Confinar la información

 

 

 

SOPORTE

INFORMACIÓN

Característica física

NaNturaleza Forma

Naturaleza

Forma

Situación

Acceso

Registro

 

duro

piedra

mural

localizada

 

 

 

rígido

 

metal...

 

 

distante

 

 

 

blando

arcilla...

tableta

acumulada

 

 

 

flexible

papiro

rollo

móvil

lento

permanente

 

pergamino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

papel

libro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

denso

químico

 

ubicua

difícil

 

 

filme

 

 

 

 

magnético

óptico

disco

en red

rápido

actualizable

 

 

 

 

 

 

 

La pretensión de construir una caja que funcione como una me­moria exenta no es sólo de este libro y de este autor. El hombre vie­ne ensayando desde hace siglos la construcción de una memoria exenta. Y de la misma manera que acabamos de hacer un artificio, que funcionaba como una memoria exenta, a partir de una caja de madera, así el hombre está probando desde siglos otros materiales y otras formas de construcción con este objetivo.

El primer problema que surge para construir este artificio de la memoria exenta es el del material a utilizar para confinar la infor­mación en un espacio. Nosotros utilizamos para confinar la nube de partículas en agitación un cubo de madera. Obsérvese en el cua­dro una relación, no exhaustiva, de materiales utilizados por el hom­bre con este fin.

Los he clasificado en materiales rígidos, flexibles y los que he denominado densos, y que luego explicaré. Los materiales rígidos hay que dividirlos en duros y blandos. Por ejemplo, una piedra es un material duro y, naturalmente, rígido; pero la arcilla es un mate­rial blando, moldeable, que para la construcción de este artificio ne­cesita la cocción que lo hace rígido; o bien la cera, que, siendo blan­da, para este uso se enmarca en una tablilla que le da rigidez. La caja con estos materiales tiene muy poca capacidad de confinamiento de información. Y si se quiere aumentar la capacidad para conte­ner información la caja adquiere un volumen desmesurado. Sus for­mas pueden ser muy variadas, especialmente en piedra. Cajas in­mensas que el hombre ha llegado a construir con estos materiales rígidos son las bibliotecas de tabletas de arcilla, como la de Nippur o la del rey Asurbanipal, en Nínive. El material de confinamiento de la información ocupa mucho volumen para la cantidad de infor­mación que puede encerrar, y es inamovible.

Con otro de los materiales empleados por el hombre la caja no es un cubo, como la nuestra de madera, sino un cilindro. El papiro es un material flexible que se puede enrollar. Con esta caja cilín­drica crece considerablemente la capacidad de confinar informa­ción en un espacio reducido. Cajas mucho más ligeras que ya no quedan ancladas en un lugar y que pueden ser transportadas.

El pergamino va a dar forma de paralelepípedo a la caja, el co­dex, y el papel proporcionará, entre otros importantes avances, una mayor ligereza y un menor volumen a la caja.

En la construcción de la caja para confinar información, los arti­ficios que construye el hombre a partir de materiales distintos siguen una regularidad que se encuentra en el proceso de evolución de cualquier otra herramienta. Es una tendencia a la miniaturización. Y entendemos por esto no sólo, y ni siquiera necesariamente, la re­ducción del volumen de la herramienta en valores absolutos, sino en valores relativos al rendimiento que proporciona. Las herramien­tas evolucionan necesitando cada vez menos volumen para propor­cionar más capacidad de sus funciones. Y cuando una herramienta crece en tamaño sin aumentar considerablemente su rendimiento manifiesta una disfunción que podríamos calificar de gigantismo. Cuando los constructores de la bicicleta con los pedales en su rue­da delantera quieren que la pedalada del ciclista se transforme en mayor desplazamiento del vehículo aumentan el diámetro de esa rueda delantera. Por este camino no hay solución, y se llega a un gigantismo deformador con bicicletas que muestran una inmensa rue­da delantera, mientras que el jinete debe descabalgar con la ayu­da de una farola. La transmisión, por cadena, a la rueda trasera abri­rá el camino adecuado a la evolución de esta herramienta, de este sistema útil, que se iba a hacer inservible creciendo su tamaño por encima de su función.

En cuanto a la construcción de la caja que ocupa nuestra aten­ción, el hombre después de muchos siglos utilizando para su cons­trucción los materiales flexibles del pergamino primero y del pa­pel hasta ahora, ensaya los materiales que he clasificado como den­sos porque aportan una gran reducción del volumen con respecto a la cantidad de información que confinan. Primeramente es el quí­mico, que con forma de microfichas o filmes reduce considerable­mente en celuloide el volumen que ocupa la información en papel. Pero fundamentalmente son los materiales magnético y óptico los que consiguen una capacidad elevadísima y creciente para la in­formación en un espacio discal muy reducido.

Cilíndrica, paralelepipédica, discal son algunas de las principa­les formas que toma a lo largo del tiempo y del esfuerzo inventor del hombre el espacio de confinamiento de la información. En la ma­queta que hemos hecho con madera ese espacio era cúbico.

Hay una diferencia muy importante en las cajas construidas con los materiales magnético y óptico con respecto al resto. Las otras cajas, una vez construidas, ya no se pueden volver a abrir. De ma­nera que no es posible introducir más información o retirar parte de la ya encerrada. Si queremos alterar el contenido de la informa­ción nos vemos obligados a destruir la caja. En cambio se pueden abrir en todo momento las cajas hechas de material magnético y óp­tico para introducir más información y también retirar parte de la que se guarda. Algunos materiales de segundo orden, como la ce­ra o la pizarra, permiten lo mismo, pero tienen una muy baja capa­cidad de confinamiento de información.

Por el momento no hacemos referencia más que al material con que construir el soporte de la información. Siguiendo la metáfora de la caja, hemos venido hablando de espacio para confinar la infor­mación y de esta manera ver la importancia del material de cons­trucción de la caja para poder llevar adelante la creación de una memoria exenta. El hombre viene trabajando en la búsqueda de ma­teriales, de soportes para su información, y consiguiendo que sus cajas tengan más capacidad para contener información en menor volumen. Sabemos que otra parte fundamental de la caja es la reji­lla. A través de ella vamos a llegar a la información contenida; ella organiza y nos presenta de una determinada manera la información. Y sabemos también, por la experiencia que nos ha proporcionado la caja de madera, que la rejilla la compone una parte material y otra parte lógica, de reglas de organizar la información. Pues bien, con los soportes que hemos denominado densos la rejilla está cons­truida de otro material que el resto de la caja. Es decir, se necesita una pantalla para poder visualizar la información.

Fijándonos exclusivamente, como lo estamos haciendo, en el ma­terial con el que construir la caja, alcanzamos a comprender las li­mitaciones que hasta ahora ha tenido el hombre para conseguir que sus artificios cumplieran lo más aproximadamente posible las fun­ciones de una memoria exenta. Y sin embargo el hombre tiene his­toria, porque ha sido constante constructor de cajas, muy toscas, muy voluminosas para la información que guardaban, muy pesadas, que han servido para recoger información y cumplir al menos una fun­ción elemental de la memoria: la de retener información. Estas ca­jas hechas de piedra, de arcilla, de cera, de papiro, de pergamino, de papel, y tomando formas variadas, de acuerdo al material, que­dan muy lejos en sus funciones de la maqueta que hemos hecho, porque no pueden reproducir ese comportamiento que íbamos ano­tando a medida que trabajábamos con ella. Ahora disponemos de un material, el magnético y el óptico, que de principio nos ofrece la posibilidad de construir cajas de altísima densidad de informa­ción. Cajas en forma de disco conteniendo muchísima información en poco espacio. Sin embargo queda la cara fundamental de la ca­ja, la rejilla, que hay que construir de manera que reproduzca lo más fielmente posible la lógica de la memoria obtenida con la ma­queta. Pero por el momento fijemos sólo la atención en las limitacio­nes que los anteriores materiales utilizados presentaban para crear una memoria exenta.

Los soportes que hemos clasificado como rígidos, además de su baja capacidad de almacenamiento de información, quedaban an­clados a un punto geográfico. Incluso las tabletas de arcilla al acu­mularse hacían impracticable su desplazamiento. El hombre consi­gue sobre estos materiales rígidos retener una información, pero su accesibilidad es limitada. De nada valdría guardar una información que luego no se pudiera recuperar. En nuestra memoria natural nos sucede que por fatiga u otras circunstancias sabemos que retenemos un determinado dato y, sin embargo, en ese momento no en­contramos el camino para acceder a él («lo tenemos en la punta de la lengua»). Pues bien, esas lápidas -esas tabletas ancladas en el espacio- constituyen una memoria exenta en cuanto que retienen una información que afecta a un grupo humano, pero como memo­ria queda distante, totalmente inaccesible para la mayoría del gru­po. Y aun en la biblioteca, en el espacio físico de esa memoria, pa­ra el acceso a una información hay que moverse entre cajas, cestas y estantes que contienen las tabletas.

Por eso el encerrar información en una caja cilíndrica, mucho más manejable porque el material es flexible y ligero, el papiro, y con mucha más capacidad de retener información, supone un avance importante en la elaboración de una memoria exenta. Aparecen los pueblos y las culturas del libro. Pueblos que por sus circunstancias se desplazan en el espacio, pero llevan con ellos la memoria que les da su identidad.

Cuando la caja toma la forma de libro, gracias a la utilización de un nuevo material, el pergamino, el acceso a un punto de la infor­mación contenida en el libro se hace, hojeando, quizá más rápida­mente que enrollando y desenrollando un papiro. Pero hasta aquí la movilidad de la memoria es bastante limitada, y las bibliotecas eran sus puntos de anclaje. El acceso era muy restringido; no sólo por las barreras sociales y culturales, sino también, y esto es lo que nos interesa señalar aquí, por el alejamiento espacial de la memo­ria en bibliotecas de universidades y conventos.

Con cajas de papel, y gracias a la impresión, se va a conseguir la ubicuidad de la caja. Esta puede estar en manos de mil personas en mil lugares diferentes a la vez. Por tanto, el papel como pieza representante de un sistema útil va a traer el desarrollo notable de la capacidad de acceso a la memoria. Difícilmente se podría com­prender la Revolución Científica sin contar con la ayuda del libro impreso. Se rompe la autoridad y control de los intermediarios pa­ra llegar a la memoria de pergamino con el papel impreso que lle­ga a nuestras manos directamente.

Si bien con este nuevo soporte el hombre consigue la mejor me­moria exenta hasta entonces construida, no por eso es su logro defi­nitivo. Se había conseguido un acceso mucho más directo y rápido a la información, pero aún era una memoria exenta en una caja muy limitada en su capacidad de confinar información y, sobre todo, in­capaz de reproducir un comportamiento de la memoria natural tal como lo vimos exento en la caja de madera. El libro impreso es aún una rudimentaria memoria exenta que sólo consigue reproducir dos funciones elementales de la memoria: la retención de información y el acceso relativamente rápido a la información.

Es más, hemos visto que fruto del gigantismo se ha producido el fenómeno de la babelograffa, que es decir la dificultad creciente de acceder a la información por el exceso de información impresa que hay para las posibilidades que ofrece el soporte papel. Sabe­mos que está ahí, retenido sobre el papel, pero, igual que una me­moria natural que empieza a fallar, no llegamos a encontrar la infor­mación deseada. Y ese mismo exceso de información hace que ca­da vez el papel retenga menos información, que cada vez sea un soporte más perecedero, que se convierta, como decíamos al prin­cipio, en el lodo pastoso de la gran riada de información, en vez de cuenca en donde se encalmen y contengan las aguas.