La nueva alfombra mágica

Raúl Trejo Delarbre


Capítulo 1
Globalización por Internet

 

La nueva sociedad civil internacional

Las nuevas tecnologías de información, evidentemente no son inocuas. La globalización supone opciones pero no tiene caminos puntualmente predeterminados. En el campo de las comunicaciones los medios más modernos, inclusive los de índole cibernética, transmiten mensajes que representan intereses, tanto de quienes los emiten como, incluso, de las empresas y los gobiernos que hacen posible esa propagación. Pero sería erróneo considerar, como a menudo ha hecho la crítica más contestataria de estos recursos tecnológicos, que solamente los intereses del poder político dominante en las metrópolis, o del capital trasnacional, son los que se expresan en virtud de las nuevas capacidades informáticas. En la globalización llega a ocurrir que los signos ideológicos y políticos se entremezclan, se confunden, de la misma manera que no sólo desde el poder es factible que las organizaciones y los individuos tengan conexiones en las redes.

En el campo cultural hay una compleja simultaneidad de interrelaciones, con efectos de dos tipos. Por un lado, lo más frecuente es que la visión del mundo de quienes (empresas, gobiernos, instituciones o individuos) tienen mayor acceso a los medios de propagación de mensajes, al ser la más difundida gane mayor hegemonía. Pero al mismo tiempo existen influencias mutuas de una cultura (aunque sea tecnológicamente subordinada) sobre otra. No hay una mecánica relación de predominio-y-aculturación, igual que las culturas más débiles en su presencia en los modernos medios de difusión informativa no están, al menos sólo por esa circunstancia, condenadas a la extinción.

Una de las singularidades de estos nuevos sistemas de comunicación es la facilidad para que grupos muy diversos cuenten con acceso no sólo a la recepción de mensajes, sino también a la propagación de ellos. Para decirlo en términos cibercoloquiales, nadie sabe para quién accesa. Ha descrito, al respecto, la pareja de futurólogos más famosa:

"Pero las redes electrónicas internacionales no son monopolio de los pacifistas que se oponen a la violencia; todos pueden acceder a ellas, desde ecologistas extremistas a quienes interpretan la Biblia al pie de la letra, fascistas del zen, grupos delictivos y admiradores platónicos de los terroristas peruanos de Sendero Luminoso; todos ellos forman parte de una sociedad civil internacional en rápido desarrollo que quizá no siempre actúa con civismo."1

El término es afortunado. Esa sociedad civil internacional, enlazada gracias a los recursos tecnológicos más sofisticados (que a menudo son, precisamente, los más sencillos de utilizar), ha ganado una significativa presencia en el debate y las decisiones políticas en numerosas naciones, de la misma forma que se ha diversificado y cobrado presencia también en el plano internacional. Desde luego, las grandes corporaciones tienen mayores posibilidades para difundir sus mensajes, que un pequeño grupo local. Pero hay mucho de novedad en la presencia de posiciones de lo más diversas en las redes electrónicas. El ciberespacio, al menos hasta ahora, manifiesta una pluralidad mayor que la del mundo real.

Sin que juzguemos aquí sobre los contenidos de sus propuestas (o la ausencia de ellas) pero reconociendo que en esa sociedad civil se encuentran grupos, corrientes y asociaciones de lo más diversas, de todos los signos ideológicos y políticos, puede advertirse que la capacidad para propagar sus puntos de vista es otro de los nuevos rasgos de la globalización contemporánea. Los mismos esposos Toffler, ubicando a esa diversificación de expresiones heterogéneas y/o autónomas en el marco de su conocida concepción sobre la emergencia de varias olas en el desarrollo de la humanidad, escriben al respecto: "También aquí se opera una trisección del sistema global. Las organizaciones multinacionales son débiles o inexistentes en las sociedades de la primera ola; resultan más numerosas en las de la segunda ola, y se reproducen a una velocidad extraordinaria en las sociedades de la tercera. En suma, el sistema global construido en torno de unos cuantos chips de naciones-Estado está siendo reemplazado por un ordenador global del siglo XXI, un 'cuadro de distribución' de tres niveles, por así decirlo, al que se hallan conectados miles y miles de chips extremadamente variados".2

Esa descripción es tan útil como, evidentemente, provocadora. Si nos conformásemos con entender a la globalización como un asunto de ingeniería cibernética, podría pensarse que basta con cambiar algunos microprocesadores, o ampliar la memoria-RAM, para que el sistema global diera oportunidades de acceso y desarrollo a todos. Las cosas no son tan sencillas e, incluso en el ejemplo anterior, podría pensarse que esa computadora (u ordenador) global que dicen los autores mencionados, no tiene un solo operador. Lo mismo que en la globalización económica no hay una sola fuerza que lo decida todo (ninguna corporación, ningún gobierno, parecen tener los recursos suficientes para imponer drástica y uniformemente su voluntad) en la otra cara de ese proceso, que es la tendencia a la globalización informática, tampoco hay un solo centro de control, por mucho que algunas empresas e instituciones, especialmente de Estados Unidos, sean quienes hayan impulsado a la superautopista de la información.

Todavía -al menos, todavía- no hay un Big Brother capaz de someter a los cibernautas. Que no llegue a haberlo, depende en parte --al menos en parte-- de que existan políticas regionales y nacionales para desarrollos peculiares de los recursos en materia de comunicación por las redes. Esa es la preocupación que deseamos enfatizar para el caso de América Latina.

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Notas

1Alvin y Heidi Toffler, Las guerras del futuro. Traducción de Guillermo Solana Alfonso. Plaza y Janés, Barcelona, 1994, págs. 340-341.

2Ibidem.

 


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