DESDE LA DISCRIMINACION HACIA LA JUSTICIA: EL CAMINO DE LA COEDUCACION

 

Miguel Ángel Santos Guerra

Departamento de Didáctica y Organización Escolar. Universidad de Málaga

La marcha que va desde la todavía terrible discriminación de la mujer hacia unas nuevas estructuras, actitudes, discursos y comportamientos, es un largo camino que debemos recorrer to­dos juntos, mujeres y hombres. Porque ésta es una causa que se arraiga en la dignidad, en el respeto y en la justicia.

Justicia no es sólo cumplir la ley. Eso es legalidad. Y de to­dos es conocido que, en ocasiones, la ley, promulgada por los po­derosos, no hace otra cosa que defender los derechos de quienes más tienen, más pueden o más saben. De modo que una cosa es la ley y otra, muy distinta, la justicia.

La ley ya dice en nuestro país que todos somos iguales. Y que no ha de haber discriminación alguna por razón, entre otras co­sas, de sexo. Lo cierto es que las discriminaciones siguen y que adquieren un tono más sutil para defenderse de las exigencias le­gales. No es fácil llevar a los tribunales a unos padres que tienen un nivel de expectativas discriminatorio para la hija, no es posi­ble acusar legalmente al marido que le pide a su mujer que tenga preparada la mesa cuando llegue (sobre todo si ésta asume con alegría que esa es una tarea a través de la cual le manifestará su amor). No es fácil llevar a juicio a un empresario que prefiere a un varón para el puesto que ha quedado vacante o al Decano de una Facultad de Empresariales por tener entre su alumnado un porcentaje tan bajo de mujeres. No es posible acusar al Presiden­te de un Gobierno de tener solamente dos ministras y, además, en carteras de segundo rango...

Quiero decir con todo ello que la discriminación continúa. Y que se engañan quienes piensan que es ya un asunto trasnochado y que la ley es más que suficiente para que las costumbres cam­bien. Me parece muy certero el título de la obra de Michel Cro­zier (1984): No se cambia la sociedad por decreto. Los innegables avances que se han producido desde cuando se decía que la mujer no tenía alma, que era por naturaleza menos inteli­gente, que su principal excelencia era la maternidad o la virgini­dad, que su condición era la de estar sometida al varón..., no deben hacernos olvidar las interminables veredas que aún quedan por recorrer.

 

No está en los genes

El primer problema que hay que superar es el prejuicio bioló­gico. Hay que remontar siglos de errores, de práctica interesada, de mitos, de creencias poco fundamentadas. La resignación que muchas mujeres han practicado respecto a la pretendida inferiori­dad no ha sido un obstáculo pequeño. No existe mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esque­mas del opresor.

El determinismo biológico marcaba unas fronteras difícilmen­te superables. Si esta en los genes, si la naturaleza los ha hecho diferentes, ¿qué se puede hacer frente a ello? La trampa consistía en explicar la desigualdad por la naturaleza de los individuos y no por la estructura de la sociedad.

"Para los teóricos del determinismo, no somos libres porque nuestras vidas están fuertemente determinadas por un número relativamente pequeño de causas internas: los genes determinan comportamientos específicos o la predisposición a esos compor­tamientos. Pero eso soslaya la esencia de la diferencia entre la biología humana y la de otros organismos. Nuestro cerebro, nuestras manos y nuestra lengua nos han hecho independientes de muchas de las principales características específicas del mun­do exterior. Nuestra biología nos ha convertido en criaturas que recrean constantemente sus entornos psíquicos y materiales y cuyas vidas individuales son el producto de una extraordinaria pluralidad de vías causales que se entrecruzan. Por lo tanto, es nuestra biología la que nos hace libres".

Así terminan su excelente obra No está los genes Lewontin, Rose y Kamin (1987), un genetista evolucionista, un neurobiólo­go y un psicólogo que, como ellos mismos dicen, han dedicado muchos años a "investigar, escribir, hablar, enseñar y a desarro­llar unas actividades políticas públicas en las que nos hemos opuesto a las vías de opresión utilizadas por la misma ideología determinista".

Es posible, pues, la lucha contra los estereotipos que identifi­can sexo y género. Porque el sexo es biológico, pero la construc­ción del género (el modo de ser hombre y mujer en una sociedad) es cultural.

La aparente contundencia de los hechos ha de ser sometida a un análisis profundo y no meramente superficial. Digo esto por­que también en las realidades culturales pretenden introducir explicaciones biológicas los engañosamente asépticos determi­nistas:

"El argumento determinista no se detiene, sin embargo, sim­plemente en reducir la presente 'existencia del patriarcado a la consecuencia inevitable del equilibrio hormonal y de la masculi­nización o de la feminización cerebral, sino que se esfuerza con tesón en explicar sus orígenes. Porque si el fenómeno existe, los sociobiólogos afirman que debe ser adaptativamente ventajoso y estar determinado por nuestros genes; por lo tanto ha de deber su existencia actual a la selección hecha de esos genes en los inicios de la historia humana. Incluso si no se diera el caso de que el patriarcado fuera la mejor de las sociedades pensables, debe ser la mejor de las sociedades posibles, porque, en un tiem­po anterior a la historia humana, debió haber conferido una ven­taja a los individuos que habían operado de acuerdo a esos preceptos ".

Esa es la trampa. Una trampa que la ideología, el mundo cien­tífico (tradicionalmente considerado como masculino y fuerte, según apunta Molina Petit, 1992), el poder y la religión han pre­tendido durante mucho tiempo mantener.

"Declarar natural una desigualdad tan patente ha hecho co­modísimo no tener que tomarse nunca en serio la igualdad hu­mana y ha permitido poner fronteras a una idea, la de igualdad, demasiado turbadora". (Valcárcel, 1991).

Nosotros debemos desmontar esa trampa analizando no sólo los hechos sino la interpretación que de ellos hacen algunos cien­tíficos y todos los poderosos. Analizando sus mecanismos y lu­chando contra sus influjos.

 

        Un compromiso social

Una Comisión a la que pertenezco acaba de terminar la redac­ción de un documento marco sobre coeducación para La Comuni­dad Autónoma Andaluza. Hemos querido titularlo así: La coeducación, un compromiso social. Porque la coeducación no es una cuestión menor, ni una ocupación de personas inquietas por un tema caprichosamente obsesivo, ni, por supuesto, una mera asignatura transversal del nuevo curriculum escolar. La coeduca­ción es una exigencia nacida de la justicia más elemental. La que exige que se trate a todos los individuos desde la igualdad esen­cial de su dignidad y de sus derechos.

Desde la discriminación hacia ... /Miguel A. Santos Las confusiones y la falsificaciones de esta causa han sido muchas. Las simplificaciones también. Coeducar no es, solamen­te, tener una escuela mixta o una escuela amalgamada y unifor­mada.

"Compartir aulas y pupitres no significa que los jóvenes de ambos sexos tengan las mismas oportunidades educativas -por no hablar ya de las oportunidades laborales y sociales- ni que la escuela esté ya libre de cualquier forma de sexismo" (Fernández Enguita, 1990).

La coeducación es un proceso que exige:

·      La eliminación de las discriminaciones presentes, tanto en las estructuras y normas sociales como en las actitudes de las personas.

·      Un trato discriminatoriamente positivo hacia la mujer para superar un desequilibrio histórico que tardará siglos en compen­sarse.

·      Una aceptación del propio sexo y de la propia identidad se­xual que se apoya en el trato justo y la actitud positiva de quie­nes ejercen influencia en la construcción de patrones sociales y educativos.

·      Una relación respetuosa y equilibrada con el otro sexo que surge del conocimiento profundo.

·      Una comunicación rica y positiva que conduce al diálogo y a la participación en proyectos comunes.

La coeducación exige un planteamiento explícito e intencio­nal en las actuaciones que va más allá de la superación de los síntomas del sexismo. Va al análisis y a la superación de sus cau­sas.

        La tarea de la escuela

Si preguntásemos a la mayoría del profesorado si practican al­gún género de discriminación en las aulas, dirían casi ofendidos que no, que de ninguna manera y en ningún caso. Es probable que la respuesta sea sincera. Otra cosa es que la realidad respon­da a esos presupuestos y a las posteriores afirmaciones.

Las estructuras, el lenguaje, las expectativas, las relaciones, los comportamientos, el curriculum oculto de la escuela, están todavía impregnados de pautas y códigos sexistas. (Subirats y Brullet, 1988; Altable, 1991).

a. La docencia sigue estando considerada como una profesión de mujeres. Durante mucho tiempo se dijo, incluso, que el ejerci­cio de la profesión docente por parte de la mujer era una forma de prepararse para la maternidad. (Apple, 1987).

A través de la docencia la mujer consigue para la familia un dinero adicional, un segundo sueldo, siempre secundario respecto al que debe conseguir el marido.

b. La mayor parte del profesorado en la escuela infantil y pri­maria son profesoras. No sucede lo mismo en la enseñanza uni­versitaria.

"Las mujeres maestras trabajan a menudo en dos ámbitos: en la escuela y luego en el hogar. Dada la modificación de las rela­ciones patriarcales y la intensificación del trabajo en la ense­ñanza, ¿qué impacto podría provocar esto fuera de la escuela? Si tanto es el tiempo que se invierte en tareas técnicas en la es­cuela y en el hogar, es posible que quede menos tiempo disponi­ble para el trabajo doméstico en el hogar. Puede que otras personas de la familia tengan que aumentar su participación, de­safiando así la división sexual del trabajo en el hogar. Por otro lado, la intensificación del trabajo de las maestras y la sobrecar­ga de trabajo que de ello se deriva, puede producir el efecto pre­cisamente opuesto. Esto es, puede incrementar la explotación de trabajo no remunerado en la casa, con el mero añadido de cosas

que se deben hacer sin alteración inicial alguna de las condicio­nes de la familia". (Apple, 1989)

Es importante estudiar los efectos que cada tipo de trabajo producirá en el otro.

El hecho de que las mujeres tengan mayor presencia en los ni­veles inferiores no sólo tiene que ver con el estatus sino con los problemas que la ideología conservadora sospechaba que crea­rían las mujeres desde su papel docente en los alumnos varones.

c. A pesar de que la mujer se encarga en las familias de los problemas educativos, son hombres los que desempeñan los puestos de autoridad en educación dentro del sistema.

"Las relaciones patriarcales de poder, organizadas en torno a las relaciones de un directivo masculino con un personal do­cente mayoritariamente femenino no serán necesariamente pro­gresistas para el capital o el Estado. Si bien una vez sirvieron a determinados fines educativos e ideológicos, ahora no resultan todo lo eficaces que sería necesario. Las relaciones entre los se­xos deben sufrir una inversión parcial, con el objeto de crear una institución eficaz" (Apple, 1989).

A medida que la profesión docente va dando entrada a las mu­jeres, los puestos de responsabilidad van aumentando en manos de los hombres.

d. Siguen existiendo profesiones masculinas y femeninas. Basta ver la matrícula de estudiantes en una Escuela de Teleco­municaciones y en una Escuela Universitaria de Formación de Profesorado de EGB.

e. Las mujeres encuentran una enorme dificultad para llegar a triunfar en sus carreras, en sus profesiones.

"La falta de oportunidades y la discriminación contra las mujeres aseguran. el permanente dominio de la perspectiva mas­culina. Es como si el mundo fuese considerado desde una posi­ción de toma de conciencia que tiene su centro en una clase dominante de hombres" (Ball, 1989).

f. La excepción que se utiliza como argumento de la supera­ción de las discriminaciones cuando una mujer consigue un pues­to relevante en la sociedad, no es más que una falacia. El a priori Si una mujer ha llegado, todas pueden llegar, es un burdo enga­ño.

"Lo que ignora tal argumento es el número limitado de car­gos elevados disponibles, la competitividad a que ello da lugar y los mecanismos que actúan en la discriminación de los candi­datos" (Ball, 1989).

Esta falacia del individualismo se vuelve un argumento en contra de la anhelada igualdad. No es todavía una noticia que un hombre llegue a ser general o jefe de estado o cirujano. Si Hilary Clinton, primera dama de los Estados Unidos, es tan valiosa e in­teligente como se dice, ¿por que no es ella la Presidenta de la Nación?

g. El temor a la visibilidad asalta a muchas mujeres que no compiten en sus puestos de trabajo con los hombres, por el mie­do a destacar y a ejercer una competitividad que, al fin, las con­ducirá a una derrota.

"Los hombres que sean desafiados y derrotados por una mu­jer, experimentaran esto como una amenaza particular a su au­toestima y a su sistema de creencias. Un modo de hacer frente a tales amenazas es la hostilidad hacia la que presenta la amena­za, la mujer de gran eficiencia". (Ball, 1989).

Hay que añadir, a todo este tipo de patrones de comporta­miento sociológico, otro tipo de manifestaciones de carácter psi­cológico que se manifiestan en las relaciones y que condicionan la forma de convivir y de comunicarse. Problemas que se sitúan en el lenguaje sobre la mujer y de la mujer, en los patrones mora­les, frecuentemente dobles, que se utilizan para juzgar los com­portamientos de unos y de otras, en las opciones profesionales de los miembros de la pareja, en el reparto de tareas domésticas, en el régimen de libertad que se otorga y se utiliza, en las reaccio­nes ante los comportamientos emocionales y sexuales del compa­ñero y de la compañera...

 

            Mi corazón de traidor

Este es el título de un libro de Ryan Malan en el que cuenta su lucha por la causa de los negros, siendo un blanco. Quiero uti­lizar su idea para plantear mi posición en el tema de la discrimi­nación femenina.

Creo que no dejará de ser preocupante para las mujeres el ver a hombres empeñados en la causa de la liberación femenina. ¿Qué intereses tienen los tradicionalmente opresores en que se produzca la liberación, se preguntaran? ¿Por qué quieren ahora liberarnos los que han querido oprimirnos? Pienso que es un error eliminar a los hombres de esta lucha. En primer lugar por­que situarse en las trincheras puede aumentar el enfrentamiento más que la justicia. En segundo lugar, porque no se trata de hacer ahora un mundo de mujeres victoriosas sino un mundo justo don­de sea posible la convivencia desde la igualdad y la dignidad. En tercer lugar, porque también el hombre tiene que modificar dis­cursos, actitudes y prácticas para generar una relación más sana y más educativa con la mujer. Y porque también el hombre tiene que reflexionar sobre los papeles que una sociedad sexista le hace desempeñar, sobre el sentido de los estereotipos que se le pretenden inculcar: Los hombres no lloran, Tienes que ser un triunfador, Tienes que ser valiente, Debes responder sexualmen­te...

"La humanidad necesita un feminismo de tipo liberal, no ra­dical. También las mujeres tienen energías limitadas, y cuanto más debilitadas se ven por la diaria pugna con el hombre, más se acercan al espíritu patriarcal" (Wieck, 1991).

En la misma línea se manifiesta Claude Alzon (1982) cuan­do, en la conclusión de su trabajo sobre la mujer afirma:

"Hablar pese a todas las pruebas contrarias de naturaleza fe­menina es adoptar el discurso de los hombres que mitifican a la mujer para poder mixtificarla. Las opiniones de las neofeminis­tas no coinciden, pero concurren a un mismo fin. Luce Erigaray encierra a la mujer en la contemplación de su vagina, Evelyne Sullerot la encierra en los oficios femeninos, Annie Leclerc en la maternidad. Todas la encierran, en definitiva, en nombre de su diferencia, en un universo de ignorancia, de insignificancia y de comodidad"

Me ha llamado la atención que causas relativas a la discrimi­nación racial o cultural despierten unas reacciones tan lógicas y potentes, mientras que las discriminaciones por el sexo, tan cer­canas, tan cotidianas, tan reiteradas no sean objeto de mayor preocupación y análisis. Pocas cosas afectan de manera tan direc­ta, tan sustantiva y tan intensa a la justicia y a la equidad como las relaciones personales y sociales referidas a los sexos. Por eso es tan preocupante que la escuela no se encuentre vivamente in­teresada por la coeducación. Por practicarla, por analizarla y por difundirla. Es cuestión de esa justicia.

Cuando hablo de la escuela me refiero al conjunto de la co­munidad educativa. En otro lugar (Santos Guerra, 1984), hice pu­blica la experiencia de un Centro que construyó su proyecto sobre el eje de la coeducación. Docentes de mayores y pequeños, padres y madres y alumnos y alumnas han de estar empeñados en una misma empresa. La de la crítica que sea capaz de compren­der las estructuras y situaciones discriminatorias y la del compromiso que lleve a una práctica más justa y racional de la ac­ción educativa.

 

 

 

Referencias bibliográficas

ALTABLE, CH. (1991): Penélope o las trampas del amor. Por una coeducación sentimental. Ed. Mare Nostrum. Madrid. ALZON, C. (1982): Mujer mitificada, mujer mixtificada. Ruedo Ibérico. Barcelona.

APPLE, M. (1987): Trabajo, enseñanza y discriminación se­xual. En POPKEWITZ, TH.: Formación de profesorado. Tradi-ción. Teoría. Practica. Universitat de Valencia.

APPLE, M. (1989): Maestros y textos. Una economía política de las relaciones de clase y de sexo en educación. Paidós/MEC. Barcelona.

BALL, S. (1989): La micropolítica de la escuela. Hacia una teoría de la organización escolar. Paidós/MEC. Barcelona. CROZIER, M. (1984): La sociedad no se cambia por decreto. INAP. Alcalá de Henares.

FERNÁNDEZ ENGUITA, M. (1990): La escuela a examen. Ed. Eudema. Madrid.

LEWONTIN,. R.C. ROSE, S. Y KAMIN, L.J. (1987): No está en los genes. Racismo. Genética-,e Ideología. Ed. Crítica. Barce­lona.

MOLINA PETIT, C. (1992): Lo femenino como metáfora en la racionalidad postmoderna y su (escasa) utilidad para la Teoría Feminista. En Isegoría. Revista de Filosofía Moral y Política. N° 6.

SANTOS GUERRA, M.A. (1984): Coeducar en la escuela. Por una enseñanza no sexista y liberadora. Ed. Zero Zyx. Ma­drid.

SUBIRATS, M. Y BRULLET, C. (1988): Rosa y azul. La transmisión de los géneros en la escuela mixta. Instituto de la Mujer. Madrid.

VALCARCEL, A. (1992): Sexo y filosofía. Sobre "mujer" y "poder". Ed. Antrhopos. Barcelona.

WIECK, W. (1991): Los hombres se dejan querer. La adic­ción a la mujer. Ed. Urano. Barcelona.