¿DE QUÉ MUJERES Y DE QUÉ HOMBRES HABLAN LOS LIBROS DE TEXTOS?

 

Nieves Blanco

 

A partir de los datos que proporciona un amplio estudio de libros de texto de ESO, se constata la escasa presencia de mujeres en los mismos así como la presencia de estereotipos sexistas, que se evidencia en dos aspec­tos sustanciales: Por una parte, en la combinación que resulta de utilizar de modo abusivo el masculino genérico, como pretendidamente inclusor, con la escasa presencia de personajes femeninos, sobre todo aquellos perso­najes singulares identificados por su nombre propio. Por otra, y de modo más sutil pero con mayor contenido sexista, en la definición social de los personajes.

 

Por su contenido y función, los libros de texto son portadores de modelos sociales porque contienen visiones del mundo, de la sociedad, de los diferentes grupos sociales dentro de ella, del mundo del ocio y del traba­jo, de los papeles adecuados que representan diversos grupos en fun­ción de su género, su edad, su raza, su cultura...; en definitiva, ofrecen una visión de cómo son y deben ser las cosas, quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde debemos ‑o podemos‑ caminar. Y todo ello a través de una selección de conoci­miento que recaba para sí toda la legitimidad social y científica, ya que se muestra como la representación global y unitaria de la realidad social y natural, tal como hemos llegado a conocerla.

¿En qué medida, los libros de texto que las y los estudiantes de primer ciclo de ESO están utilizando en Andalucía (1), constituyen mate­riales adecuados para ayudarles a construir imágenes criticas y amplias del mundo en el que viven y de sus posibilidades de futuro? ¿Con qué modelos de hombres y de mujeres se encuentran en esa representación del pasado y del futuro que los tex­tos les ofrecen? ¿Se habla de las mujeres en tales textos? ¿De qué mujeres, en qué ámbitos de la reali­dad aparecen y cuáles son sus carac­terísticas? Estas son algunas de las preguntas a las que trataré de dar respuesta (2).

 

¿Quiénes son las y los protago­nistas del discurso de los libros de texto?

 

El masculino genérico es el modo más frecuente de referirse a los per­sonajes, seguido de las referencias a varones. Los genéricos, términos cuya forma única incluye a varones y mujeres constituyen el 14%, siendo muy escasa la utilización de formas de expresión que explícitamente nombran a unos y otras (sólo el 3%). Las referencias expresas a mujeres, ya sean individual o colectivamente, tan sólo representan el 10% del total.

La diferencia injustificada en la presencia de varones y mujeres se matiza y profundiza aún más cuando analizamos la distribución de referen­cias a personajes masculinos y feme­ninos. Y lo hace en el sentido de subrayar el protagonismo de los varones y la invisibilidad de las muje­res.

El mayor número de referencias masculinas tienen como sujeto a varones conocidos, que aparecen con su propio nombre. En cambio, las mujeres con nombre propio representan el menor porcentaje entre las referencias a éstas. Hay una falta de simetría evidente, no sólo en las referencias a varones y mujeres ‑muy superior para los primeros­-sino en su propia especificidad. Lo


que estos datos indican no es sólo que los varones son nombrados en los textos en mucha mayor medida que las mujeres, sino que su contri­bución específica a la construcción del conocimiento ‑y del mundo‑ es de mayor relevancia; es expresa y realizada por varones concretos, que son nombrados en singularidad de individuos identificados con su pro­pio nombre, precisamente por la relevancia de su papel. Su contribu­ción singular es considerada casi tan importante como la realizada por el conjunto de varones anónimos, indi­viduales y en colectivo.

Al contrario de lo que ocurre con los varones, para las mujeres el protagonismo es individual y anóni­mo; en su totalidad, las referencias a mujeres son algo más numerosas que las del colectivo de varones e infe­rior a las de los varones individuales. Esto es algo que se refuerza, al tiem­po que se ve con mayor claridad, si consideramos la presencia de varo­nes y mujeres con nombre propio y, por tanto, con una contribución expresa y "nombrable" en el ámbito del conocimiento.

En el desarrollo del discurso, ya sea en el texto o en las actividades, aparecen un total de 2.732 referen­cias que hablan de varones y mujeres con nombre propio. De ellas, el 91 % son varones y sólo el 9% son muje­res.

Si consideramos, como elemen­tos de análisis, las autoras y autores que aparecen representados con fragmentos de sus obras en los tex­tos de Lengua y Literatura, encontra­mos datos muy similares. El 85% son autores y el 15% autoras. Algo que se repite en los materiales de Geo­grafía, Historia y Ciencias Sociales, analizando la autoría de los textos originales que ofrecen. El 98% son varones y el 2% mujeres. Hay que indicar que, en esta materia más que en ninguna otra, es muy frecuente que sólo aparezcan las iniciales de la persona autora del texto.

Las biografías son otro elemento importante para dar notoriedad a personajes individuales y conocidos. En los textos analizados figuran un total de 284, de las cuales el 90% corresponden a varones.

 

 

¿Qué hacen los personajes?

 

No todos los personajes se presen­tan realizando alguna ocupación. Cuando así ocurre, las diferencias entre los personajes masculinos y femeninos es notoria: mientras el 62% de los varones tienen alguna ocupación, sólo ocurre lo mismo para el 28% de las mujeres. Es decir, que más de 7 de cada 10 personajes femeninos no se define socialmente por su actividad.

El abanico de ocupaciones de los varones es muy amplio: 334 diferen­tes. El de las mujeres se reduce a 94. De todas ellas, 66 son ocupaciones compartidas, es decir, que realizan varones y mujeres. Dada la diferencia en la variedad en las actividades de unos y otras, estos datos significan que las mujeres comparten con los varones el 70% de sus ocupaciones; pero, en cambio, los varones sólo comparten con las mujeres el 20% de las suyas.

Los personajes masculinos apare­cen en ocupaciones que implican cre­ación cultural y artística: escritores, filósofos, intelectuales, pintores,... Después, son reyes, ministros, gobernantes,... , esto es, en activida­des que suponen ejercicio del poder y tareas de gobierno. En menor medida, pero también importante, son creadores de conocimiento cien­tífico‑técnico: matemáticos, astróno­mos, investigadores, arquitectos o médicos.

3 de cada 10 mujeres que apare­cen, lo hacen como madres, hijas, hermanas, esposas, abuelas,... Des­pués, son mencionadas como escri­toras y, sobre todo, poetisas. En ter­cer lugar, son diosas y sacerdotisas.

Si establecemos una relación con las 10 ocupaciones que recaban mayores frecuencias nos encontra­mos con que, después de ser amas de casa y madres, hijas o esposas, las mujeres son diosas y reinas, escrito­ras y poetisas, alumnas y gimnastas. Los varones, por el contrario, son escritores, poetas, autores, científi­cos o matemáticos, además de reyes, emperadores, dioses, padres y caba­lleros.

De todas las ocupaciones, las compartidas (por ser de igual deno­minación o equivalentes) por varones y mujeres son 66, lo que quiere decir que las mujeres comparten el 70°/ de sus ocupaciones, pero los varones sólo el 20% de las suyas. Salvo algu­nos pocos casos en que las frecuencias son equivalentes, lo común es que haya una diferencia importante en este aspecto, de manera que en algunas de ellas las mujeres están infra-representadas y, en otras, sobre‑representadas.

Están sobre‑representadas, es decir, la ocupación aparece con mayor frecuencia relativa en las mujeres que en los varones en los siguientes casos: abuelas, actriz, alumna, cantante, diosa, directora, doctora, duquesa, esposa, folclorista, gimnasta, hermana, hija, madre, parlamentarias, periodista, tía y trabajadora (9 son ocupaciones que refieren a una actividad profesional de cierto prestigio; 5 corresponden a las que refieren a relaciones de parentesco)

En cambio, los personajes femeninos están infra‑representados cuando se las vincula con las siguientes ocupaciones: artista, astrónoma, autora, escritora, estudiante, novelista, matemática, pintora, poetisa y reina; en su práctica totalidad refieren a la creación de conocimiento científico, cultural y artístico.

No menos significativo es detenerse en las ocupaciones que sólo realizan los personajes femeninos o sólo los masculinos. Entre éstos, podemos encontrar un amplio porcentaje de ocupaciones profesionales de prestigio (abogado, banquero, empresario, dirigente, gobernador, jurista, millonario, propietario,...), así como aquellas que tienen que ver con la creación y el trabajo científico (arquitecto, biólogo, bioquímico, botánico, científico, físico, geógrafo, historiador, ingeniero, intelectual, inventor o químico).

Los personajes femeninos, en cambio, realizan con exclusividad actividades profesionales de baja cualificación: administrativas ‑mientras los varones son funcionarios‑, asistentas, enfermeras ‑frente a médicos‑, asalariadas, azafatas o taxistas). Además de otras como ama de casa, alcahueta, aya, dama de compañía, hada, hetaira, institutriz, niñera o nodriza.

En consonancia con los datos anteriores, es fácil deducir cuáles son los ámbitos de la realidad a la que aparecen asociados los varones y las mujeres. A los primeros los encontramos en el ámbito de producción de conocimiento, ya sea cultural y artística o científico‑técnico, además de en el mundo de la política y las actividades de gobierno. A las mujeres, por el contrario, se sitúan en el ámbito doméstico (ya sea desde sus relaciones de parentesco, el ámbito de la reproducción o las relaciones interpersonales. También en el ámbito cultural, pero más como consumidoras que como productoras de cultura y arte, y en el mundo económico, en actividades que suponen consumo de bienes (actividades de comprar, sobre todo). También aparecen, con notable frecuencia, en el ámbito de la práctica deportiva y las actividades de ocio.

 

 

Al igual que ocurre en otros aspectos analizados, las mujeres tienen (porcentualmente) menos verbos asociados que los varones, es decir, realizan menos acciones o, lo que es lo mismo, son sujetos pasivos con mayor frecuencia. Los varones realizan, sobre todo, actividades de carácter intelectual (muy principalmente de creación), así como aquellas que implican cambios de estado o movimiento, esto es, actividades que requieren y denotan la voluntad y la posibilidad de actuar. En tercer lugar, aparecen actividades de relación (hablar, conversar,...) y acciones de dominación ya sea sobre territorios, sobre seres humanos o dominación política en general. La participación política parece ser, a tenor de los datos, más propia de varones que de mujeres.

Las mujeres aparecen ligadas a verbos de relación, en primer lugar,

seguidos de aquellos que denotan posesión y, sobre todo, consumo de bienes. Tras ellas, las encontramos realizando acciones que denotan cambio de estado y actividades intelectuales. Las acciones de ayuda, de cooperación y, sobre todo, que denotan muestras de afectividad aparecen muy escasamente, pero son más frecuentes en personajes femeninos que masculinos. También son muy reducidos los verbos que indican resistencia, más frecuentes en varones que en mujeres, al contrario de lo que ocurre con los de subordinación.

Si consideramos los cuatro grupos de acciones que aparecen con mayor frecuencia, observamos que los cambios no se producen, en lo sustancial, en que varones y mujeres aparezcan realizando acciones de muy diversa naturaleza. Lo que cambia, sustancial y significativamente, es la jerarquía entre ellas. Sólo hay un grupo en el que difieren ambos; y no es baladí que se trate de verbos que denotan dominación para los varones, mientras que en las mujeres se trata de verbos que implican posesión y/o consumo de bienes.

Aunque no aparecen con frecuencia, hay que destacar las diferencias existentes entre mujeres y varones en aquellas acciones que tienen como referente el trabajo doméstico (cuidado de la casa y las personas que hay en ella), así como a las referidas a la organización de la familia y la reproducción. Parece, por los datos, que éstas son cuestiones de mujeres en mucha mayor medida que de los varones, que aparecen en ellas en porcentajes insignificantes.

 

¿Qué se dice de las mujeres y de los hombres?

 

¿Cómo se caracteriza a mujeres y varones? ¿Qué atributos y qué cali­ficativos se utilizan para definir a unas y otros? Señalar, en primer lugar, que también en éste ámbito las mujeres aparecen calificadas menos veces que los varones, pero las diferencias son más de naturaleza cualitativa que cuantitativa

Es significativo que, en primer lugar, los varones sean calificados y definidos por su pertenencia a un territorio, a través de gentilicios. Las mujeres, en cambio, son definidas por su relación con, por su perte­nencia a, otro ser humano. También las características que implican una valoración positiva de los personajes o su actividad ofrecen notables dife­rencias. Señalar, como ejemplo, que todos los personajes que aparecen definidos como "padres" de algo (ya sea la estadística, la historia, el anda­lucismo, la filosofía ....) han sido, como su propia denominación indi­ca, varones. En términos similares sólo aparece una mujer, Rigoberta Menchú, como Premio Nobel de la Paz.

Algo similar ocurre con aquellas cualificaciones que refieren a la acti­vidad profesional de los personajes, que es muy amplia para los varones y muy reducida para las mujeres. Sólo ser patrón o patrona, prisioneros o prisioneras, y profesionales o trabaja­dores y trabajadoras son comparti­das por ambos grupos.

Merece la pena, por su significa­do, detenerse aquellos atributos que indican cualidades o rasgos de perso­nalidad y carácter de los varones y de las mujeres. Los personajes mas­culinos presentan una variedad mayor de cualidades o rasgos de per­sonalidad que las mujeres. Sólo 10 de estas cualidades son comunes a ambos grupos, apareciendo como amables, amados/queridos, buenos, listos, nerviosos, prudentes, simpáti­cos e inteligentes.

La lealtad, la justicia, la sabiduría, la confianza, el espíritu crítico, el ingenio, la sinceridad o la valentía parecen ser rasgos asociados sólo a los varones. Como también lo son la crueldad, la avaricia, la cobardía, la maldad, la inflexibilidad, el orgullo o la torpeza. En cambio, se presentan como cualidades femeninas la gene­rosidad, la fidelidad, la capacidad, la cultura (que no la sabiduría), la cor­dialidad, la estabilidad, la felicidad o la seguridad. Pero también la fragilidad, la amargura, la tristeza, la coquetería, y el ser mandonas o apocadas.

 


¿Construyendo el futuro?

 

Como AMELIA VALCARCEL (1 997) sentenció, con su habitual lucidez, "los prejuicios se mantienen en sus sedes". Al contrario de lo que constituía la hipótesis ‑o quizá el deseo‑ que dió inicio a esta investigación, los estereotipos sexistas continúan estando presentes en los textos escolares que las y los estudiantes están utilizando en Andalucía cuando faltan dos años para que finalice el siglo XX. No puede negarse que ha habido cambios respecto al contenido y la forma con que el conocimiento escolar se presentaba hace algunos años: no hay ninguna imagen, término o expresión que resulte denigrante para las mujeres; se utilizan más términos genéricos y han aparecido las referencias que nombran a mujeres y varones. Igualmente, hay referencias explícitas en las que las y los autores de los textos enfatizan la idea de igualdad de mujeres y varones.

Pero tampoco puede silenciarse la presencia del sexismo en los textos analizados, que se evidencia en dos aspectos sustanciales: Por una parte, en la combinación que resulta de utilizar de modo abusivo el masculino genérico, como pretendidamente inclusor, con la escasa presencia de personajes femeninos, sobre todo aquéllos personajes singulares identificados por su nombre propio. Por otra, y de modo más sutil pero con mayor contenido sexista, en la definición social de los personajes.

1. El masculino genérico es la forma más habitual de nombrar a los personajes (casi 6000 de los más de 16.000 personajes). Casi 4 referencias de cada 10 se presentan bajo esta forma gramatical. La ambigüedad del masculino genérico como término inclusor de varones y mujeres ha sido suficientemente señalada. Primero porque hay un solapamiento entre el modo de referirse a los personajes masculinos cuando se trata de un colectivo y el colectivo mixto; ello produce confusión y, en todo caso, una visibilidad de los varones y un ocultamiento de las mujeres al no ser nombradas explícitamente.

Segundo porque su referencia semántica no está en el propio término sino que depende de la contextualización en la que el masculino genérico aparezca. Cuando esa contextualización no es suficiente, la capacidad inclusora o restrictiva del masculino genérico queda muy supeditada al significado que la lectora o lector pueda atribuirles, y éste ‑a su vez‑ tiene mucho que ver con el conocimiento de que las personas que leen tengan a su disposición. En los textos analizados hay una ausencia de indicadores expresos que permitan saber con claridad quiénes son los personajes referentes, de tal manera que las claves históricas que permitieran conocer las condiciones socio‑históricas de ejercicio del poder o de la producción del conocimiento, así como de las razones por las que la capacidad de actuación de varones y mujeres ha sido diferenciada, privilegiando la de los primeros y excluyendo a las segundas a planos secundarios y subordinados.

2. La presencia de personajes femeninos es muy escasa, si bien hay que destacar que se ha incrementado respecto a investigaciones previas. Sin embargo sigue siendo insuficiente e inadecuado para dar cuenta de la realidad, pasada y presente, a las y los adolescentes el que sólo 10 de cada 100 personajes sean femeninos. Como un reflejo evidente de la mentalidad patriarcal que impregna el conocimiento y que se traduce en los textos que se han analizado, es constatable que ‑además de una presencia reducida‑ las mujeres existen, sobre todo, como grupo genérico y, en todo caso, como sujetos anónimos. Una situación profundamente discriminatoria para las mujeres, por cuanto además, los varones son nombrados, en mucha mayor medida, como sujetos individuales y singulares. Ocurre además, tanto en texto como en imágenes, que los varones jóvenes tienen mayor presencia que las mujeres adultas.

"Tan importante como conocer es reconocer", dice AMELIA VALCARCEL (1997: 83). La ocultación de la genealogía de las mujeres nos priva de un elemento clave de identificación social; crea un imaginario que pretende que cada mujer que ocupa un determinado lugar social es la primera, que nadie la ha precedido, y  puede hacernos pensar que está allí  por alguna suerte de benevolencia  protectora y condescendiente.

 Para la mayor parte de las mujeres presentes en los textos, el protagonismo es individual y anónimo, alojándose sobre todo en las actividades. Su ausencia del corpus del texto,  que es donde se recoge el conocimiento considerado socialmente valioso, significa ocultar su participa­ción en la construcción del mundo.

 Ello ocurre, en parte, porque el saber de las mujeres, se ha tratado  de recuperar por los mismos cami­nos que los de los varones ‑intelec­tual, abstracto, especulativo y escri­to‑ (lo que hace que siempre sea excepcional respecto al de los varo­nes, no sólo por su menor "cuantía" sino  por  su diferente "enfoque" y cualidad), y siempre presente la dicotomía conocimiento ‑ naturaleza, considerada como definitoria de la identidad masculina‑femenina según los parámetros patriarcales.

 3. La definición social de los personajes femeninos ofrece unos  modelos de identificación estereoti­pados y extraordinariamente limitados.

 Ya se ha indicado que su participación en la producción de conocimiento es extraordinariamente limi­tada, así como sus contribuciones al  desarrollo de la humanidad. Las ocu­paciones que realizan con mayor frecuencia las mujeres en los libros de  texto las sitúan en el ámbito privado  y doméstico: sobre todo como amas  de casa y madres. O bien en un plano  tan elevado y etéreo como es el de  las diosas, en cualquier caso con  escasa incidencia en la realidad.

 También en el ámbito de las ocu­paciones, se manifiesta el poder que  como sabemos se evidencia –sobre  todo‑ por el silencio y la exclusión  que genera. Porque exclusión es que  las mujeres tengan vedada la partici­pación en tan amplio número de actividades, tantas al menos como reali­zan los varones. Recordemos que,  mientras éstos disponen de un abanico de 334 ocupaciones diferentes,  para las mujeres se reduce a 94. Los  varones retienen para sí las ocupaciones  de  prestigio  social, las  que  suponen  ejercicio  del  poder  o

contri­bución expresa al progreso de la sociedad. Tanto por las ocupaciones que realizan las mujeres, como por los ámbitos de realidad en los que aparecen, sus acciones tienen como marco prioritario las relaciones interpersonales y el consumo de bienes.

Al igual que para Hegel, en los actuales libros de texto, las mujeres no tienen individualidad en el pleno sentido del término. Tanto a través de las ocupaciones como de los atributos más frecuentes, son la madre, la hermana, la esposa, la hija... de alguien. Y ese alguien, nombrado por el posesivo que se atribuye a las mujeres, sí tiene individualidad y precisamente por eso puede ser el referente para las mujeres que son "su" madre, "su" esposa, "su" hija...

Las mujeres y su contribución a la historia de la humanidad no han sido, ni son hoy todavía, sujeto de la cultura. Esta ocultación, esta invisibilidad que se produce en el ámbito del conocimiento y del sistema escolar en su conjunto es injusta y negativa, en primer y evidente lugar para las mujeres, pero también para los hombres. Para unas y otros la consecuencia más grave es la limitación de las posibilidades y opciones sociales y personales, la incapacidad de universalizar los valores y poder compartirlos, y así incrementar su potencialidad.

 

Notas

 

(1) Las reflexiones y los datos que aparecen en este documento proceden de una investigación, financiada por el Instituto Andaluz de la Mujer, que ha analizado una importante muestra de libros de texto del primer ciclo de ESO (en total 56) en las materias de Ciencias Sociales, Lengua y Literatura, Ciencias Naturales, Matemáticas y Educación Física y correspondientes a las seis editoriales de mayor implantación en Andalucía. Todos ellos han sido aprobados y editados durante los años 1996 y 1997.

(2) Aunque la responsabilidad de la investigación ha sido mía, respecto a su orientación y a la elaboración de resultados, en su desarrollo he contado con la colaboración de Mari Carmen Piédrola, Irene Muñoz, Sabina Habegger, Pablo Bujalance, Cristóbal Márquez y Alejandro Torres. Manoli Jimeno y Javier Barquín me han apoyado en el laborioso proceso de tratamiento de la información.