IMPLICACIONES EDUCATIVAS

 

"Quién conoce a los demás es listo.

Quién se conoce así mismo, es sabio. "

LAO TSE: Tac, Te King, XXXIII

 

Igual que construimos esquemas cognitivos, debemos ayudar a construir esquemas sentimentales. Nuestra función es desarrollar ambas y, lógicamente, juntas.

No podemos hablar de sentimientos ignorando el cuerpo. Se sien­te a través de él, porque es el cuerpo el que siente. Luego debemos ejer­citar el cuerpo unido a los sentimientos y expresar cuándo nos sentimos cansados, cuándo se acelera el corazón, cuándo sentimos frío o calor. Debemos trabajar el cuerpo no sólo con una finalidad física sino como parte indivisible del ser humano, sostén de los sentimientos, de lo psí­quico, del alma. El trabajo físico implica la movilización de emociones a través del movimiento. Como dice ALEXANDER LoWEN, en su libro La depresión y el cuerpo, «trabajar la emoción es prevenir las depresiones posteriores tan usuales en nuestro mundo».

Es sabido que la actividad artística también es una forma de expre­sión de sentimientos. Así que no puede faltar en nuestras aulas, cada día, algo de música, baile, dramatización, pintura o manualidades; pero cada uno tiene una forma personal de expresarse, por lo que debemos ofrecer distintas posibilidades y técnicas de expresión. Sobre todo, debemos dejar un tiempo libre en la jornada escolar, con muchas posi­bilidades de acción, donde cada cual exprese, de la forma que desee, los sentimientos que les mueve.

Llamamos sustancias afectivas al agua, al barro, la tierra, la plas­tilina, la pintura, etc. Estas sustancias son imprescindibles en un aula de infantil y sobre todo en el periodo de adaptación. Los niños con más dificultades se tranquilizan cuando tocan pintura, barro o agua con sus manos. Igualmente funciona tocar caracoles o lombrices de tierra. Hay algo en lo viscoso que obra milagro en el comportamiento de los niños y niñas con más dificultades. También tenemos en la biblioteca "la caja de los tesoros", en donde metemos objetos para tocar, acariciar y ver: telas, lanas, algodón, cristal, objetos brillantes, etc., y fueron muy utili­zados en los primeros días cuando la necesidad de obtener sensaciones agradables era imprescindible.

La vida en el aula.

Cuando cuidamos a alguien nos cuidamos a nosotros mismos. Los muñecos y peluches que tenemos en la casita cumplen esta función de objetos en los que los niños y niñas se proyectan, mientras los cuidan, consuelan, obligan a comer, etc. Pero son los animales los que mejor sirven para ello porque tienen vida. Los caracoles, los pollitos, las rati­tas, los gusanos de seda, etc. han ido entrando en clase y enganchando afectivamente a todo el alumnado. Los animales son elementos de comunicación de primer orden para aquellos niños y niñas que tienen dificultades de relación con los demás o un comportamiento algo revol­toso. La inquietud de los primeros días se calmaba cuando los caraco­les acariciaban el alma de los chavales a través de sus pequeñas manos. Creo que la baba del caracol, las plumas de los pollitos, el cuerpo de los gusanos de seda y el pelo de nuestras ratitas, tienen algo que produce un efecto apaciguador, curativo y saludable. Por ello se hace necesario lle­nar nuestras aulas de seres vivos en esta etapa infantil.

Además, hemos aprendido con los animales en el aula procesos de alimentación, cambio, crecimiento, texturas, colores, formas, número, etc., pero siempre de forma afectiva, vivida, sentida. Lo más fácil de aprender es lo que llega al alma atravesando el cuerpo.

Por otro lado, hay que comenzar a nombrar nuestros estados emo­cionales y a hablar de ellos. Es una forma, no sólo de desarrollar el len­guaje, sino, sobre todo, de conocernos mejor. En una pared de nuestra aula, junto a la alfombra, tenemos dibujos de niños y niñas que están tristes, alegres, enfadados y asustado. Muchos días señalamos cómo nos sentimos. Francisco viene algo agresivo y pega a un compañero. Nece­sita una justificación de su conducta y le ayudamos a buscar el senti­miento que ha provocado esta acción. Rápidamente nos cuenta que está enfadado porque ha soñado con un monstruo. Otro día levantamos la mano todos los que estamos alegres. Cuando alguien viene triste a clase señala la palabra de su sentimiento y se reconforta. Es posible estar tris­te, el estado de ánimo existe, tiene un nombre, luego es normal, es pasa­jero. Con actividades de este tipo pasamos de ser pura emoción a con­vertirnos en seres sensibles y pensantes.

Otra necesidad educativa es la de trabajar las polaridades de nues­tra personalidad para aceptarnos como somos. Dice VIOLET OAKI-ANDER en su maravilloso libro Ventanas a nuestros niños: «Una integración, reconciliación o síntesis de nuestros lados opuestos, positivo y negati­vo, es un requisito previo para un proceso de vida sano y dinámico». En este libro presenta una gran cantidad de actividades de expresión con las que podemos trabajar esta integración de sentimientos contrarios: amor/odio, triste/feliz, temeroso/confiado, bueno/malo, seguro/insegu­ro, débil/fuerte, etc. El libro de las fantasías es una excelente actividad para trabajar estos sentimientos (GÓMEZ MAYORGA, 1999).

Nuestra función es, por tanto, ayudar a los niños y a las niñas a que resuelvan sus problemas. Las prisas nos hace, a veces, cortar por lo sano, resolver de forma rápida y torpe. La construcción de normas sociales requiere un tiempo para que sean los propios niños los que busquen soluciones de forma autónoma y asuman sus equivocaciones. El tiempo para educar es lento y pausado. En un mundo de eficacia y prisas, en donde el tiempo es oro, el castigo es la solución más rápida a un conflictivo. El dios Crono, una vez más, nos devora. Pero educar requiere saborear cada momento de un lento y apacible tiempo de con­vivencia, para que la razón madure y comprenda el conflicto. Educar es construir unos valores a través de nuestro entendimiento para que se tra­duzca en conducta. A veces, las prisas nos hace imponer la conducta sin esperar el largo camino de la construcción de los valores.

Así mismo, debemos enseñar a manejar adecuadamente la tensión que provoca nuestros deseos. Hoy es una ardua tarea en un mundo hedonista en el que la voluntad ha desaparecido hasta de los tratados de Psicología como apunta Marina en su libro El misterio de la voluntad perdida. Aristóteles escribió que la Paideia era sobre todo educación del deseo. Hay personas incapaces de dominar el deseo y otras por el con­trario, incapaces de desear nada (MARINA, p.109). Quizás en el punto medio esté la virtud, como dijo el gran especialista del deseo que fue FREUD: «La decisión de cuando es más adecuado dominar las pasiones Y doblegarse ante la realidad, y cuando se debe atacar directamente al mundo exterior, constituye la clave de la sabiduría» (Análisis Profano, 1926)

En definitiva, es imprescindible hablar de los sentimientos. Poner­les nombre es una forma de controlarlos, porque las palabras son lazos que atan los sentimientos y no dejan que se desboquen. Demos nombre a lo que sentimos, hablemos de ellos y estaremos construyendo los cimientos de una personalidad estable y equilibrada. Bella y útil función del lenguaje, la de atar sentimientos.