INTRODUCCION

 

 

Tradicionalmente la mujer ha venido desempeñando en la so­ciedad un papel secundario respecto al desempeñado por el hom­bre que se ha apoyado en el poder de las instituciones, la ciencia y de la religión para mantener este status privilegiado.

Es a partir del s. XVIII cuando las mujeres comienzan a to­mar conciencia de las discriminaciones que venían sufriendo res­pecto al hombre y a comprender que las diferencias de género no eran producto de las diferencias biológicas sino que más bien eran consecuencia de las estructuras sociales y culturales que pri­vilegiaban lo masculino y discriminaban lo femenino. El camino hacia la igualdad iniciado hace ya algunas décadas aún no ha concluido, aunque se hayan logrado algunos avances, porque to­davía queda un largo camino por recorrer.

Es en la escuela, institución pública que cumple un importan­te papel en los procesos de socialización y culturización de las nuevas generaciones, donde se adquieren una serie de informa­ciones y destrezas y donde se interiorizan un conjunto de nor­mas, valores y pautas de conducta que, si bien no son transmitidos de manera unidireccional, presentan un conjunto de características comunes que favorecen la interiorización de los patrones sexista que la sociedad tiene arraigados.

Durante mucho tiempo los niños y niñas han venido recibien­do una educación diferenciada, producto del distinto papel que la sociedad les tenía encomendado: la niña, ser buena esposa y ma­dre; el niño, ser un buen trabajador que lleva dinero a su casa. A partir de los años 70 se reconoce el derecho de las niñas y niños a recibir la misma educación, esto favoreció que las escuelas mixtas se fueran implantando progresivamente hasta que en 1984 se ordenó su obligatoriedad con lo que, en teoría, aumentaron las posibilidades para hombres y mujeres de desempeñar las mismas actividades profesionales y domésticas. Pero en la escuela mixta las alumnas y alumnos perciben como las estructuras, las activi­dades y las normas del centro son en sí discriminatorias al favo­recer lo masculino sobre lo femenino. Así, es en esta escuela mixta donde aprenden a tener un uso diferente del espacio, a te­ner diferentes tipos de juegos, a decodificar las diferentes expec­tativas del profesorado respecto a chicos y chicas y, sobre todo, a percibir sutilmente como la sociedad les tiene encomendados el desempeño de diferentes roles.

Cambiar este estado de cosas requiere un conjunto de cam­bios sociales e institucionales que tiendan a modificar los valores que rigen en nuestra sociedad para que la igualdad de oportuni­dades pueda convertirse en una realidad pausible. En este contex­to, la escuela debe y tiene un importante papel que cumplir para modificar y transformar los valores y significados adquiridos en el ambiente familiar y social para lo cual será necesario analizar y explicitar las distintas formas de sexismo en la escuela.

Coeducar es algo más que ayudar a nuestras alumnas y alum­nos a desarrollar todas sus posibilidades y aptitudes, es educar sin diferenciar los mensajes en función del sexo.

El camino hacia una escuela coeducativa pretende ser un documento que genere el debate, la reflexión y el análisis de las múltiples y diversas discriminaciones que padecen las chicas en los centros educativos con la intención de favorecer el camino hacia una escuela coeducativa que permita la socialización y la culturización igualitaria de las jóvenes generaciones que a ella asisten. Pero esto no será posible sin un cambio en el modelo de los valores dominantes de manera que éstos permitan alcanzar una sociedad cada vez más justa e igualitaria.

Para facilitar su lectura, los artículos que componen esta obra están agrupados en varios capítulos, atendiendo a su temática. El primer capítulo El camino de la coeducación nos intro­duce de una manera ágil y amena en la discriminación velada y sutil que sufren las mujeres en la sociedad actual.

El segundo capítulo El sexismo como fuente de desigual­dades en la escuela nos ofrece una visión de como las desi­gualdades de género son consecuencia de la jerarquización social y cultural y de cómo éstas se reproducen de forma invisible. El conjunto de artículos que lo componen nos van mostrando distin­tos aspectos de esta discriminación, aunque se centren de una manera más exhaustiva en las que tienen lugar en la escuela. Co­mienza analizando como a través del juego simbólico y dramáti­co, tan importante para el desarrollo afectivo, lingüístico e  intelectual, niñas y niños interiorizan y aprenden la división de papeles que existe en la sociedad en la que viven; para continuar analizando como la escuela, mediante los contenidos escolares, las expectativas del profesorado, las interacciones que se dan en las aulas y de los diferentes usos que otorga al espacio escolar, se encarga de reforzar y afianzar la sutil transmisión de significa­dos y valores de género dominantes en la sociedad.

El tercer capítulo ¿Es posible coeducar en la escuela ac­tual? muestra las múltiples dificultades que las chicas encuen­tran en el contexto de la actual escuela mixta y las reacciones que ésta provoca, tanto en las chicas como en los chicos, cuando se actúa pedagógicamente desde una referencia diferente de la habitual. Esto viene a poner de manifiesto que no basta con modificar las estructuras organizativas de los centros para favorecer la coeducación sino que también será necesario cambiar muchas prácticas y rutinas que están plenamente integradas en la vida académica.

El cuarto capítulo Apuntes para una escuela coeducati­va pretende ofrecernos una serie de propuestas metodológicas y técnicas de trabajo, algunas más elaboradas que otras, para que las niñas y niños expliciten, analicen y comprendan las diversas discriminaciones de que son objetos las niñas para que tanto ellas como ellos cambien sus actitudes respecto a ellos mismos o a la mujer y comiencen por asignarse o asignarle distintos valores y roles que desempeñar.

El último capítulo En papel impreso nos ofrece unas inte­resantes referencias bibliográficas para que podamos ampliar nuestra comprensión de la coeducación y para que estemos en condiciones de montar una amplia y enriquecedora biblioteca en nuestra aula.

El camino hacia una escuela coeducativa es una tarea común en la que se deben de implicar, por igual, profesoras y profeso­res, alumnas y alumnos, madres y padres y todas las entidades públicas y privadas que tienen alguna incidencia en la creación de opiniones y valores en las ciudadanas y ciudadanos de manera que ayuden a eliminar las posturas discriminatorias o segregacio­nistas que sólo sirven para aumentar el recelo y la animadversión hacia el sexo opuesto.