LOS VALORES DEL GENERO EN LA ESCUELA

 

Emma García Sánchez

* Maestra de EGB

Desde que en el siglo XVIII, Rousseau (considerado padre de la Pedagogía Moderna) tratara de fundamentar una educación di­ferenciada para hombres y mujeres en función de su propia natu­raleza ("la mujer fue creada para ceder ante el hombre y tolerar sus injusticias"), se ha recorrido un largo camino. Hoy sabemos que el intento de seguir argumentando que las diferencias bioló­gicas implican comportamientos y aptitudes diferentes para hom­bres y mujeres es una falacia, que encubre posicionamientos inmovilistas.

Las investigaciones realizadas en el campo de la Sociología y la Antropología, esencialmente, demuestran que los comporta­mientos humanos varían según las culturas donde se tienen lugar. Así los roles establecidos para hombres y mujeres no son los mismos en las sociedades no occidentales, como comentan Mari­na Subirat y Cristina Brullet (La Coeducación p. 19). En la mis­ma línea T. Parson, centra sus estudios en el papel que ha jugado la sociedad en la formación de las personalidades femeninas y masculinas. Y así numerosas investigaciones realizadas, demues­tran que las causas de las diferencias atribuidas a hombres y mu­jeres no se encuentran en aspectos biológicos sino sociales.

Este análisis nos llevaría a confrontar la concepción de "sexo" como característica biológica atribuida a hombres y mujeres, con la de "género", considerado como el conjunto de normas, pautas y creencias impuestas a las personas que les va a condicionar su propio desarrollo en función de la expectativa social generada se­gún su sexo.

Es importante tener en cuenta esto, porque la escuela va a transmitir esta diferenciación, no como una imposición,sino como una característica innata. De esta manera se convierte en potenciadora del entramado social de acuerdo a un modelo cultu­ral dominante que establece un sistema de valores diferentes para hombres y mujeres, teniendo mayor "consideración social" los atribuidos al varón.

Pero antes de detenernos a analizar esta sutil transmisión de significados es necesario saber que los niños y niñas, cuando lle­gan a la escuela, ya han adquirido los aspectos fundamentales de su identidad sexual, porque su entorno familiar ya les ha propor­cionado un modelo con el que poder identificarse. Y no solamen­te eso, a partir de los seis años, niños y niñas atribuyen una superioridad social al varón.

Posteriormente la escuela se encargará de reafirmar ese aprendizaje, a través de actitudes, valores, conceptos, normas, ru­tinas... que irán generando posiciones subordinadas de la niña respecto al niño.

Ese modelo masculino mostrado como "el mejor" no puede, sin embargo, ser asumido por las chicas, al contrario, cualquier intento de imitación tendrá, la mayoría de las veces efectos nega­tivos. Así podrán ser estudiosas y responsables, pero ello se tra­ducirá como signo de debilidad o sumisión, mientras que comprobarán que los mismos valores en los chicos les hacen in­teligentes y prometedores.

Incluso la incorporación de la mujer a ciertas profesiones re­servadas hasta ahora para hombres, ha servido para afianzar planteamientos regresivos que quieren seguir demostrando que la diferencia numérica que aún existe, viene a confirmar la excep­ción de la regla.

Para modificar estas situaciones es necesario indagar sobre la discriminación inconsciente que se genera en la escuela y sobre todo es necesario romper con una escuela diseñada para niños en la que las niñas han sido las "convidadas de piedra". Esto sola­mente será posible respetando y valorando las conductas positi­vas que han desarrollado separadamente ambos sexos, con intervenciones educativas que eliminen el sexismo que aún se da en los centros escolares.

Eso no va a ser fácil porque, durante el período escolar, las niñas y niños aprenden todo un sistema de normas y reglas de conductas no establecido explícitamente pero que les va a deter­minar su desarrollo como personas. Es lo que conocemos como Curriculum Oculto.

Así a través del lenguaje, las niñas aprenderán que se ignore su identidad y se les nombre en masculino en determinadas oca­siones y no en otras..., las imágenes y los textos les recordaran, casi constantemente, la función que la sociedad espera de ellas ... No es casual que cuando se comienza por algunos sectores .

a investigar la función que cumple el lenguaje en la transmisión de roles, se desempolven todas las reglas sintácticas y lingüísti­cas, olvidando que fundamentalmente el lenguaje en todas sus formas de expresión ha servido al ser humano para recono­cer,apreciar su entorno y comunicarse con él.

Es curioso como muchos y muchas enseñantes se introducen en esta discusión, viendo incluso como intransigencia, la deman­da creciente a que la mujer exista con nombre, en todas las situa­ciones en la que existe como persona; sin embargo no ha producido ningún tipo de indignación,el hecho de que durante años se haya utilizado como manual de consulta para escolares, cierto Diccionario de la Lengua (Edic 1979), donde niñas y niños pueden encontrar como sinónimos de hombre: "persona, ser hu­mano,sujeto, varón, macho" y como sinónimos de mujer: "hem­bra, cónyuge, costilla, ramera, puta".

No podemos por tanto pensar en la imparcialidad del lenguaje porque, además de ser ambiguo para la mujer, reafirma el status del varón en todas sus formas expresivas.

Pero no solamente el lenguaje se convierte en elemento dis­criminador,ya que a pesar que la escuela mixta supera la división que se hacía de algunas disciplinas en las escuelas segregadas, una pequeña revisión sobre los contenidos de enseñanza servirá para comprender que la objetividad atribuida a las diferentes ciencias es, cuanto menos, dudosa:así niñas y niños aprenderán lo que han hecho los hombres a través de la historia, en las cien­cias, en la literatura ... pero les será difícil descubrir qué papel de­sarrollaron las mujeres.

La categorización de las materias también ha provocado una fuerte discriminación porque las expectativas de rendimiento para niñas y niños son diferentes (Las carreras de ciencias son consideradas "más apropiadas" para varones) y no será lo mismo un suspenso en matemáticas para un chico que para una chica.

Sin embargo es quizá a partir de las actitudes y conductas que se dan en los centros educativos, donde niñas y niños afianzan su identidad sexual en función del rol impuesto, lo que les va a limi­tar su desarrollo como personas.

Este tipo de discriminación es el que más trabajo cuesta per­cibir porque durante años hemos normalizado determinados com­portamientos que han situado al grupo-niñas en situaciones manifiestamente injustas y no serviría por tanto un tratamiento igualitario actualmente porque no están situados niñas y niños en el mismo punto de partida. Para eliminar este sesgo sexista es imprescindible abordar intervenciones planificadas y positivas en los centros que ayuden a modificar conductas tan arraigadas.

 Un primer paso es el compromiso de analizar diferentes situa­ciones que frecuentemente se dan en los centros. Repasemos al­gunas de ellas:

Ver llorar a una niña pequeña porque un compañero le levanta la falda no provoca indignación, a veces todo lo contrario e in­cluso se les anima a ello por los adultos. En la escuela la regañi­na será más fuerte "si no se hacen los deberes" que si se "coge el culo" a la niña.

El protagonismo en el deporte, en la representación de la cla­se,en la preparación de fiestas y celebraciones es asumido funda­mentalmente por los chicos y si las chicas quieren acceder a él deberán demostrar que superan con mucho a sus compañeros.

La imitación de "conductas consideradas masculinas", que muchas adolescentes hacen para evitar ser relegadas a segundos planos, no le sirven porque se considerará que están ocupando un espacio que no es el suyo y son catalogadas como "marimachos". Si por el contrario hacen gala de "conductas consideradas feme­ninas" entonces pueden ser "sosas" "ñoñas" o "marías". Y más difícil lo tendrán si intentan reivindicar una igualdad con argu­mentos porque entonces, despectivamente, serán "feministas.

En los primeros niveles, las manifestaciones a través del jue­go espontáneo demuestran,una vez más, hasta que punto se van marcando los estereotipos sexuales: invariablemente ellas serán las mamás, las enfermeras, las princesitas desvalidas... y ellos se­rás los héroes, los supermanes, los policías...

Podría terminar diciendo qué en el desarrollo de todas estas situaciones es fundamental el papel que asumen los enseñantes. Aunque posiblemente la mayoría de las veces no se es consciente que muchas intervenciones tienen un sesgo discriminatorio e in­cluso resulta difícil admitirlo, lo cierto es que profesores y profe­soras, forman parte de ese entramado social al que me refería al principio, como componentes de un modelo cultural que ha po­tenciado limitaciones personales difíciles de superar.

De esta manera parecerá normal que los niños sean más albo­rotadores y las niñas más tranquilas, que ante las mismas situa­ciones se actúe desde diferentes parámetros ("los niños no lloran" o "cómo pegas a una niña" o "las niñas no dicen esas co­sas"...) a veces es un gesto, una expresión inconsciente, un co­mentario lo que a niñas y niños les van a demostrar que lo que se espera de ellos y ellas son cosas que nada tienen que ver con sus gustos, sus inquietudes, sus problemas sino con su sexo. Dificil­mente se darán cuenta que esta diferenciación entre hombres y mujeres es producto de los intereses de la sociedad y del modelo cultural que caracteriza a ésta.

Mientras no cambie este modelo el "GENERO" que no el "SEXO" será el determinante de que niñas y niños vayan crecien­do en un entorno tipificado que en nada va a favorecer su desa­rrollo como personas.