El tiempo se derrama por el espacio

 

 

 

Estamos, espectadores, a oscuras en la sala. La fuente de luz, car­gada de imágenes, se proyecta desde nuestras espaldas, pasa por encima de nosotros camino de la pantalla..., pero en este cine no hay pantalla que se interponga y arrebate las imágenes, cautivas del ra­yo luminoso que se las lleva ante nuestros ojos impotentes. Esta es sensación y recuerdo infantiles mirando un cielo nocturno y escu­chando palabras paternas. La tierra, cinematógrafo sin pantalla, de­rrama por el espacio todo lo que sucede en su superficie; el pasado se nos aleja a la velocidad de la luz. Si consiguiéramos capturar esa proyección infinita, construir una pantalla, recogeríamos sobre ella el tiempo perdido.

La pantalla se ha conseguido. Como en tantas otras ocasiones el sueño ha sido anunciador, pero su representación ha quedado des­bordada por la realización. Se ha alcanzado lo imaginado, pero por caminos y con una materialización inesperados. En órbita alrededor de la tierra estamos colocando la pantalla que buscábamos para que el tiempo no se nos derrame por el espacio. Es un anillo saturnal de satélites de comunicaciones. El efecto de la primera instalación nos ha cogido desprevenidos, como es frecuente siempre que el hom­bre construye algún artificio, porque nunca puede alcanzar todas sus consecuencias. En este caso, el hombre ha provocado un diluvio. Has­ta ahora, el tiempo del hombre por el planeta se hacía espacio a la velocidad de la luz, se producía una inimaginable evaporación de todo lo que transcurría por su superficie. Y se diría, sin exageración, que de pronto, se evita esta salida, se retiene y se devuelve sobre la superficie de la tierra. Es un diluvio de información. Y es sólo el comienzo, porque la gran pantalla espacial que retenga el tiempo está en sus primeros logros.

¿Qué efecto produce en el hombre este diluvio? Provoca una especie de alucinación caleidoscópica. Le llega mucha información, que es incapaz de metabolizar: no puede hacer memoria de lo que ve. Este libro ha tratado sobre la necesidad de ingeniar una memo­ria exenta que facilite la tarea del hombre contemporáneo de me­tabolizar (navegar por) la información anegante que le rodea. Un ar­tificio que sea tan potente.como el de la pantalla que vierte sin ce­sar sobre nosotros información de las múltiples acciones y sucesos del hombre sobre el planeta. Hasta ayer mismo el hombre ha teni­do un entorno limitado a su espacio cotidiano y próximo, la informa­ción que le llegaba de él era asequible y podía hacer memoria de sus vivencias. Hoy, el entorno se ha dilatado por un espacio plane­tario y está haciendo vivir al hombre una intensidad de aconteci­mientos que, por no poder convertirlos en memoria, hace ser al en­torno un gigantesco y envolvente caleidoscopio.

Para esta memoria exenta disponemos ya de la tecnología para iniciar el confinamiento masivo de la información, y evitar así que, de otra forma, se nos vaya. Porque «es necesario que las luces de las sefirot sean recogidas en recipientes capaces de soportar su es­plendor»*. Pero esto es sólo el primer paso, la creación de cuencas para retener y encalmar las aguas diluviales. Tenemos la caja, ca­da vez con más capacidad, que confina, como Aleph, la información, pero hay que trabajar ahora sobre la rejilla que nos posibilite mirar en su interior.

La memoria exenta, por ser una herramienta, es un sistema útil -tal como lo definimos al comienzo de este libro-, un acuerdo de invenciones distintas que proporcionan los componentes fundamen­tales de la memoria exenta: desde soportes de muy alta densidad hasta, lo que ha sido objeto de estas páginas, una forma de organi­zación de la información. Para que estas invenciones se hagan he­rramientas de consumo en la sociedad, necesitan una inversión so­bre aquéllas, siguiendo así el modelo que presentamos sobre ge­neración de herramientas (pág. 21).

No es aventurado crear un escenario en el que la industria de los medios sea la interesada en desarrollar este producto. Es fácil que empresas que a través de la pantalla, el papel y la radio bom­bean y canalizan ingentes masas de información se decidan por ofre­cer también una información encalmada. Para ello, la información que incesantemente transmiten quedaría confinada en soportes de alta densidad, pero no con el fin de consultarla, como si fuera una base de datos, o de repasar la información como se puede hacer ahora con una cinta de vídeo, por otro lado tarea prácticamente im­posible con una masa elevada de información. Estos soportes de al­ta densidad tienen que venir con la rejilla de unos interfaces muy elaborados que posibiliten la navegación por la información.

 

* En Umberto Eco, El péndulo de Foucault.

 

Veamos, en breve descripción, el caso de un prototipo en el que estamos trabajando, y que se encuentra en una región del hiper­texto a la que no hemos llegado en este libro, por haber navegado sólo por su orilla.

El lector navega en torno a nuestro planeta a una distancia de él suficiente para que la esfera entre en el marco de la pantalla del ordenador; la acción de su mano hace girar la tierra hacia el Oeste o hacia el Este, hacia el Norte o hacia el Sur. Presionando sobre un punto de su superficie se inicia, mientras mantenga la presión, una aproximación a ese punto, hasta llegar a una escala en que la apro­ximación se detiene, Se ha escogido de este modo un país del glo­bo. A partir de aquí aparece un interfaz que le ofrece un análisis de la situación política actual de ese país. Este interfaz tiene una clave de construcción, y es que está elaborado a partir de un lenguaje gráfico potente y universal, es decir, que lo va a encontrar el lector en cualquier punto, o país, al que se aproxime; lo que facilita consi­derablemente la navegación. Ese interfaz geometriza la situación ac­tual del país a partir de unos elementos gráficos muy sencillos. Desde aquí puede su navegación profundizar en un análisis más o menos intenso de la situación. Uno de los beneficios de la arquitectura de bucles abiertos está en que el lector decide el nivel de profundi­dad conceptual en que se quiere situar. Si se propone hacer una navegación de altura o limitarse a costear un tema. Por ejemplo, un primer bucle presenta una visión general y con una conceptualiza­ción amplia, pero si en un determinado punto de ese recorrido quiere una mayor precisión conceptual, cambia de rumbo y accede a otro bucle, y de aquí a otro, si es posible. De manera que una lectura directa, plana, para deslizarse fácilmente por ella, de la situación de un país, se va convirtiendo en poliédrica si el lector lo desea. Su navegación le lleva a buscar aguas más profundas en una deter­minada cuestión y otras veces ceñirse a una navegación de bajura, todo ello sin perder el discurso de lectura. Así que dos lectores que accedan para conocer la situación de un determinado país, harán dos singladuras distintas, uno profundizará más que otro; un lector,

con el movimiento de sus manos, hará más giros en el poliedro, en busca de encadenar y recorrer más caras; pero en los dos casos se obtiene como resultado una lectura, más o menos extensa, pero nunca un recorrido errático, de consulta enciclopédica.

Y a la vez el navegante dispone de la posibilidad permanente de esa información discreta que necesita o tiene curiosidad de vi­sualizar: el apunte biográfico de un personaje, un dato estadístico, un acontecimiento, las fotografías de prensa de ese acontecimien­to... Y a medida que los soportes vayan aumentando su densidad, la imagen cinética podrá almacenarse digitalizada en grandes can­tidades, como ahora la estática. Volverá a ver lo que sus ojos ya re­cibieron por los medios de comunicación cuando sucedió, pero ahora desde la borda de la memoria.

El ritmo de crecimiento de la cantidad de información confinada en una sola caja, el camino hacia el Aleph, lo irá marcando la evo­lución del componente material de la memoria exenta, porque la lógica de organización que convierte a la información en un mar na­vegable es independiente de la masa de información.

La memoria se mantendrá actualizada con una periodicidad con­veniente, de la misma manera que ahora se actualizan versiones de programas o bases de datos en CD-ROM. Vivimos en una sociedad que nos ha acostumbrado ya a realizar recambios periódicos de al­gunos de los componentes de nuestras herramientas. Recambiamos las pilas del aparato electrónico, el filtro del aceite en el automó­vil... Actualizaremos la memoria exenta.

No hay que olvidar, porque así lo hemos visto en las orillas del hipertexto, la función de comunicación, la integración de la memo­ria exenta en una red telemática que posibilite el envío de mensa­jes, consultas, la incorporación en cualquier momento y participa­ción en tiempo no real en un seminario o coloquio sobre un deter­minado tema. Todo esto sostenido por una parte del amplio equipo transdisciplinar que necesita la creación y mantenimiento de una memoria exenta.

La educación iniciará y formará a navegantes cada vez más ex­pertos. Una forma de organizar de esta manera los conocimientos encuentra en el proceso educativo un campo inmediato de aplica­ción. Se posibilita una enseñanza personalizada. Cada alumno na­vega por una información que tiene que recorrer, pero que lo pue­de hacer por rumbos diferentes de acuerdo a sus capacidades e intereses. El proceso de adquisición de los conocimientos, su ritmo y los caminos a seguir, se adecúan al individuo, a la vez que se man­tiene la relación de comunicación con el profesor en cualquier pun­to y la colaboración y el trabajo cooperativo de discusión de temas y búsqueda en interacción con los demás participantes (groupwa­re)... Esta emergencia de los nuevos navegantes se hará tan rápida que permitirá que haya alguien que pueda quejarse -como hace años ante las calculadoras de bolsillo-, al ver la destreza de las nue­vas generaciones en desplazarse por la información, y olvidando la extraversión constante del hombre, de que ya no saben como an­tes, que ahora sólo saben navegar. Y es que hemos entrado en ese día en que

los barcos zarpan húmedos al alba

aún bajo el estaño de la noche encendida.

(Pene Gimferrer)

 

Octubre, 1990