo se enciende y se carga el ordenador automáticamente.

Con éste o con el otro procedimiento se mantiene en determina­dos casos un diálogo en tiempo no real entre lector y autor. Diálogo que se articula en fichas, cada una de ellas refiriéndose a un tema, y que, a medida que se desarrolla, va integrándose en el hipertex­to, porque cada una de estas fichas, de estos temas de diálogo, no pierde el contexto, es decir, permanece en conexión con un punto concreto de la masa de información del hipertexto. De cada anota­ción, de cada diálogo en torno a un tema, se puede pasar al lugar de la navegación en donde surgió este tema motivo de la comunica­ción entre lector y autor.

El lector comprueba, al ver que sus notas y su diálogo con el autor quedan vinculados al resto de la información, que un hipertexto así diseñado no está nunca cerrado, es una masa de información en cons­tante reorganización. Pero es más, el soporte permite eliminar, in­troducir, corregir la información y el diseño de bucles abiertos faci­lita muy considerablemente la operación de ajuste de partes nue­vas o el desajuste de las obsoletas. De ahí que el navegante sienta que ha concluido la travesía, pero no el navegar. No abandonará ya el mar una vez que lo sabe surcar. El lector puede dar por conclui­da su travesía por el hipertexto, ha seguido rumbos distintos a otro lector, pero ha recorrido la masa de información que contiene el hi­pertexto, así que realiza la operación de cerrar el hipertexto una vez que ha llegado al final de su recorrido. Sin embargo, al cabo de un tiempo puede volver a la orilla, identificarse una vez más y, como resultado, instalarse ante la última pantalla en donde dio por con­cluida su travesía. En este tiempo de inactividad como navegante, fondeada la nave en esta su última pantalla, el hipertexto ha podido tener reorganizaciones interesantes en su interior, principalmente introducción de nuevas partes; ¿cómo llegar a ellas desde donde está fondeado? La presión en la banda central de la pantalla lleva a un panel de opciones ya estudiadas, que vienen identificadas co­mo caras, registro, comunicación, dejar el hipertexto, contiene tam­bién la opción actualizaciones. Un clic sobre ella presenta una pan­talla en la que se indican los rumbos a tomar para llegar a aquellas partes del hipertexto que han tenido un cambio lo suficientemente significativo desde la última lectura realizada por este navegante. Por tanto se abren desde aquí nuevos bucles que permiten la navega­ción por las actualizaciones producidas en el hipertexto.

El lector que un día entra por primera vez en el hipertexto e ini­cia su primera navegación, ya no saldrá de él, siempre estará insta­lado en un bucle abierto, es decir en un bucle que terminará en otro bucle... también abierto. Ni siquiera cuando termina la lectura del hipertexto se cierra ese bucle, porque otros bucles, que llamamos de actualización, renuevan la situación y del bucle en que estaba fondeado pasa a esos bucles y, consiguientemente, a continuar por otros rumbos la navegación, a realizar un proceso de actualización.

Queda por señalar de esta pantalla con el panel de opciones, que se abre siempre que presionamos la banda central en cualquier lu­gar en que estemos de la navegación, la opción lenguas, que se si­túa en el angulo superior izquierdo de la pantalla. Dando un clic so­bre esta opción, el lector tiene la posibilidad de que el texto cam­bie a uno de estos tres idiomas: español, inglés y francés. Esta op­ción está limitada a la región del hipertexto que corresponde en su versión al capítulo que hemos titulado «Por la orilla del hipertexto», y que es en el que nos encontramos ahora. De esta manera, un na­vegante por la orilla del hipertexto puede en cualquier momento cam­biar el idioma en que va apareciendo el texto. De la misma manera, en el bucle inicial, que también hemos llamado de latencia, se pue­de, señalando con un clic, escoger entre estos tres idiomas. Hasta el momento, repetimos, y como muestra de esta posibilidad, está li­mitada la elección a la bahía del hipertexto, es decir, a esa parte inicial en la que el lector ensaya la navegación y consigue los cono­cimientos básicos.

Cuando el lector aprendiz de navegante haya seguido todos los rumbos que los objetos de la estancia de Jean Mielot le ofrecían, es­tará ya preparado para más atrevidas singladuras. En realidad no ha salido del scriptorium, pues se ha movido en torno a Mielot, por los objetos que pueblan la sala. Todos los bucles terminaban devol­viéndolo a este mismo lugar. Una vez diestro en la navegación, ¿có­mo continuar? Pues bien, no olvidemos que siempre se está instala­do en un bucle y que el scriptorium de Jean Mielot es la primera pantalla de un bucle que no se ha recorrido más que en esa panta­lla. Por tanto, para continuar por ese rumbo el lector dará un clic en la banda lateral derecha. Como resultado de esta acción se ob­servará, ayudado de un efecto visual muy sorpresivo, que una puer­ta del armario de Jean Mielot se abre.

 

Esta es la nueva pantalla a la que se ha llegado. La rosa de los vientos nos ayudará en esta circunstancia a saber que si damos un clic sobre ese hueco que acaba de aparecer al abrirse la puerta del armario entramos en una masa de información más considera­ble, de la misma manera que el armario de Mielot debe de guardar muchos más libros que los que vemos en el exterior. La presión en este lugar lleva al navegante, por primera vez, a mar abierto. Nave­gará, a través de un tejido de bucles abiertos, tejido neuronal de la memoria exenta, prácticamente por todo lo que el lector lee en este libro.

No se agotará aquí el extenso mar de este hipertexto. A otra gran masa de información podrá llegar y navegar por ella, y a la que más tarde haremos referencia; sólo referencia, porque ya no es objeto de este libro, y, sin embargo, no compone otro hipertexto, sino que aporta sus aguas al mismo ilimitado mar. Lo que en papel se necesi­tan dos o más libros, en este hipertexto, como en el cerebro del autor, como en las aguas marinas, todo está conectado. Los nombres de los mares son regiones de agua sin fronteras, sin cortes. En el cere­bro está un mar interno de información, de conocimientos, de ideas y conceptos, no lagunas de aguas estancadas. En el hipertexto, por su capacidad de conexión, por su plasticidad en la construcción, permite el amasado de todo lo que el autor o autores vayan aportando. En el papel, el texto, por su estructura y la imposibilidad de su ac­tualización, se cierra en libros. Con los libros se pueden hacer to­rres, pero no naves.