ALEGRÍA – TRISTEZA

 

 

La alegría es un excelente estado emocional para el aprendizaje. La letra con risas entra. Durante mucho tiempo se ha confundido la necesidad del esfuerzo, que todos aceptamos, con el sufrimiento. Cree­mos que el displacer paraliza y desarrolla actitudes negativas asociadas al aprendizaje.

Cuando en la mente de la clase (digo bien, la clase tiene mente) pulula algo interesante para los chavales se tapona la atención y el alumnado no nos oye. La atención no es una capacidad en abstracto, sino que está contextualizada y sujeta a los estados afectivos.

Los maestros sabemos, como apunta Goleman, que los problemas emocionales de los discípulos entorpecen el funcionamiento de la mente. «Las emociones negativas intensas absorben toda la atención del individuo, obstaculizando cualquier intento de atender a otra cosa» (Inteligencia emocional).

A estas edades la alegría comienza por el cuerpo. Como dice Nieztche en Ecce homo, «Cuando el cuerpo está entusiasmado no hay que preocuparse del alma». Bailar, cantar, contar chistes, hacer teatro o jugar al payaso son actividades de catarsis colectivas que crean un clima de aula propicio para un aprendizaje efectivo.

La tristeza tiene que ver con la frustración. Aparece cuando los deseos no se cumplen. Suelen existir niños y niñas tristes que necesitan siempre de nuestro halago y nuestro reconocimiento. Básicamente, los niños están tristes cuando les falta el cariño de su familia. A veces, no saben llamar a este estado emocional por su nombre y manifiestan con­tinuamente que están aburridos. No obstante, lo habitual es que los niños y niñas se muestren alegres de forma natural y se manifiesten tris­tes en situaciones concretas. Es en estos momentos, cuando realizamos actividades para devolver el optimismo: dibujar una sonrisa en los labios, los abrazos musicales, pásar el beso, jugar al gatito que hace sonreír o empleamos la piedra mágica que devuelve la sonrisa. Pero antes de nada, identificamos este estado de ánimo en un cartel en el que tenemos dibujos de sentimientos con sus nombres. Al nombrar un sen­timiento solucionamos la mitad del problema. El niño comprende que su estado emocional es algo que existe, que todos sentimos, que es pasa­jero. De alguna, forma al nombrarlo lo reconocemos.

Una actividad que solemos hacer es la de contar cuando nos senti­mos bien y cuando, mal. Esta son algunas respuestas muy significati­vas:

Nos sentimos bien cuando:

• Cuando estoy con mi padre.

• Cuando tengo al perro.

• Cuando me da mi madre dinero.

• Cuando estoy con Ariadna.

• Cuando es mi cumple.

• Cuando mi padre me regala cosas.

• Cuando estoy con mi madre.

• Cuando estoy con mi caballo.

• Cuando mi padre y mi madre están contentos. Nos sentimos mal cuando:

• Cuando estoy sola.

• Cuando no tengo amigos.

• Cuando me caigo de la moto.

• Cuando mi padre me pega.

• Cuando mi hermano me chincha.

• Cuando mi padre y mi madre están tristes.

 

La furia y la Tristeza

 

Una vez más, el lenguaje se pone al servicio de la persona para controlar sus emociones mediante la palabra.

Debemos poner una atención especial al identificar la tristeza en nuestros alumnos porque, a veces, suele disfrazarse de furia, como cuenta Jorge Bucay en un maravilloso cuento titulado «La tristeza y la furia Resumidamente, cuenta que a un estanque fueron a bañarse la tristeza y la furia. La furia, apresurada e inquieta se bañó rápida y salió del estanque. Como la furia es ciega se puso la ropa de la tristeza. Cuan­do tranquilamente acabó de bañarse la tristeza salió del estanque y no encontró su ropa. Como a la tristeza no le gusta ir desnuda, se puso la ropa de la furia. Por eso, cuando vemos a los niños furiosos y ciegos de ira, debemos fijarnos por si es la tristeza disfrazada de furia.

El tratamiento de las conductas disruptivas sin tener en cuenta los sentimientos profundos que las generan es una simplicidad bastante generalizada en nuestros Centros Educativos. Una vez más, el tiempo nos impide profundizar en los estados emocionales que produce los comportamientos irascibles.