SENTIPENSANTE

 

Este trabajo pretende vivenciar situaciones sentimentales surgidas a diario en el aula de Educación Infantil y reflexionar sobre la forma de abordar los sentimientos en esta etapa fundamental para nuestras vidas.

Un texto de Eduardo Galeano nos ilumina sobre la necesidad de abordar los sentimientos unidos a los pensamientos:

«¿Para qué escribe uno, si no es para juntar sus pedazos? Desde que entramos en la escuela o la iglesia, la educación nos descuartiza: nos enseña a divorciar el alma del cuerpo y la razón del corazón.

Sabios doctores de Ética y Moral han de ser los pescadores de la costa colombiana, que inventaron la palabra sentipensante para definir al lenguaje que dice la verdad». EDUARDO GALEANO: El libro de los abrazos.

La escuela ha cerrado sus puertas a los sentimientos, se nos dice, como si los pudiésemos dejar fuera. Recuerdo mis temores en los pri­meros días de escuela, la angustia ante el examen, mis miedos y mis ale­grías, que todo hubo en mi dilatado proceso educativo. Lo cierto es que, los contenidos sentimentales, no se han trabajado explícitamente y, como consecuencia, se nos han colado, entre los dedos, los sentimien­tos no deseados.

En otro tiempo, lo importante era la conducta y el conocimiento. Creo que hemos avanzado cuando nos orientamos en busca del origen de la conducta: los sentimientos y actitudes que la genera. Dice José ANTONIO MARINA, de forma poética (1996) que «la cartesiana planta del conocimiento brota del humus cálido de la afectividad». Esto com­plica nuestra tarea, pero posibilita la solución de muchos interrogantes. La inteligencia, por tanto, no es mera racionalidad, sino que está atra­vesada por los sentimientos; por tanto, estamos obligado a integrarlos en la tarea educativa.

Los nuevos aires que corren nos obligan a trabajar, en infantil, contenidos sentimentales, pero no siempre acertamos en la forma de abordarlos. A menudo, programamos estos contenidos de forma siste­mática, en proyectos muy razonados, al margen de la vida real de la niñez. Comenzamos a ver fichas en la que hay que colorear el niño que está triste o contento, mientras el alumnado se aburre como una ostra. Es necesario vivir los sentimientos, jugarlos y aprenderlos en situacio­nes educativas vivas, en las que aflore todo nuestro ser: conflictos dia­rios, riñas, miedos, actos de cariño, saludos, enfados, etc.; pero, sobre todo, es necesario hablar de ello. Dice Daniel Goleman en su best-seller Inteligencia Emocional que «la toma de conciencia de las emociones constituye la habilidad emocional fundamental, el cimiento sobre el que se edifican otras habilidades de este tipo, como el autocontrol emocio­nal, por ejemplo».

CreO que, en el aula, surge una gran cantidad de situaciones en las que los sentimientos están enredados, y son estas situaciones las que debemos aprovechar para darles tratamiento educativo. Por ejemplo: mojar la cama puede ser un signo de salud, un síntoma de un problema emocional, una respuesta del cuerpo a un conflicto, una solicitud de ayuda, una resistencia a la dureza de la vida. Seguramente quiso expre­sar algo y no supo de otra forma. Comprender los sentimientos del niño, hablar de sus dificultades, preguntarle si quieren superarlo, y ayudarles a hacerlo, éste es el camino de respeto que lleva a la autonomía.

El silencio sobre algunos acontecimientos produce angustia. El lenguaje es el principal vehículo de expresión y de toma de conciencia sobre nuestros sentimientos. Afortunadamente, «el lenguaje nos permi­te poner en limpio lo que sabemos confusamente». (MARINA, 2000).

Debemos tener en cuenta las emociones en la escuela porque los niños y niñas de infantil son pura emoción. Sartre describe la emoción como «una brusca caída de la conciencia en lo mágico». Yo lo apren­dí de una alumna de 4 años, llamada Belén, que andaba siempre derro­chando emociones y nunca cumplía las normas: «Cuando yo era chica tomaba un "bibi" que tenía poderes y se metió los poderes por todo el cuerpo y ya hacía yo magia y movía cosas». A partir de ese día comien­

zo a pedirle con «magia» y conseguí que casi siempre me obedeciera. Me había conseguido "la oreja verde ", de la que habla Rodari, necesa­ria para comprender el lenguaje emocional de la infancia.

Lejos de realizar programaciones estructuradas para trabajar la alegría, la tristeza, los celos, o la vergüenza, debemos estar atentos a lo que ocurre diariamente en nuestras centros educativos para darle un tra­tamiento educativo. Para ello, es necesario calzarnos una aguda mirada, que nos permita ver los sentimientos enredados en la vida del aula. Pero no es fácil. Así como nuestros párpados es lo que menos vemos porque está demasiado cerca de los ojos y es necesario buscar la distancia de un espejo, igual ocurre con nuestros sentimientos, no los vemos sino en el espejo de los demás. Si ignoramos nuestro estado emocional pode­mos ver en el alumnado los sentimientos que reflejan nuestras proyec­ciones. A menudo, calificamos a niños como malos cuando podrían ser, tan sólo, algo inquietos y no lo soportamos; o vemos a otros como exce­lentes, cuando podrían ser niños sumisos e inseguros que se doblegan a nuestra autoridad. Por tanto, analizar los sentimientos siempre comien­za por la toma de conciencia del observador. Ya lo dijo CONFUCIO: «Si encuentra a cm hombre bueno, imítalo. Si encuentra a alguien malo, mírate a ti mismo».

En el aula aprendemos de lo que sentimos reflexionando sobre ello. Y son muchos los sentimientos que afloran diariamente, de los que hablamos y con los que nos educamos. He aquí algunos ejemplos.