LA VERGÜENZA

 

Es un sentimiento complejo porque tiene que ver con la inseguri­dad, la falta de socialización, el miedo a comunicarse en público, la baja autoestima, el sexo, etc. Es necesario ponerle nombre a este sentimien­to y normalizarlo. Todos la sentimos alguna vez y no hay que darle mayor importancia.

Sentados alrededor de la alfombra, cada uno va diciendo su nom­bre, la tímida Virginia baja la cabeza, y yo, no forzando la situación, digo: «se llama Virginia, siguiente». La aceptación de la vergüenza por nuestra parte es la mejor forma de que el alumnado la supere. El obje­tivo no es evitar la vergüenza sino nombrarla, dándole nombre la domi­namos, es decir, la asumimos, la aceptamos, nos reconocemos como somos.

Puede que la vergüenza tenga que ver con un sentimiento de culpa, en estas edades en las que las normas sociales coartan el principio de placer, desarrollando sentimientos de vergüenza: «no te toques, las niñas buenas no van sin braguitas, etc.» Pero también con la inseguri­dad, y sobre todo con la falta de autonomía. A menudo, vemos en nues­tras aulas cómo los padres proyectan su vergüenza en los propios hijos y potencian de forma inconsciente su timidez, miedo e inseguridad. Alguna madre me ha dicho que su hija es vergonzosa como ella. Yo siempre digo que ella ya no tiene solución pero su hija sí. La vergüen­za también se asocia con el pudor, con el desnudo y por tanto, con la sexualidad. Es un sentimiento social por lo que podemos y debemos tra­bajarlo en infantil. El teatro es una técnica idónea para trabajarla. Pero debemos realizar un teatro en donde la expresión sea libre, comenzan­do por juegos simbólicos, para que, poco a poco, los niños se vayan des­nudando de un excesivo autocontrol. Una máscara, un vestido, un bigote y un simple trapo es una ayuda excelente para atreverse a lanzarse al mundo. Paradójicamente, la máscara nos ayuda a desnudar el alma. Algunos muestran su vergüenza con agresividad, sobre todo cuan­do bailamos, otros con risas o buscando, con una mirada cómplice, apoyo en su amigo. Unos chicos quieren tener relación con las chicas pero les da vergüenza. Las primeras relaciones suelen ser de juegos agresivos. A la hora de solucionar el conflicto que se genera, suelo decir a las chicas que lo único que quieren es jugar con ellas pero les da ver­güenza, y a ellos les digo que lo hagan de forma no violenta. De esta etapa de tanteo entre géneros, un poco torpe, suele pasarse a unas rela­ciones más amigables, dominando la excesiva vergüenza. La violencia en estas situaciones no es más que la expresión de una incapacidad. Con castigos sólo colaboramos a ensanchar la separación entre niños y niñas. Trabajar de forma adecuada la vergüenza es una forma de educar las diferencias de género y el desencuentro entre ellos.

El sexo entró en el aula

La asamblea posterior al recreo, en la que cada uno dice a lo que ha jugado, con quién, si se ha divertido, si se ha producido conflictos, etc., suele ser uno de los momentos del día en los que más comunica­ción se produce y más enriquecedores temas aparecen, porque es la vida, de esa media hora tan fructífera, la que entra por la puerta. Cierto día entró el sexo en el aula. La monitora me advirtió que se había producido cierto conflicto sexual entre Olmo y Belén. Le dije que ya lo hablaríamos y me fui para la clase. Nos sentamos todos en la alfombra, pero Belén, con sentimientos de culpa, se resistía. Sabía que la «seño» me había contado algo de lo pasado y esperó alguna regañi­na. Coge el muñeco de títeres y comienza a expresar cierta agresividad en los movimientos del muñeco y en el lenguaje. Se dirige a mí y me dice: «te pica el culo». Yo le contesto que no, porque yo no me lo toco con los dedos sucios. La respuesta le produce cierta desazón y me dis­para con el muñeco. Luego va preguntando a todos los compañeros y compañeras mediante el muñeco y la mayoría responde que no. Cuando se relaja un poco, le invito a que se siente en la asamblea para hablar sobre lo que cada uno ha hecho en el recreo. Al cabo de un ratito, como no digo nada sobre lo ocurrido y cada cual va contando su actividad, se sentó en la alfombra algo más tranquila. Margarita dice que ha habido un problema porque Belén ha enseñado el culo y Olmo le ha tocado. Juan Alberto puntualiza: «y la vulva». Olmo enrojece y Belén, rápida­mente, dice que Olmo se lo dijo. Mis largas pausas propician la comu­nicación entre ellos. Juan Alberto volvió a intervenir: «¿entonces si te dice que te tires por una ventana, te tiras?». Yo le dije que si se tocaba con los dedos de tierra le volvería a picar (llevaba dos semanas con infección de orina y acudiendo al servicio demasiado a menudo). Cris­tóbal corroboró mi intervención y contó que a él le puso el médico una pomada en el culo porque le picaba y le dolía mucho. Comenzó a apa­recer tintes excesivamente dramáticos y cambié el tono. Propuse hacer un teatro con lo ocurrido. Es algo que solemos hacer cuando hay pele­as, para desdramatizar el conflicto, descontextualizándolo del momen­to emotivo en el que se produce. Sugiero a Olmo y a Belén que salgan al centro de la alfombra para hacer un teatro. Olmo sigue sonrojado y se niega a salir (es más maduro que Belén, reconoce haber hecho algo no debido y posee sentimientos de culpa). Rápidamente lo disculpo, diciéndole que si le da vergüenza que no se preocupe, que salgan volun­tarios. El chico y la chica que salen dramatizan la situación en la que uno le dice a la otra: «enséñame el culo», y la otra le contesta: «por qué no ves el tuyo». Cada pareja que sale va provocando una gran risotada de todos los demás. Unas veces es el chico el que demandaba que le enseñara el culo y otras, la chica. La situación se había descargado de dramatismo. Hasta Belén quiso hacer el teatro, y ante la demanda de Daniel de que le enseñara el culo, ella, bastante resuelta, contestó: «cógete tu culo que es mas gordo». La gran risotada de toda la clase fue un momento mágico que relajó el ambiente. El conflicto se había resuelto de forma no culpabilizada mediante la realización de psicodra­ma, sin dramatismo. Parecía que, esta vez, todo estaba controlado. Juan Alberto me pidió realizar el teatro porque él no lo había hecho. Accedo a su petición y cuando alguien le dice que le enseñe el culo, éste va y se baja los pantalones. De nuevo, la risa inundó los corazones de todos nosotros. Y yo descubría, una vez más, que podemos ayudar a educar pero nunca osar controlar todas las situaciones.

Es probable que en ese ratito de asamblea aprendiéramos algunas cosas como:

• No hay que dramatizar las conductas sexuales de los niños y niñas.

• Es necesario hablar abiertamente de ellas cuando surgen.

• Es imprescindible disculpar a los niños que a estas edades sue­len tener represiones excesivas sobre el sexo. Los maestros y las maestras podemos ser otros referentes adultos diferentes a las familias.

• Las simulaciones, dramatizaciones y títeres son excelentes ins­trumentos para solucionar temas complejos de forma indirecta, mediante proyecciones, evitando herir al alumnado.

• La risa crea estados emocionales que distienden los ambientes tensos.

• La moral también se construye socialmente mediante la nego­ciación de significados culturales, no mediante la imposición de conductas supuestamente correctas.

• La inteligencia hay que ponerla al servicio de la resolución de los conflictos sociales.

Aunque existe mucha teoría sexual en educación, no creemos que la sexualidad deba convertirse en un contenido a estudiar. El sexo es un aspecto de la personalidad que se pone en juego en el aula en multitud de situaciones en las que debemos intervenir de forma natural. La evi­tación de la sexualidad, los castigos ante conductas sexuales en esta edad de tanteos, la transmisión de contenido sexual bajo formas profi­lácticas y de higiene o la transmisión bajo parámetros reproductores, están denotando nuestra concepción represiva sobre el sexo. La acepta­ción de nuestra propia sexualidad hace posible la normalización de las manifestaciones sexuales en el alumnado sin problemas.

Algo parecido pasa con el cuerpo, un cuerpo del que hemos sido despojado, que entregamos a la medicina por trozos, para que nos cure, y que la educación comienza también a desmembrar: Logopedia para la boca y sus aledaños, Psicología para las altas instancias, monitoras para la zona meridional (el pipí) y lugares innombrables que asumimos como tabú.

En clase tenemos muñecos y fotos de desnudos. Son muchos los comentarios que surgen entre ellos sobre diferencias anatómicas y que les ayudan a asumir y normalizar sus diferencias sexuales. La sola pre­sencia del desnudo es educativa, porque la ausencia, la invisibilidad y el silencio, producen aprendizajes represivos.

Es necesario, por tanto, dejar expresar los diferentes sentimientos, hablar de ellos y negociar entre todos los comportamientos adecuados. Sólo este lento pero efectivo proceso educativo desarrolla personalida­des maduras y equilibradas.