LA IRA

 

Es un sentimiento de malestar que nos puede llevar a causar daño. Provoca un comportamiento agresivo ante un conflicto que no sabemos resolver. Es la respuesta más rápida ante una frustración. «La ira no es, desde luego, un instinto, tú una costumbre, ni un cálculo razonado. Es una solución brusca de 1111 conflicto,... » (SARTRE, 1971). Produce agre­sividad y violencia. La superación de la ira necesita tiempo, ese tiempo que nos hace inteligentes; un espacio de tiempo que separa el estímulo de la respuesta. La comunicación es el medio idóneo para calmar ese primer sentimiento de ira. Mientras hablamos de la ira dejamos de sen­tirla porque no podemos hacer dos cosas al mismo tiempo. Para resol­ver el problema de la violencia es necesario aprender a tener paciencia, a desarrollar la capacidad de frustración y a manejar la tensión.

Las conductas agresivas, como se acostumbra a denominar las actuaciones conflictivas, son provocadas por sentimientos de ira. Este es un sentimiento relacionado con el deseo insatisfecho, y procede de la frustración. Parece que el desarrollo de la capacidad de frustración es muy importante para el aprendizaje. Los que carecen de ella evitan cualquier situación nueva porque no la controlan y les provoca furia.

La consecuencia de la ira es la ofensa, el insulto, la riña y la agre­sión; por lo que merecería un gran tratado en nuestros colegios a juzgar por las demandas sociales actuales. A veces, sin querer, estamos provo­cando en los niños lo contrario de lo que pretendemos en un intento de atajar rápidamente los conflictos mediante castigos. Pero como dice NIEZTCHE, «Por lo general, lo que tanto en el animal como en el hom­bre se puede lograr con el castigo es aumentar el miedo, intensificar la perspicacia y dominar los apetitos. En este sentido, el castigo domesti­ca al hombre pero no lo mejora» (Más allá del bien y del mal).

Principios de procedimientos

No existe un recetario educativo para aplicar en el aula ante situa­ciones conflictivas, pero si podemos tener unos principios de procedi­mientos que nos guíe a la hora de intervenir.

Es interesante preguntar ante alguna agresión: «para qué le has pegado» en vez de «por qué le has pegado». En el segundo caso se busca una justificación que rápidamente el niño inventa para redimir su culpa. En el primer caso, le hacemos ver las consecuencias de su acción. Creo que es más educativo introducir la lógica de la finalidad que la de la causalidad. El niño responde ante un sentimiento de frustración pero raramente quiere hacer daño.

Ante la acusación de sus compañeros en la asamblea, Francisco dijo: «Yo no quería, ha sido mi mano que no me obedece». Ángel se jus­tificó un día que mi paciencia corría peligro ante tanta agresión: «Maes­tro, es que no puedo parar mi cuerpo». Pablo apuntó que «es el cerebro el que manda en el cuerpo y el que dice si la mano se debe estar quie­ta». Ese día jugamos a que el cerebro diera órdenes a las partes del cuer­po. Parece importante el conocimiento de los procesos de pensamiento y actuación y, a su modo, el alumnado de infantil va creando sus teorí­as sobre el comportamiento y va sintiéndose responsable de sus accio­nes.

Contra la ira, propone Goleman, desarrollar la empatía. En la medida que comprendamos los sentimientos de los demás y su com­portamiento, estaremos dispuestos a cambiar nuestra actitud y a contro­lar nuestros enfados.

Es interesante hablar en clase sobre los sentimientos de la persona que agrede y sus posibles estados emocionales. Un día hubo una pelea para ser el primero en la fila. La lucha por el poder es algo que se juega a diario en múltiples situaciones. En la alfombra, en asamblea, tratamos el conflicto. Cada cual dice lo que ha hecho y reconoce su culpa. No suelo dejar que digan lo que ha hecho el otro, que es a lo que tienden. Reconocer lo que cada uno ha hecho mal es el principio de la solución, hablarlo es asumir su responsabilidad. Este reconocimiento de la tras­gresión es más eficaz que el cumplimiento del castigo. Luego, vemos las consecuencias que ha tenido; y por último, respetando el turno de palabras, van dando soluciones: «el que se pelee se pone el último», «el que llegue antes se pone primero», etc. A veces, no llegamos a ningu­na solución pero la ira va desapareciendo a medida que la razón va ocu­pando su sitio y el tiempo, tan necesario para estos menesteres, va disol­viendo la tensión del aula.

Es importante hablar mientras nos miramos a los ojos. La mirada sincera de nuestra desaprobación obra milagros. Por los ojos llegamos a lo más hondo, por eso los críos intentan desviar la mirada cuando han cometido alguna fechoría.

Un día, cierto alumno con graves problemas de comportamientos agrede en el patio a un compañero. La madre del agredido viene al día siguiente indignada por el acontecimiento. Ante estos problemas se suele imponer un castigo al agresor que cuando lo cumple espía su culpa y vuelve a repetir la conducta. Yo no sabía bien que hacer para solucionar el problema y lo planteo a la asamblea de clase. Pido solu­ciones a mis pequeños pensadores de 4 y 5 años y quedo sorprendido. Algunos argumentaron que el que pegue no será su amigo. Alguien dijo que se fuera de la clase. El alumno en cuestión comenzó a tomarse en serio la amenaza porque venía de sus compañeros. Uno a uno, fueron diciendo si quería que se fuera o no. Sorprendentemente, algunos de sus mejores amigos argumentaron para que se fuera de clase, porque como dijo Antonio, «promete no pegar pero luego no hace caso». Una alum­na, bastante considerada por todos, dijo que si lo había prometido debí­amos creerlo. Votamos y 14 frente a 10 decidimos darle otra oportuni­dad. Vimos que debía pedirle disculpa al compañero y prometerle a la madre que no lo iba a hacer más. Cuando a la hora de la salida, de forma espontánea, se dirige a la madre del chico agredido y le dice que no lo volverá a hacer, esta mujer no se le podía creer. Hoy son amigos ínti­mos.

Debemos diferenciar el comportamiento agresivo, de la persona que lo realiza. En infantil, solemos decir: «con lo bueno que eres cómo es que has pegado a tu amigo».


Es imprescindible distinguir entre un mal comportamiento y decir que un niño es malo porque en estas edades debemos evitar las profecí­as sobre el alumnado porque acaban cumpliéndose. Señalar a un niño como malo es el camino para que termine siéndolo. También tendremos que orientar sobre ello a los padres. Son muchas las familias que tienen asignados a sus hijos el estigma del bueno o del malo.

Cuando la agresividad está bastante generalizada, cuando la ten­sión se respira en todo el aula, se hace necesario tratamientos generali­zados. Para ello contamos con juegos, canciones y poesías específicas: los masajes, nos inflamos como globos, nos oímos el corazón, música para estar tranquilos, los abrazos musicales, nos pasamos besos, dibuja­mos sonrisas, pasamos la piedra mágica que quita los enfados, etc.

La asamblea mente y corazón del aula

Necesitamos un tiempo y un espacio específico para trabajar la ira. En nuestras aulas, es la asamblea el lugar donde se trabajan los conflic­tos y se construye una ética del comportamiento entre todos.

La asamblea es la mente y el corazón del aula

1.- La mente del aula.

La asamblea es un lugar simbólico donde tomamos conciencia sobre nuestro comportamiento: nos sentimos juntos, organizamos las tareas, evaluamos lo que hacemos y tomamos conciencia.

Es un espacio de construcción de ciencia y filosofía, un lugar para construir conocimiento y para dar sentido a la vida.

2.- El corazón de aula.

Es el espacio en donde nos sentimos unidos con lazos afectivos. Donde nos queremos. En donde desarrollamos la identidad del aula y la socialización y nos sentimos pertenecientes a una comunidad. El yo se construye como ser social gracias a la mirada, valoración, cariño y reco­nocimiento de los demás. Es el lugar idóneo para la construcción de los valores y normas de comportamiento entre todos.

Podemos concluir diciendo que no debemos preocuparnos tanto de suprimir la agresividad lógica en el proceso de socialización, sino en dejar tiempos, espacios y medios de expresión para que desahoguen. En la etapa infantil se pone en juego la lucha entre los instintos naturales y la aceptación de norma; se sublima esos instintos en aras de la sociali­zación. Es por ello que los juegos de luchas y los cuentos de monstruos y brujas, actúan como simbolización que ayuda a armonizar la psique infantil porque proyectan en el mito su conflicto existencial.