Los nuevos navegantes

A lo largo de la historia el hombre ha estado estrechamente vin­culado al mar; la humanidad ha sido en todo tiempo navegante por todos los mares, desde todas las costas y con todo tipo de embarca­ciones. Pero al llegar a nuestros días parece que los avances tecno­lógicos han empequeñecido los mares, que la historia ya no va por el mar y que los hombres han dejado de ser pueblo de navegantes.

La propuesta de este libro es estudiar la emergencia de un nue­vo pueblo de navegantes en aquellos puntos, en aquellas costas de sociedad tecnológicamente más avanzada. En esas costas el hom­bre está a la orilla de un impresionante mar, no de agua sino de in­formación. Y por esos mares de información, ahora el hombre a la orilla, debe aprender a navegar, a construir embarcaciones cada vez más marineras y a trazar sus cartas de navegación. Todo un reto como el que ha venido repetidamente lanzando el mar en tiempos pasados al hombre que se acercaba a sus orillas.

¿Cómo se han formado, o, mejor, se están formando estos nuevos mares, estos mares de información?

En el principio el cielo se abrió y comenzó a derramar agua in­cesantemente. Eso mismo sucede cuando el hombre desarrolla muy rápidamente la tecnología de las comunicaciones, de la transmisión de grandes cantidades de información. Basta levantar la vista, pero no para ver nubes cargadas de agua, sino para observar antenas de todas las formas y tamaños, sobre tejados, torretas, montes. Del cielo nos llega cada vez más cantidad de información, que, al tocar el suelo, corre incontenible, desbordante, anegante por los televiso­res, los monitores, los receptores de radio, y las masas de papel im­preso, las cuales, como lodo de esta nueva riada, van sedimentán­dose pastosa y pesadamente en todos los lugares de la sociedad inundada.

El hombre se siente en estos últimos años arrastrado por la mag­nitud de la riada, incapaz de hacerse con tal caudal y aprovechar tanta agua, tanta información que se le escapa. Se ha pasado de la carencia al exceso, de la sequía al diluvio. La abundancia arrastra a una sensación de zozobra, de impotencia ante el empuje avasalla­dor de tanta cantidad de información. De seguir así se podría decir que se estaba conformando en torno a este exceso la sociedad más ignorante de la historia, si medimos la ignorancia no por lo poco o mucho que se conoce, sino por lo que se deja de conocer.

Pero el mismo hombre que ha provocado el diluvio, y está sufrien­do la inundación, ha creado las cuencas en donde el agua se encal­me. Son los nuevos soportes de información de altísima densidad.

Para aproximarnos a la orilla de estos nuevos mares es suficien­te con coger en nuestra mano un disco magnético u óptico. Un dis­co de los llamados compactos, popularizados ya como contenedo­res de música, tiene capacidad para guardar en edición óptica seis­cientos cincuenta libros de cuatrocientas páginas cada uno. Texto, sonido, imagen son contenidos en grandes cantidades en tan breve espacio material. Y este es sólo el principio del rendimiento de unos soportes que se comportan como auténticos agujeros negros de la información. Todo indica que la densidad de estos soportes segui­rá creciendo hacia niveles tan difíciles de imaginar ahora, con res­pecto a lo que ya tenemos, como inimaginable resultaría el nivel de los actuales hace una década. Cuencas inmensas en donde se con­tiene y remansa la información.

Así pues, cuando una de estas cuencas en forma de disco se col­ma de información, la sensación que produce es la de estar a la ori­lla de un mar de información. Pero, ¿qué hacer con esa masa de información? ¿Cómo recorrerla? ¿Cómo aprovecharnos de su mag­nitud sin ahogarnos en tan vastos límites? Hay que conseguir, de la misma manera que por el agua, navegar por la información.

Navegar supone poder recorrer la información desde puntos de partida distintos. Hacer travesías más o menos largas por la infor­mación, pero siempre teniendo el navegante la posibilidad de de­cidir el rumbo. Navegar no es nadar, porque entre el navegante y el mar hay un artificio construido por el hombre, el barco para el agua, el interfaz para el mar de información.

Una vez más al hombre se le reclama su ingenio como construc­tor de artificios, de herramientas. Ahora debe diseñar un artificio que a modo de embarcación permita navegar por la información.

La nueva embarcación para el nuevo navegante de estos nuevos mares es el interfaz. A diferencia del nadador, el navegante no to­ca el agua, pero se mantiene en intensa y eficaz interrelación; el ca­beceo de la nave transmite el estado del mar y a la vez el timón tras­lada al mar el pulso y la voluntad del navegante. El barco es el in­terfaz situado entre dos medios. De la misma manera, el nuevo na­vegante debe crear unos interfaces que permitan, a través de una pantalla, moverse por la información, llegar a un determinado pun­to, trazar una singladura y un recorrido más o menos largo por la información contenida, y todo sin perder la orientación ni naufragar. Sin estos interfaces, que exigen para su construcción mucho inge­nio y originalidad por estar ante problemas nuevos, nos veríamos condenados a quedarnos a la orilla de unos soportes de muy alta densidad de información, sin poder navegar por ella.

Porque entre el disco conteniendo la información y nosotros se in­terpone una serie de vínculos materiales y lógicos, interfaces tam­bién, que hacen posible llegar hasta esa información digitalizada. Pero nos dejan en la orilla. Y esto supone que a partir de ahí se plantee una construcción lógica que tiene que organizar esas masas de información, una forma de visualizar los contenidos de información para que el na­vegante pueda actuar. Toda una nueva ingeniería lógica, de organiza­ción del conocimiento, que, como veremos, exige una tarea transdis­ciplinar. Esta nueva ingeniería de organización de grandes masas de información de naturaleza distinta, texto, imagen, sonido tiene como objetivo posibilitar el acceso a esas grandes extensiones de informa­ción, sin zozobrar por su magnitud, ni tampoco desorientarse.

Iremos viendo progresivamente a lo largo del libro en qué con­sisten estas nuevas embarcaciones, estos interfaces. Un pueblo de navegantes, no es sólo un pueblo de diestros marineros, sino tam­bién de buenos constructores de embarcaciones. En estos momen­tos, y como ya hemos señalado, el hombre ha llegado a las orillas de nuevos mares, mares de información, y se apresta a construir interfaces que permitan su navegación. Pero es bueno que en las próximas páginas de este libro dediquemos la atención al camino recorrido por el hombre, hasta llegar a esta orilla, como construc­tor infatigable de herramientas; el camino que le lleva del bifaz al interfaz (1). Quizá esto nos permita comprender mejor el sentido y trascendencia de esta nueva construcción: la de interfaces para nave­gar por los mares de información que se están creando.

 

(1) Se observará que en este libro utilizo interfaz en masculino -como hacemos, por ejemplo, con bifaz y antifaz-, aprovechando la libertad que la autoridad del profesor Angel Rosenblat da para la elección del género en palabras compuestas como ésta. (Rosenblat, A.: El género de los compuestos, Nueva Revista Filología Hispánica, T. VII, 1953, pp. 95-112.)