El desarrollo crítico

 

Las torres de Babel de Brueguel y la de Escher nos han servido para representar metafóricamente el desajuste que en estos momen­tos el soporte papel tiene en un ecosistema artificial por el que se produce y se necesita registrar tanta información. A la vez que en un ángulo aparecen el mar y las naves y, por tanto, la otra organiza­ción y el otro soporte posibles de la información, y que son objeto de este libro. Una representación más formal del fenómeno ha sido el gráfico utilizado para mostrar la dificultad de alcanzar la informa­ción nueva a medida que se acumula sobre el papel más informa­ción. A pesar de la distancia plástica y estética de estas dos formas de representación, al asociarlas nos dan más recursos y fuerza a lo que deseamos expresar. Por ejemplo, vemos cómo la curva va fre­nando su crecimiento, haciéndose cada vez más lento, de la misma manera que la Babel frena también su elevación, que se hace más y más dificultosa.

En realidad este fenómeno de desacelaración de un crecimien­to, de saturación de un desarrollo, es ley general aplicable a todo proceso. Es una regulación que previene el gigantismo. Nada pue­de crecer ilimitadamente. La acumulación creciente de papel im­preso no supone el aumento al mismo ritmo de la información que se contiene en él. Yo tengo un soporte para registrar mi información, el papel, del que puedo hacer uso de cantidades ingentes. Pues bien, al principio puedo contener mucha información en una cantidad dis­creta de páginas de papel, pero este ritmo no se puede sostener, a medida que aumenta el volumen de papel, el número de páginas, el crecimiento de la cantidad de información contenida no mantie­ne ese pulso, que se va debilitando hasta hacerse casi plano. Así lo vemos en el gráfico con el que expresábamos la babelografía, y basta cambiar en el eje de abscisas la unidad de tiempo de lectura, por la unidad página o volumen de papel para adaptarse a la forma en que ahora estamos exponiendo el mismo fenómeno. Ya en su mo­mento explicamos este desajuste por las características del papel como soporte de información.

En este caso, detectar esa disfunción, percibir esta saturación del rendimiento de un sistema útil, como es el sistema de contener la información sobre el papel, ante el aumento tan considerable de la cantidad de información que hay que encauzar a través del papel, no resulta tan evidente e inmediato como en otros casos. Por ejem­plo, es suficiente utilizar como indicador el consumo de algodón, o los kilómetros de tendido de línea férrea, o la producción de hierro a través de los años para mostrar la saturación que se alcanza en el desarrollo, en el rendimiento o en las posibilidades de aplicación de un sistema útil. No siempre esto se manifiesta de forma tan clara, y por eso hay que hacer un análisis más profundo del sistema útil para detectar los síntomas de la desaceleración. Para el papel, la utilización de un indicador de consumo de este producto sería en­gañoso pues sólo nos señalaría que sigue creciendo.

 

 

De todas formas, una persona capacitada por sus conocimientos sobre la materia podría detectar antes que el indicador consumo de algodón, de hierro o de kilómetros de raíl lo señalen, y a través de otro análisis, la tendencia que con más retraso marcarán esos indi­cadores. Porque es muy posible que la producción del papel para impresión se estabilice dentro de unos años, pero por ahora mani­fiesta vitalidad.

Los indicadores que hemos traído a estas páginas no ha sido só­lo por ilustrar con ejemplos concretos las llamadas curvas de satu­ración o logísticas frente a las exponenciales, o lo que es lo mismo la regulación del gigantismo frente a la posibilidad de un crecimiento ilimitado. Sino porque traen, si las trabajamos más, muchas sugeren­cias sobre el fenómeno que estamos estudiando.

Si nos hacemos con más indicadores que los hasta aquí presen­tados, observamos que determinados de ellos encajan entre sí de manera muy significativa. Basta poner uno encima de otro para com­probar que cuando un indicador se ha saturado otro inicia a partir de ese momento su despegue.

Sobre la producción tradicional y artesanal lanera despega, en los comienzos de la revolución industrial, el consumo del algodón, con todas las nuevas invenciones y herramientas que eso supone para el sistema textil. Pero vemos que este desarrollo de la industria tex­til asociada a una maquinaria que sigue como   evolucio­nando, mejorando su rendimiento, alcanza una saturación. Sin em­bargo esto no significa el techo definitivo para la industria textil; a continuación comienza el crecimiento de la producción y utilización de la fibra sintética.

Obsérvese que en cada punto de contacto entre una curva satu­rada y otra que despega hay nuevas invenciones y nuevas herramien­tas. Un utillaje queda obsoleto y nuevas herramientas fundadas en invenciones y descubrimientos científicos se incorporan al ecosiste­ma artificial. Y, la historia nos lo muestra, esto no se hace sin pasar por períodos de crisis que no afectan sólo al utillaje sino al hombre y a su sociedad, al usuario y al inversor, y hay reconversiones, y pa­ro de mano obrera, y la desorientación que a todos los niveles origi­na la crisis. No olvidemos que una crisis es esa situación en que hay que abandonar lo viejo sin que aún haya plenamente emergido lo nuevo. Situación por tanto de riesgo, de incertidumbre, de decisión y apuesta por algo que aún sólo se vislumbra.

Sobre el indicador de producción de hierro, elemento de cons­trucción de un gran número de artificios, se despega, fruto de una investigación de base, la producción del aluminio.

Entre la saturación de la expansión del ferrocarril y la revolución del transporte por carretera, está la invención del motor de explo­sión. Las dos curvas se suman para mantener el crecimiento de la red de transportes en un país. Y el tejido de herramientas compo­nentes del sistema útil y del ecosistema artificial se reajusta: se ha­ce definitivamente obsoleta la tracción animal, se inicia la obsoles­cencia de la máquina de vapor y empieza su sustitución por el mo­tor de explosión y el eléctrico en ese sistema útil que es el ferroca­rril, pero que está abierto al ecosistema artificial y por eso no es in­diferente a la introducción en él de invenciones que utilizan otras fuentes de energía como el petróleo y la electricidad. Y el sistema útil que es el automóvil no termina en el motor o en los neumáticos sino que se entreteje con nuevas invenciones de química e ingenie­ría como el asfaltado de las carreteras. La carretera, pues, forman­do parte tan intensamente de ese sistema útil de transporte, como el papel de la escritura.

 

 

 

 

Al estudiar el modelo de generación de herramientas, su funcio­namiento nos planteaba la duda de si se podría girar ilimitadamen­te y a creciente velocidad por el bucle de generación de nuevas herramientas (bucle 1). Cierto que el modelo contiene una resisten­cia relativa a esto con la dependencia que las herramientas crean al usuario (parte 3). Pero no hay ningún tope que se pueda marcar, sólo una resistencia a la progresión incontenible. Sin embargo, al ob­servar a través de unos indicadores muy generales el comportamien­to del crecimiento, de la expansión, del desarrollo y rendimiento de los artificios que construye el hombre, lo que venimos llamando sis­tema útil, comprobamos que no se ajusta a una curva exponencial, sino a una curva logística o de saturación. Es decir, que a partir de un determinado tamaño, o de una determinada cantidad, o de una determinada evolución del sistema útil, éste empieza a encontrar un techo en sus posibilidades. Aparecen disfunciones que desacele­ran su ritmo de desarrollo.

Durante todo este crecimiento sostenido las partes componentes del sistema útil han pasado, como ya hemos estudiado, por desajus­tes producidos entre ellas que han impulsado a innovaciones y per­feccionamientos, pero también a abandonos definitivos. No hay que olvidar que la obsolescencia es la manifestación de una disfunción que se supera más o menos radicalmente, abandonando definitiva­mente lo que está obsoleto o mejorándolo para reincorporarlo al ni­vel de rendimiento exigido. Pero llega un momento en que se toca techo, que se satura esta evolución mantenida. Es entonces cuando, se producen saltos muy importantes realizados generalmente sobre el trampolín de descubrimientos científicos, de investigación bási­ca, que oxigenan la capacidad de invención y, en consecuencia, de­sencadena la creación de nuevas herramientas. Es entonces cuan­do a través de otros indicadores comprobamos que sobre la curva saturada se despega una exponencial, la cual en un determinado momento se transformará en logística, en una curva de saturación igual que sobre la que ahora arranca.

Se supera de esta manera la visión decimonónica de progreso mantenido, pero también la tentación más reciente del crecimiento cero. Hay un desarrollo crítico, un desarrollo escalonado. Acelera­ciones, desaceleraciones, crisis. Euforia y optimismo, incertidumbre, creatividad y riesgo. Desarrollo, disfunción, invención.

Este perfil del desarrollo crítico es propio de la contemporanei­dad. Antes del siglo XIX, el comportamiento de cualquier indicador se asemejaba más a un equilibrio homeostático.

Era la permanencia, y no el cambio. El hombre renovaba cons­tantemente su utillaje y la innovación era un acontecimiento que se producía de tarde en tarde. La velocidad de giro por los bucles del modelo de creación de herramientas tenía lentitud de siglos. Por esta permanente innovación, el hombre contemporáneo se ve obligado, tanto a nivel institucional como individual, a adquirir una ligereza, una agilidad, una flexibilidad en todos los órdenes para po­der responder a las exigencias de cambio a que la sociedad actual le somete. Con unos valores, una mentalidad, y una preparación ade­cuados más para la permanencia que para el cambio, tiene que rea­lizar un gran esfuerzo para adquirir una actitud y una formación que le permitan no sólo soportar el cambio permanente, sino construir y llevar adelante sus realizaciones sobre él. De una arquitectura vital y social fundada sobre la permanencia, en la que el cambio era una perturbación accidental, hay que pasar al esfuerzo e imagina­ción de una arquitectura con sus cimientos sobre el cambio.

Esto se traduce en el modelo que hemos diseñado para estudiar la creación de herramientas en un progresivo, pero nunca absoluto, decrecimiento del «peso» del punto dependencia, de tal manera que, al dar movimiento, simulación, al modelo, la desviación hacia ese pun­to sea la menor posible. Que la obsolescencia no se convierta en un factor de retardo y disfunción por la atracción o resistencia de la dependencia, sino que con agilidad el proceso discurra hacia la bús­queda de fórmulas innovadoras, invención en el modelo.

El papel, como soporte de información y por sus característi­cas para registrar información, está mostrando que ha tocado te­cho y que no puede seguir rindiendo al ritmo que exige la canti­dad de información que genera la sociedad contemporánea. Y esta disfunción se ve bien en ese síndrome que hemos denominado ba­belografía. A partir de esta situación, nuevos soportes, con princi­pios físicos completamente distintos e integrados en un sistema útil, el informático, también nuevo, van a iniciar un rápido despegue porque sus propiedades pueden responder a la exigencia a la que no ha podido llegar el papel. Es un proceso crítico intenso, de fuer­te reajuste del utillaje, de cambios profundos en los usuarios, de adquisición de nuevas destrezas, de influencias notables en la so­ciedad. Sin embargo, esto no va a provocar desapariciones brus­cas, sino tan sólo el traspaso del testigo a otro corredor, a otro siste­ma útil.

Ya estaba esto que decimos recogido en las torres de Brueghel o Escher, y mejor que en cualquier gráfico que intentáramos crear. La construcción ocupa casi toda la superficie de la obra para mos­trarnos su agotamiento, su dificultad para seguir el ritmo de creci­miento, pero en un ángulo, casi imperceptible, se recoge la peque­ñez de unas naves y el inicio de un mar que se sale del cuadro.

Pero obsérvese en Brueghel que las naves están al servicio de la construcción de la torre, aportando material para la obra. No pa­rece que estén dispuestas a iniciar la aventura de explorar esos ho­rizontes marinos que se insinúan. La aparición de una herramienta sobre otra que está ya implantada y funcionando desde tiempo se hace generalmente de manera que la emergente intenta de alguna manera aproximarse e imitar a la anterior, o ponerse a su servicio. Una veces reproduciendo su forma, otras su función. Los primeros tipos de impresión imitan la letra manuscrita de los pergaminos que comienzan a desplazar. Los primeros automóviles son coches de ca­ballos sin la tracción animal. No es fácil determinar si esto se produ­ce como estrategia de caballo de Troya para vencer la resistencia que crea la costumbre de uso de una herramienta, o es por dificul­tad en los inicios de despegarse de las referencias habituales que crea la otra herramienta y realizar así aportaciones más creativas. Es en este sentido significativo que la informática personal entra en el usuario camuflada de máquina de escribir, de fichero, de calcu­ladora, gracias a los tratamientos de texto, las bases de datos y las hojas de cálculo. En general la informática se extiende por los di­versos sectores de la misma forma que lo ha hecho para el usuario particular: ofreciendo con mejores rendimientos tareas que otras he­rramientas ya estaban realizando. Como consecuencia, el soporte de papel sigue siendo el soporte final en donde se vierte la infor­mación procesada; el soporte magnético queda en un plano de in­termediario del proceso. Es más, cuando hay que verter información sobre un disco óptico se hace con la misma estructura que está so­bre el papel. La edición óptica ofrece discos CD-ROM en los que se ha trasvasado al nuevo soporte una enciclopedia, las obras com­pletas de un autor, o unos ficheros bibliográficos. Se imita una es­tantería o un archivador, aunque, eso sí, todo en un reducido espa­cio y con una rápida velocidad de acceso a un punto de la informa­ción. Pero sin embargo se mantiene virgen la capacidad de organi­zar la información de manera completamente distinta a como lo im­pone el papel.

El primer paso importante para que los nuevos soportes dejen de ser intermediarios de unos procesos que, aportando gran fiabili­dad, velocidad, capacidad, terminan sin embargo vertiendo sus re­sultados sobre el papel es que se asocie al nuevo soporte su nuevo espacio de escritura-lectura, o utilizando términos más generales: de registro y acceso de la información. La pantalla es a los nuevos soportes lo que la página al papel.

La página como espacio de lectura y escritura aparece con el pergamino. Y produce un rechazo entre los usuarios del rollo sobre papiro, habituados a un espacio más abierto y continuo. La página se presenta como un espacio más rígido, que oculta la información que está en las siguientes páginas, y que para pasar a ellas tiene que desaparecer primero la información que se tiene presente so­bre esa página. En cambio la escritura en rollo permite extender más o menos la superficie escrita a los ojos del lector, y ver en más amplitud lo que ha leído y lo que va a leer.

En los nuevos soportes el espacio de lectura y escritura se pre­senta como parte más separada y diferenciada del soporte. Por un lado el soporte y por otro la pantalla. Ambos forman parte con otros muchos componentes del sistema útil que nos ocupa. En el caso con­creto de la pantalla se ve muy bien el concepto que hemos introdu­cido de ecosistema artificial. La pantalla es componente de un siste­ma útil, como es el ordenador, y a la vez de otros sistemas, pero tam­bién la pantalla es un sistema útil. Y, tanto por la evolución de sus componentes como por el estímulo a la evolución y perfeccionamiento de los sistemas en que la pantalla forma parte, ha tenido un desa­rrollo muy importante.

Ha mejorado por sus componentes electrónicos, pero también por­que han aumentado en capacidad y velocidad los ordenadores a que servía. Las pantallas han podido ganar en resolución porque el ordenador ha alcanzado más velocidad para verter sobre la panta­lla, más rápido que la percepción del ojo, la información textual y gráfica. Y la pantalla de cristal líquido, con un fundamento físico dis­tinto a las catódicas, se ha hecho posible porque la electrónica ha evolucionado para poder dar respuesta a la velocidad de envío de información del ordenador. Este es otro ejemplo del tejido del eco­sistema artificial entrelazando herramientas distintas en otra herra­mienta o sistema útil.

La creciente pantallización de nuestra sociedad es un fenómeno muy claro. Cada vez más información se ofrece a través de una pan­talla. Desde el cajero automático al teletexto, desde la pantalla gi­gante de un estadio a la del reloj de pulsera. El hombre se va acos­tumbrando a este nuevo espacio de lectura, y también de escritura, pues se ha habituado ya a introducir sus datos visualizándolos en pantalla o a escribir y corregir una carta en pantalla, antes de deci­dir su versión en papel. Sin embargo, lo más frecuente es que esa información en pantalla sea información efímera o destinada a que­dar registrada definitivamente en la página de papel.

Si, en cambio, se quiere registrar una amplia cantidad de informa­ción textual y gráfica para que sea leída en el espacio de la pantalla, se hace necesario organizarla y presentarla de manera distinta a como lo haría sobre una página de papel. La pantalla nos impone otras for­mas de tratar la información, los nuevos soportes nos ofrecen otras po­sibilidades, y más potentes, que las que nos permite el soporte papel.

La pantalla no puede sustituir a la página, sino que tiene que ex­plotarse como un nuevo espacio, con sus limitaciones y posibilida­des, de lectura y escritura. Basta intentar leer un texto un poco ex­tenso en pantalla para darnos cuenta de que de esta manera no se puede ofrecer la información, si no es, claro está, como paso inter­medio antes de la impresión sobre papel.

La simple utilización de un cajero automático nos muestra otra fun­ción de la pantalla: como espacio de relación entre la máquina, el ordenador, y el usuario. En la pantalla van apareciendo una serie de preguntas, de opciones que el usuario resuelve con una acción mecánica como es la de pulsar unos botones.

La pantalla de un ordenador no es sólo ventana que nos asoma a la información registrada sobre el soporte magnético u óptico, si­no que se convierte en un espacio de incertidumbre, es decir, nos presenta una serie de opciones, de caminos, y nosotros decidimos. A través de la pantalla el ordenador nos pide información, y noso­tros lo más frecuentemente mediante una acción sobre el teclado, o con el «ratón», o directamente en la misma pantalla, si ésta es tác­til, enviamos esa información.

Como resultado hay un fenómeno de interactividad entre máqui­na y usuario, pues éste puede intervenir en el proceso que está rea­lizando aquella.

Si la interactividad es fuerte, será mayor el espacio de incertidumbre que ofrezca la pantalla. Y la variedad de opciones, las acciones que puede realizar en un determinado momento el usuario tendrán que es­tar de alguna manera expresadas, codificadas en la pantalla, para que las pueda percibir y conocer la forma en que debe actuar sobre ellas. La pantalla como espacio de relación, la interactividad, a noso­tros nos interesa porque nos aproxima al concepto y a la realización de navegar por la información. La pantalla no va a ser sólo el espa­cio de lectura y de escritura, el espacio en donde las grandes ma­sas de información tienen que aparecer, sino que a la vez tiene que ser un espacio de relación, un espacio de incertidumbre, en el que nosotros podamos actuar para movernos por la información conte­nida en los soportes de alta densidad.

La organización de la información y la forma de presentar estos espacios de incertidumbre, de realizar la interactividad, están inse­parablemente relacionados. Los interfaces responden a la organi­zación que se tenga de la información, de la misma manera que los barcos a las aguas por las que tienen que navegar.

La visión que nos da el concepto que hemos adquirido de siste­ma útil nos permite percibir el apretado tejido de herramientas que va a hacer posible navegar por la información. Y la necesidad de que concurran todas ellas con un alto nivel de evolución. Densos so­portes de información, procesadores potentes y rápidos, pantallas de alta resolución, pantallas de cristal líquido con buen contraste y velocidad, mecanismos distintos para interactuar con el ordenador, como el «ratón» o la pantalla táctil, canales para introducir informa­ción en los soportes, como los digitalizadores gráficos y de sonido, y los OCR (Reconocimiento Optico de Caracteres). Y también he­rramientas lógicas, como la «programación orientada a objeto», con­cepciones nuevas que facilitan precisamente la interactividad.

A este sistema útil hay que integrar ahora un artificio lógico para la organización de grandes masas de información y la creación de interfaces que en el espacio de la pantalla permita al lector que ac­túe sobre ella y se haga así navegante por esa información.